Índice de la Hemeroteca sobre Llanes

El Sindicato
(CC.OO. de Asturias, nº4, págs 2 y 8)
marzo de 1987

Asturias

en el proceso de integración de España en la OTAN y el MCE

1. Los acontecimientos que están produciéndose en España en este primer trimestre del año 1987 ofrecen en conjunto la imagen de una generalizada convulsión social, en la que parece que están a punto de descoyuntarse muchos miembros de nuestro sistema político. Sin duda, las huelgas, los paros, las manifestaciones, están previstas en la Constitución del 78, pero todo es cuestión de número. Es la cantidad lo que determina la alarma, yen vano el Gobierno trata de tranquilizar a la población recordando que todos estos excesos (descartando los «brotes de violencia») son normales en el regular curso democrático, que su conjunción es puramente accidental y que, por tanto, deben ser tratados separadamente. Son normales, legales, en lo que respecta a su «calidad»; son anormales si atendemos a su cantidad ya su conjunción reiterada. ¿Por qué, si existe una red de canales democráticos ordinarios, es preciso utilizar masivamente y simultáneamente canales que también son democráticos pero que, ya por separado, y plenamente en su conjunción pueden considerarse corno extraordinarios? ¿Por qué tienen que salir a la calle o alas carreteras durante las mismas semanas, los agricultores, los estudiantes, los metalúrgicos, los médicos, los mineros?

Unos echan la culpa al Gobierno y el Gobierno ha llegado a echar la culpa a la oposición. Pero no, sorprendentemente, a la presión misma de la oposición, sino a su falta de presión, al parecer debida a la ausencia de organización y a la desaparición de una Oposición parlamentaria que constituya una real alternativa. Pero este argumento del Gobierno es confuso, meramente exculpatorio, y no explica por qué amplios sectores afines a su propio partido también se enfrentan a la política oficial. ¿Y cuáles son las razones del fracaso del Gobierno en esta confrontación extraparlamentaria? Con frecuencia se acude a explicaciones meramente psicológicas que apelan, o bien al subjetivismo de los gobernantes (a su autocomplacencia a su prepotencia, acaso a los intereses propios de individuos que pertenecen a una generación de yuppis) o simplemente a su incompetencia (los ministros económicos, o el ministro de Educación, estarían verificando puntualmente el principio de Peter, incluidos sus «arabescos»). Pero estas explicaciones (psicológicas) no nos parecen suficientes, sobre todo para dar cuenta del momento en el cual la protesta generalizada esta extendida por toda España. ¿Podríamos caracterizar adecuadamente este momento olvidando que el está incluido precisamente en el aniversario del ingreso de España en la OTAN y en el MCE?

2. Quiero sugerir aquí que la situación convulsiva y anormal en la que estamos (situación en la que no faltan brotes de anarquía política, si nos acordamos de las protestas, por lo demás entre lúdicas e infantiles, contra el «imperialismo cultural castellano», en Oviedo, o por los funerales solemnes en Mondragón, lo que ya es verdaderamente grave) ha de tener causas más generales y objetivas, y que paradójicamente esta situación de desintegración interna tiene directa relación con la integración exterior de España en la OTAN y en el MCE, tal como ha sido negociada por el Gobierno socialista. No se trata simplemente de una situación problemática debida a los desajustes transitorios y coyunturales que toda integración comporta y que no tendrían más significación que la que podrían tener los temblores inevitables que experimenta un vagón enganchándo a un tren en marcha, hasta recuperar su relativo equilibrio. Al menos esto es un desarrollo de la metáfora que ha guiado a los políticos socialistas, metáfora que, elevada a la dignidad de «filosofía de la integración», ha sido compartida ampliamente tanto a la derecha como a la izquierda del Gobierno.

Pero ¿y si la metáfora fuese errónea en su misma raíz, si ocurriese que el supuesto vagón, en lugar de haber sido encarrilado, estuviese siendo arrastrado por la vía europea y atlántica, porque en realidad no tiene la estructura de un vagón de ferrocarril, sino, por ejemplo, la de una nave preparada para otros rumbos y para otros ritmos?

Y si esto fuera así, si se hubiera sido víctima de una metáfora, al servicio de intereses muchas veces nada metafóricos, entonces serían también insuficientes y aún contraproducentes todos los remedios que no tuviesen que ver con la renegociación y, eventualmente, con la liberación de esa nave, con la liberación de su condición de vagón de cola del hipotético «ferrocarril occidental» a la que ha sido reducida por obra de una siniestra analogía. Desde esta perspectiva, no sería ni la prepotencia, ni la incompetencia, ni siquiera la falta de inteligencia del Gobierno socialista la causa de la actual situación. El eclipse de inteligencia pudo actuar al principio, cuando se tomaron las opciones decisivas. Pero ahora la cuestión es otra. Ocurre como si el Gobierno socialista, y con él la Nación, estuviesen metidos en una red de la que no pueden desenredarse por más que se agiten, trabajen, legiferen, o aunque vaya creciendo toda una bóveda ideológica fabricada por sillares indemostrados, pero que se tomen, a fuerza de repetirlos, como axiomáticos («es precisa la defensa de Occidente», «Europa es el Mercado Común Europeo»).

3. La situación de Asturias, según esta hipótesis, no sería otra cosa sino un fragmento significativo de la situación global de la «España integrada». Recíprocamente, sobre todo: los gravísimos problemas sociales y económicos por los cuales atraviesa Asturias este último año serán también, en rigor, problemas nacionales, y no simples problemas locales, regionales (menos aún problemas empresariales, que puedan ser aislados, como alguien pretende). Son, por el contrario, problemas que se pueden deducir, al menos en sus grandes rasgos, precisamente de esta situación de integración de España en esas dos grandes organizaciones internacionales, que son, por lo demás, complementarias entre si, en el conjunto de la sociedad capitalista.

4. La integración en la OTAN define y determina práctica mente la totalidad de nuestra política internacional, como es obvio. Me referiré tan solo a un punto, poco subrayado y que pro pongo a la consideración del Gobierno socialista, relativo a los grandes efectos que nuestra integración en la OTAN tiene en nuestra política cultural y económica, cara al V Centenario del descubrimiento de América, a nuestras relaciones culturales y económicas con Iberoamérica, que comportan, entre otras cosas, directrices a nuestra política lingüística. Porque la integración en la OTAN está teniendo el efecto de aislar a España de todos los países hermanos de América, cuyas vanguardias más progresistas (es decir, sin necesidad de ser prosoviéticas o procubanas) ven en Estados Unidos y en la llamada «Teología del Atlántico Norte» (por oposición a la «Teología de la Liberación») su mayor enemigo, su explotador implacable. Y España corre el peligro de ser vista como un simple eslabón de esa cadena de estados que, por encima del Trópico de Cáncer, ata a los países capitalistas a los intereses del imperialismo de los Estados Unidos. En términos lingüísticos: ata a estos países capitalistas al inglés frente al español. Dentro de la OTAN, la normalización del eúskera o la del sayagués resultarán ser, frente al inglés victorioso, tareas académicas tan interesantes, inocentes y bienvenidas como puedan serlo las de la normalización del quechua o el guaraní. Porque el enemigo objetivo es ahora el español (la Teología de la Liberación se escribe en español) y el Imperio saludará con agrado a estos nuevos intentos de lenguas minoritarias que, conjuntamente, pueden erosionar y aún fragmentar la unidad de la gran cultura universal alternativa. Vemos entonces cómo la batalla, digna de mejor causa, que en Asturias libran los normalizadores (que no los defensores) del bable trabaja objetivamente, en mayor o menor medida, por la expansión de la cultura inglesa, con la lengua del Imperio.

5. ¿Y la integración en el Mercado Común Europeo? El MCE es, en su núcleo inicial, la Comunidad del Carbón y del Acero, «la Europa negra». Precisamente lo que también es el núcleo de Asturias en el conjunto de España. ¿Es entonces extraño que la integración de España en la Comunidad tenga efectos tan con tundentes precisamente en Asturias y mucho mayores que en cualquier otra parte de España? Y la comunidad europea es también la comunidad del mercado agrícola y ganadero, es la «Europa blanca» de la leche, el queso y la mantequilla. Otra vez productos en los cuales a Asturias corresponde una parte realmente significativa en el conjunto de la nación. ¿Es entonces extraño que la integración de España en la Comunidad tenga efectos catastróficos precisamente para Asturias? Es cierto que el sentido de todos estos efectos es diferente en cada caso. La «Europa blanca» tiende, por la superabundancia de sus productos, a cegar las fuentes de la producción de Asturias, a hacerlas superfluas. La «Europa negra» actúa por otros caminos, porque la energía de rivada del carbón nunca sobra y el carbón asturiano, a fin de cuentas, siempre será una parte alícuota, por pequeña que sea, de la reserva global de la que pueda echarse mano en un momento de crisis de otras energías alternativas, combustibles líquidos, energía nuclear o solar.

Y es ahora el Gobierno quien tiene la responsabilidad principal de la política energética y, muy en especial, de su política frente a la minería del carbón asturiano. El carbón tiene que ser subvencionado, desde luego, pero las subvenciones no son una servidumbre determinada exclusivamente por la geología de Asturias, como algunos insinúan, porque todos los países de la Comunidad subsidian al carbón, y sin perjuicio de las recomendaciones restrictivas de las instituciones pertinentes, la subvención por tonelada ha subido en promedio de 3,9 ecus en 1983 (para Bélgica, Francia y RU) a 17,5 ecus en 1985. Lo que ocurre es que el Gobierno socialista, obligado a acompasarse al ritmo de unas economías con una tasa de inflación mucho más baja que la nuestra, tiene a toda costa que buscar los remedios para rebajar nuestra inflación diferencial y para ello tiene que tomar como meta la eliminación de subvenciones, meta a la que obliga además la ideología de la llamada economía de mercado. Ante semejantes exigencias todo lo demás tiene que olvidarse, pero sería absurdo concluir que el problema del carbón asturiano es un problema político y no económico. Si pudiéramos reducirlo a un problema económico su solución sería demasiado sencilla: cerrar las minas inmediatamente, por falta de rentabilidad empresarial y por falta de perspectivas para un futuro a plazo medio largo, que se evalúa por unos en quince años y por otros hasta en sesenta o setenta. Pero ¿cómo los problemas de la economía-política pueden disociarse, como si fueran piezas de un mecano, en una parte económica y en otra parte política? No se trata tan solo de compensar a los nuevos jubilados, sino de mantener el tejido social complejísimo en el que están directamente implicados más de 250.000 asturianos. ¿Qué sentido tiene entonces hablar de rentabilidad, particularmente cuando el carbón europeo también se subvenciona? ¿Cómo fijar el valor de cambio objetivo de la tonelada de carbón? Este valor de cambio objetivo es un concepto puramente metafísico que utilizan los economistas con frecuencia como si fueran escolásticos. Porque lo decisivo es fijar el número de años de vida del carbón explotable y no ya tanto para hacer un calculo global de sus valores energéticos absolutos (que resultarán siempre despreciables al compararlos con la producción mundial) cuanto para poder plantear, en su caso, la estrategia misma de sustitución por industrias alternativas.

Aquí no caben, pues, planes trienales o quinquenales, por que aquí no son lo mismo veinte años que sesenta, como nunca es lo mismo ocho que ochenta.

Asturias entera puede quedar orillada de las nuevas rutas que, no se sabe hacia donde, el tren europeo en marcha tenga a bien tomar. Por consiguiente sus habitantes podrían terminar siendo lanzados, en su gran mayoría, a una problemática emigración hacia Europa, o reconvertidos los que quedasen en hosteleros de otras no menos hipotéticas masas de turistas que, desde Europa, vinieran a contemplar el Parque de Covadonga. Todo esto se aceptará en nombre del «destino manifiesto» y se intentará dulcificar con subsidios, compensaciones y sonrisas. La integración de España en Europa, realizada a toda costa y a cualquier precio, compromete el futuro de Asturias como compromete el futuro de España.

Gustavo Bueno
El Sindicato, CC.00. de Asturias, marzo de 1987, n° 4, pág. 2 y 8

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