Apuntes de Llanes

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Capítulo II, Libro II

Guerra en Asturias por D. Pedro y D. Enrique

Don Pedro Iº de Castilla comenzó a reinar a la muerte de su padre D. Alfonso Onceno el noble, y fueron tan miserables los tiempos de su reinado, tan llenos de error y confusión, de divisiones y rebeldias, por sus desordenes e inhumanidad, que se le dió el renombre de Cruel; llegó a tanta opresión el triste reino, que fue necesario, para no perecer de todo punto, levantar por Rey a D. Enrique, hijo del D. Alfonso Onceno, y de Doña Leonor de Guzman.

Dueño D. Enrique de los Castillos y grandes Señorios que por testamento le habia legado Don Rodrigo álvarez de Asturias, cuarto de este nombre, y sustrayendose a la persectición de su hermano, corrió a refugiarse trás los fuertes muros de la villa de Gijon, de que era Conde y Señor, alzándose alli apoyado por la nobleza Castellana que con harta severidad diezmaba el Rey Don Pedro.

En virtud de una de las terribles sentencias de éste monarca, fue dada atroz muerte a Garcilaso de la Vega, grande amigo que habia sido de D. Alfonso Onceno; y sospechando su viuda que D. Pedro intentaba igualmente deshacerse de su hijo, el tiernísimo poeta del mismo nombre que su padre, y el primero de esa ilustre descendencia en la que, segun dice Rendueles Llanos, pesando la fatalidad, vino a estinguirse dos siglos despues en las guerras del Emperador Carlos V, huyendo con el joven Garcilaso de la Corte, se vinieron a las Asturias de Santillana, al lugar de la Vega su antiguo solar, y una de las mas nobles casas de la Montaña: no conceptuándose aun seguros, fue el joven poeta, con un pariente suyo llamado Gonzalo Ruiz de la Vega, a Gijon, para que D. Enrique le amparase y defendiese. Grato recibimiento le dispensó el Conde, y para mejor obligarle, asegurando de paso su posición, casó con una principal y rica señora del Valle de Jove, a Gonzalo Ruiz de la Vega, que era hermano del padre de Garci?Laso, e hicieron juntos grandes proezas en la memorable batalla del Salado, el año de 1340, pasando el rio con gran valor a pesar de los esfuerzos de los Moros.

La llegada de éste Caballero y otros muchos, convirtió la residencia de D. Enrique en una alegre y bulliciosa Corte, saliendo Gijon de su abatimiento, y tornando a adquirir la importancia de otras épocas, reparando edificios, reedificando las murallas, castillo y puerto, teniendo lugar repetidas justas, torneos, saraos, revistas y otros mil espectáculos. En una de estas fiestas de el antiguo Alcazar, y donde lujosas damas poblaban sus anchurosos salones, sintió el Conde D. Enrique, a pesar de la peregrina hermosura, y virtudes de su esposa doña Juana, viva pasión por una señora de la misma familia de los de la Vega, llamada doña Elvira Yañiz de la Vega, por apodo La Corita como dice el Obispo de Burgos D. Alonso de Cartagena. De ésta señora, tuvo don Enrique, a D. Alonso, que fue despues Conde de Gijon, y a doña Juana que casó con D. Pedro, hijo de D. Alonso, Conde de Denia, hijo a su vez este del Infante D. Pedro y nieto del Rey D. Jaime II de Aragon; de dicha doña Juana y D. Pedro, fue hijo D. Enrique de Villena el Astrologo, como refiere el Doctor Gudiel en la descendencia de los Girones.

No distraía D. Enrique solo sus ocios en futiles fiestas, pues a las noticias de que su hermano se disponia a pasar a Asturias con crecida hueste a fin de rendirle, procuró grangearse el favor y amistad de los Caballeros Asturianos, tentando otra vez la fidelidad del único vasallo de las tierras de su Señorio en Gijon que rehusaba prestarle homenaje: Era este Diego Menendez Valdés el Valiente, quien desde su fortísima Torre de San Cucado, respondió al criado del Conde, Alvaro Carreño, que si en su poder cayera el Infante le colgaria de una Almena, porque habia jurado fidelidad a D. Pedro.

Las eseitaciones de D. Enrique en pró de su causa, produjeron en Asturias el mismo efecto que en Castilla; dividido el pais en bandos, abrazaron unos la causa real, otros el partido del Infante; contandose los Gijoneses, casi sin escepción, en el número de estos últinios. En cuanto a los nobles Asturianos, los que principalmente favorecian al Conde de Gijon, cran los de la familia de álvarez de las Asturias, corno Fernando Alvarez de Nava y Asturias, sobrino de D. Rodrigo, otro Rodrigo Avarez, y varios parientes suyos, y así mismo Gonzalo Bernaldo de Quiros Alvaro Carreño, Juan Martinez de Huergo, Fernan Perez de Grado, Martin Gonzalez de Cienfuegos, Juan Fernandez Vigil, Boiso Gonzalez de Solis, Pedro Diaz, Suero Gutierrez de Nevares, Boiso Suarez del Corral, Pedro García de Boal, Rodrigo Ruiz de Pedregal, Menen Perez de Baldieno, Pedro Fernandez Quijada, Hurtado Diaz de Mendoza y otros ilustres caballeros: contaba además numerosa gente de armas cuyos servicios pagaba, como dice la cronica de Ayala,– «con foyas muy nobles, de piedras é aljofar, que le diera su madre doña Leonor en Sevilla, cuando estaba presa por que non tenia dineros».–

No era menos numeroso el partido real: entre los que le seguian, se contaba a Fernan García Duque, Juan Duque, Alvaro Gonzalez Moran, Diego Gonzalez de Oviedo, Suer Martinez de Oviedo, Diego Femandez de Miranda, Juan Fernandez de Grado, Alvar Pelaez de Coalla, Juan Femandez de Valdés, García Gonzalez de Carolleras, Fernando de Valdés de San Vicente, Ruy Diaz de Prelo, Alvaro Perez de Cuaña, Diego Menendez de Villar y Alonso álvarez del Valledor, con mas los Señores de San Cueado Diego Menendez Valdés el Valiente, Juan su padre y Pedro su hermano.

Se acercaba el momento en que entrambos bandos, despues de dos años de apercibimientos, vinieran por fin a las manos; a pesar de las agitadas contiendas y de las disensiones de los nobles de Andalucia, que tenian envuelto al Rey en continuas guerras civiles, le pareció a D. Pedro que eran mas peligrosos los movimientos de Asturias, y asi, despues de espedir las reales cartas a las Ciudades, villas y nobles de este pais, para que se le unieran vino con su ejercito a esta tierra en el año de 1352. Despues de discurrir libremente el ejército real por toda la provincia, sin encontrar enemigos, fue sobre Gijon con animo de posesionarse de la plaza; mas D. Enrique, obrando como diestro y prudente capitan, y confiando a la valerosa lealtad de los Gijoneses y de su fiel servidor Pedro Carrillo, alcaide de la plaza, la persona de su muy amada esposa doña Juana Manuel de la Cerda, corrió acompañado y a la cabeza de lucida hueste, a sentar sus posiciones en la aspera sierra de Monteyo, paraje el mas a proposito para contrarrestar y resistir a las tropas de D. Pedro: bien comprendió éste la tactica, que desistiendo de atacar por entonces a D. Enrique, aunque no dejara de derramarse en algunas ligeras escaramuzas, sangre preciosa de los hidalgos del Principado, asentó sus reales junto a las murallas de Gijón, poniendo cerco a la plaza.

Era ésta como hemos dicho muy fuerte, y necesario tiempo y grandes medios para conquistarla; ayudan además a la defensa la lealtad de los Gijoneses hacia su Señor, en cuya demanda habían jurado morir, y los numerosos caballeros descontentos y gentes de armas, que guarecidos en su recinto, hacían harto difícil su rendición: así lo comprendió don Pedro, que comenzó a batir flojamente las murallas, y que deseando partir para el corazón del reino, donde su presencia se hacia cada vez mas necesaria, procuró entrar en tratos con los rebeldes haciéndoselo así saber secretamente: Comunicaronselo éstos a don Enrique, que después del correspondiente salvo conducto y rehenes, fue al campo sitiador donde una oportuna concordia, firmada a 26 de Junio de 1352, le reconcilió aparentemente con su hermano: en ella se estipuló que se respetaría la vida y no se seguiría ningun daño a los que habían tomado parte en la rebelión, concediendo ámplio perdón para todos y devolviendoles el goce de sus tierras y señoríos: Don Enrique por su parte, hizo pleito homenage, que de sus Villas y Castillos no haria la guerra al Rey, ni molestaría a sus vasallos. Entraron después juntos los dos hermanos en la Villa, donde el monarca Castellano permaneció algunos días, siendo muy obsequiado por el Conde y sus vasallos, contentos de que hubiese terminado la fratricida lucha. De seguida D. Pedro tomó la vuelta de Andalucia, y D. Enrique se quedó en su Villa de Gijón licenciando mucha gente de la que había tomado a su servicio.

Permaneció en Gijón el Conde durante algun tiempo, hasta que en el año de 1353 yendo a verificarse las bodas del Rey con doña Blanca de Borbón, partió para la Corte a asistir a ésta solemnidad por invitación de su hermano; pero recelando de la intención aviesa que hacia él abrigaba su enemigo D. Juan Alfonso de Alburquerque, gran privado del Rey, llevó consigo de Asturias para su guarda seiscientos ginetes y quinientos infantes, todos hidalgos; sabido esto por Alburquerque, dió noticia al Rey, pintándoselo como desacato a su persona: enojado D. Pedro, salió de Valladolid con mucha gente con el ánimo de prender a D. Enrique y a su hermano D. Tello. Teniendo aviso el Conde de la idea con que el Rey venía, envió a su encuentro al esforzado Caballero Alvaro Carreño, armado de todas armas, quien después de hallarle y solicitar su permiso, le dijo.– «Poderoso Señor: El Conde D. Enrique besa vuestras reales manos y os hace saber, que viene a vuestras bodas con su hermano D. Tello, acompañados de su gente, nó para intentar cosa que no sea de vuestro servicio, antes por mayor celebridad de vuestras reales bodas, y por que se recelan que D. Juan Alfonso señor de Alburquerque, confiado en la gran privanza, y mucha mano que con vos tiene, les podría hacer alguna afrenta, cogiéndolos descuidados, por ser su mortal enemigo; mas que asegurándoles de esto vuestra Alteza, debajo de su fé y palabra, estan aparejados para cumplir todo lo que se les mandare sin mengua de su honor; y si algun caballero dijere, que don Enrique mi Señor viene con intención de hacer alguna cosa contra vuestro servicio, yó digo de mi parte, que desde luego me presento aparejado para defender cuerpo a cuerpo lo contrario, y ponerles la mano sobre el cuello,»– rasgo heroico de valor y lealtad que pinta por si solo el noble caracter de este ilustre Asturiano, al atreverse a pronunciar semejantes palabras en un círculo de enemigos, comandado por un rey como don Pedro. Causa sin embargo el valor temerario un efecto dificil de esplicar, que subyuga y domina al contrario; así fue que el Rey, que en otra circunstancia hubiera hecho despedazar al osado caballero, se contentó con replicar a Carreño desabridamente, que digese a don Enrique despidiera al punto su escolta, y se acercase a saludar su real persona. Viendo el Conde la seca res~ puesta del rey, la escasa seguridad que se podía tener en su clemencia, y que poco a poco se le iba rodeando a fin de cerrarle todas las salidas, ordenó su escuadrón en armas dispuesto a oponer la más desesperada resistencia, y así aguardó a don Pedro: Este viendo la determinación de su hermano, le dió su fé y real palabra, de que no se le seguiría ningun daño, ni se le haria agravio, con tal que despidiese parte de su escolta, y quedara de entregarle algunos de los castillos y fortalezas que tenía en Asturias, y que mientras, se hacía cargo en calidad de rehenes, de algunos de sus caballeros; así se pactó, y fueron estos, Pedro álvarez Osorio, Pedro Carrillo, Pedro Ruiz de Villegas, Fernándo álvarez de Nava, y el joven Garcilaso de la Vega. Con esto terminaron otra vez las disensiones entre los dos hermanos, asistiendo D. Enrique y los Asturianos de su mermada escolta, a las fiestas con que se celebraron en Valladolid las bodas del Rey.

Siempre fueron brevísimas las reconciliaciones de don Enrique y el Rey don Pedro, por el caracter irascible y severo de éste lo que junto con el aborrecimiento que al día siguiente de su casamiento comenzó a abrigar contra su esposa doña Blanca de Borbón a quién trataba inhumanamente a causa de sus amores con doña María de Padilla, levantó en los pueblos un espíritu general de descontento; infiltrándose en él, don Enrique y sus hermanos, otra vez en pugna con el Monarca, engrosadas ya sus filas con multitud de nobles castellanos, servidores antes de don Pedro, se intentó por última vez una reconciliación, y después de muchas vueltas y rodeos, se nombraron para tratar de paces cincuenta caballeros por parte del Rey, otros tantos por la de D. Enrique, y de los grandes que defendían la causa de la Reyna: entre estos cincuenta caballeros, nombran las crónicas a Gonzalo Bernaldo de Quirós, Fernando álvarez de Nava, Fernan García Duque, Juan Martinez de Huergo y Alvar Perez Morán. Algunas veces se reunieron en Tejadillo, con los mejores deseos en favor de la pacificación completa del reino, pero la tenacidad cada dia mayor del monarca, su saña creciente contra los mas ilustres varones, hizo inutiles tan laudables esfuerzos; desesperados los pueblos, ardiendo en ira sus habitantes, se apeló al único derecho posible yá, al de la fuerza: eligieron un caudillo, y éste fue el conde de Gijón. Puesto D. Enrique al frente de los numerosos descontentos, tuvo en varios años con las tropas reales, varias refriegas y encuentros, en los que salió ora vencido, ya vencedor; por último provoca a su mortal enemigo a campal batalla, y es completamente desecho y derrotádo el ejército real, huyendo D. Pedro a uña de caballo; deseguida corre el vencedor D. Enrique hacia el corazón del reino, y es proclamado en Burgos Rey de Castilla: no se pacifica por eso tan desventurado pais; arde la guerra civil en toda su estensión, y D. Pedro aprovechándose de esta circunstancia, y de la amistad del príncipe Eduardo de Inglaterra, que le ausilia con su ejercito, torna a España, y en la célebre batalla de Nagera despoja a su rival: ahora es D. Enrique el fujitivo; se guarece en Francia, toma a sueldo las célebres compañías blancas que manda Beltran Duguesclin, y pasando la frontera, entra en España con su ejército, que diariamente engrosan miles de fugitivos, y así reforzado llega con el intérvalo de varios combates a los campos de Montiel, donde dió muerte a su hermano D. Pedro, quedando así terminadas tan lárgas como borrascosas contiendas.

En Asturias como en todo el reino, luchan los bandos encamizadamente: Gijon y su comarca sostiene a D. Enrique, el resto del pais a D. Pedro.

Desde la salida de su villa de Gijon el Conde, a la que jamás volvió por las vicisitudes de su vida guerrera y llena de peligros, quedó encomendada su defensa al ilustre caballero Diego de Ordás, quien sostuvo siempre enhiestos y levantados con la ayuda de los Gijoneses, los estandartes de D. Enrique: Era Gijon el centro de su partido en Asturias y de donde sus parciales reciblan toda clase de auxilios y subsistencias; fuertes éstos, y no menos numerosos sus contrarios, hacíanse fiera y cruda guerra; por fin en vista de los repetidos triunfos del Conde de Gijón y Trastamara, y abrigando en su pecho la mas leal adhesión, al Rey D. Pedro los señores de Valdés organizaron una confederación en contra de D. Enrique, cuyo manifiesto o proclama vamos a reproducir íntegro, aunque no esté acreditada su autenticidad, por ser sumamente curiosa y darnos alguna luz respecto a las costumbres de la época.

«Hermandád, ayuntamiento, confederación e jura, que nos los muy leales e nobles caballeros e diputados de las Villas e logares, e merindades, e tercios, e josticias, e castellanias, e casas fuertes, facemos en pró de nosa ley, e en defensa de noso Rey e natural Señor don Pedro, e de nosa grey.– En el nombre de Dios Padre, que es eterno poder, en el nombre de Dios Fijo qué es eterno saber, e en el nombre de Dios Espiritu Santo, que es eterno querer, tres personas diferentes e un solo Dios verdadero, inacabable, todo poder e Criador de todas las cosas que se ven, e que non se pueden ver, sin el cual toda creatura non es en si creatura, e al cual todo home debe dar muncho acatamiento, e amor, e en el cual toda creatura debe creer, e aguardar el bien de su cuerpo e bien paradero de su Aníma cuando finare, e por que todos los homes leales, e fieles, e nobles, e christianos, somos obligados a poner nosas presonas e vasallos, e tierras e señorios e a morrer en pró e defensa de nosa ley, e de noso Rey, e de nosa Patria e grey, e por el bien de todos, e de nosa libertá, perende a todo su saber, e por nosa voluntá, e obrigación, e buena fama, e fechos, e fielda a noso señor, e buen Rey, e natural Señor don Pedro, que munchos, e prósperos, e muy compridos años viva, e reyne: Nos Diego Menendez de Valdés, e Joan Menendez de Valdés, e Pedro Menendez de Valdés, fijos del señor Martin Fernandez de Valdés e de doña Maria de Oviedo, vasallos de su Alteza, e caballeros de la casa del Rey, ayuntados en un ser, e querer con las villas, e logares, e tercios, e merindades, e josticias, e Castellanías, e casas fuertes de Llanera, e Llanes, e Onis, e Colunga, e Cabranes, e Cabrales, Ponga, Ayer, Lena, Grado, Salas, Valdés, Carreño, Gauzon, Amieva, Babia, la Ciana, el Alfoz, Arcón, la Forcada, San Joan, Castro–Brabo, Sebares, Quirós, Prendes, Coyanza, San Pedro, y Serino, e nos en su nome, e con todo su poder Alvar Gonzalez de Valdés por Llanera, Rodrígo de Pousada por Llanes, Pedro Suarez por Onis, Sancho Sanchez por Colunga, Diego de Argüello por Cabranes. Alfonso Roiz por Cabrales, Hemando Perez por Ponga, Suer Ferjul por Amieva, Diego Ordoñez por Ayer, Yllen Bernardo por Lena, Pelayo Froilez por Grado, Gonzalo Basco por Salas, Garci Hernandez por Valdés, Joan Gonzalez de Pousada por Carreño, Tristan Gutierrez das Mariñas, por Gauzón, Menen Pelaez por Babia; Rodrigo Alfonso por la Ciana, Menen Sanchez de Castro por el Alfoz, Gomez Perez por Arcon, Ramiro Suarez por la Forcada, Fernan Gomez por San Joan, Pedro de Castro por Castro Brabo, Hernando de Castro por Sebares, Gutier Bernaldo por Quirós, Ramiro Suarez por Prendes, Suero Diaz por Coyanza, Bernaldo de Parga por San Pedro, y Boiso de Solis por Serino: Cá somos muy ciertos e asegurados de que D. Enrique e otros poderosos con sus allegados, e parciales se revelaron a Dios e a noso Rey, e Señor Don Pedro, en muncha mengua, e queriendose alzar con las sus tierras, e rentas, e pechoss, e corona, non queriendole acatar, nin facer a sus mandamientos, faciendo Ayuntamientos, e sonadas, e ayuntando armas, e vasallos, e deudos, e poderio para facer guerra a dicho Señor Rey, el cual ansí nos lo envió a decir por su carta e por Suer Pelaez, criado de su Alteza, pidiendo nos allegasemos a él, e con todas nosas fuerzas, e vasallos, e criados, e llanzadores, e homes de a pié, e de a caballo, e deudos, e allegados bien armados, e en tal guisa que hayamos por él todas las villas, e logares, e merindades, e tercios, e josticias, e castellanias, e casas fuertes de toda la tierra de Asturias; e que fagamos guerra a Don Enrique, e a sus allegados, fasta los allanar, e prender e matar, e que allanada e quieta toda la tierra, vayamos con todas las gentes en pró de su Alteza a Galicia, e non fagamos paz, nin concordia, nin tregua con D. Enrique, e los suyos, sinon que los desfagamos, e arrollemos fasta los acabar, e prender, e matar, e hechar de la tierra, e las sus casas, e villas, e poblas, quememos, e arrasemos, e salemos, ea son traidores, e rebeldes a su Alteza, e su corona, e se quieren alzar con sus Reynos, e habiendo conoscimiento de todo e considerando que lo facer ansi éramos obrigados a Dios e al Rey, e a la patria, como buenos Christianos cuanto a Dios, e leales vasallos con el Rey, e que a ello la ley, e lealtá e fieldá nos obriga, ea si non, fueramos enemigos contra nos, non faciendo lo que cumple en pro de nosa grey, e para quitar los malos fechos, e casos feos en que venrriamos si lo non asi ficiesemos, e que seriamos en mucho cargo, e culpa, e non pagábamos lo que eramos temidos defacer: Nos los Caballeros de suso nombrados Diego, e Joan, e Pedro Menendez de Valdés en un sér e querer con las Villas, logares, merindades, e tercios, e josticias, e castellanias, e casas fuertes, e a su leal poder con los sus enviados, que a su voz e nombre somos Alvar Gonzalez de Valdés por Llanera, Pedro Suarez por Onis, Rodrigo de Pousada por Llanes, Hernando Perez por Ponga, Alfonso Roiz por Cabrales, Sancho Sanchez por Colunga, Diego de Argüello por Cabranes, Diego Ordoñez por Ayer, Pelayo Froylez por Grado, Yllen Bernardo por Lena, Garci Hernández por Valdés, Gonzalo Basco por Salas, Tristan Gutierrez das Mariñas por Gauzón, Joan Gonzalez de Posada por Carreño, Menen Pelaez por Babia, Rodrigo Alonso por la Ciana, Gomez Perez por Arcon, Menen Sanchez de Castro por el Alfoz, Ramiro Suarez por la Forcada, Heman Gomez por San Joan; Fernan de Castro por Sebares, Pedro de Castro por Castro?Brabo, Gutier Bernaldo por Quirós, Ramiro Suarez por Prendes, Suero Diaz por Coyanza, Bernardo de Parga por San Pedro, Boiso de Solis por Serino, e Suer Fenjul por Amieva, por nos, e por los poderes, que para ello habemos de las Villas e logares, e tercios, e merindades, e josticias, e castellanias, e casas fuertes de suso nombradas, que en esta Iglesia del Monasterio de Santa Maria, cabe la ciudad de Oviedo somos venidos, e allegados, conoscemos e otorgamos por esta presente carta, que nos aliamos, hermandamos, e confederamos; e nos queremos allegar, e allegamos nosas presonas, vasallos, e siervos, llanzaderos, e tierras, e señoríos, e todo noso leal poder a vos el muy esclarecido Señor Rey D. Pedro, e facemos jura a Dios, e a palabras de los Santos Evangelios, que con nosas manos tañemos e prometemos a su Alteza de non recular de lo que aquí declaremos, acordáremos, ordenáremos e prometiéremos en pro de la Santa fee de Jesochristo, e de su Alteza, e de nosa tierra, e de nosa grey: Lo primero declaramos, acordamos, ordenamos e prometemos a su Alteza el Señor Rey D. Pedro, que faceremos con nosas presonas, poderio, vasallaje, siervos, llanzaderos, allegados, deudos, tierras e señorios, e todas gentes de ellas, e que de fuera se nos alleguen, la guerra a D. Enrique, e a todos los suyos, e allegados, cual traidores, e rebeldes, fasta los matar, prender, e allanar con todas sos tierras, e señorios, e fortalezas, e casas, e que las quemarémos, e arrasarémos, e salarémos con todo lo que dentro fuere, e tomarlas hemos, e tendrémos a ley de su Alteza. Otro si juramos a Dios, e prometemos al Señor Rey, que así como quemamos en esta foguera, que arder ficimos, las vainas de las espadas, ansí querremos e sofriremos ser quemados, ainda que nos dar e allanar a los traidores. Otro si juramos a Dios, e prometemos a noso Rey, que fasta los matar, é prender, e allanar, e poner toda la tierra por su Alteza, non serán posadas nosas armas, e atrás non volveremos, nin faceremos mas comida, nin bebida, que pan, e carne de baca, e agua, e non tornaremos a morar a nosas casas. Otrosí juramos a Dios, e por los Santos Evangelios, e prometemos a su Alteza, magüer morramos una e mil veces, non daremos fabla a los traidores, nin agua, nin pan nin vino, nin carne, nin otra comida nin bebida, nin candela, nin llechu, nin soberadu, nin otra cosa. Otrosí juramos a Dios, e prometemos a noso Rey, que allanada la tierra, e puesta en paz, e seyendo por su Alteza, nos ayuntaremos a él e a los suyos, en Galicia, e darle hemos ayuda con toda nosa gente armada e poderío. Otrosí juramos a Dios e prometemos que nos daremos ayuda los unos a los otros, e nos allegaremos con toda la gente que puedamos, ca ningun de nos haya mengua, nin mal fechu por los traidores. Otrosí juramos a Dios e prometemos a noso Rey, que non daremos platica, nin tregua, nin paz a los traidores sin mandamiento de su Alteza, e de un ser, e querer, e como dicho Señor Rey ordenare, e que todos seyamos en uno, e consentidos en ello, cá ansí, e bien de todos. Otrosí juramos a Dios e prometemos, que si algun de nos los Caballeros, villas, e logares, e merindades, e tercios, e josticias, e casas fuertes, e castellanías, refugase de guardar e comprir lo que habemos jurado, e prometido facer en esta hermandá, ayuntamiento e jura en todo ello, e en cada cual de sus partes, que los otros Caballeros, villas e logares, e merindades, e tercios, e josticias, e castellanías, e casas fuertes, rogarles han con buena razón, e paz a lo comprir, e guardar, e si ainda lo refugaren, non se lo consientan, e les fagan facer fuerza, cá dende agora a los malaventurados, e malditos de Dios, e traidores al Señor Rey, e a so grey, que la tal maldá menguadamente ficieren, e en tal mal fechu afincaren, declaramoslos por rebeldes e alzados contra nos, e contra el Rey, cual los otros traidores, e faceremos al igual con ellos fasta los matar, e prender, e allanar con todas las sus tierras. Otrosí juramos a Dios e prometemos, que rescibiremos a nos, e nos hermandaremos, e allegaremos con todas las Villas, e logares, e merindades, e tercios, e Alfoces, e josticias, e castellanías, e casas fuertes, e presonas, que quieran ser hermandados, e allegados a nos, e facer esta jura, e omenage, e a ello requeriremos a la ciudad de Oviedo, una, e dos, e tres veces, para lo cual ansí guardar, e tener, e facer todo, e obrar, e comprir conforme va relatado en esta carta de hermandá, ayuntamiento, e jura, e en todos los sus capitolos, nos los dichos caballeros por nos, e por las villas, e logares, e merindades, e tercios, e Alfoces, e josticias, e castellamas, e casas fuertes, los unos a los otros, e los otros a los otros todos en uno por nosas presonas volvemos a jurar a Dios, e tocar e tañer, e jurar a los Santos Evangelios, e a prometer a dicho Señor Rey don Pedro, el cual ayudamos há con su poderío, e fuerzas conforme ansí por su carta prometido nos lo há, que le aguardaremos e compriremos, e desfaceremos la jura, e prometimiento que fecho habemos e por más afincadamente a ello non faltar, facemos en manos del susodicho Suer Pelaez Caballero, e vasallo, e criado de la Cámara del Rey pleitosía, e omenage de tener e comprir, e facer, e guardar todo lo que jurado, e prometido habemos en esta carta de hermandá, conforme en ella va relatado, la cual fue fecha dentro de la Iglesia del monasterio de Santa María a 12 de las Kalendas de Noviembre de la era de 1405. (Corresponde al año de Jesucristo de 1367.) — Diego Menendez de Valdés en el nombre de Dios, Juan su hermano, Pedro su hermano. — Alvar Gonzalez–Rodrigo de Pousada — Pedro Suarez — Sancho Sanchez — Hernando Perez —Diego de Argüello — Alfonso Ruíz — Suer Fenjul — Diego Ordoñez—Yllen Bernaldo — Pelayo Froilez — Gonzalo Basco — Garci Hernadez — Joan Gonzalez de Pousada– Tristan Gutierrez das Mariñas — Menen Pelaez — Rodrigo Alfonso — Menen Sanchez de Castro — Gomez Perez —Ramiro Suarez — Heman Gomez — Pedro de Castro — Hernando de Castro — Gutier Bernaldo — Ramiro Suarez — Suero Diaz — Bernardo de Parga — Boixo de Solis — Alvaro Lopez — Iñigo Perez — Roy Ximeno, testigo, e yo Arias Perez, Notario de mi Señor el Rey, lo escribí.»

La simple lectura del documento que antecede, demuestra bien claramente el estado de irritación y el profundo encono, que dividía a los más ilustres caballeros de Asturias: la coronación de don Enrique hízole tomar aun mayores proporciones. Una mañana del mes de Abril de 1369, apenas la luz del alba disipara las tinieblas de la noche, y en el momento en que descansados, hombres de armas, reemplazaban en las fatigas del servicio, a los que habían pasado la noche en las murallas de Gijón, llega al puente levadizo un caballero visera calada, que cabalga corcel, lo mismo que el jinete cubierto de polvo y sudor: pretende entrar en la plaza, y alzándose la visera exclama:– No me conoceis, soy Nuño Diaz, que traigoos nuevas grandes: acto continuo bájase el puente, entra en la villa, y momentos después el Gobernador, reuniendo en la plaza a todos los gijoneses, les comunica la fausta nueva de la subida al Trono de Castilla del Conde de Gijón y Trastamara. Recíbese esta con general entusiasmo, e inmediatamente la corona real reemplaza en los estandartes a la Condal, que hasta aquí tremolara altiva, y el pregonero de un balcón del alcazar, exclamó por tres veces: Gijon, Gijón, Gijón, por D. Enrique II rey de Castilla y de León.

No se terminó con el trájico suceso de Montiel la guerra civil en Asturias: la muerte violenta del Rey don Pedro, irritó más los ánimos de sus leales partidarios; entonces la nunca bastante enaltecida y acrisolada fidelidad de los señores de Valdés sus confederados, y otros muchos nobles, continúan la guerra con mayor furor, y no con menos tesón defienden sus contrarios al nuevo rey don Enrique. El parentesco más estrecho; la amistad intima; todo, todo se posterga; ante la recrudescencia de la pasión de partido, reina la confusión, el estrago. Unos y otros reunen a sus parciales, y marchan sobre Oviedo, con animo de apoderarse de la capital de Asturias: a vista de esta Ciudad hubiera tenido lugar una sangrienta batalla, si un destello de paz y concordia, no hubiera surjido a la vez de entrambos bandos, acordando que su gobierno y el de las torres, se diesen en tenencia a Gonzalo Bernaldo de Quirós, noble neutral, que prestó homenage y juramento de no entregarla sinó al que resultara Rey aclamado por los nobles, villas y ciudades de voto en Córtes. Llegaron estas nuevas a oidos del Rey, que inmediatamente despachó a Oviedo a Pedro Suarez de Quiñones, con título de Adelantado mayor de León, y Merino mayor de Asturias, con poderes bastantes que hicieron ver a Gonzalo Bernaldo de Quirós, que don Enrique había sido aceptado por Castilla y León; en vista de lo cual hizo entrega con toda solemnidad de las llaves de la ciudad al enviado del monarca: no se avinieron a pesar de esto a reconocerle como tal las poderosas e irreconciliables familias de Valdés, Miranda, Martinez de Oviedo y demás que dejamos enumeradas; irritado el Rey con tan tenaz resistencia, deseoso de pacificar el país, dispuso que Pedro Ruiz Sarmiento, adelantado mayor de Galicia, reforzara en Asturias a sus parciales, con número de tropas que les hicieran superiores a sus enemigos; reunieron éstos todas sus fuerzas, a fin de acudir en defensa de la ciudad, y a su vista, se formaron en batalla ambos ejércitos en los campos de Colloto el día 5 de Septiembre del año de 1369. A las diez de la mañana dió principio el combate, y fue tan general, sangriento y obstinado, que decidió la suerte de Asturias a favor de don Enrique. Cuatro veces fueron los suyos rechazados; otras tantas se rehicieron, envistiéndose nuevamente con mayor coraje; y la victoria un tiempo indecisa, se inclinaba a los enemigos, cuando nubes de polvo en la llanura, y el son de los bélicos clarines significaron la señal de nuevos combatientes; eran los leales gijoneses y la guarnición de la plaza, que en número de quinientos infantes y doscientos caballos, comandados por Diego Ordás, Nuño Diaz y Suero Gutierrez venían con toda presteza a auxiliar al ejército real, llegando tan a tiempo que decidieron a su favor la contienda, cuyo triunfo ya contaban los contrarios. Entraron en la liza estas tropas, destrozando las que estaban rendidas de luchar todo el día; a pesar de su valor, viendo heridos y muertos en el campo, a sus mas valientes capitanes, hubieron de ceder a la superioridad y fortuna de don Enrique. De ambas partes fue grande la mortandad, y habría sido mayor, si la obscuridad de la noche, no hubiera facilitado la fuga de los vencidos: inmediatamente ocuparon a Oviedo las tropas reales, a donde fue llevado herido Juan Menendez Valdés, que al cabo de algunos días consiguió fugarse con su hijo Menen Perez refugiándose en Galicia donde estaba su hermano don Diego y otros nobles: allí residieron en calidad de proscriptos por espacio de algunos años hasta que obtuvieron el perdón del Rey.

Muchos años transcurrieran: Enrique de Trastamara llevaba dignamente la corona, que con la cabeza habia quitado a su feroz hermano, y Castilla y Asturias respiraban la benéfica aura de la paz.

Hallábase la Córte en Valladolid, cuando se dejaron ver ciertos campeones Franceses, que fijáron un arrogante cartel de reto a cuantos paladines Españoles quisieran combatir con ellos. Acudieron varios que alcanzáran nombradia en las lides, mas todos fueron sucesivamente vencidos por los presuntuosos aventureros. El nuevo Conde de Trastamara. Lemos y Sarria, primo del Rey, vino a la sazon a Valladolid desde Galicia con varios caballeros de aquel reino. Uno de ellos, que sin duda por algun voto religioso no se alzaba nunca la visera, salió al palenque, y combatió con tal denuedo, que venció uno tras otro a los estrangeros, con tanto placer del Rey como envidia de los que antes que él acometieron con desgracia aquella empresa. Conducido el esforzado vencedor ante Enrique, le invitó éste a que pidiese la merced que quisiera.– Señor,– dijo;– «la vida de un hombre que por ser leal a su principe, está condenado a muerte»– «Yo la otorgo»– respondió el Rey. Levantóse entonces la visera el encubierto caballero y mostró el rostro de Diego de Valdés.– «Yo soy ese hombre, señor. Mis casas están arrasadas y sembradas de sal: mis tierras confiscadas y mi cabeza destinada a Sayón. ¿Y cual es mi crimen€ Combatiros cuando erais rebelde y mantener mi juramento a D. Pedro.»– No se ofendió el rey de tan ruda franqueza, y con la generosidad que le caracterizaba, abrazó a Diego de Valdés, le mandó restituir sus tierras, y le permitió edificar en San Cucado una torre a tiro de ballesta de la antigua. No pararon aqui las mercedes con que el Rey Caballero favoreció a su antiguo enemigo, pues le nombró guarda mayor de su hijo D. Juan, y Merino de Asturias.

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