José Ignacio Gracia Noriega

El bufón de Vidiago
 

El P. Miguélez, un viajero agustino y decimonónico, anduvo por las tierras de la llanura costera al Oriente de Llanes en busca de las huellas del poeta José Zorrilla y sólo encontró el bufón. La carretera actual que sale de la villa deja a la derecha, si se toma la dirección de Santander, a Soberrón y La Galguera, protegidas por la mole totémica del pico de Soberrón o Castiellu, pasa por San Roque del Acebal y cruza el río Purón, que fue límite en los imprecisos orígenes prehistóricos de la comarca. Por aquí debieron andar los orgenomescos, pues Plinio dice que a su Occidente, en el litoral, se hallaban inmediatamente los astures, y José Manuel González cita inscripciones romanas que hacen referencia a ellos en Posada de Llanes, en Cangas de Onís e incluso dos en el lejano concejo de Partes.

Si nos desviamos en dirección al monte, por una estrecha carretera que pasa al lado del imponente puente de hierro del ferrocarril, con curvas y entre árboles, y que va río arriba, no tardaremos en llegar al pueblo de Purón, a cuya entrada hay dos buenas casas de indianos. El pueblo es limpio, con buenas casas bien cuidadas y el monte está encima. Al otro lado, el Cuera por el medio, está Alles, con quien [98] Purón mantiene una enconada rivalidad por cuestión de fiestas. Cuando los de Purón celebran San Miguel, los de Alles, al otro lado de la sierra, procuran lanzar más cohetes que ellos; y lo propio hacen los de Purón el día de la fiesta de sus rivales.

La iglesia de Purón está en un alto y el campanario tiene una protección de madera: hay muchos puentes, como corresponde a un pueblo donde confluyen varios ríos: el Barbalín y el Juanpurones; en la cuenca del río Purón se encontraron yacimientos concheros. Todo el lugar da un aspecto pastoril: cantan los pájaros y se escuchan las esquilas de las ovejas y el rumor de los ríos. En lo alto de la cuesta de Purón, una vaca se recorta contra el cielo. Sentada en un muro de madera, una niña pastoril y bucólica cuida sus rebaños, aunque con pantalones tejanos.

De Purón no se va a otro sitio que al monte, por lo que volvemos a la carretera general: el peñasco de Peña Tú domina el río. Y ya en la carretera nos encontramos con Puertas (por donde se desvía el curioso que quiera visitar Peña Tú), Vidiago; más alejado de la carretera, acercándose al mar, Pendueles, y luego Buelna, hasta llegar a La Franca, donde está el límite con Ribadedeva.

En Pendueles y en Vidiago vivieron dos personajes algunas temporadas, en las casonas de dos indianos, con cuyos propietarios trabaron contacto y amistad en Méjico. Uno de ellos fue el Mariscal Bazaine y el otro el poeta José Zorrilla; los dos llegaron a Llanes no precisamente en épocas de esplendor. Achille Bazaine era el jefe de la tropa militar francesa que mantuvo en su efímero trono al romántico Emperador Maximiliano y a la desdichada emperatriz Carlota: durante este reinado, el poeta José Zorrilla dirigió [99] el teatro Nacional de Méjico, y en el palacio imperial ofreció un montaje de su celebérrimo «Don Juan Tenorio». Bazaine hizo buena amistad con un indiano, el conde de Mendoza Cortina, y Zorrilla con otro indiano, también llanisco, Manuel Lamadrid. Barridos los fastos del Imperio por las tropas del presidente constitucionalista Benito Juárez (y fusilado Maximiliano junto con los generales Miramón y Mejía en Querétaro), tanto Bazaine como Zorrilla regresaron a Europa, donde prosiguieron sus respectivas carreras: mas durante la guerra franco-prusiana, en 1870, Bazaine, al frente de su ejército de más de cien mil hombres, hubo de rendirse vergonzosamente en Metz. Degradado, tuvo que abandonar Francia gracias a los buenos oficios de una ardiente criolla, y Mendoza Cortina le dio acogida en su palacio de Pendueles, uno de los primeros de la comarca en cuya construcción se empleó hierro y cristal, como el del Marqués de Argüelles en Garaña, aunque más suntuoso. Cuenta don Fernando Carrera que en cierta ocasión Mendoza Cortina le llevó en carruaje hasta la Cuesta del Cristo para que viera Llanes. Bazaine le observó con sus prismáticos de campana y exclamó:

—¡La grand ville!

Para impedirle que sufriera alguna decepción después de esta primera impresión entusiástica, Mendoza Cortina no le permitió que entrara en ella, instándole a regresar a Pendueles, con el pretexto de que amenazaba lluvia.

Zorrilla, por su parte, volvió a entrar en contacto con su amigo Lamadrid con motivo de la publicación de sus «Recuerdos del tiempo viejo», donde elogia al indiano. Fruto de este trato renovado fue su estancia en Vidiago en los meses de octubre y [100] noviembre de 1882, que el poeta aprovechó para componer la leyenda en verso «El cantar del romero» y parte de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, que fue en verso, como se sabe. Abre el libro el famoso poema «El bufón de Vidiago»: los bufones (que según Zorrilla se llaman así porque «bufan») son sifones en las rocas por los que en días de galerna surge con estruendo la mar desmenuzada, y que también llamaron la atención al cronista Laurent Vital, que acompañó a Carlos V en su primer viaje, y que los describe con mucho detalle: «Llanes está situado a un tiro de ballesta cerca de la mar, la cual llega (...) y bate incesantemente contra las rocas y montañas, que son altas en sumo grado, pareciendo que es una sima del infierno por el ruido del agua, la cual salta continuamente más alto que una lanza a causa de las grandes ondas que allí se encuentran y redoblan contra aquellas rocas cavadas y partidas en grandes hoyos por los que se mete el agua; y cuando estos hoyos están llenos, entonces vuelve a salir fuera, saltando, espumando y mugiendo tan impetuosamente que apenas si se oye uno a otro gritar ni hablar, lo que es cosa horrorosa y espantosa de ver y oír».

A Zorrilla le encantó Vidiago, «entre las montañas y el mar, cuyo móvil y azulado lomo, cuya espuma y cuyo rumor se percibían desde los balcones de mi aposento», y «aquellos montes cuajados de sectilares encinas y robustísimos castaños, aquellos maizales sonorosos, tendidos como tapices en las hondonadas de los valles, aquellas rocas escarpadas y cortadas a pico sobre aquel mar rara vez en calma, y aquellos horizontes rematados por un lado en el círculo del agua y por el otro en apilados montes, cuyas espaldas parece que guardan los embrenados Picos de Europa». [101]

Otro escritor, Augustino Vélez Albo (pseudónimo de Luis Vigil-Escalera), también pasó por Vidiago y se detuvo ante el bufón, con no menos fervor que Zorrilla, y lo describió con todo detalle y buen pulso narrativo, después de haber hecho el cumplido elogio del poeta que «cantó este prodigio en armoniosos e inspirados versos, donde parece haber agotado los recursos todos de su fantasía, siempre fresca, original y fogosísima».

Con lo que puede que sea Vidiago una de las localidades que más literatura ha merecido en esta comarca, tan literaria.

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 97-101
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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