Índice de la Hemeroteca sobre Llanes

El druida en el bosque
Biblioteca asturianista, Pentalfa ediciones, Oviedo,
1992, págs 71-77

Cerveza de abedul

Lo último que hubiera esperado era encontrarme con el homeópata forestal en una ladera del mismísimo Pico del Paisano, en una dulce tarde de sol empapada de anuncios de primavera. Se recostaba en un extraño árbol, de madera negra y hoja parecida al eucalipto, y apretaba en su mano una mugrienta botella, con un indescifrable líquido en su interior.

— Pero bueno, ¿qué hace aquí? Esto no son precisamente los territorios del Busgosu.

— Algún día lo serán. Usted y yo veremos un día el parque natural urbano del Naranco.

— Pues nadie parece acordarse de él.

— ¿Y quién se acordará de quienes ahora lo olvidan? Tampoco nadie. Se ha perdido ya hasta el interés por pasar a la posteridad.

— Es que va todo muy deprisa, los tiempos se aceleran, y en cuanto uno se descuida la posteridad fue anteayer.

— Ese es el gran error de nuestra cultura. En realidad a los tiempos no hay quien les cambie el paso. Todo es botánica.

— Vale, vale, pero dígame de una vez qué hace aquí, y... ¿qué tiene en esa botella?

— Cerveza de abedul, un poco temprana. Se sangra el abedul, se añade levadura de cerveza, fermenta y ya está. Y en cuanto a lo que hago, ya lo ve: miro.

— ¿Qué mira?

— A Peña Ubiña.

— No se ve.

— Da igual, se intuye detrás del Tapinón y Siegalava. Esta allí, y reina sobre todos nosotros. En realidad Peña Ubiña lo explica todo.

— ¿Lo explica todo?, ¿qué explica?

— Todo. Peña Ubiña rompe el statu quo de esta parte de la cordillera, porque es casi 500 metros más alta. El macizo irrumpe hacia arriba, en una especie de erección telúrica, y empuja la emergencia de la costilla del Aramo, que parte en dos la teoría de valles centrales de Asturias. Su proyección sobreeleva la meseta de Oviedo, que explica la aparición del Reino de Asturias, y el empellón rompe la línea de la costa y la lanza contra el mar, a través del triángulo místico del Cabo Peñas. El Cabo Peñas es la sombra última de Peña Ubiña. Si no existiera esa vertebración central no sería posible el sistema de equidistancias y simetrías en que consiste en realidad Asturias, y la hace unánime, compacta e irreductible. La armazón de un espacio esta sostenida por sus varillas ideales.

Tardé un rato en superar el estupor -por un momento llegué a sentirme mareado- que tamaña logorrea me había producido. Intenté responderle cortésmente.

— Geológicamente eso que dice no tiene pies ni cabeza. La cerveza de abedul se le debe haber subido a la azotea.

— ¿Quién habla de geología? Yo eso lo dejo para las clases de la facultad. Lo mío, en realidad, es la metageografía, o, si lo prefiere, el geoteismo.

— Ya veo, una mezcla de Roso de Luna y Jiménez Caballero, pero ni Roso de Luna se habría atrevido a llegar tan lejos. Siga, al menos resulta divertido.

— No me confunda con Roso de Luna. Yo no meto los astros por el medio. Prosigo. Los dos ríos que articulan la vida de Asturias, el Nalón y el Narcea, cada uno en un curso de 45 grados respecto del Aramo, a Oriente y Occidente, tienen al Aramo por bisectriz. En realidad la ría de Pravia, en la que desembocan, es el resultado de la embestida hacia el mar del Cabo Peñas, que hizo que en sus flancos se abriera la tierra.

— ¿Y al otro lado de Peñas?

— La bahía de Gijón, ¿le parece poco?

— Para estar improvisando no está mal el mito. Pero me preocupa su salud.

— Por supuesto, todo es mito. Ya sabe, la estructura profunda del discurso es simbólica. Pero, puesto a preocuparse, debería hacerlo por los actuales mitos y manías que enrarecen el discurso dominante en la Región. Ese sí es un mal asunto.

— ¿A qué se refiere?

— ¿No lee usted los periódicos? En los últimos treinta años, por acotar un periodo, venimos hablando de las mismas cosas, que en realidad pueden reducirse a tres o cuatro grandes prejuicios y obsesiones, a unas pocas manías que son tan míticas como las que acabo de asestarle.

Me quedé mirándole para que se sintiera invitado a seguir hablando. La verdad es que el asunto, pasada la fase de alucinaciones, empezaba a interesarme.

— La primera tiene que ver con nuestro tamaño. En realidad somos el 2,8 de España en población, y el 2,6 en PIB, y ése es nuestro tamaño real, pero la gente está absolutamente convencida de que somos mucho mayores, aproximadamente en tomo al 20 %. Cuando en cualquier tipo de reparto o distribución nos toca solamente algo más de una sexta parte que a Cataluña, o algo más de una octava que a Andalucía, la gente se queda aterrada ante tamaña injusticia y desprecio. En realidad no es que tengamos poco peso, es que tenemos el que nos corresponde, no el que cree la gente que tenemos. Somos el 2,8, pero eso el personal no lo acepta, aunque lo operen.

— En eso puede que tenga razón. ¿A qué lo atribuye?

— Ese es otro cantar. De momento sigamos constatando. El segundo mito es el de nuestra singularidad. Pensamos que lo que nos pasa sólo nos pasa a nosotros, por una especie de maldición, o por la desalmada mala voluntad, entreguismo e ineptitud de los políticos. En toda Europa cierran minas y se reduce la siderurgia, o hay cuotas lácteas, y en toda la cornisa hay crisis industrial, porque es en la cornisa donde está la industria tradicional, pero aquí estamos empeñados en que sólo nos pasa a nosotros.

— Sin embargo, casi en ninguna parte se da un caso como el de Asturias, en el que todos los sectores están en crisis.

— Eso es tan verdad como mentira. Aquí tenemos de todo, en materia de crisis, pero como ya le dije otro día más de la mitad de la región trabaja en los servicios, que todavía no han dejado de crecer. Por cierto, ¿qué le parecen los últimos datos de la EPA (encuesta de población activa)?

— No sé, ¿qué dicen?

— Que en 1991 el paro en Asturias se redujo un 12,5 % y estamos por debajo de la media nacional. En realidad, punto arriba, punto abajo, no nos movemos mucho de la media, a pesar de la pavorosa singularidad de nuestra crisis.

— Eso no es un consuelo, si seguimos teniendo tantas de cenas de miles de parados. Pero siga.

— El tercer mito es el de la deuda. Al parecer el país está en deuda con nosotros, y viene obligado a resarcirnos esa deuda, cueste lo que cueste.

— ¿Y eso no es cierto?, ¿quién sacaba carbón y fabricaba acero en los malos tiempos?, ¿cuáles son los verdaderos pilares de la industrialización española?

— ¿Y por eso está en deuda el conjunto del país? En los tiempos que usted dice aquí había trabajo y la gente no tenía que emigrar, y se cobraban los salarios más altos de España, que por cierto todavía se siguen cobrando, y esos salarios generan las pensiones de jubilación más altas del país. ¿Se nos debe más todavía? Asturias era la provincia más miserable de España, hasta que vino la industria. Si alguien puede protestar son las regiones del sur, donde tuvieron que emigrar a multitudes, y llevan años y años aguantando como caen los precios agrícolas en términos reales. Así es como se financió la industria, aquí y en Rusia, y perdone esta rima asonante. Nadie nos debe nada, pero estamos empeñados en cobrar un canon hasta por haber empezado la Reconquista.

— Dígaselo a los asturianos que se manifiestan a miles.

— Por supuesto que no. Yo digo lo que hay, pero Dios me libre de ponerme delante de un mito, antes lo hago delante de un TGV, o AVE, como se llama en España. Por lo que va a costar, el tal AVE será por lo menos un faisán.

— Buen ejemplo, el TGV. No me dirá que no es una buena muestra de discriminación. Va a negarme también que Asturias está discriminada.

— Ese es el cuarto mito, el de la discriminación. Haga los números y reparta los presupuestos, ya verá como no. Siempre, claro, que consideremos que lo que nos toca es el 2,8 %, no el 20 %, y que se nos debe lo mismo que a todos, no más que a nadie. Estos mitos en realidad forman un sistema, se realimentan unos a otros, y surge así una estructura de ficciones que se apoyan en sí mismas. Levitamos.

— ¿Que no estamos discriminados?, ¿tampoco somos una autonomía de segunda? El que levita es usted.

— Eso de la autonomía es otro cantar, que tiene que ver con la forma de organizar el Estado, no con la equidad en el reparto. Las autonomías que tienen tres veces más de presupuesto tienen también tres veces más de funcionarios, que comen todos los días y cobran todos los meses. Esas autonomías tienen más dinero, pero no más márgenes para invertir.

— ¿Y los vascos y navarros? ¿Tampoco tienen más márgenes de inversión?

— Ahí sí ha puesto el dedo en la yaga. Los derechos forales son una malformación escandalosa del sistema, que no nos discrimina sólo a nosotros, también al resto de los españoles. El de ellos es también un mito, pero en ese caso muy rentable, llevan mucho tiempo viviendo de él, y el asunto no lleva traza de terminar.

— Así pues, los mitos, bien administrados, también son útiles.

— Pueden serlo, si se usan hacia fuera. Lo importante, para nuestra buena salud y propia estima, es que no nos los creamos. Lo que ocurre es que nuestro modelo de mitos es una verdadera desgracia, porque aquí dentro, donde sólo sirven para cabrearnos, nos los creemos a pies juntillas, y fuera de Asturias no se los cree nadie, y no funcionan para negociar. Vaya contando más allá de Pajares eso de que estamos muy discriminados, que todo el mundo está en deuda con nosotros, que nos pasan las calamidades que no le pasan a nadie y que, en realidad, somos una quinta parte de España, digan lo que digan los padrones de habitantes. Será todo muy evidente, pero ni maldito caso. Y eso nos cabrea más todavía, porque pensamos que, encima, nadie nos comprende.

— Así pues, ¿no hay motivos para protestar?

— ¿Quién ha dicho eso? Hay muchísimos, y muy reales y fundados, pero por razones distintas, es decir, por razones, no por mitos. Quejémonos, por ejemplo, de que no haya para el conjunto del Estado una adecuada política industrial, ni tampoco una verdadera política territorial, o de que estemos esperando todavía una estrategia integrada de infraestructuras...

— Pare, pare, con esos argumentos no sacamos a la calle ni a tres docenas de manifestantes.

— Y con los mitos por bandera pueden ser docenas de miles, pero cuantos más miles sean más penoso será el espectáculo. Acérquese.

Tomó en sus manos una rama del árbol en el que había estado recostado y me la aproximó. Las hojas, con cuatro nerviaciones, y algo parecidas a las del eucalipto, debían decirme algo, pero yo no sabía qué.

— ¿Ve estas hojas de acacia negra? -supe así que ésa era la identidad de la extranjera.

— Por supuesto.

— Pues no son hojas, son falsas, se llaman filodios. Las verdaderas hojas son aquéllas, aunque no tengan forma de hoja. Son un engaño. Un mito.

— ¿Qué quiere decirme?

— Un pueblo no puede respirar por sus falsas apariencias y sus mitos. Debe hacerlo por sus verdades.

— ¿No me decía que la estructura profunda del discurso es simbólica? Todo es mito.

— Sí, pero el racionalismo es un sistema de símbolos más evolucionado. Si niega esto volveremos a los árboles.

— A usted no le va mal con ellos.

— Me sirvo de ellos, pero no ando de rama en rama. ¿Dejamos en paz los mitos y volvemos a hablar de cosas serias?

—Sea.

— ¿Dónde estábamos? ¡Ah, sí!, en la equidistancia de los sistemas fluviales. También se da la de los ríos perimetrales, y la de los centros de peregrinación, pero el eje primordial es el que une las capillas del Monsacro y la Cámara Santa, los dos recintos tesaurales, la sede dúplice del santo grial.

— ¿Este es un fruto del racionalismo?

— No, pero como resulta evidente que no lo es, tampoco hace daño.

Se fue riendo, y me quedé mirando las supuestas falsas hojas de la acacia negra. Si esto no son hojas y no estamos discriminados que venga Dios y lo vea. Y, bien pensado, lo de Ubiña tampoco deja de tener bastante sentido.

Diviciacos
El Druida en el Bosque, Biblioteca asturianista, Pentalfa, Oviedo, 1992, págs 71-77

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