Apuntes de Llanes

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Capítulo III, Libro IV

Reinado de doña Isabel II

I. Invasión y Levantamiento Carlista.

En Abril de 1834, entró en esta Villa, procedente de las montañas de Santander, la primera partida de carlistas en número de ciento y pico de hombres, sin organización ninguna, al mando de Barcena y Arroyo; y aqui se habilitaron en esta Aduana de la pólvora y municiones de que carecían, pues el último cartucho le gastaron en Pesués y Unquera en una pequeña escaramuza sostenida con los Milicianos de Torrelavega, apresando éstos en el último punto una caballería cargada de fusiles y haciendo prisionero a un Carabinero de San Vicente de la Barquera que se había unido a los carlistas a su paso por aquella villa. Robaron la sal y efectos estancados, los aguardientes y comestibles, pernoctando una noche, y a la mañana siguiente, marcharon hacia Cangas de Onis, llevando en rehenes a los Beneficiados de esta Iglesia don Fernando Diaz Noriega y don Fernando García Basco, a doña Teresa Merino, doña Ana Aldad de Posada y doña Ramona de la Llera, cuyas personas fueron rescatadas en Celorio por los Monges Benedictinos de aquel Conventor de San Salvador, previa entrega de nueve mil reales que los mismos Monges adelantaron.

A los dos dias de la salida de esa partida latro–facciosa, se acantonó aquí una compañía de Carabineros, y poco después el Batallón provincial de Laredo, altemando por meses estos dos cuerpos entre Llanes y el punto de Colombres, cuyos acantonarnientos duraron dos años.

A la llegada de los Carabineros, principiaron las represalias contra los realistas de modo que muchas personas ni aun de casa podían salir. Entonces se organizó una partida de carlistas compuesta de quince hombres de la villa y su parroquia, al mando del Administrador de Rentas don José Collar, y marchó a reunirse en Castilla con otras levantadas en otros puntos. El Administrador señor Collar ha sido tan probo y honrado, que dejó sobre la mesa sus cuentas perfectamente liquidadas, y así mismo los fondos a su cargo, todo al cuidado de su sirvienta Joaquina Varela, quien lo entregó a la autoridad.

II. Supresión de Monasterios.

También en el mismo año de 1834, se creó la Milicia Urbana, y después se publicó el Estatuto Real; se convocaron Cortes, y se excluyó al Infante don Carlos y su descendencia del derecho a la Corona de España.

Se suprime perpétuamente en toda la Monarquía la Compañía de Jesús, los Monasterios y conventos en número de más de nueve cientos que no tuviesen doce individuos profesos, excepto las casas de Clérigos regulares de las Escuelas Pías y colegios de Misioneros; y se suprimen por último, todos los Monasterios de Ordenes Monacales, los de Canónigos regulares de San Benito, de San Agustin y los Premostatenses.

En virtud de estas resoluciones dictadas en Julio de 1835, fueron despedidos los Monges de San Benito del Convento de Celorio, el dia veninte y ocho de Octubre del mismo año, y en él había como ochenta colegiales profesos, todos jóvenes, que en su mayor parte fueron a engrosar las filas carlistas. Al notificarles la exclaustración y despedida del Convento, se guardaron por el comisionado de Bienes Nacionales don Pedro Diaz de Rivera, y por todas las demás autoridades que en ello intervinieron, las consideraciones y deferencias que su triste y desgraciada situación exigian.

III. Artilleros Indisciplinados.

A fines del mismo año de 1835, llegó a esta villa un pelotón de soldados de artillería al mando de un oficial, que venía a recoger cuantas armas y pertrechos de guerra existían como sobrantes del Fuerte, llamado comunmente casa del Rey, desartillado en la época de la guerra francesa. Sacaron del convento de monjas gran cantidad de balas de cañón de varios calibres, bombas y granadas, y con cuatro cañones de a cuatro que hacían el servicio de batiente en las portillas de las dos erías de Llanes y de la Galea, y de amarra en los muelles «La ramblina y la Calzada», las mandaron en carros para la capital de la provincia. El cañón de a 24, que se hallaba en la delantera del convento, y era de los sacados del fuerte en mil ochocientos ocho para batir a los franceses, se inutilizó y se arrojó a la mar. Otro cañoncito que servía de amarra en la cabeza del muelle llamado el Espigón, no pudo arrancarse por la oposición de los marineros y otros vecinos de que resultó una colisión en que hubo bastantes heridos de una y otra parte, de soldados y paisanos, pudiendo evitarse mayores males por la inmediata intervención del oficial y demás autoridades.

Poco disciplinados los soldados, marcharon en dirección a Santander, y en el pueblo de Vidiago, sin respeto a su Jefe, cometieron aleunos abusos que, gracias a la entereza del mismo, y a la imponente manifestación del pueblo, pudo tanibien evitarse tomaran serias consecuencias. En Colombres, quiso asesinar esa turba de soldados a su oficial, que en todo les servía de estorbo, y salvó milagrosamente por el auxilio de aquellos vecinos. Allí desertaron todos, yendo a engrosar sin duda las filas carlistas.

IV. Decláranse del Estado las Propiedades Monacales.

El decreto de 8 de Marzo de 1836, mandó la supresión inmediata de todos los monasterios, conventos, congregaciones, casas de institutos regulares y de las cuatro órdenes militares de San Juan de Jerusalen, esceptuándose únicamente los colegios de mis'ioneros para las provincias de Asia, Valladolid, Ocaña y Monteagudo, las casas de clérigos de las Escuelas pías y los conventos de los hospitales de San Juan de Dios; y que el número de conventos de monjas, se redujesen a los puramente indispensables para contener las que quisieran continuar en ellos, dístribuyéndose los suprimidos entre los demás, y prohibiéndose la conservación de dos en un mísmo pueblo y de todo el que tuviera menos de veinte profesas.

Los bienes y propiedades de todos los conventos se declararon de la nación, incautándose de ellos el Estado, escepto de aquellos, que vendidos en las épocas constitucionales de 1812 y 1820, se mandó pasaran a sus compradores.

V. Segunda Invasión Carlista.

En 28 de Septiembre del mismo año de 1836, entró en Llanes por Unquera una división carlista al mando del general don Pablo Sanz, compuesta de siete batallones de infantería y dos escuadrones de caballería. Se alojaron en la villa y sus arrabales repartidos entre todos los vecinos. Se les dieron raciones, y sin cometer grandes excesos, marcharon en la mañana del siguiente, dia veinte y nueve, con dirección a Cangas de Onis.

La casa del comisionado de bienes nacionales, en la que solo se hallaba una anciana señora imposibilitada y en cama al cuidado de una fiel criada, pues la demas familia habíase retirado a la aldea por temor a la tropa, fue custodiada por un piquete de carlistas todo el tiempo que pernoctaron en la villa, a fin de preservarla de cualquiera exceso. Se supo después, que la guardia había sido puesta a ruegos de un Jefe que había sido fraile en Celorio, y agradecido, quiso pagar el fino porte tenido con él cuando su exclaustración.

A las dos de la tarde del mismo dia veinte y nueve, entró tambien en Llanes por Unquera otra división Cristina al mando del Coronel Brigadier señor Castañeda, picando la retaguardia a la de Sanz, compuesta de tres batallones de infantería y dos escuadrones de caballería inglesa. Formaron pabellones en la plaza, y a pesar de lo temprano de la tarde, y de venir socorridos por cuatro dias desde San Vicente de la Barquera, pidieron alojamiento y raciones. El entonces alcalde de esta villa señor don Blas Alejandro de Posada y Castillo, se opuso a tal petición, manifestando al Jefe señor Castañeda el cumplimiento de su deber, puesto que el enemigo se hallaba cerca. Mediaron sobre ésto fuertes contestaciones, y hasta amenazas, desconociendo la autoridad del Alcalde, viéndose éste precisado a hacer valer sus títulos y grados militares, descubriendo su pecho y sus bocamangas que cubría con un levitón de abrigo. Sorprendido entonces el Jefe y oficiales de la división, reconocen su falta; y el señor don Blas empuñando el bastón de Alcalde dice:–«no a mis grados y títulos, si nó a este bastón que representa la autoridad real, se debe obediencia, sumisión y respeto.»–Así se reconoció en efecto por todos, y reconoció tambien el señor Castañeda la energía de un antiguo amigo y condiscípulo: mas como en estas cuestiones habian pasado las horas, y se acercaba la noche, se alojó la tropa, el Alcalde llevó a su casa al Jefe y ayudantes, y a la mañana siguiente marchó la división hacia Ribadesella.

En Junio de 1837, una docena de jóvenes alegres del Valle de Peñamellera, comandados por don Anselmo Diaz de Alles, dieron el grito carlista, y solo se ocuparon en merodear por aquellos pueblos reclutando prosélitos, pero sin cometer ninguna clase de excesos. Vino a Peñamellera con dos compañías de soldados el Jefe Político de Oviedo, don Juan Antonio Garnica, y tal tino y acierto tuvo en medio de la fogosidad de su caracter, que consiguió reducir a la obediencia a todos aquellos ilusos, después de lo cual, pasó a Llanes y alojando su fuerza, pernoctó tres dias en la casa de su tio, el señor don Blas Alejandro de Posada, en cuyo tiempo creó y organizó el primer cuerpo de Voluntarios Nacionales de esta villa, que duró hasta el año de mil ochocientos cuarenta y uno.

VI. Contribuciones de Hombres y Dinero.

Por virtud del llamamiento ordinario de veinticinco mil hombres al servicio de las armas, se hizo en Llanes el correspondiente sorteo el once de Febrero de 1835, para sacar los treinta soldados cupo de este Concejo, que después ingresaron en caja.

Por otro decreto de 24 de Octubre del mismo año, se declaró soldados a todos los españoles solteros o viudos sin hijos, de diez y ocho a cuarenta años de edad, previniéndose que de el total de los que restiltasen empadronados, se sacasen cien míl por sorteo para incorporarlos al ejército. En el reparto verificado por la Diputación provincial, creada y constituida como todas las demás de la Nación en virtud de otro decreto del 21 de Septiembre, correspondió aprontar a este Concejo ciento veintiun soldados, de los ocho cientos cincuenta y seis alistados. Se trató de hacer el sorteo el once de Noviembre, pero el Ayuntamiento tuvo el mal acuerdo de prescindir del sitio de Puerta de Villa, donde siempre se celebraron estos actos, como todos los demás oficiales, y señaló en su lugar el corredor de la casa de doña Francisca Calleja, frente a la plazuela de la Torre, como mas capaz y espacioso; pero no fue del agrado de los interesados en el sorteo, y cuando ya estaba hecho el encantaramiento e iba a principiar la extracción de bolas, se rrianifiesta una ruidosa protesta.

La compañía de Nacionales del Valle de Ardisana, al mando del Capitán don José Sierra de Cardoso, que había sido llamada para conservar el orden, quiso imponerse al numeroso público que asistía al acto: prepara las armas a la voz del Jefe, pero desobedece la de fuego por temeraria y precursora de horrible catástrofe, y por que los Nacionales eran padres o personas allegadas de una gran parte del público y de los interesados en el sorteo. Una avalancha de más de dos mi hombres enarbola los garrotes y acorriete a la fuerza armada, que mas prudente que el Capitán Sierra su Jefe, tuvo a bien retirarse y albergarse en las casas de los vecinos mas distantes. Otro grupo entonces cruza los palos y garrotes, y sobre ellos sube al corredor, deshace los cántaros y arroja las bolas en todas direcciones. El Ayuntamiento, caltriados los ánimos, prometió que el sorteo se celebraría en el sitio de costumbre. Dos dias después tuvo efecto en medio del mayor orden, y sin necesidad de la fuerza armada.

En 26 de agosto del siguiente año de 1836 se decretó otra quinta de cincuenta mil hombres, y cupieron a este Concejo sesenta soldados que fueron sorteados el diez y siete de Noviembre. Tanto los mozos de esta quinta como los de la de cien mil hombres del año anterior, podían redimir el servicio, pagando tres mil reales vellón cada uno.

Por último, por otro decreto de treinta de Agosto ya citado, se pidió a la Nación un empréstito forzoso de doscientos millones de reales, correspondiendo pagar a este Concejo la importante suma de cien mil.

Sacrificios de hombres y dinero para una guerra fratricida entre hermanos, dándonos como recompensa la constitución de 1812 por decreto de 13 del repetido mes de Agosto, y otra nueva constitución en 1837, promulgada el 18 de Junio, como si los pueblos comieran con constituciones. Felizmente para la Nación llegó el 31 de Agosto de 1839; se hace el convenio de Vergara precursor del fin de la guerra civil, y huye a Francia el pretendiente don Cárlos con toda su familia.

Así como en el año de 1820, al restablecerse la constitución de 1812, se colocó una lápida conmemorativa sobre la puerta principal de la muralla, llamada Puerta de Villa, y al entronizarse la reacción de 1824 fue arrancada y hecha pedazos por los realistas, del mismo modo el Obelisco o rollo puesto por éstos en la plaza mayor, con la inscripción de «Plaza Real» fue deshecho y arrasado por la compañía de Nacionales del Valle de Ardisana en Agosto de 1836, que tambien se restableció la misma constitución de 1812; y en el furor de destrucción que les dominaba, no respetaron, ni los escudos de las armas reales, ni las tablas que anunciaban el sitio donde se hallaban establecidas las oficinas del Estado, como Administración de rentas estancadas, de Aduanas, de Correos, tercenas, estanquillos, &c.

Corrieron los años entre desordenes y pronunciamientos: guerra política entre moderados y exaltados, progresistas, demócratas y republicanos; y para completo término de la guerra civil de los siete años, se refugia en Francia el general Cabrera que era el alma del partido carlista.

Llega el pronunciamiento de Septiembre; la reina Cristina renuncia a la Regencia; ocupa este puesto don Baldomero Espartero duque de la Victoria, y se nombra a don Agustin Argüelles, tutor de las reales huérfanas.

Sigue la protesta y expatriación de doña María Cristina, y la declaración de mayor de edad de doña Isabel II, aunque le faltaban once meses para llegar a la que marcaba la Constitución.

Sublevanse los moderados contra el gobierno liberal, llamado el Ayacucho.

Es nombrado Pontífice Pio IX.

Contrae matrimonio la reina Isabel con su primo don Francisco de Asis en 1846, y se publica el Concordato celebrado con la Santa Sede en 17 de Octubre de 1851.

Sigue el dominio de la reacción hasta el pronunciamiento de 1854 que dió principio el bienio.

Pretenden los carlistas renovar la guerra: se sanciona la ley de desamortización civil y eclesiástica: menudean pronunciamientos y barricadas en Madrid que son sofocados; y siguen por fin cinco años de unión liberal, creada por el general O'Donnell, y venida a organizarse en el poder y tomar fisonomía propia, merced al talento práctico de nuestro paisano el llanisco don José de Posada Herrera.

Durante estos cinco años, se declaró la guerra al Imperio de Marruecos, de quien se triunfa en la misma Africa, elevando el pabellón español a inmensa altura.

Empeñados en esta guerra, se pronuncia el general Ortega para destronar a doña Isabel II, y cae prisionero lo mismo que el pretendiente don Cárlos conde de Montemolin, don Fernando su hermano, Elio y Quintanilla.

Se realiza la expedición a México al mando del general Prim, y el acto por este verificado, contra la opinión de los franceses, nos trae respeto, consideración y valimiento en aquel pais.

Pide su anexión a España la Isla de Santo Domingo; y por fin, durante la unión liberal, se fomentaron y recibieron extraordinario impulso las obras públicas.

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