José Ignacio Gracia Noriega

El Valle Oscuro
 

El Valle Oscuro tiene nombre impropio, en una comarca en la que no siempre da el sol, por lo que tal vez ahí se justifique el nombre; pero es un valle abierto y muy ameno, cerrado al Norte por las suaves ondulaciones de la sierra plana de La Borbolla: al Sur ya resulta más abrupto, con la escarpada sierra del Cuera encima.

Las dos entradas a este valle (existe una tercera, por La Franca) son dignas de recorrerse: una, por Puertas, va paralela a la que conduce a Purón, con el río en medio, separándolas; y encima se asoma entre las rocas el inescrutable ídolo de Peña Tú; la otra, con desviación en Buelna, sube a la sierra y la atraviesa.

En la primera entrada, la carretera, entre curvas, desciende sobre el río, y, dejándolo atrás, entra en una zona de bosques de castaños y encinas que comunica a otra de suaves praderas: hemos dejado atrás el abismo y nos vamos introduciendo en un tranquilo y aposentado valle, donde pastan los ganados y parece que los relojes marcan las horas con otro ritmo, más sosegadamente.

Y si se sigue por Buelna, siguiendo el cartel indicador que dice: «La Borbolla», se asciende casi [94] repentinamente el considerable desnivel de la sierra, en cuyo extremo se alza Peña-Tú, y vemos el mar ocupando todo el horizonte, y debajo, a nuestros pies, Vidiago y Buelna, y sobre todo Pendueles, que es quien más se aleja de la montaña, y ofrece, por lo tanto, mejor perspectiva. Al fondo está la sierra de Cué, con Andrín recostado en su ladera.

Mas en la última curva, este paisaje cambia: nos encontramos, de pronto, y sin solución de continuidad, en una llanura, al fondo de la cual hay montañas. Una llanura parduzca, con alguna hondonada profunda, con arbolado, en la que habita el jabalí. Por supuesto, esta llanura, que es la cima de la sierra plana, dura poco y enseguida se empieza a bajar hacia el Valle Oscuro y entonces los montes y los bosques se adueñan del paisaje.

El Valle Oscuro da la sensación de un lugar particularmente tranquilo, con carreteras en buenas condiciones (salvo la que va a La Borbolla), luz en todos los pueblos y caseríos, y, en fin, todas estas pequeñas comodidades que hacen más grata la vida rural.

Una vez en el Valle se ofrece la encrucijada de dos caminos: uno, por Santa Eulalia de Carranzo y Tresgrandas, de donde era el poeta Salvador de la Fuente, y son los Porrúa, poderosos libreros en Méjico, lleva a La Franca; el otro, por Pie de la Sierra, entronca con el que viene de Puertas por debajo de Peña Tú: una desviación conduce a La Borbolla, pueblo bien cuidado, con una hermosa plaza, en cuyas afueras los hermanos Blanco, indianos mejicanos, han creado una maravillosa finca. Yo siempre me detengo en La Borbolla, que es el pueblo de la familia de mi padre, y le tengo por uno de los más hermosos y cordiales de Llanes. [95]

Pero después de tomar un vaso de vino blanco y de un rato de conversación en el establecimiento de la hija de Ernesto Arenas, hemos de seguir, para que no se nos haga de noche. Atravesamos el río Cabra, apenas un regato a estas alturas, y, pasado Boquerizo (ya estamos otra vez en el concejo de Ribadedeva) entramos en Noriega.

Noriega es cosa aparte: lo primero que la anuncian son las palmeras, prueba de que sus hijos emigraron a tierras americanas: a la entrada hay un jardín lleno de palmeras, con las ruinas de lo que fue una mansión. El pueblo es grande y extendido, y se disgrega en varios barrios: a la otra salida, hay un bar instalado en una casa de indiano, con su palmera y jardín, el piso de madera y en el arranque del pasamanos de la escalera interior, un dragón de hierro, con el que seguramente habrán soñado muchos niños.

El monumento más conocido de Noriega es su torre, que algunos quieren ver tan antigua como su escudo. La leyenda ronda esta torre, hoy en ruinas, de la que dice Caunedo: «Cierto infanzón que contaba por su ascendiente al Rey Pelayo, se hallaba defendiendo con escaso número de hombres de armas una torre rodeada de muchedumbre de infieles. Cuando éstos iban a dar el asalto, cuyo resultado no era dudoso, se encomendó el piadoso guerrero devotamente al Cielo, y se arrojó fuera de la fortaleza con sus soldados. En el instante se dejó ver en los aires un ángel con la cruz en la mano, anunciándole la victoria que a los pocos instantes alcanzó».

La torre, en la que tanta gloria hubo, hoy se encuentra en un estado de lamentable abandono. El P. Miguélez, el siglo pasado, vio un arbusto que crecía de una de sus almenas, quebrándola: el arbusto sigue [96] en el mismo lugar, y la almena lo mismo, más quebrada aún.

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 93-96
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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