Apuntes de Llanes

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Capítulo I, Libro IV

La invasión francesa

I. Año de 1808

Sentido el principado de la perfidia del Emperador de los franceses Napoleón Bonaparte, inició un alzamiento asturiano el 9 de Mayo de 1808, que definitivamente se realizó el 25, y aunque con fuerzas tan desiguales, tomó la resolución desesperada de declararle la guerra el siguiente dia 26, sin noticia de que ninguna otra provincia del reino lo hubiese hecho. Desde aquel dia se empezaron a aumentar mas y mas los cuidados y sobresaltos de los habitantes.

El gran duque de Berg Murat, general de la caballería francesa, luego que tuvo noticia de ese atentado, dió desde Madrid varias disposiciones para castigarlo. Envió a Oviedo un Edecan suyo con órdenes reservadas: hizo entrar por Pajares doscientos carabineros reales, y mandó que avanzase por esta villa un batallón de Hibernia. La Diputación general del principado, que casualmente se hallaba reunida, temió el golpe, y de acuerdo con varios caballeros intrigó con los paisanos de las inmediaciones de la ciudad, y habiendo conseguido un levantamiento, impidió las medidas tomadas por Murat, y logró que los militares, que venían a castigarla, tomasen partido.

Desde aquel día ya no se trataba mas que de prepararse todos para la guerra: se hizo alianza con los ingleses y se acopiaron armas y municiones; se formaron regimientos con los nombres de las capitales de los concejos, dándoles por Jefes a los militares que había en el principado, y por subalternos a los hijos de gente distinguida que parecieron más a propósito: en pocos meses se organizaron más de diez y seis mil hombres.

En esta villa se creó una junta para promover donativos y cuidar de la subsistencia de los mozos que se reunían de este concejo, y de los militares transeúntes, en que se trabajó con la mayor actividad.

A fines de Septiembre de dicho año de 1808, pasaron por esta villa cuatro mil hombres de tropa asturiana, al mando del general de división don Vicente María Acevedo, con dirección a Vizcaya y punto de Espinosa, a incorporarse con el ejército de cuarenta mil hombres que mandaba en jefe el señor don Joaquin Blake.

En el mes siguiente entró por Irun el emperador Napoleón con fuerzas muy superiores, y se cayó sobre las del general Blake, por no haber querido o podido ayudar al general Castaños, que debió atacar por la parte de la Rioja con igual fuerza: resultó la gran dispersión que llamaron de Espinosa; bajó una gran parte del ejército por las montañas de Santander y pasó por esta villa, causando muchos daños, en especial, los soldados que llamaron del Norte (porque habían estado en aquellos paises): a la verdad era una escena la más triste ver pasar tanto número de soldados y dependientes del ejército sin orden ni disciplina, sin otra ley más que su capricho, amenazando a todos, matando ganado, y apoderándose de casas y almacenes, bebiendo y derramando los vinos y aguardientes que no podían consumir, anunciando que estaba inmediato el enemigo.

El vecindario se vió entonces en el mayor conflicto: no se oian mas que lamentos por todas partes, y olvidando cuanto tenían, se retiraban a los lugares mas remotos.

Se fue acercando el enemigo al rio de Unquera, y envió adelante una avanzada de ciento sesenta hombres, los treinta de a caballo, los cuales entraron en esta villa el dia 24 de Noviembre de dicho año, por primera vez, sin oposición alguna, pues todos los vecinos se habian ausentado excepto algunos viejos y enfermos que no pudieron salir, y excepto el Juez don Cristobal Gutierrez que, en compañía de don Antonio José de Mendoza, don José Quintana, don Fernando Robredo, don José de Vela y don Tomás Bernaldel Escribano, les salieron a recibir hasta la portilla primera de la Galea (que estaba donde se cruza la carretera con el camino del Cueto y la subida de la Guia.) Se dió de comer a los oficiales en la casa del Cercado, y se repartieron raciones a la tropa: a las cuatro horas volvieron a marchar con dirección a Colombres, pero el enemigo se portó con tanto orgullo que en adelante nadie los quiso volver a recibir. Se apoderaron de los almacenes reales de tabaco y sal, y pusieron expendedor de su cuenta: al paso por el Valle de Mijares mataron a Alonso Diaz, vecino de Covielles, viéndole correr de una casa a otra.

A los dos dias volvió otra avanzada en mayor número, y habiendo entrado en el pueblo a las diez de la noche con secreto, hicieron una gran hoguera en la plaza y quemaron una buena porción de armas que hallaron en las casas de don Andres de Posada, haciendo lo mismo con las sillas y camas que encontraron en ellas, y al amanecer volvieron a marchar sin pedir raciones.

Por tercera y cuarta vez volvió a entrar otra avanzada de solos ochenta hombres a principio de Diciembre; el Juez pasó aviso secreto a dos compañías nuestras que se hallaban a media legua, y habiendo avanzado hasta la Galguera, al tiempo que el enemigo marchaba por la cuesta del Santo Cristo del Camino, lograron ahuyentarle, hacerle dos prisioneros, y matarle un tambor.

A cuatro o cinco de Diciembre del mismo año, reunidos algunos soldados, paisanos y marineros en número de ciento cuarenta hombres, bajo la dirección y comando del Gobernador Militar de esta villa don Blas de Posada, se apoderaron del punto de Unquera, ahuyentando al enemigo y tomándole dos cañones de a cuatro. Se pasó aviso al General don Francisco Ballesteros que se hallaba en Ribadesella, y llegó oportunamente con la tropa necesaria para reforzar y asegurar dicho punto: se aumentó después cada día el número de tropas nuestras: se hicieron parapetos, y se pusieron algunos cañones en los parajes mas expuestos de modo que por muchos meses fueron en vano todas las tentativas del enemigo, antes bien por el contrario, el General Ballesteros pasó muchas veces el rio, y acometió al enemigo en sus posiciones con tan buen éxito que se hizo temible a los franceses y se adquirió mucha reputación; era muy activo e hizo conducir desde el Fuerte de esta villa un cañon de 24, hasta colocarle en la cuesta que domina el rio, con lo que logró nuevas ventajas desmontando la artillería de los enemigos.

En los cinco meses que se sostuvo el punto de Unquera se contagió la tropa de fiebres pútridas; hubo muchos enfermos y se propagaron esta especie de calenturas. Se estableció un hospital militar en la casa palacio de el Conde de la Vega: el Concejo concurrió con tarimas, ropa blanca y gergones y reunieron como unos doscientos enfermos: se nombró contralór, enfermeros y cabos de sala y se originaron muchísimos gastos. Era muy dolorosa la conducción de los enfermos desde Colombres; unos fallecian por el camino; otros espiraban al entrar en el hospital; este estaba falto de muchos artículos, por que habiéndose pensado de prisa, era consiguiente hallarse mal servicio. Murió bastante tropa, y se eligió para cementerio la huerta de las Barqueras, de la casa de Barrio, (hoy de don Juan Risco.) No habla capellanes de regimiento, y era forzoso que los curas y capellanes de esta villa asistiesen a los moribundos por alternativa, con peligro evidente de contagiarse. En efecto enfermaron la mitad de los clérigos, y murio el cura beneficiado don Alonso Ramos y el presbítero don José Vitorero.

II. Año de 1809

A mitad del mes de Mayo de 1809 amenazaron los franceses el Principado, y acometieron por la parte de Pajares, puntos de Ventaniella y la Mesa, con cuyo motivo fue llamado el señor Ballesteros a Oviedo. Llevó consigo uno de los regimientos que resguardaban a Unquera y se debilitó aquel punto principalmente por la falta de Jefe, y todos se persuadieron que el enemigo entraría cuando quisiese. Así sucedió.

Los franceses, en número de 2500, al mando del general Bonet, pasaron el rio el 21 de dicho mes; el paisanaje de estas inmediaciones, el Gobernador militar Posada y otros Jefes de la alarma se reunieron en esta villa, y con sus chuzos salieron en la tarde del 22 a la cuesta del Santo Cristo del Camino: el enemigo, con la vista de la gente se contuvo y se acampó en las inmediaciones de San Roque; a la mañana siguiente avanzó muy temprano: los paisanos quemaron la pólvora y se retiraron, y el enemigo entró sin oposición. Como hallaron al pueblo sin prevenciones, y no hubo quien los recibiese, saquearon las casas y robaron cuanto pudieron, lo que no sucedió en otras villas de la costa que les salieron a encontrar. También estropearon el archivo del Ayuntamiento, raseraron los padrones de calle hita, órdenes y demás papeles que se hallaban en él. Los primeros soldados que entraron dispararon y mataron al marinero Hilario del Castillo, por que tenía un fusil en la mano y no le quiso largar. Tambien mataron a Santiago de la Fuente, vecino de Póo, por que le hallaron en casa unos cartuchos de pólvora. Pero uno de los oficiales primero de a caballo, al llegar a la portilla del convento (que estaba al extremo Occidente de la Huerta de don Ramón M. de Labra, frente al colegio de primera y segunda enseñanza), fue muerto de un balazo que le disparó un soldado asturiano desde el camino.

Dejaron una guarnición corta en esta villa al mando del Coronel Cretén, y los demás siguieron a Oviedo con otras tropas que después fueron entrando, y al cabo de un mes volvieron a pasar por esta villa y Cabrales, por que los asturianos, al mando de Ballesteros, les llamaron la atención por Santander, a donde fueron a caerse tomando el camino por los montes de Covadonga. Al pasar el enemigo por el valle de Mijares, disparó a José Mijares, por que se les hizo sospechoso.

En 19 de Agosto del mismo año de 1809, volvieron a entrar los franceses en esta villa en número de trescientos hombres; la mitad se adelantó a Ribadesella y trajo arrestado a don Antonio Ardines.

En el mes de Octubre del expresado año llegó el Coronel don Cárlos Rato con un Ingeniero a reconocer varios puntos de defensa, y acordaron fortificar la línea de Purón. Se construyó una buena trinchera de tierra y fagina; se arrimaron algunos cañones con la tropa y artilleros correspondientes al mando del general don Nicolás Ponte, que vino luego a promover las obras, fijando su cuartel general en los lugares de el Acebal y Covielles.

III. Año de 1810

Después de dos meses de trabajo y cuando todos habian concebido alguna esperanza de defensa, volvió el General Bonet, a intentar el paso por esta parte de la provincia. Pasó el rio de Unquera con cuatro mil hombres, y se acercó al de Purón el dia 25 de Enero de 1810. Después de una hora de resistencia por nuestra parte, aparentó el General enemigo un parlamento, y mientras se evacuaba, hizó conducir a cierta altura sus cañones, batió nuestras líneas y pasó la tropa el rio, y nuestros soldados desampararon sus posiciones.

Los franceses acamparon en aquella noche en la villa y sus inmediaciones, pero principalmente el mayor número cargó sobre la Pereda y Parres en donde hicieron un rico saqueo, por que los pudientes habian retirado hacia aquellos lugares sus principales haberes. La tropa enemiga se entregó al desorden: cometió mil excesos con las gentes dispersas que encontraron escondidas por las cuevas y pajares, y es imposible esplicar la pena y aflicción en que todos se vieron: muchos se salvaron subiendose a los montes de noche por medio de las nieves, prefiriendo la compañía de las fieras a la de los franceses; a la verdad, que semejantes escenas solamente las puede conocer el que las experimenta por sí mismo, o el que las coteja con la aflición general en que se hallará el género humano cuando amague el fin último de todas las cosas.

El enemigo encendió en aquella noche una multitud de hogueras; cenó sus robos; a la mañana siguiente registró lo que no habia podido hacer por la noche, y a las diez del dia se le dió la orden de marchar hacia Oviedo cuya ruta siguió también la tropa que fue entrando.

En el mes de febrero determinó el general Bonet poner guarniciones fijas en las capitales de los concejos, asegurarse mejor, y mantener la correspondencia. Dió orden a Mr. Obríll, Comandante, para que permaneciese en esta villa; se hospedó los primeros dias en la casa de la Botica, delante de la capilla de San Roque, y después se pasó al convento, que estaba desocupado, por que las Monjas se habian retirado a Caldueño. Solo estuvo aqui un mes de guamición; era de caracter duro y mandó se quemase la casa de Ardísana del Gobernador Militar don Blas de Posada para lo cual dispuso que la tropa saliese de noche.

A principios de Marzo de dicho año de 1810, llegó a relevarle Mr. Guillot Comandante del cuarto Batallón del Regimiento 119; era casado, tenia en su compañía muger e hija: era de genio moderado y compasivo. Su guarnición se componía de 260 hombres; hizo en el convento varias obras de defensa: construyó parapetos en las puertas principales, y al rededor de la cerca; fue herido en un brazo en una salida que hizo contra las partidas españolas.

En 25 de Abril del mismo año vinieron cuatrocientos hombres al mando de don Pablo de Mier y de don Fernando Rubin con intención de apoderarse del convento y de su guarnición; le pusieron sitio formal, repartiendo su tropa en sitios ventajosos dominantes al convento esperando se rindiese por falta de agua: sacaron del Fuerte de esta villa un cañón de a veinte y cuatro, y le colocaron en Cotiello sitio de las Escortes; le dispararon cinco veces contra el enemigo con buen efecto, pero por falta de polvora no pudo continuar. Apurados los franceses hicieron una salida el 30 a las ocho de la mañana divididos en tres columnas; sorprendieron a los nuestros, y se dispersaron por depronto; cuando se trataba de reunirlos otra vez, llegó a los franceses el refuerzo que esperaban y fue preciso abandonar el plan.

El Comandante Guillot contuvo mucho a su tropa a la salida, pues de otro modo hubiera cometido numerosos escesos. Solamente mataron a don Miguel Medina. Regente de la Botica, y algun soldado que se descuidó.

Entonces tuvieron principio las dos juntas de subsistencias y municipalidad; aquella entendia en el surtido de las tropas, y ésta en el Gobierno de la villa y concejo, que fue creada algo posterior. Para los cargos se mandaba echar mano de hombres de probidad, pero se conoció después que esto era de poca importancia, por que los vocales no eran otra cosa que unos meros criados de los franceses; el comandante pedía granos, dinero o vinos por medio de su comisario en la cantidad que le parecia, y era forzoso buscarlo, no admitia réplica; no se atrevian a contradecirle por que luego estaba la amenaza encima; al mismo tiempo los que componian tales juntas eran odiados de todos, en especial de nuestras guerrillas que los buiscaban para arrestarlos y conducirlos a su cuartel de Vivaño, y si no lo podian conseguir exigian de su muger y familia una buena multa o multas cuando tenian domicilio en las aldeas; para evitar estas vejaciones o por celo de la patria, desamparaban las juntas, y ellos mismos se pasaban a las partidas españolas, pero en este caso tambien incurrian en la indignación de los franceses que los buscaban para el castigo.

En estos dias de calamidad todos padecían, tanto los que mandaban como los que obedecían.

Las partidas asturianas mantenían su guardia en el Santo Cristo del Camino, en Parres y en Póo, para impedir las contribuciones de los lugares o apoderarse de ellas. Los franceses de esta guarnición no se daban por satisfechos ni admitian disculpas, aun cuando se les hiciese ver que las contribuciones habían caido en poder de las guerrillas: decían; tráiganlo de noche y por senderos desusados y sino quedarán en descubierto y se les exigirá el duplo: de modo que los vecindarios o tenían que duplicar los pedidos, o sobornar con dinero a las guardias amigas para pasar con sus contribuciones y entregarlas a los enemigos: situación dolorosa que duró muchos meses.

El comandante que, pasados los tres meses de guarnición, sucedió a Mr. Guillot, lo fue Mr. Pati, del tercer Batallón del Regimiento 119, con 250 hombres, en el mes de Julio de 1810: era de génio ardiente y rígido, aunque nada sanguinario. Permaneció en esta villa más de ocho meses: se ocupó mucho en fortificar mas y mas el convento; aumentó el número de parapetos, dándoles mejor disposición, aseguró las entradas, poniendo tras de las puertas barricas llenas de piedras, colócando cañones en ciertos puntos y hasta en el campanario, de modo que se gloriaba de que toda la tropa de la provincia no era bastante para echarle del convento.

Nada le costaban estas obras; pedia a los lugares los peones y oficiales necesarios; trabajaban cuanto se les mandaba, y no se les daba ni una mala ración, el Comandante tenia particular gusto en inventar nuevos trabajos, y los oficiales tenian que obedecer y sacrificarse. Se equipó de cuanto necesitaba; hizo llevar al Convento los muebles que le pareció para su comodidad, sillas, mesas, catres, tren de cocina, ropas, colchones, etcétera, sacándolo de las casas y dejando a los vecinos empobrecidos y miserables. Mantenia una mesa abundante y regalada para él y sus oficiales a costa de los vecindarios de estas inmediaciones, pues los lugares distantes no podian contribuir a causa de las partidas Españolas que lo impedian.

En efecto, estas guerrillas incomodaban mucho a Pati y a su tropa; se habian fijado en Vivaño dos compañias de soldados con el plan de oponerse a la guarnición de esta villa, impedir las contribuciones y protejer a los quejosos: elegian justicias independientes en el valle de Ardisana: hacían sus mercados y había más concurrencia que en Llanes, lo cual incomodaba sobre manera a los franceses que hacian sus salidas para batir aquella fuerza, pero nunca pudieron deshacerla.

Principalmente se distinguió en estos encuentros, el oficial don José Balmori, natural de Posada, que con solos cien hombres, se acercaba frecuentemente a esta villa a provocar a los franceses, y los esperaba con serenidad y con ventaja: no se habrá olvidado nunca a Pati, la emboscada que Balmori le armó en Purón, en donde le cogió trece hombres con su sargento.

Aparecian otras veces partidas del Regimiento de Cangas, que interceptaban la correspondencia al enemigo, protegian el desembarque de armas y vestuarios que traian los Ingleses, e impedian los víveres que los lugares debian traer a la guarnición francesa.

De este modo se ejercitaba la tropa asturiana, pero los vecindarios quedaban comprometidos: el enemigo viendose estrechado, pedia auxilio a las otras guarniciones, y luego que le llegaba, salia por los lugares que no habian enviado su cuota; traia cuanto ganado encontraba en compañía de sus dueños; exijia todos los atrasos y encima una buena multa. Era muy doloroso el ver entrar trescientas o cuatro cientas cabezas de ganado, vacas para parir o recien paridas, y encerrarlas en tiempo de invierno en sitios al descubierto y a la intemperie de noches cruelísimas, y oir a los dueños lamentarse de su pérdida, único resto que les quedaba de sus haberes: y no menos triste era escuchar el bramar de frio del ganado, y en morirse de hambre, y sufrir la estoica frialdad de los Franceses que no lo entregaban sino después de bien reintegrados.

Llegaron a aumentarse tanto las guerrillas asturianas en este Concejo, que la guarnición enemiga estaba circunvalada por todas partes: en cinco meses, solo eran contribuyentes el valle de Pendueles, el de Mijares y esta Villa: a vista de ello, se suplicó varias veces al Comandante aliviase las contribuciones, pero no hubo lugar, y se empeñó en que estos pocos vecinos habían de llevar la carga que antes recaía sobre todo el Concejo: en poco tiempo ademas de la contribución de granos, se hicieron los repartos siguientes, que recayeron sobre los dos valles referidos, villa y arrabales.

Repartimientos
Año de 1810
  • A primeros del mes de Octubre se repartieron por los franceses
  • A 15 del mismo
  • A 16 de noviembre
  • A 28 del mismo
  • A 31 de Diciembre
  • 29.000 rs. v.
  • 14.000 rs. v.
  • 9.996 rs. v.
  • 14.600 rs. v.
  • 22.300 rs. v.
Año de 1811
  • A 12 de Enero
  • A 16 del mismo
  • A 7 de Febrero
  • 6.220
  • 7.888
  • 6820
Total 110.824 rs. v.

Por la contribución de estos seis meses, se podrá inferir la que sufrió el concejo en diez y ocho que subsistió aquí el enemigo; además se daba pan, maiz, habas, hierba, leña, árgoma, diario para la mesa y salario para el Comandante, de modo que los franceses se proponian enriquecerse en semejantes destinos. Pati para sus exacciones se valía de un comisario perverso que traia consigo, cuyo nombre no merece escribirse, aunque su crueldad y orgullo nunca se olvidarán a los vecinos; éstos se lamentaban y lloraban la opresión en que se veian metidos, pero el remedio de éstos males le miraban muy distante.

IV. Año de 1811

Por el mes de Marzo de 1811 bajaron tresmil hombres desde Cangas, al mando de don Federico Castañon, con el fin de asaltar el convento, segun todas las apariencias, por que traian la artillería correspondiente; éstas tropas avanzaron hasta Porrúa, y una tarde se acercaron a esta villa y se tirotearon con la cuarnición del convento. Todos estaban impacientes esperando se diese la orden para el asalto, por que lo contemplaban axequible pero sucedió todo al contrario; el General Castañón manifestando mucha indiferencia dió órdenes replegando la tropa hacia Vivaño: llegó en esto una partida volante de cuatrocientos hombres a dar socorro a los franceses, partida que cometió en la villa los excesos acostumbrados, que salió al dia siguiente a hacer sus robos y castigos por los lugares inmediatos a vista de nuestras tropas, y que se volvió otra vez por donde habia venido como si estuviese de acuerdo con Castañon: éste, después de haber causado grandes gastos a la jurisdición, la volvió a dejar en la misma esclavitud que antes, lo que llenó a todos de la mayor indignación y despecho.

A pesar de eso volvieron luego nuestras partidas a incomodar al enemigo en su cuartel y le interceptaron la correspondencia que tenía que remitirla por mar a Gijon, obligando a los marineros a llevarla muchas veces con peligro de la vida por los malos tiempos.

Este comandante tampoco se descuidó en celebrar los dias de San José, en memoria del Rey intruso, que estaba muy de asiento en Madrid, y los del Emperador Napoleon a 15 de Agosto, haciendo celebrar una función de Iglesia, aunque tenía muy poco de católico, enramándola con bastante gusto, y colocando la Corona Imperial en el púlpito y Coro, mandando se iluminasen las casas por la noche, y previniendo concurriesen las gentes a festejar el dia; pero a pesar de sus órdenes, los vecinos se mantenían retirados, y no hacian ninguna demostración de alegría: ¡Tanta era la opresión en que se hallaban todos!

Por último llegó el fin de la comandancia de Páti, y a principios de Mayo de 1811, vino a relevarle Mr. Fossion con trescientos hombres del regimiento 120.

Este comandante, Mr. Fossion, habia sido prisionero por el General Ballesteros, y al paso por esta se le había tratado con humanidad, y agradecido a ello se portó con moderación. Solamente mandó hacer un repartimiento de 7000 reales, pero apenas hizo efectiva la mitad, por que recibió la orden de marchar: Su tropa era escogida y se propuso perseguir todas las partidas de las inmediaciones, que tanto habían molestado al comandante anterior. Salía a deshora, y en efecto iba realizando sus planes. En una mañana sorprendió a los guardas José Mijares y Nicolás Rivas, que iban armados a reunirse con el resguardo de el Infiesto, y los oficiales, inmediatamente creyendo que eran brigantes, les quitaron la vida a sablazos junto a la Arquera.

A mitad de Junio de 1811, con motivo de la gran derrota que padeció el general francés Massena en Portugal, tuvo orden Bonet de marchar a Castilla y dejar el Principado: pasó por aqui parte de su división y llevó consigo la tropa que guarnecía este punto, con lo que quedo libre esta villa, después de diez y ocho meses de cautiverio, habiendo abandonado mucha parte de sus víveres, que la prisa y precipitación con que marchaba no le permitieron aprovechar.

La alegría y placer general de los vecinos fue en proporción a la tristeza y opresión con que antes se hallaban: este pueblo anhelando siempre por el Gobierno legítimo, fiel a su Rey y a la patria, estuvo sumergido en un abatimiento general; en los diez y ocho meses de su cautiverio, no dió ninguna señal de alegría; reinaba en el semblante de todos los vecinos una melancolía profunda hasta que, por último, llegó el remedio.

V. Año de 1812

Pero este placer fue pasajero: después de algunos meses volvió a amagar de nuevo el enemigo al Principado. Era una especie de tormento para todos los habitantes: no se trataba de otra cosa en todas las conversaciones, si no averiguar si el enemigo se acercaba o no a nuestros confines, si entraría o no por Pajares o por Unquera. En esta incertidumbre todos padecían.

Desde mitad del mes de Junio de 1811, hasta otro tal dia del año siguiente de 1812, sin embargo de haber estado esta villa libre de tropas enemigas, fueron muchísimos los gastos que tuvo que sufrir, por la contíiiua concurrencia y tránsito de tropas nuestras. Castilla se hallaba ocupada por tropas francesas. Oviedo también lo estaba a tiempos, de consiguiente, aquí estaban y se aglobaban las nuestras cuando eran perseguidas en otros puntos, y aquí venían a recoger los vestuarios y municiones que desembarcaban los ingleses. El señor Porlier pasó por aquí en aquel año dos o tres veces con su división: lo mismo el señor Pol y Longa. Aquí se establecieron varios hospitales en el convento y en las casas, y era contínuo el tránsito de ida y vuelta de regimientos enteros.

Para atender a la subsistencia de estas tropas, se había mandado formar en las capitales de los concejos una junta o comisión de cinco individuos, y el Juez, que hacía de Presidente.

En aquel año importaron los repartos de dinero efectivo en este concejo 196.000 reales.

Ascendieron las raciones de pan a 176.592
Las raciones de menestra a 68.827
Las raciones de carne a 109.813 libras
Id. hierba, leña, aceite.

Ello es que se reunieron, solo de los gastos de este año, catorce mil recibos, y este Concejo alcanzó a la Real Hacienda en mas de noventa mil reales, de que hay documento, después de rebajar su contingente.

A últimos del mes de Mayo de 1812, el general Bonet, hallándose precisado a salir de la provincia para unirse a las tropas de Castilla, hizo reunirse en Gijón varias lanchas y barcos para conducir sus robos y equipajes y enfermos: se hicieron a la vela con tiempo sospechoso, y sobre Ribadesella se declaró un Norte recio. Podían haber salvado la vida entrando en aquel puerto, pero lo resistieron los franceses que iban dentro de guardia, y lo mismo una Trincada que los iba convoyando. Se aumentó por grados el temporal y los aguaceros: pasaron por frente de esta villa a las tres de la tarde, y todavia pudieron rescatar sus vidas arribando, pero los franceses lo resistieron segunda vez, por no caer prisioneros. Siguieron hacia San Vicente a buscar una muerte cierta, y en efecto, antes de llegar, cinco o seis lanchas se sumergieron con toda la gente, porque el mar alborotado las envolvió entre las olas, lo propio aconteció a la Trincada, y otras dos llenas de agua, entraron en el puerto y perdieron la mitad de su tripulación: de modo que se ahogaron nias de ochenta marineros de Candás y Luanco, y más de ciento veinte franceses.

Escenas lamentables; consecuencias de una guerra desoladora.

Padeció también muchísimo esta Villa y Concejo, porque cuando entraba o salia tropa francesa, se observaba que siempre tenia que vender. Presentaba ropa robada de todas clases; libros, cubiertos, cajas, cálices, patenas, figurando lo traían de otros concejos y resultaba ser de éste.

Cuando salía apremio a algun lugar por hallarse atrasado e n contribuciones, robaban telas, ropa blanca y de vestir, y cuanto podían haber a las manos, de modo que, poco a poco, fueron aniquilando a todos.

Viendo que las partidas españolas se guarecían en este o en el otro lugar, procedían al saqueo e incendiaban las casas. En Nueva quemaron cuatro o seis, en Celorio una, y otra en la Portilla, pero los franceses que se descuidaban pagaban con la vida.

Esta villa, además de los saqueos frecuentes, y robo de los sótanos que encontraban por denuncia de los malévolos o por destreza del soldado, tuvo mucho que padecer en los alojamientos, contribuciones, ropas para los Comandantes y subalternos. Las guardias de la plaza y de Cima de villa deshicieron y quemaron la casa principal del Conde de la Vega de Sella, y la de los Arcos de Don Pedro Mendoza.

Al cabo Bonet volvió a entrar otras dos veces en la provincia, aunque no vino a Llanes, hasta que, por final, hallándose Marmónt amenazado por el ejército combinado sobre Salamanca, se le llamó para auxiliarle con su tropa; y mediado el mes de Junio de 1812, pasó por esta villa por la última vez. Nuestras tropas parece le debian picar la retaguardia, pero no lo hicieron, con cuyo motivo hizo las marchas a su gusto y pasó saqueando cuanto encontraba, y este concejo tuvo mucho que sufrir, y acabó de perder lo poco que le quedaba. Así se cumplió en esta jurisdición, mejor que en otra ninguna, lo que el enemigo repetía frecuentemente–«que no nos dejaría mas que los ojos para llorar.»

A los grandes gastos que causaba el enemigo a los pueblos se agregaban los que se originaban de la manutención de nuestras tropas, la multitud y frecuencia de bagages de caballerías y carros para conducir los subalternos, los enfermos, municiones, víverers, era tanta que arruinaba a todos, de modo que esta guerra cruel hacia gemir a toda la naturaleza, los hombres fallecían y los ganados acababan.

Maldito Napoleon ¿quien podrá referir los males que has causado, las muertes, los sustos y sobresaltos aun con respecto a esta provincia? Decidlo vosotros, padres desconsolados, madres viúdas, jóvenes, doncellas sin destino ¿cuantas veces por defender vuestro honor os subiais a los montes mas encumbrados, os arrojabais, en los precipicios huyendo de la tropa brutal, y os desaliñabais y ocultabais las prendas con que la naturaleza inocente os habia agraciado?

VI. Sorpresa de un Convoy.

A todo lo que llevamos dicho en el presente Capítulo, coleccionado de manuscritos y apuntes sueltos originales del beneficiado y Arcipreste don Lorenzo Simon Gonzalez, debemos agregar; que después de haber forzado la línea de Purón el General Bonet con sus cuatro mil franceses, acampó en esta villa y sus inmediaciones la noche del 25 de Enero de 1810, y marchó en la mañana siguiente hacia Oviedo, dejando aquí una guarnición fija con fuerza suficiente al mando de Mr. Obrill, Comandante.

En los primeros dias de Febrero, se vió precisado este Comandante, a trasladar víveres y, vestuario al interior de la provincia, y resolvió hacerlo por Posada y el rio de las Cabras, habilitando al efecto ochenta carros completamente cargados, que custodiaban unos cien hombres.

Sabedores de ello un Fraile que procedia de Valdedios, y capitaneaba una pequeña partida de Asturianos, el Alferez don José Balmori de Posada, el Teniente Noriega de Onis, y otros que tan]bién vivaqueaban con las suyas por el concejo de Llanes, concibieron el proyecto de apoderarse del convoy, y puestos de acuerdo, acantonaron las escasas fuerzas de que disponían en las montañas del rio de las Cabras, sin que de ello se apercibiesen los franceses. Internados éstos con la más completa confianza entre aquellos desfiladeros, fueron sorprendidos por un nutrido fuego que de ellos salía, y aturdidos con ésto y con los gritos y las piedras que descendían de las alturas, tal pavor se apoderó de su ánimo, que abandonando completamente los carros, retrocedieron en precipitada y desordenada fuga hasta que se refugiaron en esta villa.

Este glorioso hecho de armas; ésta victoria, que tanto valor y arrogancia infundió en nuestros guerrilleros, es mas notable y original, por que no hubo que lamentar desgracia personal ninguna, ni se darramó una sola gota de sangre, y, por que proporcionó a la vez a aquellos los recursos de que carecían, siendo curioso verlos después vestidos a la francesa, cuyos militares uniformes se encasquetaron sin el menor reparo, con propósito firme de perseguir al francés hasta el esterminio.

VIII. Incendio por Represalias.

El Comandante francés del cantón de Llanes Mr. Obrill que ordenó la expedición por el rio de las Cabras, no esperaba fracaso tan completo, e irritado por el, resolvió vengarse de quien supuso, sinó director, cuando menos consejero de la sorpresa y derrota sufrida por sus fuerzas, el Coronel Gobernador militar y político de este distrito don Blas Alejandro de Posada y Castillo.

Ocupado Llanes por los franceses, vivía el señor Posada en Puertas de Cabrales, y tenía a su señora y familia en la casa solariega llamada de la Torre sita en Palacio de Ardisana, a donde con frecuencia venía para verlos, desde su residencia accidental.

El 11 de Febrero de 1810, precisamente a los ocho dias de la derrota en el rio de las Cabras, supo Mr. Obrill que don Blás de Posada se hallaba en Palacio, sin duda por algun espía, o falso y traidor amigo que nunca faltan, y en la misma noche mandó de Llanes, con la mayor reserva, una compañía de soldados que rodearon la casa de la Torre, a la hora en que sus moradores y los vecinos del pueblo descansaban tranquilamente.

Practicado en ella un detenido reconocimiento, no encontraron a quien buscaban, y contrariado por ello el Jefe de la fuerza, ordena la salida de la señora, que aun no estaba restablecida por completo de su último alumbramiento, y que fue sacada sobre un colchón, lo mismo que sus tiernos hijos, al atrio de la capilla que está frente de la casa, y pegar fuego a ésta, como así se verificó, para achicharrará nuestro distinguido paisano; ¡acto de crueldad y de barbarie inconcebible en hijos de una nación que se jactaba de ser la más civilizada del mundo! Ni las lágrimas de la atribulada y enferma esposa, ni la presencia de los tiernos hijos ablandaron al caribe que tal hazaña dirigió. Todo fue pasto de las llamas en poco tiempo, menos don Blas de Posada, quien al sentir los primeros rumores de la fuerza que su casa rodeaba, y advertido por una sirviente, comprendió el peligro que su vida corría, dice a la sirviente prevenga a su esposa, y se lanza del lecho, arrojándose casi desnudo por una ventana de la parte norte de la casa que daba a unas huertas, gana el bosque inmediato, y huye en dirección a Riocaliente, desde donde vió como su antigua casa solariega se convertía en cenizas con cuanto en ella se encerraba.

No satisfecho aun de tan brutal acción el Jefe francés, trajo aquella misma noche a Llanes a la infeliz señora de Posada, la que acompañada del médico don Pedro Escudero, llegó aquí a las primeras horas de la mañana del dia 12, e inmediatamente fue presentada a Mr. Obrill, quien avergonzado sin duda de la heroica proeza de los suyos, mandó ponerla en libertad.

Desde entonces se ausentó don Blas de Posada de su pais primero a Espinama de Liévana, y luego a la Coruña, en cuyo punto permaneció hasta la conclusión de la guerra.

VII. Alijo en Cuevas del Mar.

En 2 de Agosto de 1810 arribó a la ensenada de Cuevas del Mar una expedición inglesa compuesta de tres fragatas y otras embarcaciones menores, conduciendo ochocientos soldados, armamento, municiones, vestuario, y otros efectos de boca y guerra, al mando del general don Juan Diaz Porlier, conocido por el Marquesito. Desembarcó al abrigo de las partidas volantes de este Concejo de Llanes, capitaneadas por don José Balmori y otros. Colocado todo en más de doscientos carros, marchó el convoy por Naves, Posada, Vivaño, Meré, Cabrales a Espinama de Liévana. El dia cinco de aquel mes, pasaba esta expedición por el río de las Cabras, y llegó oportunamente y sin contratiempo al punto de su destino.

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