Apuntes de Llanes

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Apéndice

Son tan extraordinarios, y hasta puede decirse milagrosos, los sucesos ocurridos en Llanes en estos dos últimos siglos, y debidos, sin duda ninguna a la protección de la Inmaculada y siempre Virgen María, nuestra madre y patrona de nuestra Iglesia, que no queremos prescindir, de incluirlos en estos apuntes, para darlos a conocer a quien tenga la paciencia de leernos, y para que la posteridad los recuerde siempre, como nosotros recordamos algunos de ellos por haber sido testigos oculares.

De hoy, pues, lo que ha venido siendo tradición de padres a hijos, constará en un libro que lo recuerde a propios y extraños.

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1740

Era el dia 24 de Febrero de 1740, y se celebraba en nuestra santa Iglesia parroquial, de la católica villa de Llanes, la solemne festividad de el Apostol San Matías.

El templo estaba concurridísimo; y cuando el Sacerdote celebrante hacía la consagración, siéntese crugir el coro de la nave principal, que entonces era sostenido por viguetería de madera, y se hallaba ocupado por el Cabildo de señores Curas beneficiados, por los cantores, el organista y algunos particulares.

El pánico se apodera de todos los fieles, y huyen del templo en confuso tropel, para ponerse en salvo, evitando así su muerte cierta.

En la parte baja del Coro, existían entonces unos largos bancos que generalmente eran ocupados por los ancianos e impedidos de ambos sexos, y en ellos se hallaba sentada una mujer que hacía ya cuarenta años no podía moverse para caminar sin el apoyo de dos muletas.

El Coro, después de algunos minutos de crugimiento, que bastaron para que todos huyesen de la Iglesia, se desplomó por completo con ruido aterrador, y ¡Oh prodigio! a nadie, absolutamente a nadie alcanzó debajo de sus ruinas; todos salieron ilesos, sin más que los apretones consiguientes causados en la huida. Solo el Sacerdote celebrante quedó en el altar lleno de pavura, hasta que consurnió y acabó la Misa, sin tener nadie que le sirviese.

La anciana mujer de las muletas, ni pensó ni se acordó de ellas en su huida, saliendo enipujada y sostenida por el tropel de las cientes; siendo también milagroso, el que desde entonces no volvió a necesitarlas durante su vida, por haber quedado curada radicalmente con el esfuerzo que hizo para salir, y la protección sin duda de lit Virgen Santísima de quien era especial devota.

Por acuerdo de la parroquia y sus Beneficiados, se determinó entonces conmemorar este suceso, todos los años en igual dia, con inisa solemne y procesión general por las calles de la villa, cantando la letanía de la Virgen; y así se vino haciendo, hasta que suprimido el Cabildo Beneficial, quedaron al frente de la parroquia un solo cura y dos coadjutores, en virtud del concordato celebrado entre Su Santidad y el Gobierno, y se incautó éste de todos los bienes de la Iglesia sobre que estaba gravada esta carga y otras muchas mas que tampoco se cumplen, ni pueden cumplirse por falta de personal.

He aquí a lo que vino a parar el beneficio que Dios nuestro Señor dispensó a los católicos hijos de Llanes el 24 de Febrero de 1740; pero aunque la religiosidad moderna no alcanza a la fé ciega de nuestros padres, aun es consolador ver el templo lleno de fieles el dia de San Matías Apostol, para oir la santa Misa y tributar gracias a Dios en recuerdo de aquel suceso.

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1755

En el dia de San Bartolomé 24 de Agosto, se celebraba todos los años por voto de la parroquia una solemne Misa y procesión general, cantando la letanía de la Virgen, para conmemorar el milagroso suceso ocurrido en el año de 1755 en que la mar furiosa y los terremotos amenazaron tragar a todos los pueblos que circundan a nuestra España.

En la villa de Llanes, la mar embravecida, inundó una gran parte de las calles del Llegar, hoy del Muelle, la de Mercaderes o la Plaza Mayor, y los muelles y barrios de las Barqueras, llegando a rebasar la portilla de la cría de la Galca, que estaba situada a la subida del camino que conduce a N. S. de la Guía, donde hoy se halla la llamada Venta de la Uña.

Hace pocos años quedaron en desuso aquellos cultos que conmemoraban tan terrible acontecimiento, por motivo de haberse suprimido los ocho Beneficios curados de esta parroquia, la incautación por el Estado de los bienes y rentas de su Iglesia, y por el poco personal que queda de un párroco y dos coadjutores.

El terror y la consternación que en Llanes causó aquel suceso, nada mejor para describirle, que insertar a continuación el artículo que el Sr. Conde de Fabraquer publicó el año de 1857, en el periódico semanal y religioso El Domingo, dando cuenta de lo sucedido en Cadiz. Júzguese pues de la suerte que los pueblos ribereños hubieran corrido sin la intervención de María Santísima, madre y protectora de los Españoles.

La Cruz del Barrio de San Agustín de Cadiz.

Aun no hace mucho tiempo que podía verse en el centro del barrio de San Agustín de Cadiz, una pequeña cruz de bronce, dorada, pero enmohecida por el hálito de ese terrible destructor que se llama el tiempo. Sobre el pedestal de aquella cruz, de una sencillez enteramente cristiana, se leían estas palabras grabadas: Hasta aquí, Madre Santa.

Hoy, con esa fiebre de demolición que se ha apoderado del siglo, han desaparecido la cruz y el pedestal.

¡A esto se llama progreso!

Triste cosa es un progreso que arrebata así los antiguos monumentos de la fé de nuestros padres, para obtener la alineación de una casa. Con este progreso se van las antiguas leyendas, las historias que los abuelos se complacían en contar durante las noches de invierno. No se puede ya elevar nuestro pensamiento a lo pasado, ni comenzar una de esas relaciones fantásticas, en que la fé sencilla se mezclaba al lujo de las imaginaciones y a las tradiciones populares, por esas palabras que cautivaban inmediatamente un auditorio infantil ansioso de cosas maravillosas: «Hijos míos había en otro tiempo...» O bien: «Pues, Señor, hace mucho tiempo, mucho...»

¡y sin embargo, cuantas instructivas y morales enseñanzas se encierran en esos viejos paredones, que parecían desafiar los años; en esas modestas cruces, que alfombraba el musgo, y adornaba la hiedra, como para protegerlas de los insultos de los iconoclastas!

En mi juventud había pasado delante de la cruz del barrio de San Agustín, buscando en mi cabeza cual podría ser el pensamiento o la alusión encerrada en los caracteres grabados sobre el pedestal. El hasta aquíme había chocado desde luego. Había evidentemente en aquellas palabras un hecho memorable, tal vez un milagro.

Resolví aclarar mis dudas.

Me dirigí a un eclesiástico que por allí pasaba.

Felizmente se hallaba al corriente de lo que le preguntaba.

–Caballero, me dijo; hace años, muchos años, en fin, no se sabe a punto fijo la época; por que mi madre lo habia oido a su abuela, que lo había oido a su vez...

–A la suya, le dije sonriéndome, pero impacientado con sus rodeos. Muy bien; vamos al caso.

Pues, Señor, replicó el buen eclesiástico; volviendo al caso...; hace muchos años de esto. Una tarde la mar estaba agitada, tan agitada cual jamás se ha visto, caballero. Dicen que las olas se levantaban altas como montañas, y brillaban con una luz fosfórica, formando montes de espuma. Hubiera podido creerse oir como un redoble funeral de tambores; y aquel ruido crecía, se aumentaba y degeneraba en verdadero trueno. A veces se hubiese dicho que millares de campanas chocaban entre sí.

Todo el mundo se hallaba aterrado. Jamás se había presentado un fenómeno más grande ni semejante.

Bajo de las casas, en el seno de la tierra, se oía un ruido sordo, cual si el mar minase la ciudad. De hora en hora las olas, que se precipitaban las unas sobre las otras, preñadas de furor, contra las fortificaciones de la ciudad, subían, subían, subían siempre, y amenazaban tragarse a Cadiz. Apremiábanse las gentes unas a otras con esta pregunta, que pintaba la ansiedad de los habitantes.

–¿Que hay?

y el que venía de los baluartes respondía con una tristeza desesperada:

–¡La mar sube siempre!

Como usted debe comprender, caballero, nadie dormía en Cadiz. Los hombres velaban, las mujeres y los niños rezaban y lloraban.

Algunos, más prudentes o más temerosos, habían abandonado la ciudad. Cuantos huyeron a la Isla perecieron; pues los dos brazos de mar que separa el arrecife, la cubrieron enteramente.

Los que se habían quedado, se hallaban agitados de diversos pensamientos. Aguardaban los unos el fin del mundo, y de un nuevo diluvio; pretendían los otros que hacia las cinco de la mañana el mar volvería a su lecho, por que entonces la luna no podría ejercer su influjo.

Empero los unos y los otros divagaban: porque seguramente aquella tarde había una revolución en los elementos. No era una tempestad, señor; era una cosa inaudita, extraña, particular, milagrosa. El cielo, según contaba la abuela de mi abuela, jamás habia estado más puro ni tan estrellado, y en los aires no se sentía ni un soplo de una ráfaga de viento.

–Pero, dije interrumpiendo a mi complaciente cicerone, todo eso que usted me dice, tiene el aire de una balada o un cuento; ¿y que relación hay entre eso y la cruz del barrio de San Agustín?

–Tan no es cuento, me respondió, todo lo que le digo a usted, que es precisamente lo que constituye la historia de la cruz, como usted podrá convencerse, si tiene la bondad de escucharme algunos instantes.

–Hable usted.

Mi cronista, continuó:

–No había un pelo de viento, y sin embargo las olas se hallaban furiosas como en los más fuertes huracanes.

Hácia las cuatro de la mañana, al alba, pareció apaciguarse el mar; al menos dejó de subir.

Corrió esta feliz noticia por la ciudad con la rapidez del rayo, y vino a hacer renacer un poco la tranquilidad. Entregáronse al descanso, en la confianza cada cual de que el peligro había pasado.

Pero a las cinco el mar saltó la muralla con tal fuerza y rapidez, que parecía que antes que despertasen iba a destruirlos.

Dicen que el fuego es terrible; pero el agua lo es más todavia. En un abrir y cerrar de ojos, las murallas que sirven de dique contra las inundaciones del mar, habían sido arrebatadas, dispersadas, fundidas, tragadas.

El agua subía siempre, inundaba las calles, precipitándose y dando saltos. En cada esquina había un remolino.

Desolados, llenos de angustia los habitantes a aquel desacostumbrado ruido, quisieron salir; empero, quedaron helados de estupor al encontrar el mar en sus casas.

Entonces no hubo más que un gran grito de terror y desesperación en toda la ciudad. Pero este arito se perdió en el ruido imponente, terrible, formidable del mar.

¡El agua subia siempre!

Pronto se vieron nadar los muebles. Los mismo animales, los perros ahullaban, como a la aproxirnación de la muerte; tan extraño carácter tenía aquella inundación.

Seguramente era un azote de Dios enviado en castigo de la maldad de los hombres.

Los habitantes habían subido todos a los terrados, medio desnudos, levantando sus manos al cielo, llenos de desesperación, llenos de angustia, llenos de arrepentimiento.

¡Pero el mar subía siempre!

Hundíanse las casas, y sobre las ruinas, que sobre nadaban, los desgraciados que todavía quedaban sobre los terrados, podían ver flotar, o el cadáver de un amigo, o el cuerpo de un niño envuelto en sus mantillas. Y todo esto pasaba y repasaba según el capricho de las olas, que parecían divertirse con ellos como con un juguete.

Predeciase mentalmente cada uno un fin semejante, por que el mar subía, subía, subía siempre!

En aquel momento, del cuartel más alto de la ciudad que las olas habían respetado, del convento de los frailes Carmelitas descalzos salió una larga procesión.

Los carmelitas iban con los pies descalzos y el silicio. Cantaban la letanía de la Virgen.

Iba a la cabeza el prior, venerable anciano, que después ha muerto en olor de santidad.

Llevaba el prior en la mano el estandarte de la Virgen.

A aquella vista todo el mundo en los terrados se puso de rodillas y a cada una de las divinas perfecciones de la Madre de Dios, entonadas por la procesión, respondían los habitantes con un fervor tanto más sincero cuanto que era inminente el peligro.

Aquella voz que reaumía millares de votos era una verdadera lamentación.

Jamás el ruega por nosotros a la consoladora de los afligidos, al refugio de los pecadores, había sido pronunciado con tantas lágrimas, con tanta angustia, con tanta desesperación.

La procesión se adelantó.

Pero el agua más furibunda, vino a su encuentro; pronto llegó a la rodilla de los Sacerdotes, que caminaban con un heroismo sobre-humano delante del desvastador elemento.

La mar subía, subía y subía siempre!!...

Entonces el prior lleno de una divina inspiración, mirando al cielo, pronunció con una voz llena de una magestad religiosa esas palabras que ha leido usted sobre el pedestal de la cruz, hasta aquí, madre santa!

y al decir aquellas palabras levantó sobre el suelo el estandarte de la Virgen.

Toda la procesión se había arrodillado en el agua, y oraba, solo el prior con aquella convicción inmensa, con aquella seguridad que dá una fé pura, permaneció en pié aguardando la intercesión de la divinidad.

Por un momento el mar paró en su invasión.

Después, con un murmullo horrible, aterrador, el mar se alzó bramando delante del estandarte y se echó atrás comprimiendo su cólera.

Una fuerza invisible le rechazaba: las olas nuevas que venían retrocedían con un movimiento respetuoso.

El prior dió un paso con la mano estendida sobre las olas, llevando el estandarte con la mano izquierda.

Rotrocedió el elemento.

A cada paso qne daba el santo hombre, el agua se levantaba y dejaba un vacío.

El prior llegó así hasta el sitio donde se hallaban antes las fortificaciones, precedido siempre del mar, que iba retrocediendo ante la imagen de la Virgen del Carmen.

Allí el mar se amontonó como una montaña gigantesca, formó torbellinos en los aires, a manera de mangas, y después se hundió repentinamente con un redoble y un estrépito formidable en el centro de su cauce, que dejó marcado con largas tiras de blanca espuma.

Había pasado el peligro. La Virgen acababa de obrar un milagro.

En memoria de este hecho, caballero, prosiguió el eclesiástico, se había levantado en el barrio de San Agustín, y en el sitio mismo donde el prior había dado el primer paso, invocando a la Divina Madre, esa cruz en que usted ha reparado.

Al volver a Cadiz, en 1848, fuí a ver al eclesiástico, de quien me había hecho amigo: hablamos de la cruz, que eché de nienos, y le dije: ¿por qué la han quitado? Me parece que semejante monumento debía trasmitirse de edad en edad cual una preciosa reliquia.

–Tiene usted razón, caballero, pero ¿qué quiere usted?... La revolución no respeta nada: ataca a los hombres como a los monumentos. Verdad es que más tarde reemplazaron a la cruz con una Virgencita, que se colocó en un nicho hecho en una casa del barrio de San Agustin, pero hace algunos años que la estátua conmeniorativa ha desaparecido también.

–¿A consecuencia de alguna revolución?

–No señor, respondió el Sacerdote; esta vez ha sido a consecuencia de los planos propuestos por los ingenieros y los arquitectos de la ciudad. Habia que rectificar la alineación de la calle de San Agustín, y la casa de la estatua incomodaba, y han quitado una y otra. Hoy, añadió sentenciosamente mi amigo, los arquitectos son como las revoluciones, destruyen.

Muchos de nuestros lectores habrán conocido que el dia en que se verificó en Cadiz aquel terrible fenómeno, en que estuvo a punto de ser sumergida en el mar esa preciosa ciudad que forma el orgullo de nuestra España, y que és la joya de Andalucía, fue en 1755, en que tuvo lugar el terrible terremoto que tantos daños causó en varios puntos de Europa, y que destruyó la mitad de la ciudad de Lisboa, haciendo que los montes que la rodean cayesen sobre sus edificios; terremoto, cuya memoria se conserva aun dolorosamente en aquella capital, y que a pesar del transcurso de tantos años, deja aun ver las ruinas que hay amontonadas no habiendo sido bastante el espacio de un siglo para dejar limpio aquel terreno. La ciudad de Cadiz estuvo a punto de ser tragada por el mar, como lo han sido tantas otras en la antigüedad por la violencia de los terremotos. Las olas del mar se levantaron en aquel dia a sesenta y dos pies sobre el nivel ordinario. Solo un milagro patente de la Madre de Dios salvó aquel dia aquella preciosa ciudad! Ha desaparecido el sencillo monumento; pero de padres a hijos la tradición trasmite aquel lamentable suceso!!...»

También alcanzó a Llanes el espíritu innovador de los tiempos presentes, haciendo desaparecer monumentos importantes como la capillita de N. S. de los Remedios, que estaba sobre el arco de la muralla a la entrada de la calle del Llegar, hoy calle del muelle: La imagen de San Nicolás que ocupaba un nicho sobre el arco del mismo nombre al final de la calle mayor cerca de Santa Ana: El obelisco que se levantaba en la plaza mayor; y la esbelta y magestuosa cruz situada a la entrada del puente, donde se recibian por el Cabildo de Señores Beneficiados de nuestra Iglesia los cadáveres a su paso para el cementerio.

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1763

La devoción al sacratísimo Corazón de Jesús en Llanes, se cuenta ya por siglos, como así consta del relato autógrafo que dejó escrito el Reverendo Padre Calatayud, sobre unas misiones que dio en esta villa en Julio de 1763, quedando establecida desde entoilces, la práctica de hacer su novena durante la octava del Corpus, todos los años, y la oración mental que desde entonces se se continuó haciendo, tambien diariamente y por la noche, antes de rezar el santo Rosario, hasta hace dos años que sin saber por que causa ha quedado en desuso.

Misiones de Llanes

Se dió principio a esta Misión el dia 23 de Julio de 1763. Por ser este pueblo formado, entramos con asalto por la noche, atravesando lo mejor de la villa.

Todos los dias se predicó en una plazuela frente de la puerta principal de la Iglesia. El Señor nos asistió con tiempo benigno; pues siendo así que muchas noches y mañanas llovia, para el tiempo de la misión por la tarde, se serenaba el tiempo. El concurso era grande: no quedaba alma en el pueblo que no asistiese a la misión, como se observó muchas veces. Concurrieron 17 parroquias y fueron Llanes, Pria, Nueva, Hontoria, San Antolín, Posada, Ardisana, Malatería, Vibaño, Caldueño, Celorio, Porrua, Parres, Vidiago, Pendueles, Santa Eulalia y Tresgrandas, y algunas de estas parroquias distan de Llanes tres leguas, y otras dos, y las más inmediatas casi tres cuartos de legua; y a no ser tiempo en que muchos hombres estaban ausentes, hubiera sido el concurso mucho mayor. Con todo esto se nos aseguró de toda verdad, que en Llanes con ninguna ocasión habian los nacidos conocido mayor concurso; por que fuera de los pueblos dichos, venian gentes sueltas de otros y de mayor distancia. El concurso nunca aminoraba, y solo los días de fiesta se reconocia algun esceso. La comunión general fue el 10 de Agosto, y fue de 5600 almas, y con las que comulgaron al dia siguiente llegaron a cerca de 6000. Convienen unánimemente que la misión ha sido fructuosa.

Se ha plantado en el pueblo la oración mental cuya conservación se encaraó mucho a los Curas. Acabada la misión hicieron egercicios por cuatro días los eclesiásticos del Arciprestazgo. Tambien se hizo una plática a todos los Jueces y demás ministros de Justicia que lo habian sido diez años antes, y lo podian ser en adelante. Aquí se quebrantaron las fuerzas y salud, y aunque ya habiamos escrito al Infiesto sobre punto de misión que en este pueblo queríamos hacer, no fue posible por falta de salud, y nos vimos obligados a retirarnos al Colegio de Oviedo con ánimo de descansar algunos días.–Pedro Calatayud.

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1830

En el año de 1830 se estaban llevando a cabo las obras de reparación de nuestra Iglesia parroquial, costeadas por el llanisco Errimo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo Priniado de las Españas D. Pedro de Inguanzo y Rivero.

Después de haberse sustituido el pavimento de madera por un enlosado de piedra marmolizada, se trató como remate de tales reparaciones, dar una lanilla a las paredes y bóvedas y un retoque en colores a las claves de sus naves, a fin de que resaltasen más los tallados y figuras que contenían.

Estaba encomendado este trabajo a los cuatro hermanos José, Francisco, Frutos y Ramón Bernot, únicos maestros de este arte aquí entonces.

Sin contratiempo ninguno se hicieron las obras y solo faltaba para remate de ellas, pintar la clave del presbiterio en el cuerpo central, a una altura de más de sesenta piés, la cual ofrecía mayores dificultades que ninguna de las otras, por la circunstancia de tener que armar el andamiaje sobre sí mismo para que no perjudicase al retablo del altar mayor, obra de indiscutible mérito.

Después de muchos proyectos, se determinó construir dicho andamiaje, en forma de una banqueta sostenida por cuatro piés, sujetos entre sí con abrazaderas de madera, que al parecer ningún peligro ofrecían según la opinión de los inteligentes.

Concluido y armado el andamiaje, sube por uno de los piés Ramón Bernot, como más joven y niás agil, llevando sus pinturas y pinceles sujetos a la cintura en cacharros o votes, y ya arriba principia su obra.

Próximo se hallaba a la terminación cuando, con el brazo estendido y el pincel en la mano, advierte que la clave que pintaba se aleja de su vista, que no alcanzaba a ella: creyó de pronto que algún mareo o desvanecimiento le acometía, pero a los pocos momentos, sin estrépito y sin ruido, se encuentra en el suelo de la Iglesia sobre el mismo tablado y en la misma postura de el brazo estendicio y el pincel en la mano, y sin darse cuenta de como había sucedido su descendimiento de tan grande altura; y era que se habían resvalado y abierto en el enlosado los dos piés de las banquetas que miraban a la parte central de la nave mayor.

Milagroso suceso, que todos cuantos le presenciaron, o de tuvieron conocimiento, se pudieron explicar nunca; y que solo la Puríslina Virgen María que Ramón tenía a su lado en el altar, y de cuya imagen llevaba entonces un Escapulario en el pecho, le libró de una muerte cierta y segura. En el acto se prosternó, y lo mismo hicieron cuantos allí estaban para dar las gracias a tan poderosa protectora.

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1833

Pocos existirán hoy de los que como nosotros hayan presenciado la horrorosa tempestad de mar y viento que se desencadenó en la costa Cantábrica el 15 de Octubre de 1833. Era de tal magnitud el furor de las olas, que más bien parecían montañas, dispuestas a tragarse la tierra. Llegaron a rebasar las alturas del paseo de San Pedro, e inundando la cría, venían por delante del convento, hoy Colegio de la Encarnación, a desaguar en el Rivero, atravesando la villa. Golpes de mar pasaban por sobre el Fuerte o casa del Rey, y caían de plano en el Pozo del Alloral, hoy convertido en casa de baños. El baluarte que existía en la trinchera hasta el Fuerte, y donde recientemente ha construido una casa D. Francisco García Ruenes, fue arrancado de cuajo y arrojado en grandes trozos al prado de Santa Ana.

La lancha de la matrícula de Llanes llamada Nuestra Señora de las Lindes, se hallaba en alta mar, dedicada a la pesca, con 18 hombres que la tripulaban.

Para describir con todos sus detalles tan horrorosa tempestad, y que tantos naufragios causó, nada hallamos mejor, que insertar el artículo inspirado por nosotros, y que se publicó en los números de 23 de Enero y 6 de Febrero de 1886 por el periódico local El Oriente de Asturias. Dice así:

Fé, Esperanza y Caridad

Suceso Histórico, 1833

Si tienes fé, conténtate con tenerla en el corazón a los ojos de Dios. Feliz de aquél que no se condena a si mismo con aquello que aprueba.Rom. XIV–22.

Cuidad muy particularmente de unir a vuestra fé la virtud, a la virtud la ciencia.

A la ciencia la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad.

A la piedad el amor de nuestros hermanos, y al amor de nuestros hermanos la caridad. II Pet. I.–5,6,7.

Yo espero en Dios y no temeré al hombre.Pe.LV.–II

Estas tres cosas, la fé, la esperanza y la caridad, permanecen, pero la caridad es la más excelente de las tres.I. Corint.XIII.–13.

Conservad siempre la caridad hacia vuestros hermanos.

No descuidéis la hospitalidad, por que ejerciéndola han recibido algunos a los Angeles en su casa sin conocerlos.Hebr. XIII.–3,2.

Bienaventurado aquél cuyo corazón se conturba ante la agena desdicha, trocándola en infortunio propio. De él se podrá decir que vive en comunión con Dios y con los hombres.J.L. El Oriente de Asturias núm.42.

Si toda vida navega entre peripecias y está rodeada de peligros, ninguna indudablemente como la vida azarosa del mar, a la que el hombre se lanza arrastrado por la ley de la necesidad, siquiera en ocasiones lo haga por recreo, unas veces para servir de juguete a aquél niño gigante, y otras para perecer asfixiado al influjo de sus terribles convulsiones, y servir de pasto a los infinitos seres que pueblan las profundidades de aquel dédalo insondables, los abismos de aquel proceloso elemento.

Corría el año de 1833, época aciaga y de triste recordación para nuestra pobre España, que sin lograr apagar el incesante relampagueo de sus revueltas y desdichas, veía dibujarse alla en los horizontes de sus siniestros límites de su lontananza, en los negros horizontes de sus espejismos como espectros de su fatal destino y como nuevas desventuras que llorar, los vapores mefíticos de pasiones desbordadas, los vientos impuros y calcinados, por tanto crugir de armas y de fuego, por tantas opiniones encontradas, por tanta muerte, por tanta sangre, por tanta lágrima, en fin, como del corazón amantísimo de las madres se derramaban a torrentes, sin beneficio y sin fruto alguno.

El cielo, nunca tan risueño se presentó como en la mañana del 14 de Octubre, pues, ni la rnar leve y sun] nube enipañaba su diáfana esfera El sol uníase al concierto de aquel dia, i–nostrando todas sus galas: y inientras por Lin lado con su rica y vi\ ificante cabellera, coniunicaba sus dones a la naturaleza, por otra, con sus rielantes efluvios, todo lo hernioseaba y engrandecía.

El mar en su inmensidad y poderío, asociábase también a la general invitación, mostrándose sosegado cual amplio lago sin ondas.

¡Todo era pues apacible calma! Todo encanto y alicientes!

Con tan dulce despertar, los marineros de Llanes, limpiaban su lancha y arreglaban sus aparejos, para lanzarse en aquel vasto campo en busca del pan, que el Sumo Hacedor impuso ganar al hombre con el sudor de su frente.

Todo dispuesto pues, y pertrechados convenientemente contra imprevistas contingencias e inopinados eventos, la lancha de Nuestra Señora de las Lindes, gobernada por el diestro patrón Manuel García, con 17 hombres de tripulación a su mando, en su mayor parte héroes del memorable combate de Trafalgar, se dá mar adentro, con su pensamiento en Dios, dispensador de todas las gracias, y su corazón en su mujer y sus hijos. Por que conviene hacer constar, que los marineros de entonces eran más sobrios y más religiosos que los de hoy. Nunca la barra dejaban, que entre sinceros votos, elevaran a la Virgen María sus preces. Y dígase lo que se quiera, es innegable, que el que reza, cree, el que cree, espera y confía, y la esperanza, es poderoso paliativo contra la adversidad. Y tan persuadido estoy de ello, que en todas las cosas aun en las más dudosas y difíciles, creo debiera inventarse la esperanza. Si ella no reinase ya en el ánimo del hombre, por solo el placer que produce. Con ella habitamos siempre regiones sonrientes y llenas de halagos, y hasta el tránsito de este mundo a la eternidad, es menos doloroso, por que esperamos en un más allá, mientras que sin ella el hombre, se vuelve pesimista, materialista e incrédulo, y, en sus limitados y tangibles horizontes, le ha de ser mucho más sensible la muerte, por que aquí, según él, terminan sus alegrías, y aquí sus placeres.

Pero volviendo a nuestro primer objeto, era de ver como al impulso de tan bravos brazos, las aguas se abrían para dejar paso a aquel esquife, cerrando tras él sus vías, privando así de oriente al que hubiese intentado seguir sus huellas. En tanto la lancha se va alejando rápidamente. Ya el ninvo irrisado de la distancia, la va envolviendo entre sus sombras. Ya casi es invisible: ya, por último, se pierde a nuestra vista sustituyéndole la soledad y el vacío. Ahora, ¡no pregunteis al mar por ella! por que sólo os responderá el eco de la pregunta y el mujir de sus misterios! No pretendais tampoco buscar el derrotero que siguió por que sería inutil, pues el mar, avaro de sus secretos, borra toda señal, y nada deja que indique que fragil barquilla ha surcado sus ondas. Y no os extrañe esta crueldad, si así puede llamarse, nó, por que el mar es semejante al espacio, y éste no dice nunca los pájaros que le cruzan, ni la lijera dirección que tomaron, y en vano le interrogaréis, por que el silencio más absoluto sería la eterna contestación. Quedaros pues con la esperanza, y conformaros con que el mar permanezca en su extraño quietismo, y se entretenga en bordar mansamente las orillas que le sirven de valla.

Mientras tanto, llegan los marineros al punto designado para la pesca, esto es, a más de doce millas de distancia de la villa.

Entusiasmados con el buen cariz del tiempo, esperan ansiosos a que el día los abandone para echar los aparejos, deseo que no se hizo esperar, pues al poco rato, donde antes todo era clara luz quedó en tinieblas, hasta que disipados los vapores que suceden a raiz del crepúsculo, dejose ver expléndida y placentera luna con múltiples estrellas, que cual ricos y relucientes brillantes orlaban la magestad de la noche, y tachonaban con fúlgidas luces la niaravillosa alfombra de los cielos. Todo se presentaba a su gusto, tiempo plácido y sereno, mar tranquilo y pacífico: pesca en abundancia y exquisita calidad. ¿Qué podían apetecer los que solo desafiaban el peligro y exponían su preciosa existencia, por proporcionar pan a sus pequeñuelos y a saciar la necesidad más apremiante y perentoria de la vida? Nada en verdad, como sus risueños rostros lo demostraban y como sus sencillas conversaciones saturadas de cariñoso respecto de la familia lo predecían! Quien distribuía ya en su mente el salario que le había de corresponder de tan extraordinaria entrada! ¡Quien pensaba en habilitarse de algún ensér para la casa tan util como necesario! ¡Quien hacía miles cálculos sobre el modo mejor de satisfacer el pequeño apremio que era su constante pesadilla! y en este soñar despierto, y en este dulce pensar pasaron la noche, y al amanecer, a esa hora en que todo lo existente despierta de su letargo para saludar al Hacedor; a esa hora en que las flores abren su capullo para exhalar sus aromas, y las pintadas avecillas, como ha dicho elegantemente un escritor contemporáneo, recorren esas notas divinas, que unas veces parecen los suspiros del aire, y otras las arpas invisibles de las ondinas del espacio; a esa hora, digo, en que todo vuelve a la vida, comenzaron a insinuarse por el Oeste obscuros semblantes; tintas aterciopeladas; transparentes primero, densas y opacas después, que dieron la voz de alerta al marino, presentándose como porta–estandarte de funestos augurios.

Desde este momento, la situación cambiaba, variando también el parecer de la tripulación, y mientras unos optaban por levar anclas y venirse al puerto, otros por el contrario, insistían en permanecer allí atribuyendo el feo aspecto de las nubes a alguna pasajera ventisca.

Al fin prevaleció esta opinión, contra el prudente juicio y aleccionamiento de los años; pero al poco rato el viento comenzó a zumbar, y empezaron a percibirse como vagos clamores, preludios con que se anuncian las grandes tempestades, con vista a lo cual, a las siete de la mañana del dia de Santa Teresa de Jesús, dicidieron levarse con rumbo al puerto.

La lancha venía a barlovento, dejando sendos surcos de espuma a causa de su vertiginosa carrera; en tanto, la borrasca se presentó aterradora, formando lugubre concierto el bramar de los aquilones, y el hórrido fragor de las olas. Los marineros, aunque nada parecían sentir, pues una aspiración los embargaba y un deseo los impelía tomar puerto, no por eso dejaban de tener sus recelos, y abrigar sus desconfianzas.

Ya cerca de tierra; cuando aquellos infelices creíanse salvados del peligro que los cercaba, y en brazos de los seres queridos de su corazón; cuando creían percibir las tiernas caricias de sus inocentes hijos, por que el deseo es indudable que agranda los objetos y nos pinta lo anhelado con aparatosa perspectiva; cuando, en suma, se consideraban seguros de todo riesgo y disfrutando de los encantos de la familia, ¡horrible decepción! he aquí que del alto de San Pedro, ven levantarse espesos penachos de humo, que cual alados fantasmas se remontaban al espacio, ora en agudas espirales, ora en caprichosos girones. Esto les infundió espanto; les llenó de terror ¿y cómo nó, si el vigía con sus tres hogueras anunciaba que era inaccesible la entrada? ¿y cómo nó, si su tabla de salvación se perdía ante lo imposible? ¿y cómo nó, si en un instante familia, hogar, afecciones, pueblo, todo en fin, lo que para ellos pudiera encerrar algún grato recuerdo, se eclipsaba, alejándose de su lado sin saber hasta cuando? Era aquel momento decisivo, y por tanto, de deliberar y pedir consejo. Así lo comprendió el veterano timonel, quien respetando el parecer de sus subordinados, dió órdenes para virar, dejándose ir en pos del viento, esperándolo todo de la suerte con que Dios quisiera dignificarlos.

Ya para entonces, los elementos se habían desencadenado, el rugiente huracán, batiendo febril sus formidables alas, pasaba por sobre el bajel haciéndole girar cual si fuera una liviana paja. El mar tan espantosamente se agita, que parece inquieta y gigante montaña cuajada de blanca nieve: las nubes se rasgan vomitando rayos. ¡Que situación más aflictiva, y que circunstancias más anómalas y tristes que éstas! La lancha batallando con aquel hervidero bramador; los marineros con el agua a la cintura y asidos fuertemente a las bancadas; atado a la popa el timonel que no abandonaba su puesto de honor; con un palmo de vela al trinquete, que era cuanto les consentía la tormenta y avocados a sepultarse entre los abismos de aquellas inusitadas rompientes, caminaba la nave a merced de las olas e inobediente al timón, como corcel rebelde a la espuela y al freno, galopa a su antojo. En la mayor soledad del mundo, ¿qué podían esperar? Nada, absolutamente nada, pues si llamaban sus débiles ecos era absorvidos por el bronco vendaval de la tempestad; si miraban arriba, se interponía a su paso la materia caótica con su negrura pavorosa; si miraban abajo el fúnebre sudario del turbulento piélago les ofrecía sus mortuorias envolturas; nada pues de la sociedad podían esperar; por eso dejando el campo de la materia e influidos por sincera fé, ascienden a las regiones del espíritu; y allí de hinojos postrados, invocan con fervor al Dios de las misericordias; y allí llaman en su auxilio a la Virgen de Guía; y allí por último hacen votos y promesas interesándolas con los objetos más queridos, con los seres de la tierra más amados.

Pero dejémoslos por un pequeño intérvalo en su apurado trance y vengamos a la villa que era a su vez teatro de desgarradoras escenas.

Serían las nueve de la mañana, cuando se dió en el pueblo la voz de alarma que llevó el espanto al seno de las familias. Ancianos, mujeres y niños, todos se lanzan a la calle, y como autómatas se dejan arrastrar hácia Santa Ana, punto desde el que se columbraba a alguna distancia la embarcación, como imperceptible punto obscuro en medio de una inmensa superficie blanca. En confuso montón, multitud de gente se iba aglomerando en aquel lugar. Allí la inconsolable esposa que lloraba su próxima viudez y la muerte de su marido. Allí la madre que con el punzante dolor que la informa, lanzaba amargos gritos, tan agudos, tan penetrantes, que hasta del corazón más empedernido herían sus fibras. Allí el inocente huérfano consolando a su afligida madre, ageno a la desgracia que se cernía sobre su angelical cabeza. Allí la hermana y el amigo. Allí todos, por que nadie era refractario a los sentimientos humanitarios, se apenaban y mezclaban sus sollozos. ¡Que dia tan luctuoso! El pánico más grande reinaba en el ánimo de sus pacíficos habitantes, evocando del final juicio el recuerdo.

Sucedía esto precisamente, a la hora en que el señor Beneficiado D. Lorenzo Simón González, celebraba el Santo Sacrificio de la Misa. Elevaba la Sagrada Ostia. cuando un niño de cuatro años, con hábito de San Francisco, hijo del patrón de las Lindes, interrumpe el silencio del templo con sus hondos lamentos, e impertérrito a las ávidas miradas de los fieles que en él se encontraban, se dirige al Cristo de la Penitencia y en alta voz y de rodillas, con sublime devoción y sentida piedad, pide al Crucificado remedie las angustias de su padre salvándole de peligro.

Hecha esta súplica, vuela de nuevo a Santa Ana, y con él toda la gente que en la Iglesia había.

La lancha cada vez va perdiendo más terreno y empeorando su situación. Ya se sumerge en parte y desaparece, suspendiendo los latidos de los circunstantes, y haciendo brotar inarticuladas exclamaciones. Ya vuelve a reaparecer, y los gemidos mal comprimidos por el momento, estallan, prorogando más y más aquella lenta agonía. Mas no puede durar mucho aquel excepcional combate. Lo presiente así el Sr. D. Ramón González, espectador de aquel tétrico cuadro, y en tanto la lancha se disipa cual vaporoso humo, se aproxima a las murallas que preceden al Fuerte, y desde allí, que era a donde más se podía avanzar, entre el cárdeno resplandor del relámpago y el estampido del trueno, absuelve a los náufragos, recomendando su alma a Dios, y, ¡oh prodigio! desde el momento que el Sacerdote deja aquel sitio, un golpe de mar arranca el baluarte por los cimientos, y arroja sus informes ruinas a respetable distancia.

¿Que era interín de los desamparados marineros? Seguían en las mismas críticas circunstancias; en medio de una borrasca creciente; yertos de frio; debilitados por tan desigual batalla como venían librando; pobremente defendidos por desmantelada embarcación que flotaba a la ventura; aumentando en exposición, que sus esperanzas se vieran desfallecer, no era de extrañar; mas el hado no contento aun, quiso que apurasen del todo el amargo caliz del sinsabor.

A las cuatro de aquella tarde, una fuerza de mar los arroja a la isla que está a la embocadura de San Vicente de la Barquera; y cuando se consideraban muertos, otro golpe no menos poderoso los lanza dentro del Carrero sin darse cuenta de ello, y el empuje de las aguas después, se encarga de conducirlos salvos al Puerto. ¡Inescrutable designio de la Providencia que sólo libras esta lancha entre tantas como de la costa se perdieron! ¿Será que ablandó tus rigores la candidez e inocencia del niño que te pedía conmiseración para su padre?

La villa de San Vicente, que se hallaba presa de igual consternación que la de Llanes, por que había visto salir la suya también y no la veía regresar, San Vicente que en masa presenciaba desde la costa tan doloroso espectáculo, corre presurosa a la entrada para propinar socorro y ayuda a la lancha que besaba sus playas, creyendo que era la de aquel gremio; al reconocer su error, sufre cruel desengaño, pero no ceja por eso en sus propósitos, ni entibia en nada el interés por los infortunados marineros, no escatimándoles sus consuelos, y rivalizando todos por ser los primeros en prodigar a los náufragos ropas, alimentos, hospedaje, tomando de su cuenta el vender algunos quintales de pescado que bajo los paneles de la lancha encontraron, a pesar de lo mucho que se habían visto precisados a arrojar al agua. ¡Loada sea la caridad que así confunde y estrecha en fraternales brazos a personas extrañas! ¡Bendita esa flor purísima que todo lo embalsama y consuela! Tiende a crecer bienhechora planta, que dicha y no pequeña será la nuestra, si logramos mañana acudir presurosos todos a cobijarnos bajo tu senda copa y gustar de tus excelsos frutos. A esta virtud irá unido siempre el recuerdo de San Vicente y el agradecimiento de los llaniscos.

El 16 por la mañana, repuestos ya de las fatigas pasadas, se reunieron en la plaza de San Vicente los dieciocho tripulantes de las Lindes para cumplir las promesas que en alta mar habían hecho. De rodillas y descalzos, dirígense pues a visitar a la Virgen de la Barquera, por ser la primera que alcanzaron ver, depositando en su capilla un precioso ramo de piedra imitando flores varias, que en el enroque único que habían tenido el 14, hubieron de extraer del fondo del mar; ofrenda digna de estimar, no tan solo por la rareza y delicada filigrana con que se adornaba, si que también por la fé ingénua que le inspiraba.

El 17 emprendieron por tierra la vuelta a sus hogares, dejando encargado el cuidado de la lancha a aquel gremio.

ya la mayor parte de Llanes se vestía de luto, y se dejaba oir el plañidero son de las campanas en señal de duelo, cuando acierta a llegar a este pueblo el asistente de un Padre Franciscano del convento de San Vicente de la Barquera, que dió la agradable noticia de haber arribado allí la lancha de Llanes.

En ocasión en que algunos se preparaban para emprender el viaje a aquella villa, un nuevo emisario les participa, que el marinero llamado Chiquito había llegado a Purón, como en avanzada, para dar aviso de su salvación, no pudiendo pasar de allí por que un voto se lo vedaba.

Con tan feliz nueva, el pueblo queda desierto volando a Purón, donde se hallaban ya reunidos todos los compañeros.

Excede a mis débiles fuerzas el bosquejar siquiera, el admirable grupo que en haz compacto, formaban padres con hijos, hijos con padres, esposas con esposos, hermanos con hermanos y amigos con amigos. Lágrimas de alegría vertían unos; expansivas risas mostraban otros, y todos experimentaban satisfacción por una parte y conmoción por otra, ante el flujo y reflujo de sentimientos y de expresivas manifestaciones, con que se demostraban su cariño y simpatía, los que ya se conceptuaban separados para siempre.

Desde aquí, en dos filas, rezando el rosario, descalzos y descubiertos, partieron en dirección al Santuario de El Cristo del Camino; a ese hermoso observatorio, que permite ver en sorprendente perspectiva la pintoresca villa de Llanes, que reclinada muellemente sobre el Océano, se mece dormida por el arrullo de sus salutíferas brisas. De rodillas suben su empinada loma, y a los piés del Señor, rinden el tributo de sus ofrecimientos, descendiendo a sus casas rebosando contento y alborozo.

El 19, a las ocho próximamente de la mañana, la campana del Gremio los convocaba para el cumplimiento de otra promesa, que consistía en subir de rodillas y descalzos, desde la última casa del pueblo, a la capilla de la Virgen de Guía, donde confesaron, oyeron con todo fervor solemne misa y comulgaron.

Hoy, a pesar de habitar aquellos los mundos de la eternidad, excepción hecha de Nicolás Perez, que reside actualmente en Unquera, y en contra del constante maquinar y destruir del tiempo, la historia de este suceso, vive y vivirá hasta la consumación de los siglos en la memoria de todos los llaniscos.

Ese infausto dia, grabado con caracteres de sangre en el corazón de los habitantes de la costa cantábrica, jamás se borrará.

De él conservarán eterna recordación, Santander, Comillas, San Vicente de la Barquera, Rivadesella, Lastres, Tazones, Gijón, Luanco, Candás y otros muchos pueblos, que lloran desde entonces la muerte de seres idolatrados, que tripulaban, parte de sus lanchas, y parte servían en buques de cabotaje.

Tal es, en síntesis, la exactitud del memorable suceso de 1833. Tal como es, al Sr. D. Francisco García Ruenes le dedico, abonándome para ello dos razones: 1ª Por ser Ud. el que avaro conserva cual veneranda reliquia la lancha de las Lindes, y 2ª Por ser hijo del patrón que la gobernaba, y hermano del niño que ante el Cristo de la Penitencia se postró. Acéptela, pues, en consideración de la estima que merece a su afmo. S.S.–MANOLO.

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