José Ignacio Gracia Noriega

Cabrales
 

Escribe Lueje que Cabrales es el concejo más quebrado de la montañosa Asturias, lo que no es poco: «La zona nordeste del Cornión, toda la norte de los Urrieles, y la del nordeste extendida al sudoeste de la formación de Andara, son dominios de Cabrales, el Concejo de mayor braveza entre los setenta y ocho que arman la abrupta región astur. El topónimo de Cabrales sin duda que es proveniente de los escarpes y accidentes de aquellos terrenos. De ser propio de cabras. De la «cabra ibex», la salvaje, y de la «hircus», la doméstica. Por lo mismo, en su escudo concejil figuran dos cabras junto a un árbol, y un oso que las está acechando».

Y según Víctor de la Serna: «Cabrales es un concejo que se extiende entre la cordillera del Cuera, que corre paralela al mar, y, muy cerca, la vertiente Norte de los Picos de Europa. Es un amplio y soleado valle donde hay una docena de pueblos, unos en la vega, otros en las montañas. Por lo tanto, los habitantes, unos son labradores y otros pastores. Emigrantes lo son todos. Y todos con una simpática altivez de gente segura de sí misma que jamás toleró señorío de nadie: ni de las nobles casas indígenas de Quirós y de Miranda, a las que largaron del país de mala manera». [48]

Los límites cabraliegos son: al Norte, el concejo de Llanes, a cuyo partido judicial pertenece; al Sur, la comarca de la Liébana, ya en Santander; al este, Peñamellera Alta y la localidad de Tresviso, arriba de Sotres, que administrativamente pertenece a Santander, pero que eclesiásticamente dependió del Obispado de Oviedo; y al oeste, el concejo de Onís y las tierras leonesas de Valdeón. A este territorio lo surcan cuatro ríos: Casaño, que lo divide en dos, en un valle estrecho; Duje, Cares y Riega del Tejo. La población, de unos 2.500 habitantes, se distribuye en 18 núcleos de población, agrupados en nueve parroquias: Arenas, Arangas, Camarmeña, Bulnes, Tielve, Sotres, Póo, Carreña, Asiego, Inguanzo, Berodia, Puertas, La Molina, Canales, Ortiguero, Pandiello, La Salce y Escobal. Carreña es la capital municipal y sede del Ayuntamiento, pero la población de mayor actividad comercial y turística, en cuanto que es el paso para Poncebos y algunas de las zonas más conocidas de los Picos de Europa, es Arenas. Inguanzo, Póo, Bulnes, Asiego, Carreña, La Molina, Ortiguero, Puertas, Pandiello, Sotres y Tielve, tienen la categoría de pueblos, y Arangas, Berodia, Camarmeña, Canales, La Salce y Escobal, de aldeas.

Como escribe Carmen Suárez Cueva: «Constituye una comarca natural, bien delimitada por accidentes geográficos. Al Norte, entre Llanes y Cabrales, se encuentra la sierra del Cuera y Peña Blanca (1.176 m.). Al Sur, las elevadas cimas de los Picos de Europa, siendo el Pico Tesorero, al sur-oeste del concejo, el punto donde confluyen las tres provincias (Asturias, León y Santander). Hacia levante tiene como límite el Valle Alto de Peñamellera y el macizo Oriental o de Andara. En el oeste, el límite se extiende desde el collado [49] del Torno hasta el Cabezo del Cubo».

En Cabrales quedan abundantes restos de su historia; José Saro y Rojas escribe, refiriéndose a los vecinos de Arenas: «En sus habitantes, como en todos los de Cabrales, se advierten los rasgos característicos de la raza céltica, que fue la primera que debió poblar sus altas cumbres, y de la que se encuentran a menudo vestigios de su industria y de su civilización. Hachas de bronce y cobre, y puntas de flecha aparecen con frecuencia en los puertos de Arenas, llamando los naturales, en su sencillez y superstición, a las primeras, «cruces del rayo», y las tienen en gran estima, creyéndolas el vulgo de las gentes con virtud bastante para ahuyentar las nubes y conjurar las tormentas».

Diversos seres de la mitología astur pueblan aquellas peñas y bosques, pero según Jesús Alvarez Fernández-Cañedo los más característicos son la huestia («huostica»)y el «diañu burlón» («diablu buryón»). La «huostica» se anuncia en sueños, rapta niños, toma la apariencia de personas próximas a la muerte, y no puede ser descubierta; pero huye cuando se le hace frente, como se lo hizo el tío Joaquinón, de Pandiello, que la dispersó a fustazos. Al «diablu buryón» se le asimila con algunos animales, como el cerdo, el cordero o un rebaño de cabras, e incluso con un macho cabrío y, más directamente, con el diablo. No obstante, según escribe Jesús Alvarez, es «un espíritu jovial (que) encarna bajo diversísimas formas para jugar travesuras inocentes o levemente medrosas a los aldeanos que creen en su existencia».

Un resto eminente del pasado es la calzada de Caoro, que arranca de la Abadía de Llas, y que, como cautelosamente anota Saro y Rojas, «muchos tienen por romana». Los cabraliegos se enfrentaron a [50] las legiones romanas, y, como recuerda Saro y Rojas, a las tropas de Napoleón: «Testigo mudo de valor y de la constancia de los astures en la guerra de la Independencia española es el puerto de Arenas «Loma de Toro», una profunda sima conocida con el lúgubre nombre de Cueva de los Huesos, depósito de restos humanos de desgraciados soldados de Napoleón I, sacrificados por los cabraliegos durante la gloriosa resurrección de nuestra indomable raza».

Saro y Rojas se refiere en su libro «Pequeñas jornadas» a la «Trova», que es «un antiguo romance popular que, si bien de escaso mérito literario, es muy estimado por las noticias que da acerca del país. La «Trova» asigna a la casa de Mier más antigüedad que a ninguna otra de Cabrales», y a la danza ancestral del «corri-corri», que describe de este modo: «Llama en Arenas la atención de todo forastero el baile del corri-corri, peculiar y exclusivo de ese pueblo y distinto de todos los bailes de este país. Al monótono son del «pandorio», término medio entre la pandereta árabe y el tamboril vasco, se coloca un hombre delante de varias jóvenes a quienes se dirige: ellas, mostrando desdeñarle, huyen, él las persigue, y, ya cansado, las deja; viéndose las mozas abandonadas, vuelven en busca del galán, a quien alcanzan en su huida en el mismo sitio donde el baile comenzó. Preceden a estas agitadas carreras ceremoniosos saludos que ellas reciben del mancebo con las mayores muestras de rubor, y giros originalísimos que revelan destreza y agilidad, reflejándose en todas las manifestaciones de esta expansión popular el más profundo respeto, rayando en religiosa veneración, hacia la mujer, fuente perenne de ventura en la vida, la que dulcifica y hace al hombre soportable, en las asperezas con que tropieza durante [51] su peregrinación por el mundo». Naturalmente, las últimas frases constituyen una interpretación casi romántica, decimonónica, con la que no se muestran de acuerdo etnólogos actuales.

Aparte del corri-corri y la gran mole de piedra del Naranjo de Bulnes, sueño y meta de tantos montañeros, lo más famoso de este concejo es el queso de su nombre, el poderosísimo queso de Cabrales, del que Pérez Galdós decía que era «depestífera fragancia» y al que Julio Camba llegó a considerar como «el más logrado de los quesos españoles»; y tanta es la fama, incluso internacional, de este queso, que algunos no saben si se trata de un queso tan importante que hasta da nombre a un concejo, cuando, obviamente, es el concejo quien nombra al queso que se produce en sus cuevas características. Para Clemenceau este queso era digno de figurar al lado de los franceses. Lo que tiene su alto grado de elogio, viniendo de un gobernante del pueblo que inventó la palabra «chauvinismo».

El queso de Cabrales parte de una pieza de queso corriente, blanco como la nieve, hecho, como dicen allí, de «leche del ganado» –escribió Víctor de la Serna–; es decir, de una mezcla de leche de vacas, cabras y ovejas. La proporción es tan indiferente que puede utilizarse leche de una sola clase. Durante la elaboración de este queso se añade a la mezcla una cantidad pequeña de miga de pan mohoso, donde está el «perticillium», que ha de producir las esporas que permiten la fermentación peculiar de este queso, esencialmente igual al Roquefort. Luego el queso se pone a curar en unas cuevas naturales con un grado de humedad, corriente de aire, temperatura, etc., que constituye al mismo tiempo el misterio y el secreto de la [52] cosa. Se colocan las piezas sobre unas anaquelerías de tablas. Se mueve un poco cada día –como las botellas de «champagne» en las «cavas»– y a los cincuenta días, poco más o menos, el queso ha «cardenillado», es decir, ha tomado por dentro las vetas verdosas que son su característica. Y ha tomado sobre todo el sabor delicioso que le ha dado la corona del «queserío» mundial».

Según Juan Santana, «pese a su fuerte gusto, se suele emplear en actos muy característicos: las espichas, principalmente, y como postre –sin nada más– en comidas típicas con base en otros productos del país de notable fama y de gran importancia gastronómica, tal la fabada o el pote»; y Eduardo Méndez Riestra, que lo describe en su libro «Comer en Asturias» («es un queso de consistencia semidura, veteado azulverdoso-cardenillo, una forma cilíndrica con dimensiones que van de 7 a 15 cms. de altura y de 20 a 30 de diámetro; su peso oscila entre uno y seis kilos, y van envueltos en hojas de pláganu secas, que, al ser mojadas cuando lo recubren, recuperan su color verde oscuro y se adhieren a la corteza; su sabor es fuerte y su aroma aún más»), también advierte sobre posibles mistificaciones: «El Cabrales es el único que goza de merecida fama, pero ¡ay!, cuánto «cabraliego» se vende por Cabrales (no vayan a pensar que en Asturias se encuentra buen Cabrales así como así; y, si me apuran les diré que no poco del genuino se marcha hacia Madrid y Barcelona, sobre todo)».

Sin embargo, el queso de Cabrales ha inspirado palabras muy elevadas referidas al concejo, como éstas del general Manuel Díaz Alegría, que fue pregonero del XII Certamen del Queso de Cabrales, en agosto de 1982, donde lo llama «país salpicado de [53] casonas correspondientes a viejos apellidos históricos, de iglesias tan notable alguna como la de Arenas, de típicas casas rurales, como corresponde a una tierra de muy antiguo poblado».

Vamos a ir a Cabrales desde las Peñamelleras; ya hemos estado en algunos pueblos altos, de los que se hablará en otro lugar. Arenas es un pueblo de cierta actualidad comercial, con una calle principal con tiendas y cafés que llamaban la atención a Víctor de la Serna: «Las tiendas de Cabrales son un poco todavía como las del campo argentino o las del Oeste americano. Las de Arenas de Cabrales y Carreña son especialmente graciosas: anuncios de las grandes empresas de navegación marítima y aérea con estupendos cromos de las pirámides de Egipto, de los pozos de petróleo de Dallas, del Grand Canyon, del Ponte Vecchio de Florencia; guadañas, sacos de garbanzos, montones de muestras de mineral (piritas, cinabrio, calamina, blenda, cobre, piedra azul, &c.), hay también libros, periódicos, futbolín y el anuncio de la película que echan en el cine de Arenas». En Arenas, el Cares recibe las aguas del Casaño, y se baila el «corri-corri» con un «bailín», o sea, el varón que danza, que ha de poseer fuerza y destreza considerables, se enfrenta ni más ni menos que a cinco mujeres: hay quien dice que esta danza está representada en las pinturas de la Cueva del Pindal, del mismo modo que hay quien ve el pericote en los dibujos de Peña Tú.

A la salida de Arenas se pueden tomar dos caminos: el de la izquierda lleva a Poncebos, lugar al que Aurelio de Llano denomina la «portada principal de los Picos de Europa»; y el que sigue de frente nos llevará a las localidades cabraliegas que están al borde de esta carretera, que es la que va a Covadonga y a [54] Cangas de Onís, Casaño arriba. Enseguida está Póo, que es un pueblo dominado por la figura inconfundible del Naranjo de Bulnes, y al que Aurelio de Llano señala «descansando alegra bajo la arboleda frondosa, rodeado de tierras de labrantío. Las verdes praderas se extienden por la falda de la montaña, tras de la cual se ve Cueto Albo y el Naranjo de Bulnes». En la actualidad no hay tanto arbolado como debía haberlo, en 1928, año de la publicación de Bellezas de Asturias». En una suave elevación verde está el monumental palacio que perteneció al Cardenal Inguanzo, dando la espalda a la actual carretera, porque ante su fachada principal, es decir, más alto y al Sur, pasaba el antiguo camino real. En la actualidad, este palacio está siendo restaurado, con buen gusto y sumo cuidado.

El famoso Pozo de la Oración, con su monolito que recuerda la hazaña de don Pedro Pidal y de Gregorio López, el «Cainejo» e invita a la contemplación del Naranjo, que desde aquí ofrece una visión impresionante, está a la salida de Póo de Cabrales (hay otro Póo en el vecino concejo de Llanes, lo mismo que otro pueblo que se llama Puertas), y pasado no más de kilómetro y medio entramos en Carreña, la capital municipal, con Ayuntamiento y cuartel de la guardia civil, y campo de fútbol. Un camino a la derecha conduce al pintoresco y alto pueblo de Asiego, y cuando dejamos Carreña atrás, y el paisaje se estrecha en torno al Casaño, vemos el camino a la izquierda que conduce a Inguanzo y Berodia. La carretera sube por una estrecha garganta, dobla en el Puente Golondrón, alrededor de la casa con galerías en ruinas y al lado de la desembocadura del camino de Puertas. En Las Estazadas el paisaje se abre, porque ya estamos en lo [55] alto, entre montañas y con el río en el fondo de su profundo cauce: una senda a la izquierda conduce a La Molina, desde donde se pueden alcanzar las fuentes del Casaño, que nace en el concejo de Onís. Ortiguero es un pueblo alto, pero que se ha desembarazado del encajonamiento de las montañas y las ve desde sus campas verdes, más o menos a su altura.

Cabrales no deja indiferente a quien lo visita; tal vez por esto, el poeta Emilio Pola escribió: «Cuando leo o escucho la palabra Cabrales pienso, invariablemente, en un paraíso. En unos segundos se desplega en mi imaginación todo su colorido y su gracia orográfica, junto a la sublimidad de esos roquedos de rebecos y de águilas... y se despiertan en mí mil vivencias de la bondad y belleza de este país que parece colosal escenario de «El anillo del Nibelungo»».

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 47-55
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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