Apuntes de Llanes

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Capítulo III, Libro I

Fundación y monasterio de San Antolín de Beón

I. Situación

Diez kilómetros al poniente de la villa de Llanes y cerca de la desembocadura del río Beón, donde principia el valle de San Jorge, se ve en el solitario y romántico paisaje, rodeado de montañas, el antiguo y abandonado monasterio de San Antolín. Su fundación data de fines del siglo X, y siempre le habitaron monjes de San Benito hasta el año de 1544 que fue reunido a San Salvador de Celorio. Es de arquitectura bizantina, con alguna mezcla de gótico, como restaurado a principios del siglo XIII por el abad llamado Jacobo.

II. Leyendas

Varias leyendas se escribieron sobre las causas de la fundación de este convento.

En unas se dice, que el Conde Muñazán, amaba con ciega pasión a una bellísima jóven, llena de encantos y atractivos, embeleso del valle de Posada, y que el Conde libertino, aunque de arrogante figura, se dirigía un día a la morada de la doncella, cuando notó a cierta distancia un enorme jabalí; que no bien le apunta con la ballesta, cuando el animal desaparece como una sombra, ocupando su lugar una misteriosa luz que iluminó el espacio algunos momentos, creyendo el amartelado galán ver en esto una señal, o más bien, una revelación del sitio en que había de entregarse a la meditación y al rezo; y que de aquí nace la fundación del monasterio.

En otras se supone, que el Conde Muñazán, o más bien Munio Rodriguez Can, conocido por ambos nombres, había sido sorprendido por violenta tempestad, en una partida de caza, sin poder ver una mala choza en que albergarse, y que abandonado al instinto del caballo que montaba, cerró la noche y se encontró entre tinieblas, rasgadas a veces por fuertes relámpagos; que despues de mucho correr llegó a un sitio en que percibió débil resplandor a poca distancia, que salía de una cabaña, a la que se aproximó, y lanzando una mirada al interior, vio de rodillas ante una imagen, a una bellísima joven, a quien llamaban la huérfana de San Antolín; que encendido el pecho del Conde en impuros deseos, entró y la requirió de amores con pomposas ofertas, y hasta con amenazas, tratando de sugetarla con sus brazos, de que ella se desprendió huyendo de la cabaña: que al pretender seguirla Don Munio, un vivísimo relámpago le deslumbró, quedando todos los alrededores sumidos en densas tinieblas; y que a los primeros albores del siguiente día, por más que buscó la presa codiciada, no pudo encontrarla; que la joven pasó aquella noche transida de frío y horror, azotada por la lluvia, en el estrecho hueco de un humilladero, pidiendo a San Antolín la librase de su miserable perseguidor; que algunos dias despues, faldeaba el Conde las montañas de San Antolín, y se acercó a la vivienda de la huérfana; y que al mirar por la ventana como la primera vez, una feroz sonrisa plegó sus labios, crispó los puños, y su boca lanzó una blasfemia, por haber visto con las manos enlazadas, y el rostro resplandeciente de dicha, sentados en un escaño, dos jovenes, que eran la huérfana y su amante llorado, que sano y salvo volvia de lejanas tierras a aquel nido de amor; que la furia de los celos nubló el cerebro del Conde y armándose de dos acerados venablos, los arrojó con fuerza, uno despues de otro, sobre los enamorados, dejándolos cadáveres; que penetrando en la cabáña contempló su obra, y ante aquel espectáculo sintió un profundo malestar; que sus ojos miraban sin ver y un rumor confuso agitaba su alma, principio de un remordimiento que despertaba. Que tuvo miedo y huyó; que en todas partes y a cada momento, la conciencia le gritaba Asesino; y que por más que trató de ahogarla, por espacio de cinco años, no pudo conseguirlo; que arrastrado Muñazan providencialmente hacia San Antolín por tercera vez, tuvo allí la milagrosa aparición de los dos jovenes amantes, quienes con los ojos fijos en su asesino, le mostraban las heridas aun vertiendo sangre, y que entonces el ángel Custodio, inspiró a Munio Rodriguez el pensamiento de construir allí un monasterio, como así lo hizo, abandonando los lujos mundanos, por el tosco sayal, y encerrándose en aquel con otros no tan necesitados de la divina clemencia.

III. Causa de la Fundación

Hasta aquí las leyendas.

Segun general tradición, que concuerda con la fecha de la existencia del joven infanzón Munio Rodriguez Can, conocido mas bien por el Conde Muñazan, hijo del poderoso caballero Don Rodrigo álvarez de Asturias, Señor del territorio de Aguilar en Llanes, abuelo del Cid, cierto dia de la última decena del siglo X, corria aquel fogoso jóven tras una horrible fiera para darle caza, y cuando se hallaba próximo a ella le arroja un venablo que creyó haberle clavado en el corazon. Avanza el mozo a recoger la presa, y Ħoh prodigio! en lugar de la fiera, se encuentra con una misteriosa y deslumbrante luz a los pies de una pequeña imágen de San Antolín.

Aunque libertino D. Munio, era tambien católico ferviente, y creyó que aquella aparición, no era más que un aviso del cielo llamándole a la oración.

Inmediatamente dispuso lo necesario, mandando construir en el mismo sitio un monasterio con la advocación de aquel Santo; y antes que finalizase el siglo diez, vio cumplidos sus deseos, y que estuviese habitado por monges Benitos.

El primero que se enterró en la iglesia de este convento, fue su mismo fundador, y aun se ve en el día un sepulcro de la familia de Aguílar a que aquel pertenecia.

Otro enterramiento se conserva tambien con un letrero que dice–«Aquí yace Diego Fernandez el caballero de Posada»– y tiene grabadas encima sus armas, y el hábito de Santiago.

También en el sepulcro de los Aguilares, se depositó el cadáver del esforzado Caballero Diego álvarez Posada, nieto de Don Rodrigo álvarez de Asturias y sobrino de don Munio.

De un abad, del apellido Posada, dice Argaiz, escritor eclesiástico, que estaba hecho un erizo de dignidades y beneficios que acumuló en su persona, y que mermara las propiedades del monasterio para fundar un mayorazgo a un hijo suyo que había reconocido autorizado por Carlos quinto.

IV. Anécdota

Una anécdota curiosa vamos a referir respecto al monasterio de San Antolín, que menciona Saro en sus «Pequeñas jornadas.»

Parece que los vecinos de San Pedro de Con, en Cangas de Onis, tenían allí una capillita en que veneraban la imágen de San Antolín. En día triste una crecida de aquel río arrasó la capilla, y se llevó el Santo, que por Cangas, las Arreondas, Rivadesella y la mar vino a parar al Abra de San Antolín, donde fue recogido por los Monges, restaurado, y colocado en la Iglesia. Más tarde algunos vecinos de Con, vinieron en romería, y reconocieron su Santo, y entablaron la reclamación, pero la comunidad la rechazó en un principio, estimando en mucho la imágen, transigiéndose al fin, en que los vecinos del pueblo de Con tendrían derecho a ser enterrados en la iglesia del monasterio, yendo un monge a buscar y acompañar el cadáver a lo alto del puerto de Piedrahita, cobrando como ofrenda por este servicio y derecho, una fanega de pan cocido en cada un año.

V. Suceso

Las causas que motivaron la venida o traslación de los monges de San Antolín a Celorio, como se verificó el año de 1544, no están aclaradas, pero debieron ser el temor a los muchos desmanes en sitio tan agreste y solitario, que gente desalmada podia cometer, como el incendio del monasterio en que se quemó su archivo, y el de muchas casas respetables que allí le tenian depositado creyéndole más seguro, y el de evitar sucesos como el que es tradicional, y refiere Caunedo en su album de un viaje por Asturias.

Helo aquí. Pocos momentos corrieran desde que la campana de San Antolín de Beon anunciara la venida del alba, y la hora de los maitines, cuando un jóven novicio se atrevió a distraer la atención del Abad, que devoto rezaba, para decirle que un caballero aguardaba en el pórtico del monasterio, y exijía en el instante su presencia para un asunto de vida o muerte. Acudió el prelado presuroso, y fue llevado por el desconocido a un cercano bosque, donde se hallaba una litera custodiada por seis hombres armados. En ella había una bellísima joven enlutada y llorosa. Apartáronse algun tanto sus guardianes, y la dejaron un breve rato en libertad con el religioso que la confesó y absolvió. Creyendo terminada su extraordinaria misión, se alejaba de aquel sitio con dirección al monasterio, cuando un pistoletazo que se oyó, le hizo retroceder. La joven yacía envuelta en su sangre, teniendo al lado un papel en que se pedía al Abad, le hiciese suntuosas exequias, para lo que se le dejaba allí, una bolsa con bastantes monedas de oro. Los hombres habian desaparecido. Nunca llegó a saberse el nombre de los que tomaron parte en tan terrible aventura.

VI. Abandono Del Monasterio y Abades Que Tuvo

Para concluir diremos, que en medio del abandono en que yace aquel templo romano bizantino, amenazando derrumbarse, cuando como monumento histórico debía estar mejor cuidado, solo queda que admirar allí, la rigidez de la obra, aunque construido en un periodo de transición, y en que los dos distintos géneros luchaban entre sí como haciendo gala de sus mas delicados atavíos. Hasta los dos colosales sepulcros en forma de ataud que se encuentran a uno y otro lado de la puerta principal, se hallan desnudos de todo adorno, si se exceptúa una espada y dos pequeños blasones esculpidos en el uno, y en el otro un tosco y gastado relieve del calvario, y un águila dentro de un escudo.

En la capilla mayor y a la parte del evangelio aun se lee Reeditacata Est Eclesia Haec Era MCCXIII Abate Jacobo. Es decir que en la era 1214, año de Cristo 1176, o sea un siglo y tres cuartos de otro después de construido el monasterio, fue reedificada su iglesia, y los Abades del mismo lo fueron segun Argaiz, Miguel en 1174.–Juan en 1205.–Nicolás 1205.–Fernando álvarez 1258.–Fernando Pérez en 1342.–Gonzalo Sánchez en 1387.–Diego Suárez de Granda en 1448 a 1491.–Juan de Lerma en 1509.–Pedro Posada en 1517. (este fue el que mermó las rentas del monasterio.) y el último abad comendatario fue D. Francisco Ortiz, el cual sucedió en 1529 al padre Fray Juan de Estella primer abad de la reforma, que unió poco tiempo después este monasterio con el de Celorio, dejándole en clase de Priorato.

Fue San Antolín parroquia del barrio de su nombre y de el de San Martín, y de los pueblos de Rales y Naves, hasta que el año de 1803 se declaró a Rales vicaria independiente, quedando en Naves la parroquialidad del mismo pueblo y barrios de San Martin y San Antolín, a donde se trasladó definitivamente el año de 808.

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