Apuntes de Llanes

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Capítulo X, Libro I

Hospitales

I. Historia

Según se lee en las Lecciones de administración, estudios sobre beneficencia pública que el Ilustre llanisco señor don José de Posada Herrera, catedrático de esta escuela especial en Madrid, pronunció en el curso de 1842 a 1843, y se publicaron en 1845, las leyes represivas de la vagancia fueron el primer medio que más facilmente ocurrió a los legisladores para extinguir la mendicidad, y el único de que usaron por espacio de muchos siglos, no encontrándose hasta el XVI ley alguna civil que se ocupe del cuidado de los pobres impedidos o enfermos; pero mientras que el poder temporal ejercía su acción sobre la sociedad por estos medios materiales, la religión influyendo en las creencias, creaba una opinión favorable a las clases pobres, interesaba los más vivos sentimientos del alma en la protección y el amparo de aquellos desgraciados, a quienes las vicisitudes de la fortuna, habían arrastrado a la triste condición del indigente.

No vamos a examinar ahora si los establecimientos de beneficencia fueron conocidos en los antiguos imperios, ni tampoco si los cánones de la primitiva Iglesia condenaban la ociosidad y la vagancia. Bástenos saber, que si las instituciones de beneficencia fueron conocidas de los griegos y de los romanos, no llegaron nunea a un estado de prosperidad tal, que pudiera dárseles el nombre de instituciones sociales, y que si los Santos Padres y los Concilios censuraron amargamente el vicio de la ociosidad, y ensalzaron la virtud del trabajo, no pensaron jamás en establecer penas corporales contra la vagancia, limitándose los más rigorosos con el concilio Coloniense de 1556, el de Burdeos de 1583, y el de Burgos de 1584, a negarles la entrada en los hospitales, y a prohibirles el pedir limosna, y aun en estos casos sin cerrar su mano generosa al que pudiera estar expuesto a morir de hambre.

En los primeros siglos de la Iglesia, los cristianos hacían de todos sus bienes un fondo comun, con el cual se mantenían los pobres y los ricos; despues que el gran número de cristianos hizo imposible la comunidad de bienes, los que estaban en mejor fortuna, daban parte de ella a los Obispos para distribuirla entre los más necesitados; por último, cuando el dogma de Jesucristo llegó a ser la religión del Estado, las limosnas de los fieles, y parte de los fondos de la Iglesia, se destinaron a levantar establecimientos para el socorro de los pobres, distribuyéndolos y ordenándolos segun la clase a que correspondían.

Los nombres griegos de estas instituciones, que se conservan aun en la historia de aquellos tiempos, prueban el esmero con que se atendía a todos los diferentes grados de la indigencia. El Hospicio general para todos los pobres se llamaba Ptochotrophiun; el destinado a los extranjeros Xenodochiun; los hospitales Nosocomiun; los asilos para viejos Gerontocomiun; las casas de expósitos Brephotrophiun, y las casas de huérfanos Orphanotrophiun.

La casa del Obispo, fue desde el principio de la Iglesia el asilo de los pobres, de las viudas y de los huérfanos, de los enfermos, de los peregrinos y de los extranjeros... El nombre de hospicio se reservaba particularmente para los frailes que vivían en casas rurales (Villae), y que evitaba a los demás religiosos de la órden detenerse cuando iban de viaje en las posadas comunes (Diversoria). Los de las órdenes mendicantes y los peregrinos, eran tambien recibidos en estos asilos, en los cuales los pobres tenían habitacion separada, y encontraban por la noche abrigo y alimento; los vecinos la sopa y el pan cotidiano, y los extranjeros provisiones para continuar su viaje...

El primer modelo de hospitales destinados especialmente al cuidado de los enfermos, se debe a aquellas mujeres cristianas descendientes ilustres de Scipión, de Emilio y de Fabio, que se habían retirado a la Palestina para continuar sus estudios sublimes bajo la dirección de San Gerónimo. Segun M. Mongez, la primera institución de éste género, se fundó en Jerusalen y en Bethelen a fines del siglo III, y su ejemplo fue imitado después por todas las provincias que abrazaron la religión cristiana.

Hasta el siglo XII y XIII nos son desconocidos el progreso de aquellos establecimientos, su número, las leyes porque se regían y las autoridades a que estaban sometidos. La ley 20 del título 3º, partida 6 dice,–«que si algun testador estableciese por herederos a los pobres de tal ciudad o tal villa, deban haber sus bienes los que fuesen hallados en los hospitales, de aquella ciudad, y señaladamente aquellos que por algunas enfermedades en que yacen, no pueden salir de los hospitales a pedir de que vivan, así como contrahechos, o cojos, o los ciegos, o los niños desamparados que se crían, o los que obiesen otras enfermedades atales por que non podiesen andar nín salir de los hospitales» : de cuyas palabras se infiere no solo que eran conocidas a la sazón estas instituciones, si no también las diversas clases que de ellas en esta ley menciona el rey sabio.

Los siglos XII, XIII y XIV fueron en toda Europa siglos de instituciones piadosas, contribuyendo a este resultado una multitud de causas que entonces se reunieron. Los viajes en áfrica y en Asia durante las cruzadas, hacían más desprendidos a los fieles, y las enfermedades que de allí importaron, mas necesarios aquellos establecimientos: las peregrinaciones a Santiago y otros lugares santos, la peste que afligió a España y otras naciones a mediados del siglo XIV; el miedo al contagio de esta epidemia y de otras enfermedades que habían llegado a hacerse endémicas; el espíritu religioso en fin, que tan admirables sucesos produjo en aquella edad, dieron orígen a la erección de un sin número de hospitales, hospederias, leproserías, malaterías, y casas de San Anton y San Lázaro, de cuyas instituciones se conservan aun restos en muchos pueblos de España.

Muchos de los establecimientos de beneficencia levantados en los siglos XIII, XIV y XV, habrán desaparecido, otros se confundirían con los nuevamente fundados en las reuniones que se hicieron en el reinado de Felipe II, y del origen de algunos se ha perdido la memoria: pero dando a estos supuestos el valor que se merecen, la imaginación podrá con facilidad representarse los efectos que en las centurias pasadas produjo el espíritu de caridad, inspirado por la religión, cuando a pesar de tantas guerras civiles extranjeras, tanta codicia en los administradores, y tanto descuido en el gobierno, se conservan en pie estas grandes y respetables ruinas.

II.Malaterias

En los primeros años del siglo XII se creó un hospital para leprosos en San Lázaro del Cañarnal, pueblo de Covielles, parroquia de la villa de Llanes, y poco después otro hospital en Santa María Magdalena de la Malatería de Ardisana de este mismo concejo; ambos llevaban los números cuatro y cinco de su fundación entre los primeros de la provincia. Para el sostenimiento de estos dos hospitales de Malatos, y recoger y curar en ellos a los muchos que padecían esta enfermedad, se reunieron suficientes rentas, pues todos los vecinos pudientes del país contribuyeron con donaciones, legados, y aun con gravámenes perpetuos sobre sus fincas y propiedades, que solían imponer en las disposiciones de última voluntad. Era entonces Obispo de Oviedo don Pedro, primero de este nombre, que falleció en el año de 1161, y aun no se había otorgado a esta villa y concejo el Fuero de Benavente, conociéndose entonces por territorio de Aguilar.

Se ha dado en Asturias, hasta nuestros días, el nombre de Malatos, a los que padecían la asquerosa y repugnante enfermedad denominada Fuego de San Antón, que era una degeneración de la antigua lepra de que hablan los libros sagrados: en el día se la conoce con el nombre de Pelagra o mal de la rosa, que desde tiempo inmemorial ha causado y está causando grandes estragos en esta provincia.

Del testamento que otorgó el famoso don Rodrigo álvarez de las Asturias en Lillo, ante Alonso Nicolás, Notario público del Rey en Oviedo, el año?de 1331;–y en que suscriben como testigos el Abad y Prior de San Vicente, por el que dejó cuantiosas limosnas a todos los Monasterios y Malaterías que existían de Valladolid a Oviedo, aparecen ya existentes en toda la provincia trece hospitales con el nombre de Malaterías o Leprosías, y se llama en aquel antiguo documento a los enfermos Logrados.

Las Malaterías desde el siglo XIV se fueron aumentando; y cuando en el XVIII se suprimieron al crearse el Hospicio Provincial aplicándose sus rentas a este establecimiento, existían veinte y siete Malaterías con la advocación de San Lázaro y Santa María Magdalena.

Nada hemos podido averiguar respecto a los primeros fundadores de las dos Malaterías de San Lázaro del Cañamal y de Ardisana, más que lo que dejamos dicho, pero en el archivo del Hospicio Provincial, se deben conservar interesantes documentos pertenecientes a estos y a los demás antiguos hospitales de la provincia, que pueden dar mucha luz sobre el particular.

III. Hospital de San Roque

El Hospital de San Roque, hospedería de Peregrinos en Llanes, fundado por los años de 1220 a 1250, figura con el número noveno entre los más antiguos de España de los doscientos treinta y cuatro cuya fecha de su institución nos es conocida.

Además existen otra multitud de establecimientos de beneficencia, más de seiscientos, aunque casi todos de escasas rentas, por que unas fueron vendidas a principios de este siglo, las otras destruidas o arruinadas, especialmente las que consistían en fincas urbanas, y otras finalmente sirvieron para alimentar el patrimonio de los encargados de su administración.

Con el transcurso de los años, corrieron la misma suerte las rentas del hospital de San Roque, y al principiar la segunda mitad del presente siglo, el que entonces era dueño y patrono, aprovechándose de la desamortización eclesiástica y civil, redimió con el Estado el único resto que quedaba, consistente en cuatro celemines de pan cocido, medida del país, hechos bollos de a libra cada uno, que se repartían el día de San Silvestre 31 de Diciembre de cada año, entre los niños asistentes a la escuela pública de esta villa; de la cual salían, a las tres de la tarde, en procesión, precedidos de la cruz, y cantando la letanía de la Vírgen, entraban en la capilla de San Roque, enclavada en el mismo hospital, donde después entonaban un padre nuestro, y recibían la limosna; hecho lo cual, volvían también en procesión a la escuela cantando el Ave?María, y con las manos cruzadas sobre el pecho sosteniendo el pan. Si la asistencia diaria de niños a la escuela no bajaba entonces de setenta, en este día aumentaba su número, porque hasta los hijos de las pudientes, y las niñeras con los pequeñuelos en sus brazos, iban a recibir el aguinaldo que llamaban pan de ángeles. El resto sin repartir, se distribuía a los pobres del hospital y de la villa. Hoy este hospital, se halla reducido a dar albergue a los ancianos e impedidos pobres transeuntes y del Concejo que no tienen familia, y viven de la caridad pública; y en sus enfermedades, son sostenidos y cuidados por las señoras que forman la sociedad earitativa, institución que hace veintiocho años viene a ser el consuelo de muchos desgraciados.

El hospital de San Roque, sirvió en los primeros siglos de su fundación como hospedería de los que iban en peregrinación a Santiago de Compostela; y es lástima no se hubiera llevado un registro de los que en él se albergaban, por que veríamos hoy los grandes beneficios que la tal casa prestó a la humanidad. Hace como treinta años que un vecino de esta Villa, amante de la conservación de documentos antiguos, se encargó de poner índices a todos los libros parroquiales de nuestra Iglesia, y hemos tenido en nuestro poder uno de bautizados, y otro de defunciones, para llenar en ellos aquel trabajo. Si bien entonces nos llamó la atención una partida que en el libro de finados ocupaba cuatro páginas, cuando las demás solo contaban de cuatro a seis líneas, no nos fijamos en el valor histórico que encerraba. Hoy que despierta nuestro interés, hemos procurado una copia de ella, pero sin poder conseguirlo por no encontrarse ya en el archivo de la iglesia el libro mencionado: continuaremos sin embargo nuestras investigaciones, y si tenemos la fortuna de ver colmado nuestro deseo, publicaremos la partida de defunción al final de estos apuntes, tal y como en el original se halla escrita. Recordamos perfectamente que dicha partida es la de un Príncipe Alemán, que, yendo con su servidumbre en peregrinación a Santiago de Compostela, hace como tres siglos, se hospedó en San Roque, donde enfermó y falleció: que se le hicieron honras regias en la parroquial de esta villa, a las que, además del cabildo de señores Beneficiados de ella, asistieron los Monges del convento Benedictino de San Salvador de Celorio, celebrando de Pontifical el Abad del mismo; y que el cadáver de dicho Príncipe se enterró en ésta misma Iglesia.

La capilla unida al hospital de San Roque, pero independiente del mismo, mantenía un capellan encargado de cumplir las cargas con rentas suficientes al efecto; siendo el último que disfrutó este beneficio, el Ilmo. Señor Don Joaquin María de Posada Herrera, Caballero Gran Cruz de Isabel la Católica, Dignidad de Arcediano de la Catedral Basílica de Oviedo y Beneficiado de la Iglesia de Llanes, y a su fallecimiento pasó al Obispado de la Diócesis.

El hospital, fue cedido al Ayuntamiento por su patrono el Señor Don José de Parres Piñera, para que le enagenase y con su producto, y el de una suscripción entre los vecinos del Concejo, construir otro fuera del casco de la villa que tenga carácter de hospital municipal. Así se hizo hallándose ya próximo a su terminación en el presente año de 1894 el nuevo hospital que reune más capacidad y condiciones más higiénicas que el antiguo, situado en el extremo Sur del prado llamado de Sobre las fuentes, encima de la entrada de la calleja de la Espina, cuyo terreno para su emplazamiento cedieron graciosamente sus dueños los señores don Román y don Manuel Romano Mijares.

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