José Ignacio Gracia Noriega

La zona costera
 

Aún siendo de tantos kilómetros su costa, la actividad pesquera de la zona oriental de Asturias tuvo mayor importancia en otro tiempo que la que tiene en la actualidad. El mar Cantábrico baña los concejos de Ribadedeva, Llanes y Ribadesella, y sus puertos más destacados son Bustio, en la desembocadura del Cares Deva; Llanes, Niembro y Ribadesella, en la desembocadura del Sella, que es el más activo.

Escribe Jesús Evaristo Casariego en su libro «Asturias y la mar», que en las principales villas asturianas «se contaba un alto censo de tan honrosa y bella profesión (la marinera) y, en general, en toda la costa, desde el Eo a Tina Mayor. Pero la zona que más marinos daba era la del Occidente, de Luarca a Castropol. Por ejemplo, el pequeño puerto de Viavélez, en 1850, tenía 4 capitanes y 7 pilotos navegando». Esto hubiera sido impensable, en aquella época, en el Oriente de Asturias, donde, quienes embarcaban, lo hacían con el objeto de establecerse en las Américas, en tierra firme, para dedicarse a los negocios. Acaso la emigración americana haya apartado a los asturianos orientales de la mar, pero sirve sólo como hipótesis, porque en su mayor parte emigraban hijos de [83] labradores, y nunca o casi nunca lo hacían los marineros, los cuales, sin embargo, tanto en Llanes como en Ribadesella, constituían los más antiguos núcleos de población urbana, al tiempo que un proletariado de características muy peculiares: la burguesía en estas villas estaba constituida en gran parte por labradores ricos que se trasladaban a residir en un ámbito urbano, o por indianos que regresaban retirados, después de haber hecho fortuna al otro lado del mar. La prueba del alejamiento de esta burguesía del mar está en que casi ninguno de sus miembros siguió la carretera del mar, bien en la marina mercante, bien en la de guerra, al contrario que en las villas occidentales, como Luarca, Castropol, Puerto Vega, &c., y aún más próximas, como Cudillero, Lastres, Avilés, Gijón, &c.

La decadencia de la marinería en el Oriente asturiano parece ser que se inicia en la primera mitad del siglo XVIII, con el alejamiento de las ballenas de estas aguas. Anteriormente, la actividad pesquera, ballenera, había sido importante, e igualmente la comercial; don Juan Uría menciona una nave de Llanes que comerciaba con Inglaterra, y en este puerto había un poderosísimo y prestigioso Gremio de Mareantes, a cuyas expensas se construyó la iglesia parroquial, actualmente Basílica. Elviro Martínez señala en su libro «Estudios de Historia de Llanes», que las primeras referencias en torno a la marinería llanisca se encuentran en el siglo XIII, y escribe: «En el siglo XIV sus embarcaciones se aventuraban ya al comercio con naciones europeas. Con fecha 30 de marzo de 1357 hay en los registros diplomáticos de Londres un salvoconducto dado en Westminster por el que el rey concedía protección a Juan Alfonso, mercader de Banares en España, que viene en un barco, llamado «Santa [84] María», de Llanes, propiedad de Juan Martínez, cargado con diversas mercancías y que yendo hacia Flandes hizo escala en el puerto de Sandwich por causas forzosas; la protección es otorgada también a los hombres, las cosas y las mercancías, mientras están en dicho puerto, para continuar después a Flandes».

Sin embargo, más importante que el comercio fue la caza de la ballena, a lo largo de toda la Edad Media. Casariego menciona como puertos o lugares balleneros de Asturias, de Este a Oeste: Llanes, Ribadesella, Lastres, Tazones, Gijón, Candás, Luanco, Avilés, Cudillero, Cadavedo, Luarca, Puerto de Vega, Tapia y Figueras de Castropol, y añade que «los típicos puertos donde estuvo establecida una organizada industria ballenera durante siglos fueron los de Llanes, Ribadesella, Gijón, Candás, Luanco y Luarca»; y señala que «existieron grandes «casas de ballenas», con amplios edificios, en Llanes, Gijón y Luarca». De Llanes es el romance de «El Ballertero», donde se canta:

Voy a pescar ballenas
por anchos mares.
¡Ay, si diviso apenas
sus costillares!

Según escribe Francisco Mijares en su «Monografía Geográfico Histórica del Concejo de Llanes», refiriéndose a su actividad marinera: «Desde el siglo XIII aparece organizado el Gremio de Mareantes de esta Villa, especie de municipio industrial independiente que en el siglo XIV logró gran actividad. Pertenecían a él gentes de esta Villa, Póo, Celorio, Barro, Niembro, Hontoria y Cuevas del Mar, quienes se dedicaban a la pesca, efectuando la salazón en la Casa [85] de la Ballena, y el escabeche en una de Las Barqueras. Del año 1665 al 74 dio el Gremio 65 marineros para las empresas del Adelantado de La Florida; lucharon constantemente contra los piratas y corsarios que infestaban nuestras costas; disputaron en Holanda el premio ofrecido a los arperos de la ballena; iban a pescar a Terranova; armaron lanchas de altura, buques de pequeño porte y barcos de cruz para pescar ballenas. El centro de la Cofradía de San Nicolás era la Capilla de Santa Ana, que conserva vestigios pertenecientes a los siglos XV y XVI».

De 1637 a 1639, naves francesas amenazaron el puerto de Llanes; pero como escribe Mijares Mijares: «D. Juan de Rivero Posada, hombre de superior talento, que representó muy bien al Concejo y fue Juez y Regidor de Llanes, cogió dos navíos franceses, dispersó a los restantes y defendió a la Villa heroicamente cuando los enemigos se disponían a saquearla». También hubo marineros llaniscos en la batalla de Trafalgar.

Vicente Pedregal Galguerra también destaca la importancia comercial del puerto de Llanes, y así escribe que «el año de 1605 se autorizó para exportar hasta treinta millones de naranjas y limones. También se mandaban por mar las avellanas, nueces, castañas, maíz, tablas de nogal, castaño y roble, en proporciones importantes. Pero sobre todo estos datos hay uno extraordinario que denota verdadera riqueza. Hele aquí: En el año de 1585 entraron en el puerto de Llanes 417 barricas de vinos de Burdeos, Andalucía y Ribadavia con supremacía del francés, que no sólo bebían los nobles en sus casas, sino también el pueblo en las tabernas, pues hasta el nombre de las tabernas y lugares del despacho constan en algunos casos». [86]

Avalan la tradición marinera de Llanes y Ribadesella la existencia de sendas ermitas dedicadas al culto de la Virgen de la Guía, Virgen de los marineros. La Virgen de Guía de Llanes vino por la mar, como tantas otras imágenes de culto marinero; como escribe Pedregal Galguera: «La tradición es bien conocida de todos los llaniscos. La efigie que se venera en ese altozano, mirador espléndido sobre el mar, fue encontrada en éste por unos pescadores y depositada en la capilla de San Antón, en las inmediaciones de la barra del puerto. Al día siguiente apareció sobre el otero, y trasladada de nuevo a San Antón, repitióse hasta tres veces el milagro desplazamiento. Tomóse como deseo de la Virgen que allí se le erigiese una capilla; de ello se encargó un fervoroso devoto. Aquí acaba la tradición y empieza la historia: Don Fernando de Salas, el 2 de septiembre de 1515, presentó breve del Papa León X ante el Obispo de Oviedo, don Diego de Muros, para fundar una ermita en Llanes: la de la Guía, con patronato para el que designa a don Juan de Salas, don Domingo de Salas y Ana de Salas, su hija, sucesivamente. La primitiva capilla fue reformada en el siglo XVII por el licenciado don Fernando Pelaéz y en el XIX por el canónigo de Toledo don José Sánchez Ramos».

La ermita de la Guía de Ribadesella también se encuentra en un alto próximo al mar, tal como la describe Guillermo González en sus «Estampas riosellanas»: «La Ermita de la Guía, peinada por el viento de todos los cuadrantes y lavada por los copos de espuma de la mar que pulverizada sube hasta ella en gentil pleitesía, sabe bien de las sencillas plegarias y de las ofrendas de muchas generaciones. Sabe de los tristes adioses a los emigrantes del bergantín «Habana» [87] y sabe de lágrimas y ansiedades en las terribles galernadas, cuando la mar pide y cobra imperiosa su presa. Sabe de la dulcedumbre de las procesiones y novenas del alegre voltear de las campanas y del tronar de voladores y «pedreros», así como de su más elocuente admiración. Sabe de aquellos famosos marinos riosellanos que en el siglo XVII hacían sus costeras invernales en el África Occidental». Y a este respecto, Guillermo González recuerda que «el emperador Carlos V dio una orden para que ninguna chalupa fuera jamás al Cabo de Aguer a la pesquería de las pescadas sin llevar recaudo de agua y leña y todo lo necesario. En 1574, según informe de Cristóbal de Barros, que se conserva en el Archivo de Indias, las chalupas de San Vicente de las Barqueras, Llanes, Ribadesella, Gijón y Avilés parten por septiembre a Andalucía, donde se avituallan para ir a la pesquería del Cabo Aguer; vuelven a venderla a Sevilla y al Puerto de Sta. María por Navidad».

Asimismo, en Ribadesella hubo factoría para el despiece y beneficio de la ballena, como escribe Guillermo González: «En los siglos diecisiete y dieciocho nuestra flota ballenera era importantísima por su cantidad y por su calidad. La factoría, si así puede nombrarse, estaba en la punta de la playa, lugar que hasta hace muy poco denominábamos El Campín, al borde del estuario del Malecón, mirando para la Villa. Aquí era el lugar donde extraían la grasa y demás aprovechamientos de las ballenas y allí donde las aguas las cubrían tiraban los despojos. Todavía en los años 36 se podían ver en los alrededores de la casa de Fausto el del Puente del Pilar y en el chalet de don Luis Fernández Prida en la playa, vértebras de estos mamíferos que servían de asiento. Eran grandes huesos [88] como de sesenta centímetros de alto y otro tanto de ancho y tenían grandes aletas parecidas en todo a las hélices de los grandes barcos. Entonces la pesca era abundantísima y no debía hallarse muy lejos».

En Ribadesella tuvo también tradición el bergantín «Habana», de 5.000 quintales, en el que los jóvenes de la comarca embarcaban para ultramar; con viento favorable, según noticia leída en Aurelio de Llano, llegaba a Cuba en treinta y dos días, y de lo contrario, tardaba setenta y cinco o más; hizo su último viaje a las Antillas en 1872, pero su recuerdo perduró durante mucho tiempo, y queda de él la canción:

Somos los marineros
del bergantín «Habana»,
que salimos mañana
para Ultramar...

En la actualidad, esta costa, de inusitada belleza, tiene más explotación turística que pesquera; que, a fin de cuentas, al turismo también se le considera industria, o, cuando menos, industrias genera. Llanes, con sus treinta playas de fina, dorada arena, según reza el lema publicitario, atrae a buen número de veraneantes aficionados a los deportes náuticos, siendo el más común el de tomar el sol cuando el sol se digna salir.

Conforme las naves se acercan a la costa, se va abriendo, imponente, el espectáculo de las altas cumbres de las montañas: de ahí viene, según dicen, el nombre de Picos de Europa. Los marineros utilizan las cumbres como señales que indican puertos y caladeros; el poeta Emilio Pola, en su poema épico inconcluso ‘La Asturiada», donde refiere un desembarco de lacedemonios en la costa llanisca, describe la impresión de los montes vistos desde el mar: [89]

A lo lejos se ve de la Cantabria
las ingentes agujas que corona
azulino blancor; son tan excelsas
que el corazón, al contemplarlas, sufre.
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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 82-89
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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