José Ignacio Gracia Noriega

El río Casaño
 

El río Casaño es el río que cruza Cabrales y lo convierte en un profundo desfiladero hasta que se junta al Cares, que viene del corazón mismo (de otro de los corazones) de los Picos de Europa: entre el Casaño y los Picos, Cabrales es el concejo más quebrado de Asturias, con lo que viene a ser uno de los más de España, si no también el más; como escribe Lueje, con prosa de montañero: «La zona nordeste del Cornión, toda la norte de los Urrieles, y la del noroeste extendida al sudoeste de la formación de Andará, son dominios de Cabrales, el concejo de mayor braveza entre los setenta y ocho que arman la abrupta región astur».

Propio de este territorio, el Casaño es río montañés y truchero, de aguas claras y frías, limpísimas. Sigue curso de poniente a levante, y aunque es río pacífico, casi idílico, nunca desasosegado por multitudes, fue escenario de hechos de armas. Por aquí anduvieron las águilas de Roma, y resonó entre las peñas el bronce del latín. Constantino Cabal escribe en «La Asturias que venció Roma», imaginando la entrada de las legiones romanas, dispuestas a domeñar los Picos de Europa, y que desembocarían en Niembro, según se supone, para ir dejando rastros de su paso en [57] forma de caminos de piedra que se dirigían a la montaña terrible e inexplorada, y refiriéndose a la calzada de Caoro, que parece partir del camino que va de Arenas de Cabrales a Poncebos, pero que, estratégicamente, abarca un espacio mucho mayor: «Este nombre de Caoro lo tomó de su trecho más difícil, más sorprendente, más duro... La calzada empezaba antes, y aún hoy prosigue después. Es Llanes el lugar en que se entiende que tenía su arranque antaño, en dirección a Ortiguero, para llegar a Cabrales e iniciar el ascenso hasta las cimas. Se lanzaba en las cimas a los puertos de Corao y Portudera, e iba después a Tielve, y luego a Sotres, e iba luego por Aliva a Espinama, que era como una estación».

Por Ortiguero, las legiones descendían al Casaño. Escribe Eutimio Martino en su libro «Roma contra cántabros y astures»: «No hay que olvidar el paso de Las Estazadas con su corte de la roca, cierre del Casaño en el Cares, así como el enlace con la línea del Duje mediante la calzada de Caoro, que se encumbra estratégicamente de Arenas de Cabrales a Portudera, enlace que también se llevó a cabo por la garganta y puente de Poncebos. El gran anillo en torno al macizo, al Occidental por sí mismo, y al Central por acumulación, pues el Cares era inviable, quedaba cerrado. Y se cerró desde el mar. La sierra de Cuera y su prolongación, antemural marítimo de los Picos, fue cruzada por las tropas desembarcadas. En el río de las Cabras, los puentes de Cima y Terviña son afirmaciones en piedra de que por ahí, efectivamente, subieron al alto de Ortiguero, divisoria del Gueña y, del Casaño». Y como en este territorio no hubo otros invasores, después de los romanos, que los franceses de Napoleón (a los moros los habían detenido las [58] huestes de Pelayo en Covadonga, y los normandos, acerca de quienes se inscribía en los libros piadosos la jaculatoria: «A furore normannorum libera nos Domine!», no pasaban de la costa, y a otros franceses que amenazaron Llanes en el siglo XVII los dispersó Juan de Rivero Posada, «hombre de superior talento», según Francisco Mijares Mijares, que les tomó dos navíos), en las márgenes del Casaño volvieron a repetirse hechos de armas: Según refiere Manuel Niembro de la Concha: «El general don Pedro de la Bárcena, señor de la Torre de Berodia, fue un héroe de aquella guerra donde el «soldado del siglo» (Napoleón) vio sepultado su poder; y cien y cien acciones gloriosas para nuestras armas demuestran el valor y la pericia del que llegó a ocupar el ministerio de la guerra. Cuenta la tradición que cuando don Pedro luchaba contra las tropas francesas, su hijo Pedro Alejandro, niño de 12 ó 14 años –que más tarde fue general heroico, de preclara memoria–, sabiendo que una columna francesa pasaba por el antiguo camino de Las Estazadas, sobre el río Casaño, reclutó una partida de muchachos de su edad, los arengó a su modo, excitándolos a la lucha, apostándose con ellos en un estrecho desfiladero, más arriba del Glondrón, haciendo gran acopio de piedras como proyectiles para cortar el paso de los invasores. La batalla fue terrible, cruenta, desigual. Ante aquella brusca e inesperada acometida en que las piedras se despeñaban impetuosas de lo alto, como lanzadas por catapultas invisibles, el pánico se apodera de aquellos soldados que no veían enemigos contra quienes combatir, y que no obstante caían muertos y heridos en despeñaderos espantables para quienes se creyeron copados por una de aquellas famosas guerrillas que tantos destrozos causaron en la soldadesca [59] napoleónica». En estas montañas, al guerrillero le conviene imitar, aunque sea salvando las distancias, el ejemplo de Pelayo.

No obstante, como escribe Aurelio de Llano: «El río Casaño pasa rumoroso, trazando curvas bajo el follaje de los árboles que orlan sus márgenes».

Y entre los árboles, los castaños. ¿Vendrá Casaño de «castaño», siquiera sea para hacer una concesión a la toponimia extravagante?

El río nace al pie de Peña Ruana, cerca de las majadas de La Belluga y Arnaedo, a 1.200 m. de altitud, en el concejo de Onís. Un río clásico de montaña, que entra en el Cares, para entrar con éste en el Deva, y para entrar con todos ellos en la mar por Tina Mayor, que es el morir del río. Su curso es corto y está encajonado en un valle estrecho: es un río sin sol y sin pueblos ni huertas en sus márgenes; pero sus truchas gozan la fama de ser las más sabrosas de la comarca. Las encinas cuelgan sobre él de las paredes calizas, y poco antes de llegar a Carreña, el valle se hace vega pequeña, de alisos y de sauces. Desde el pozo de la Oración contempla la mole inescrutable del Naranjo de Bulnes, y en Arenas recibe el refuerzo del río Ribeles, que baja de la sierra del Cuera y, que le sirve de poco, porque pronto desaguarán ambos en el Cares, que viene de Poncebos. Así son las cosas de los ríos; más cuando el Casaño recibía al río Chorrín en La Molina, todavía no se imaginaba ni al Ribeles ni al Cares, ni mucho menos al mar. Tampoco se imaginaba entre tanto angostura que un jirón en los montes pudiera permitirle ver el Naranjo de Bulnes, alzándose entre el Pico Tesorero y la Peña Vieja.

La Molina es lugar que tiene su importancia en el trayecto del Casaño. Es un pueblo colgado en la [60] ladera del monte que baja al río, al que se llega desde Las Estazadas. Y si según Madoz el río tenía tres puentes de piedra y uno de madera a mediados del siglo pasado, ninguno tan impresionante como el puente Pomperu, puente de piedra. La calzada romana, que no coge barro ni agua, llega hasta el puente, y debajo hay un pozo profundo, de aguas verdes en constante movimiento, que lo han tallado en redondo. En este punto, el Cuera y los Picos de Europa casi se dan la mano, a menos de un metro.

Si desde aquí se sigue río arriba (que puede seguirse) se entra en unos parajes de belleza casi salvaje: márgenes que se echan sobre el río, pobladas de árboles. Y vemos que aquí salta una trucha, y allá otra. En el tronco abierto de un castaño está naciendo un árbol joven, que se pierde y rebrota en la vieja madera. La maleza invade la senda, pero ésta es buena señal: señal de que estamos en tierra virgen. No hay que andar mucho para encontrarse con las ruinas de una central eléctrica, a la que le falta la techumbre, y la maquinaria está tirada entre hierbajos, oxidándose, a la que llaman Castañedu, y sabemos bien por qué, porque los alrededores están llenos de castaños: detrás y en la otra margen del río se ven las cinco o seis cabañas de un invernal. Del monte se despeña la cascada de plata de la fuente de Parvora.

Aguas abajo, al otro lado de los desfiladeros de La Molina, que es el primer contacto del río con un poblado, ya empieza a ver gentes y a padecer sus desperdicios. Los españoles respetan poco a los ríos y odian a los árboles, y los asturianos no son menos. Pero cuando sus aguas empiezan verdaderamente a ensuciarse, el Casaño ya no es Casaño, sino Cares: ese río purísimo, que tantos lirismos le inspiró a tanto [61] montañeros.

De todos modos, a la altura de Poo de Cabrales, el Casaño tiene su vega, y el monumental palacio del Cardenal Inguanzo casi se refleja en sus aguas, antes de encajonarse otra vez para salir, lentamente, a Arenas, recorrer la población y juntarse, a la salida, con el Cares. Pero antes han desaguado en él, además de los ríos que hemos citado, el Beyo en Berodia y el Mirón en Inguanzo, y, por la margen izquierda, el río de Ricao, que baja de Puertas. Estos afluentes le permiten al río Casaño hacerse la ilusión de que es un verdadero río, tan río como el que más.

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 56-61
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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