Apuntes de Llanes

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Capítulo II, Libro IV

Reinado de don Fernando VII

I. Los Voluntarios Realistas

A los infinitos males causados por la guerra francesa, en la que todos los españoles combatieron como un solo hombre y con una sola idea, quedó entre nosotros otro mayor engendrado por la política.

La Constitución de 1812; la venta de los bienes de algunas comunidades religiosas; la libertad de imprenta; y otras muchas libertades concedidas por las Cortes de Cadiz, trajeron en pos de sí, después de la restauración en el trono de don Fernando VII, las persecuciones, las emigraciones y destierros, los fusilamientos y los cadalsos, y por fin la guerra civil.

El primero de Enero de 1820, don Rafael de Riego, Comandante del batallón de Asturias, destinado a la expedición de Ultramar, dá el grito de insurrección en Las Cabezas de San Juan proclaniando la Constitución de 1812. Le secundan las provincias; se reunen Cortes; admite y jura el rey la Constitución; el pueblo dá suelta a los presos de la cárcel de la Inquisición de Madrid; se crea una Milicia Nacional; se forman sociedades patrióticas, secretas y masónicas; se desarma y se disuelve el cuerpo de Guardias de Corps, encerrando en las prisiones a muchos de sus individuos; se conspira para establecer la República; viene la intervención extranjera. triunfa el despotismo; créanse los cuerpos de volumarios realistas, costando a la nación mas de doscientos millones de reales el sostenerlos, y, segun el P. Mariana, muchos de los alistados hubieran debido arrastrar por sus crimenes las cadenas de los delincuentes. Siguen las persecuciones, las purificaciones, los encarcelamientos y las muertes.

II. Persecuciones

No podia librarse Llanes de la regla general, y también aquí principiaron a señalarse los Realistas y los Liberales, introduciendo la discordia entre los vecinos.

Se formó en este cantón un batallón de aquellos voluntarios, bajo el comando de don Juan Rubin de Celis y Paraja, del cual formaban parte las dos compañías, con cerca de doscientos hombres, de esta villa y arrabales.

Los realistas, mas exigentes o mas fanáticos, principiaron con las persecuciones, obligando a muchos a emigrar a otras provincias o a sufrir las consecuencias y gastos de un expediente de purificación, sin lo cual no se vivia tranquilo ni seguro.

Véase como el mismo P. Mariana describe la tramitación de estos expedientes.–«Otra de las providencias que mas elogios mercieron a los absolutistas furibundos, fue el abuso fatal de las purificaciones, sistema el más injusto y atroz, que ha podido inventar jamas la perversidad de una banderia no menos fanática que intolerante. Juzgar, no ya de los hechos, sino de las opiniones mas recónditas de un individuo; valerse al efecto del testinionio de enemigo, o cuando menos de una persona cualquiera, indiferente por lo comun a la ruina de aquel, sobre cuya suerte iba a ejercer su declaración irrevocable fallo; prescindir de las mas preciosas formas jurídicas que la justicia y la ley reclaman, y no dar jamás oidos al acustido, ni admitir sus descargos, ni ser válidas las justificaciones de testigos que él presentase, trámites son dignos de los siglos de mas barrbarie, dignos de un tribunal, aunque en su fin menos terrible, mas monstruoso aun en sus formas que el abominable del santo oficio. Y no puede decirse como de otros que al fin el buen sentido y tolerancia de sus jefes suavizasen el rigor de la institución; llevaban sus averiguaciones hasta un extremo a veces ridículo, y elegian siempre que les era posible para que prestásen los informes a las personas mas groseras, a las cuales, conio destituidas comunmente de reflexión, no median sus palabras, a fin de que no resultase un comprmiso de sus declaraciones. En la purificación del Capitan General Castaños, se pidió informe a un zapatero; para la de otros se elegían igualmente personas de este jaez o envidiosos y enemigos de quienes sólo podian esperarse las mas duras acusaciones.»

Alagnos realistas de los más fanáticos de este Cantón, en su deseo de descubrir opiniones en personas de quienes tenian que vengar algun agravio, quisieron obligar al marinero Francisco Sordo Perez a que los denunciase, y como se negase a ello, le maniatan, le torturan y le llevan a Posada donde le cuelgan de un arbol; para ver si con malos tratamientos logran lo que por buenas no consiguen. Sobre este hecho, que las autoridades de entonces trataron de cubrir, se formó causa, y la Audiencia de Oviedo condenó a presidio a los agresores, multándo a los Jueces en grandes sumas y en las costas por haber omitido el procesamiento.

Véase por el siguiente documento, cuya minuta original conservamos, el rigor a que se llevaban las persecuciones y las purificaciones.

SEŅOR:

«Don Manuel Maria de Colombres y Pariente, Teniente de Navío, Ingeniero ordinario de vuestra Real Armada con goce de sueldo, y Ayudante Militar propietario de este Puerto y distrito de Llanes, puesto a L.R.P.de V. M. con la mayor sumisión y respeto humildemente expongo, que con fecha... Y a consulta de vuestro Supremo Consejo de la Guerra, V.M. tuvo a bien expedir su Real Orden para que yo fuese suspendido de mi empleo o destino mientras no se verificase mi purificación, y que en su consecuencia el Comandante General del Departamento del Ferrol nombrase otro oficial que me reemplazase.»

«La alta veneración, Señor, la ciega obediencia y sumisión con que siempre he recibido y cumplido Vuestra Soberana voluntad, jamás han desmentido ni puesto en duda mi amor y mi adhesión a Vuestra Augusta dinastía y Sagrada persona, de lo que tengo dadas irrefragables pruebas en todas epocas y circunstancias, las que desconocen y de las que se desentienden mis émulos.»

«Mis progenitores, Señor, me han dejado trazado este mismo camino de amor y de felicidad a los legítimos Soberanos de España, quienes por tanto tuvieron a bien premiar sus distinguidos servicios, dejándolos perpetuados en sus casas, que han recaido en mí por juro de heredad desde muchos siglos hace en este pais, trasmitiéndose estos grandes y religiosos principios de unos en otros hasta llegar a mí: y queriendo yo desde mi juventud ser un fiel imitador de las virtudes de mis mayores, entré al servicio del Señor Rey don Cários III, vuestro augusto abuelo de feliz y veneranda recordación, en clase de Guardia marina del departamento del Ferrol en 1781. La rigurosa disciplina militar, y la rectitud con que en aquel distinguido cuerpo se enseñaba en tiempos tan felices y venturosos: el amor, el temor y respeto al Soberano, y la principal ciencia que es la subordinación respectiva entre jefes y subalternos, jamas se me han olvidado, y de consiguiente jamás dieron entrada en mi corazón a las alteraciones criminales y escandalosas que han introducido después con la indisciplina y la inmoralidad, los innovadores del siglo, corrompiendo la parte más necesaria y la más fuerte del edificio social.»

«En la guerra de la Independencia, señor, hallándome en esa capital y Corte, tomé las armas como Ingeniero auxiliar del ejército de V.M., para defenderla contra la invasión del francés, comandado éste por el mismo Napoleón en persona a principios de Diciembre de 1808, y mis disposiciones y defensas, señor, fueron tan señaladas, que por ellas he incurrido en la indignación del invasor, preso por sus tropas y condenado a ser fusilado, suponiéndoseme un oficial nuevamente creado y revolucionario en aquella época, de cuya pena me libertó la casualidad de tener entre mis papeles el Real despacho de Alferez de Fragata y Ayudante de Ingenieros de Marina expedido por vuestro auausto abuelo en 15 de Noviembre de 1784, en cuya vista se me conmutó aquella pena en la de ser conducido a Francia prisionero de guerra. Mientras yo permanecía allí aherrojado, y después fugado para volver a defender los derechos imprescriptibles del Trono de V.M., se estableció en España la Constitución de 1812, cosa para mí tan nueva, que ni la juré, ni la observé, ni aun la conocí en semejante época; y ya cuando volví a mi patria despues de haber emigrado y andado errante para llegar a ella por distintos y distantes Reinos y Principados de la Europa, se hallaba V.M. reintegrado en la plenitud de su Soberanía.»

«Informado enseguida V. M. a medio de una justificación la mas legal y solemne que original existe en vuestra Secretaría de Marina, de mis padecimientos, servicíos y defensas, especialmente de la que hice y contribuí a que se hiciese en esa vuestra capital y heróica villa de Madrid en la indicada época, tuvo a bien Vuestra Magestad mandar se me reinteerrase en la propiedad de esta Ayudantía que antes de ella obtenía con el abono de todos mis sueldos, y concederme ademas por tales servicios el grado y sueldo de Ingeniero ordinario de vuestra Real Armada, como resulta de las reales órdenes expedidas por el vuestro Ministerio de Marina fechas 24 de Febrero y 10 de Abril de 1815 y de vuestro Real despacho con esta propia fecha.»

«Ocupado en este servicio y desempeño, señor, me hallaba yo en este puerto, cuando estalló en la Isla de León la fatal rebelión de vuestras tropas destinadas a la expedición de Ultramar. Vuestra Marina militar manifestó entonces en aquel puerto como propio de su disciplina y de sus constantes principios, su desagrado en tan criminal atentado, y en una insubordinación tan abierta contra vuestas Soberanas y sabias disposiciónes. Ella se opuso hasta el último término a la temeraria empresa de los rebeldes; y si tuvo que sucumbir después, fue efecto de las circunstancias. Así yó, como otros muchos fieles servidores de V.M. hemos tenido que sufrir y que sentir el peso de esta calamidad por haberse hecho general en todo el Reino; y yo ahora por mi desgracia el desconcepto público de ser suspendido del egercicio de mis funciones militares en esta Ayudantía mientras no verifique mi purificación.»

«La mano oculta y poderosa que dirige contra mi tales golpes para desconceptuarme ante V.M., y privarme acaso para siempre de su apreciable gracia sin merecerlo, no está bien hallada sin duda con mi rectitud e integridad en la administración del mando y de la autoridad militar de Marina que V.M. se ha dignado concederme. Me atrevo, señor a lisongearme (y esto es constante, público y notorio) que si no hubiera sido por mí, los revoltosos de esta comarca que con velo aparente de defensores del altar y del trono, estaban dispuestos a cometer todo género de atrocidades, las hubieran cometido de gran tamaño; solo las que pudieron cometer y cometieron en efecto a la sombra de sus desórdenes, como enemigos de la tranquilidad pública, y en que yo pude intervenir para su castigo, estremecen y hacen muy poco honor a la humanidad. Es únicamente, señor, el robo, la disolución, la venganza y el desenfreno de las pasiones, y nó el mejor servicio de V.M. que tanto decantan, los que han conducido y conducen a muchos en este estado de cosas a la comisión de atentados horribles para cuya consumación les hace sombra o sirve de estorbo la más pequeña Autoridad, como ésta la ejerza un sujeto de probidad y de rectas intenciones.»

«No me extiendo, señor, a detallar muchos ejemplares que me hacen honor y no desconocen mis Gefes, y que me han hecho incurrir en el desagrado y persecución de los revoltosos de este pais. Testimonios y causas voluminosas existen de ellos en vuestros tribunales de Justicia especialmente en la vuestra Real Audiencia de Oviedo acerca del atentado cometido por varios voluntarios Realistas de este Cantón en la parroquia de Posada sobre la persona de Francisco Sordo Perez, de esta matrícula de mi mando, desentendiéndose las Autoridades legitimas de este territorio de castigarlos, siendo de tal tamaño que por él fueron condenados a presidio los agresores y multados los Jueces, por su omisión en procesarlos, en grandes sumas, además de haber sido condenados en todas las costas. Por esto desde entonces yo soy conceptuado como enemigo y perseguidor de los Voluntarios Realistas; no lo he sido ni lo soy, señor, sinó de sus desordenes, y de sus crímenes, como debe de serlo todo buen servidor de V.M., por que lo que V. M. quiere es el orden y la justicia. Desde entonces yo he sido perseguido, y denunciado y calumniado, y aun amenazado por el que fue vuestro Capitan General de Castilla la Vieja don Carlos O'Donnell cuyos resultados favorables a mis procedimientos en otra causa que se sustanció en el Juzgado Militar de Marina de Gijon, comprueba vuestra Real Orden 17 de Enero del corriente año, expedida por el vuestro Ministerio de Marina al de la Guerra contra el expresado General. Así pues sea éste, sea otro cualquiera, señor, el que haya promovido ante V.M. la referida vuestra Real Orden de mi suspensión, mientras no se verifique mi purificación, yo la he intentado ya antes de ahora repetidas veces y no depende de mi esta falta, como lo manifiesta el oficio testimoniado que acompaña a esta mi respetuosa representación señalado con el número Iº. Al propio efecto, y con arreglo a vuestras Reales Ordenes e instrucciones, tenía dispuesta la relación histórica de mis vicisitudes políticas en la última época del Gobierno Constitucional, la misma que también acompaño bajo el número 2. Esta és, señor, tan sencilla y tan inocente como se contiene y advierte en ella propia a tenor de la cual y de las penas conminatorias que comprende el artículo 9º de vuestra Real Cédula de 9 de Agosto de 1824, estoy pronto a sufrir sus resultados, ya sea examinándola la Junta de Purificaciones del Departamento del Ferrol, ya la que V. M. tenga a bien comisionar para ello; sin embargo de que tengo por dificultosa sino imposible mi purificación en este territorio por los enemigos que me cercan y persiguen, y que me ha atraido la notoria rectitud de mis procedimientos segun dejo especificados, y cuya recusación no admite la manera de proceder en tales fallos con exclusión de la forma judicial, que sería, señor, la más propia para justificarme en tales circunstancias.»

«Sesenta y mas años, señor, arrtigan ya mis mejillas, y lleno de achaques contraidos sin duda en el servicio de V. M., y en el de vuestro Augusto Padre y Abuelo, no he aspirado ni aspiro mas que a morir en la gracia de Dios y de V. M., sin ambicionar mas premios ni recompensas por ellos, que los que V. M. ha tenido a bien concederme hasta aquí.»

«La sexta de las aclaraciones que contiene vuestra Real Orden de 19 de Septiembre de 1824, expedida por el vuestro Ministerio de Marina para gobierno de vuestra Real Armada, en razon de las purificaciones de los oficiales y militares de ella con arreglo a la referida Real Cedula de 9 de Agosto del mismo año, expresamente dice–«que el que resultare impurificado en el primer fallo será suspendido de su empleo o destino hasta el segundo que será definitivo y fijará estado»– . Por esta ley general, señor, circulada en todo el cuerpo de vuestra Real Armada, parece no puede caber, ni es posible quepa en el magnánimo corazón de un Rey tan justo y benéfico como lo es V. M., el que quiera y permita que a mi se me anticipe la pena de suspensión de mi destino, sin que hubiese pasado antes por el crisol del primer fallo, y sin que éste se hubiese declarado negativo, tanto mas, cuanto que otros muchos oficiales de mi clase, se hallan en el mismo caso que yo me hallo, desempeñando aunque sin estar purificados, sus destinos y cobrando en ellos sus sueldos. V. M. ha tenido y tiene algunos previos antecedentes de que mi conducta política en la última época constitucional no me hizo acreedor a desmerecer vuestra soberana confianza, cuando tuvo a bien conservame interinamente en el mando dela matrícula de este Puerto y distrito, y en seguida confirmarme la propiedad de él, por vuestra R. O. fecha 13 de Diciembre de 1824, como lo comprueba el segundo oficio que contiene el testimonio ya referido señalado con el número primero.»

«En consideración a todo lo cual, señor, A L.R.P. de V.M. humilde y respetuosamente suplico se digne mandar expedir y que se expida vuestra R.O., a consulta del propio vuestro Consejo de la Guerra, para que yo continúe como hasta aquí egerciendo las funciones militares de Marina de este puerto y distrito, con arreglo a dichas vuestras Reales Ordenes y aclaraciones, sin perjuicio de mi purificación que estoy pronto a sufrir y que V. M. tenga a bien cometer, al tenor de la relación que acompaño de la historia de mis vicisitudes políticas, a la junta de purificaciones instalada o que se se instale, para los oficiales militares de V. R. Armada, en el Departamento de Ferrol, o a otra que V. M. tenga a bien comisionar al indicado efecto, entendiéndose esto Señor, siempre que V. M. no se digne estimar y mandar expresamente, que mi purificación sea y se entienda por comisión judicial y especial, cometida a un oficial militar de Marina nombrado por V. M. o por el vuestro Comandante General del Departamento, por las poderosas razones y, fundamentos que dejo relacionados y expuestos en esta mi humilde y respetuosa instancia, cuya gracia espero merecer, y tengo lugar a esperar, de la suprema e innata munificencia de V.M., cuya preciosa e importante vida guarde y prospere el cielo muchos años.–Llanes 1825.»

III. Liberalismos.

Después de tantas persecuciones y tantas purificaciones, y de entrar la división en el partido realista y el disgusto en el bando apostólico, principió en España un sistema próspero y conciliador.

Muere la Reina doña María Amalia de Sajonia sin dejar sucesión, y se casa nuevamente el Rey Fernando VII con doña María Cristina de Borbón, Infanta de las dos Sicilias el 11 de Diciembre de 1829.

Nacen las Infantas doña María Isabel, en primero de Octubre de 1830, declarada heredera del Trono español, y doña María Luisa Fernanda el 30 de Enero de 1832.

Habilita el Rey a su esposa para el despacho de los negocios.

Júrase como Princesa de Asturias a la Infanta Isabel, de cuyo acto protesta su tio el Infante don Cárlos, retirándose a Portugal.

Se restablece la sucesión de las hembras al Trono a falta de varón en la sucesión directa.

Muere el Rey Fernando VII el 29 de Septiembre de 1833, y es proclamada Reina sucesora en el Trono doña Isabel II, bajo la Regencia de su madre doña María Cristina.

La muerte del Rey, hace renacer en los liberales el deseo de vengar ultrajes anteriores: se desarmó en Llanes sin oposición, como en toda España, el Batallón de voluntarios realistas, cuyo personal estaba perfectamente armado y equipado. Principian las sublevaciones. Y queda establecida la guerra civil entre carlistas por don Cárlos y cristinos por la Reina Isabel, es decir el fanatismo y la libertad.

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