José Ignacio Gracia Noriega

La cueva del Pindal
 

Esta tierra estuvo habitada desde tiempos remotos. Los hombres, a la entrada de lo que ahora es provincia, o autonomía, o comarca, encontraron un refugio en la Cueva del Pindal.

Para ir al Pindal se sube a Pimiango. El camino asciende entre eucaliptos y al fin se coloca por encima de las copas de los árboles. Al frente está Colombres; a la izquierda, al otro lado del Cares-Deva, está Unquera: Bustio, cubierto por los accidentes del terreno, no se ve. A la entrada de Pimiango hay dos arcos antiguos y otro tapado.

Algunos defienden que el emperador Carlos V, a su paso por estos lugares, pernoctó en Pimiango y no en Colombres: pero yo me pregunto qué buscaría, por qué se desviaría hacia una sierra plana que no tiene otra salida que el mar. El pueblo, abierto a los vientos del Norte, también recibe los rayos del sol del mediodía, y se ve, sin nada que lo oculte, durante un gran trecho de la autopista.

Desde el casco de Pimiango se ve el Naranjo de Bulnes. En la plaza del pueblo se levanta la estatua del teniente coronel Emilio Villegas Bueno, muerto en acción de guerra en RamIa, Marruecos, el 11 de diciembre de 1924. De Pimiango son también los [43] zapateros errantes, que se desparraman por toda la comarca, y que tienen su propia jerga gremial, el mansolea; el más famoso de ellos, llamado José Cué, se estableció en Tresviso, en plenos Picos de Europa, como cura, al saber que la parroquia estaba vacante, y allí permaneció hasta que fue detenido y encarcelado: sobre este hecho escribió Celso Amieva el poema narrativo «El cura de Tresviso».

Un cartel indica el camino del faro: por ese camino hemos de ir para bajar a la cueva. Pero antes nos detendremos en un feo mirador de cemento que parece levantado por el enemigo: pero el paisaje que desde él se divisa es maravilloso: exactamente al Sur están los Picos de Europa, dominados por el totémico Naranjo de Bulnes, y, en primera línea de montañas, la sierra del Cuera, que se extiende hasta la lejanía, paralela al mar y en dirección al ocaso. A la izquierda se ve todo el valle, hasta la ría de Tinamayor. Dando la vuelta, tenemos a nuestros pies la corta plataforma marina conocida por Las Bajuras, donde está el faro; y mirando en dirección a poniente, vemos la costa recortada, y Llanes al fondo, y, sobresaliendo, el castro de Póo. Si hay mar, el agua sale desmenuzada por la boca rugiente de los bufones.

Bajemos. El camino no es bueno, pero los hay peores. Para ir al Pindal hay que desviarse, antes de llegar al faro. Un cartel indicador oxidado proclama: «Cueva prehistórica del Pindal. Pinturas rupestres». Esto ya no es un camino, es una caleya. Aquí es preciso dejar el coche, si se va en él.

Antes de bajar al Pindal pasamos ante la capilla de San Emeterio, el «Santu Medé», de las letras del pericote, sobre quien corre una historia, leyenda o chascarrillo. Se dice que aquella capilla estaba [44] destinada al culto de la Virgen, por lo que encargaron a un tallista que tallara la sagrada imagen; pero la talla salió con barbas, por lo que, para aprovecharla, consagraron el templo a San Emeterio. Por esta razón se canta la copla:

San Emeterio glorioso,
eso bien lo sabéis vos,
porque fuisteis elegido
para ser madre de Dios.

Y Celso Amieva canta:

Aquí de Santu Medé,
abogado-sacerdote
de cojos; del pericote
druida... ¿Por qué? ¿Por qué?
Santu Medero u Medé
dicen que es San Emeterio
pero aquí dentro hay misterio.
¿Por qué?

Y añade el poeta:

El culto a Santu Medé
en torno al templo ancestral que es la cueva del Pindal...
¿Por qué?

La Cueva del Pindal, que está en una pequeña explanada, que se asoma al mar sobre un acantilado. La cierra una verja de hierro; abajo bate el mar. La escritora inglesa Nina Epton encontró mágica esta costa, y así lo declara en su libro «The magic coast». Y hay magia también en el interior de la cueva, con sus [45] pinturas rupestres que representan animales: caballos, ciervos, bisontes, un elefante, un pez, una cierva, que Magín Berenguer encuentra «de gran simplicidad en la formulación, pero sumamente expresiva». En el interior del cuerpo del elefante vemos su corazón: es la primera representación anatómica que se conoce en el mundo.

El agustino P. Fraile Miguélez (que, para evitar la redundancia, firmaba sólo con el segundo apellido) la describe en el relato de su viaje por el Oriente de Asturias como una «curiosísima cueva de estalagtitas y estalagmitas, al pie del mar, donde dicen que llegó el cuerpo de San Emeterio»; y habiéndola recorrido, declara: «Pudimos andar, por espacio de más de dos horas, en aquel subterráneo, país de maravillas naturales, sin poder llegar al término que dicen (pero nadie ha visto) va a salir a la mar».

La cueva es grande, pero no tanto. Lo más notable de ella, aparte de las proporciones, son las pinturas, que fueron descubiertas en el año 1908 por H. Alcalde del Río, y estudiadas en 1911 por el Abate Breuil, el P. Sierra y el propio descubridor. Según Fernando Carrera «es penetrable hasta los 360 metros de longitud, y tiene el techo tan alto que solamente se percibe dirigiendo hacia arriba un fuerte haz de rayos luminosos; su anchura es variable, en algunos sitios llega a treinta metros. De aquellas bóvedas penden las más variadas estalactitas, algunas se han unido con las estalagmitas correspondientes, formando columnas de tal robustez que los hombres no han podido destruirlas».

Los colores que predominan en las pinturas son el rojo y el negro. Se combinan figuras y signos, y entre éstos se detallan vulvas, y representaciones [46] arboriformes, laciformes y claviformes. En opinión de Carrera, «estas obras de arte primitivo parecen pertenecer a dos épocas distintas: al oriñacense y al magdaleniense. De la primera, el elefante, los signos escutiformes, puntuaciones y una cierva y un bisonte. Siendo todo lo demás posterior o magdaleniense».

Para Ramón Bohigas Roldán, esta cueva es representativa de la franja costera oriental, que va desde Ribadesella a Bustio, a lo largo de toda la Marina de Llanes: «Dentro de esta zona –escribe– las cuevas con arte parietal adquieren una especial densidad en los extremos: en Ribadesella, donde tenemos las cuevas con pinturas de Tito Bustillo, Lloseta, Les Pedroses y San Antonio. En el extremo oriental, entre bastantes cuevas con reducidas manifestaciones artísticas por su número, destaca el conjunto de la cueva del Pindal en Pimiango. En el tramo central de esta franja costera, en la zona de Llanes, podemos destacar la cueva de las Herrerías».

Próximas a la cueva están las ruinas del monasterio de Santa Ana de Tina, del siglo XII, a las que «la hiedra cubre piadosamente», según apreciación de Dolores Medio. De aquí escribe Celso Amieva:

Hondo remanso de los tiempos,
silencioso valle de Tina,
largo y angosto. Paralelo
a la sombría mar profunda
y a la ladera de Toreo.
Valle de Tina, val de encinas,
Valle de Tina recoleto.
Val de Tronía acantilado
¡oh valle de San Emeterio!
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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 42-46
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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