José Ignacio Gracia Noriega

Ribadedeva
 

Ribadedeva está entre Santander, el mar y la montaña. Bustio es el límite de Asturias por la carretera general, en la orilla occidental del Cares-Deva, a quien ya le queda poco para llegar a su desembocadura. «Y por la carretera general que va hacia Santander se llega a Bustio. Si te desvías hacia Pimiango y sigues hasta Santo Medero, tomarás después a pie un senderito durante unos minutos que te llevará a la cueva prehistórica de El Pindal, en la que abundan estupendos ejemplares de grabados y pinturas de los antiquísimos habitantes del antro, de muchos miles de años antes de J.C.», escribe Antonio García Miñor, quién, deteniéndose ante la cueva, anota: «El paisaje desde la entrada de la cueva prehistórica es impresionante, con el mar en el fondo de la hondonada y en la altura de la izquierda el faro de Tinamayor, cara a todos los vientos».

Visitaremos la Cueva con mayor pormenor en otro lugar; pero el paisaje que se contempla desde su ancha boca es tan estrecho y misterioso que parece relacionado con algún lugar situado en el fin del mundo; al fondo, entre neblinas, se ven las siluetas de la costa cántabra. Era un buen horizonte para quienes seguramente el mundo y su concepción estaba reducida a aquellos límites.

Pero El Pindal no es el único resto prehistórico en esta comarca; los hay también en la caverna de La Franca, con un rico repertorio de materiales, y, en general, en cualquier campo en el que se remueva la tierra, como sucede actualmente en Bejes, barrio de Noriega, donde aparecieron frecuentes muestras. Como escribe Magín Berenguer: «Esta zona territorial estuvo muy habitada por el hombre en el período prehistórico. Son frecuentísimos los restos de utillaje que de manera accidental se encuentran al labrar el campo o realizar una obra en los caminos. Los concheros residuales del régimen alimenticio marisquero que el hombre primitivo se veía en ocasiones precisado a efectuar, son también muy frecuentes en el territorio».

De la Prehistoria, los restos pasan al Medievo, con las ruinas del gran monasterio de Santa María de Tina, situadas en medio de un bosque, a tres kilómetros de Pimiango (en cuyo casco urbano hay rastros de pasadas construcciones, entre ellas un arco, a la entrada). Del monasterio se conserva en pie la iglesia, a cuya entrada se aprecian los restos de un horno de pan, y restos de otras construcciones anejas, que dan idea de la importancia de este establecimiento monástico. Fermín Canella lo describe en Asturias, tomo II: «Frente a Colombres, en Pimiango, se admira entre árboles y cubierta de yedra, la ermita de la venerada y popular Virgen de Tina, cerca de la cual se notan viviendas de humildes solitarios. La ermita en parte restaurada en la época del Renacimiento, es romanobizantina de la primera época. Todo así lo acusa la puntiaguda espadaña tímidamente levantada, las toscas maderas de los contornos deslindados de todo ornato, las pequeñas pero firmes impostas que sostienen las vacilantes paredes de las tres diminutas naves». En la actualidad, las tres naves están unidas en una sola, y según Mari Cruz Morales y Emilio Casares, se aprecia en ella «una estructura espacial arquitectónica de una gran sobriedad y armonía que indudablemente hay que enlazar con las aspiraciones del monasterio cisterciense y su tradición de arquitectos monjes con un conocimiento y búsqueda consciente de los espacios arquitectónicos propicios a la nueva reforma de la Orden Benedictina».

Respecto a la antigüedad de este monasterio, E. Alvarez Suárez y F. M. Gómez, suponen en una Guía monumental, histórica, artística, industrial, comercial y de profesiones (1923-24), que fue un lugar de refugiados, llegados de distintos lugares, después de la batalla de Covadonga: «Por estos mismos tiempos, los refugiados de otros puntos de la península, formaron la segunda agrupación urbana de Ribadedeva en donde se halla actualmente el caserío de Tina lugar muy a cubierto por la parte de tierra e inaccesible por el mar. Más tarde, en el siglo XII, se reconstruyó la primitiva iglesia de este poblado».

Colombres y Pimiango guardan restos históricos; en Colombres descansó el emperador Carlos V a su paso en dirección a Santander, y el cronista Laurent Vital anota: «Un lunes, el Rey nuestro señor, partió de Llanes acompañado de doña Leonor, su hermana, y de muchos señores y grandes dignatarios. Pero como de allí a San Vicente había seis leguas de muy mal camino, no se hicieron en ese día más que cuatro, para ir a alojarse a un pueblecillo o aldea llamado Colombres, y por fortuna hizo un hermoso día, por lo cual el camino era más agradable de andar, y si las damas se habían mojado un poco antes, en aquel momento tuvieron el sol hermoso y el tiempo a pedir de boca. Así pues, después de haber llegado, la nobleza a este pueblecito, encontraron la comida dispuesta; luego, después de comer, las mozas de este lugar fueron a una plaza, ante el aposento del Rey, para cantar y bailar de tan buena, gozosa y grave manera que todos tuvieron un buen pasatiempo. En esta danza y rueda había muchas mozas y en medio de dicha rueda una solterona, acaso a pesar suyo, porque nadie la había pedido ni solicitado. Esta mostraba ser la capitana y directora de las otras mozas en la danza, pues, para mostrar que apenas la había olvidado, se había puesto sola en medio de la danza, saludando con una súbita inclinación de cabeza, como lo haría una mujer arrebatada medio tocada de la cabeza».

Igualmente en Colombres, durante la guerra de Independencia, el general Ballesteros se estableció al mando de 6.000 hombres, oponiendo resistencia a los franceses durante nueve meses. «Para defender la entrada oriental se formó un cuerpo de ejército compuesto de 6.000 hombres al mando del general Ballesteros, y éste fortificó a Colombres y estableció su cuartel general en Villanueva –escribe Saro y Rojas–. Difícil hubiera sido a los franceses romper la línea del Deva, a pesar de su extensión, si Ballesteros la hubiera defendido con la fuerza que tenía a sus órdenes, pero destinados de orden superior 4.000 hombres a reforzar el cuerpo de ejército del centro de la provincia, tuvieron que retirarse del Deva los 2.000 hombres que quedaban guardando aquella entrada, estableciéndose a orilla del río Purón».

Según descripción de Saro y Rojas, Colombres es «bonito pueblo a corta distancia de La Franca, colocado en elevada situación sobre una roca caliza. Colombres, a pesar de estar fuera de la carretera general, merece que hagamos en él descanso, porque al revés de lo que sucede a la generalidad de los pueblos, en los que el aislamiento enerva las fuentes de riqueza y determina visible retroceso, ha progresado, ha mejorado mucho en estos últimos años, «gracias no a la protección del Estado, sí a la iniciativa, al desprendimento, a la firmeza y a la unión de sus hijos». Y cita entre éstos como a los más distinguidos a D. Manuel Ibáñez, D. Iñigo Noriega y los hermanos D. Francisco y D. Victor Sánchez, propietarios de casas de nueva planta en las que era de admirar su «lujosa construcción y buen gusto».

Actualmente, en Colombres, siguen destacando las quintas de los indianos, y entre éstas la de D. Iñigo Noriega, poderoso indiano mejicano que destinó un palacio que había comenzado a edificar en 1906 como residencia del derrocado presidente de la República mejicana don Porfirio Díaz, de quien era amigo y compadre. La quinta, rodeada de un parque con variadas y numerosas especies arbóreas, figura, según Mari Cruz Morales, entre las construcciones indianas más notables de Asturias; mas D. Porfirio no llegó a ocuparla, porque, como insinuaba un redactor del semanario llanisco «El Pueblo» en el año 1911, año de su derrocamiento, los jefes de Estado en desgracia, pertenezcan al bando monárquico o al republicano, prefieren pasar su exilio en París. Y a París se fue el ex-presidente mejicano, en tanto que en Colombres le aguardaba la mansión con todo dispuesto para su llegada. Ahora, pintada de azul y con espacios blanqueados –que, en interpretación del autor de esta innovación, el decorador Chus Quirós, representan el mar que cruzaban los indianos y la plata que obtenían en las lejanas tierras americanas– es la sede del Archivo General de los Indianos.

El palacio de D. Iñigo Noriega o Quinta Guadalupe es el más destacado de Colombres, aunque en esta pequeña población se alzan otros palacetes indianos de gran mérito. A la entrada del pueblo hay una casa antigua con su corral y aleros tallados de madera. La Quinta Guadalupe se asoma, con sus torretas y la entrada de su jardín de verjas de lanza, a la plaza principal, de forma rectangular. Todos los factores del poder y del progreso se encuentran concentrados en este entorno: el Ayuntamiento está en un extremo y la iglesia en el otro, tal vez significando la separación entre la Iglesia y el estado, y en medio, la estatua de D. Manuel Ibáñez y Posada, Conde de Ribadedeva, fechada en 1902, y que tal vez significa la condición mediadora del capital. El reloj de la iglesia, que según Saro y Rojas ha sido colocado con donativos particulares, señala desde quién sabe cuánto tiempo hace perpetuamente las ocho.

De Colombres hay una salida que va a Bustio, debajo de la iglesia, y otra a Villanueva, atravesando la población. Al Norte se edificaron casas de viviendas de moderna factura pero uniformes, que constrastan con la opulencia y el individualismo de las construcciones de los indianos. Y por el Sur, hacia Villanueva, las casas van perdiendo altura, hasta quedar en construcciones de una sola planta y blanqueadas, con un vago aspecto andaluz, en vivo contraste con el colorido y variedad de los palacios indianos: el azul del de D. Iñigo, el rojo sangre de toro de otro, la majestuosa piedra a la vista de un tercero...

Desde Villanueva se puede ir, bajando en dirección al Cares-Deva, a Panes, y en dirección contraria a Noriega y al Valle Oscuro.

Entrando desde Colombres, Bustio, el pueblo fronterizo, presenta un aspecto fabril; luego, tiene aspecto y sabor marinero. Dos puentes se tienden sobre el río: por uno pasa la carretera general y el otro une Bustio con Unquera: a la mitad de este puente se señala la división entre Asturias y Santander, ahora Cantabria. Bustio tiene flota pesquera con bastante actividad, mientras que en los pastizales de la ría pastan caballos. El río, que lleva aguas del Cares, que en las zonas altas era el río más hermoso de España, a pocos pasos de su desembocadura señala con su suciedad, la oscuridad de sus aguas y los plásticos que flotan sobre ellas, que ha recorrido un largo camino y que ha atravesado poblaciones habitadas por personas civilizadas.

Por la carretera general volvemos a adentrarnos en Asturias. A la izquierda una desviación va a Colombres y otra, a la derecha, a Pimiango. La Franca, que empieza allí mismo, está en la misma carretera, y llega hasta el puente sobre el río Cabra que separa los concejos de Ribadedeva y Llanes. La Franca tiene una playa muy conocida y una cueva prehistórica a pocos metros de la playa, en la que, según Magín Berenguer, «quedan algunas pinturas representando signos y puntos de ignorada interpretación, que pudieran corresponder al período azilense». Saliendo al mar, ya en zona llanisca, está el castro de Santiuste, y en la costa el bufón del mismo nombre, no menos imponente que el de Vidiago.

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 35-41
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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