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Revista de Asturias nº15
15 de agosto de 1881

La Naturaleza

y las Ciencias Naturales

La naturaleza bella en sí y sublime en sus manifestaciones, es el espectáculo más grandioso que se ofrece a nuestra contemplación. Entre sus infinitas y variadísimas escenas, las tiene para los sentidos, para el corazón, y para la inteligencia. Escenas que recrean, que conmueven y que ilustran. El hombre debe amarla por su sensibilidad, que aspira a la belleza, y por su inteligencia, que busca la verdad. Las almas despiertas al sentimiento hallan en la naturaleza el consuelo a sus pesares, y el artista la inspiración inefable que puede hacerle superior a los demás hombres.

La lira melancólica de Nicolás Lenan está inspirada en las llanuras de su patria. Las más bellas de las composiciones de Carlos Reinhold Sturm, no son más que copias exactas de la naturaleza. Las tiernas poesías de Vogil reconocen la misma filiacion, y algunas de las más sentidas del cantor alemán de las clases humildes, Fallersleben, fueron hechas en su retiro a orillas del pintoresco Rhin. Y Ludwig Uhland de Tubinga, Metastasio, Torcuato Tasso, nuestro Garcilaso de la Vega, y tantos otros que la han consagrado sus cantos, por ella inspirados, prueban de una manera inconcusa, que la naturaleza basta por sí sola para formar los grandes artistas. Oíd si no a Goethe en su Werter (carta de 10 de Mayo): “Cuando el valle se vela en torno mío con un encaje de vapores; cuando el sol de mediodía centellea sobre la impenetrable sombra de mi bosque, sin conseguir otra cosa que filtrar entre las hojas algunos rayos que penetran hasta el fondo de mi santuario; cuando recostado sobre la crecida hierba, cerca de la cascada, mi vista, más próxima a la tierra, descubre multitud de menudas y diversas plantas; cuando siento más cerca de mi corazón los rumores de vida de ese pequeño mundo que palpita en los tallos de las hojas, y veo las formas innumerables e infinitas de los gusanillos y de los insectos; cuando siento, en fin, la presencia del Todopoderoso que me ha creado a su imagen, y el soplo del amor sin límites que nos sostiene y nos mece en el seno de una eterna alegría; amigo mío, si los primeros fulgores del alba me acarician, y el cielo y el mundo que me rodean se reflejan en mi espíritu como la imagen de una mujer adorada, entonces suspiro y exclamo: ¡Oh si pudiera yo expresar todo lo que siento! ¡Si todo lo que dentro de mi se agita con tanto calor, con tanta exhuberancia de vida, pudiera yo extenderlo sobre el papel, convirtiendo a este en espejo de mi alma, como mi alma es espejo de Dios!”

Ved, pues, lo que dice ese hombre extraordinario, poeta, filósofo, matemático y naturalista; el inmortal Goethe, que, para distraer sus pesares, como él mismo manifiesta, estudia y contempla la naturaleza. En efecto, proporciona emociones de alegría, de placer, tan dulces y suaves, de terror y admiración, tan sublimes, y estos sentimientos tan en admirable consorcio, que nada hay que pueda comparársele.

Contemplad si no la naturaleza a la puesta del sol, desde las orillas del mar. El tranquilo e inmenso océano, la luz, que es la vida, al ocultarse, el ruido como de respiración de las olas, que débil llega a nuestros oídos, el canto triste y lejano del marinero, la brisa que anuncia la noche del día que muere… ¿Este conjunto no impresiona vuestra alma con un sentimiento hondo y melancólico?

Y el ruido del huracán violento, el rugir de las olas, el ronco trueno, el estridente chasquido de la chispa y su luz sinuosa y deslumbradora entre las nubes oscuras, en la soledad de los bosques, durante tenebrosa noche, ¿no impresiona nuestra alma con una mezcla de sentimientos de terror y admiración?

El sol naciente, que esparce sus rayos de calor y vida en una mañana primaveral; el despertar del afanoso insecto que hace crujir sus duras alas entre la florida hierba al herirla los rayos de luz; la frescura de la tranquila y fragante atmósfera; el blando murmurar de los arroyuelos y el canto de madrugada de las avecitas, que expresa su alegría, producen en vosotros sentimientos dulces y agradables también? Ved, pues, cómo la naturaleza nos llama y cómo acudimos a su voz. ¿Quién no ha de amarla que sepa sentir sus bellezas? Y ahora, si en vez de atender solo a su hermoso conjunto, fijamos nuestra atención, guiados por la ciencia, en sus particulares manifestaciones, en la vida, por ejemplo, que es entre todas la más grandiosa, notaremos que desde el humilde hisopo de nuestros montes, hasta el más corpulento árbol de los bosques, desde la Victoria rejia de suave perfume y colorales hojas, hasta la más pequeña e invisible planta de las aguas tranquilas; desde el infusorio o la noctiluca que ilumina las aguas del mar, al mayor de los seres, en todos es la misma la vida a pesar de tan variados aspectos. Seguidme, si no, en el examen de la admirable correlación orgánica y su funcionalismo. Ved una rosa: sus semillas se han esparcido por el suelo, cumpliendo con el mandato de la naturaleza; algunas más afortunadas que otras, han encontrado abrigo entre las arenas, y allí, al calor que del sol reciben, con el aire que por entre sus huecos la tierra deja pasar, humedecidas por el rocío, la materia que las forma se conmueve, el movimiento iniciado se aumenta, y, cada vez mayor, al fin aparece la vida. Un débil vegetal que no puede alimentarse por si mismo, nace, y la madre cariñosa, la naturaleza, le proporciona alimento en sus mismas envolturas, en el seno en donde dormía, tiene lo que necesita en sus primeros días, se fortifica, crece, aparece a la luz y se colora.

Ved el insecto: la mariposa pone sus huevecitos, obedece a las leyes naturales al perpetuarse: al tibio calor del sol palpita la vida, el pequeño huevecillo se trasforma y el gusano aparece.

En el vegetal sigue la vida: respira anhelante por sus verdes hojas en el océano aéreo que le envuelve; por sus raíces toma a la tierra sus jugos para convertirlos en savia que el aire vivifica; con ella se nutre, crece y llega a la edad adulta. El aire y la tierra le alimentan.

En el gusano sigue también la vida: respira la atmósfera que le rodea, en la tierra encuentra su sangre que el aire trasforma en rica y nutritiva, con ella se nutre, crece y llega a la edad adulta. El aire y la tierra le alimentan también.

El vegetal concentra toda su energía y aparecen las yemas; hace un esfuerzo supremo, y las verdes hojas se trasforman en brillantes y vistosas flores.

El gusano parece perder la vida, inmóvil se concentra para un gran esfuerzo: ved la crisálida; al fin, se rompen sus envolturas y aparece la brillante mariposa.

El vegetal continúa: la flor llama al viento, que con su soplo, o al arroyo, que con sus aguas cristalinas y puras, le ayudan a buscar su amante; y al fin le encuentra y su unión se verifica con el mayor regocijo.

La mariposa tiende sus brillantes alas y afanosa busca también su amante; le encuentra y cúmplese su destino pasajero en la vida.

¿No encontráis lo que yo, una admirable correlación entre la semilla y el huevo, el embrión y el gusano, la yema y la crisálida, la flor y la mariposa os gusta sorprender así la naturaleza, seguir sus pasos, admirar su sencillez, comprender sus armonías sublimes? ¿Puede haber nada que interese tanto? ¿Puede haber nada que haga comprender la sabiduría infinita, como el estudio de la naturaleza? Es indudable que no. Y si profundizando en el estudio de los fenómenos naturales, generalizamos después, hallaremos que la luz y sus maravillosos efectos, las olas que las ráfagas del viento producen en el mar, las armonías de los sonidos, el calor que nos envía el sol, el rayo y todas las manifestaciones eléctricas, las acciones y reacciones químicas, la vida, tienen por fórmula general el movimiento. Suprimid el movimiento, y veréis trocada la luz en oscuridad, en calma el oleaje del espumoso mar, en silencio la agradable armonía, el calor en frío, la inacción en vez de las atracciones y repulsiones eléctricas, la inercia sustituyendo a la acción química, la muerte en vez de la vida. Ved aquí lo que el espíritu humano, ávido siempre de robar a la naturaleza sus secretos, investigador perenne de todas las causas, ha podido formular: síntesis sublime, que pone bajo una misma causa tan múltiples efectos. He aquí lo que han hecho, bajo el punto de vista filosófico, las ciencias naturales, esas ciencias que, por otra parte, como ya decía Bertollet en su tiempo, no hay ocupación humana que no participe de sus beneficios; esas ciencias que están ligadas íntimamente en su marcha y desarrollo con las ventajas materia les que la sociedad experimenta, y hasta con sus progresos intelectuales; esas ciencias que son las que han engrandecido por su difusión entre las masas, a las naciones que hoy están a la cabeza de la civilización y que se distinguen por su poderlo. Sabido es que hoy los pueblos no se elevan por la fuerza, sino por su ilustración y actividad, que se refleja en sus fábricas, en sus talleres, en sus campos de cultivo. A ese pueblo huérfano y pobre, lacayo de los grandes señores, como dice Víctor Hugo, se le levanta, se le hace libre, enseñándole a sacar el mejor partido posible de las diversas creaciones que la naturaleza ha sometido a nuestra observación, y así se conseguirá el doble resultado de nutrir su espíritu y su cuerpo, porque esa es la clase de ilustración que puede darles el pan que necesitan para ellos y para sus hijos. Y no se diga que insensibilizan, que no desarrollan el sentimiento estético, que matan la afición A la poesía y a las bellas artes en general. Todo lo contrario. Un pueblo rico, poderoso, ilustrado en ciencias naturales, rodeado como el nuestro de una naturaleza variada y exuberante, no puede menos de ser artista, porque el arte no creo deba vivir en un estéril idealismo, ni tampoco ser la expresión exclusiva del sentimiento religioso; sino que debe vivir la vida de su siglo, expresando en el lenguaje del sentimiento, la poesía, y en sus obras, las artes llamadas bellas, los vaivenes, la fe, las dudas, el modo de ser de la sociedad en que florece. ¿Qué estudios tienen por término el conocer algo más bello y grandioso que la naturaleza? Y, por último, si estas ciencias estudian las obras de la Divinidad ¿quiénes se acercarán más a la ver dad absoluta, quiénes comprenderán mejor al autor del universo, al concertador sublime de las armonías naturales?

Eugenio Pinerúa Álvarez
Revista de Asturias nº 15 - 15 de agosto de 1881

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