José Ignacio Gracia Noriega

Las ordenanzas de Cue
 

En Asturias se formaron algunos núcleos antiquísimos que tenían su propia defensa en el aislamiento. ¿Qué llevó a aquellos pastores cabraliegos a establecerse en Sotres o en Bulnes, que a pesar de que ya hace miles de años que se inventó la rueda, allí continúa siendo un artefacto totalmente inútil? Acaso la misma razón que llevó a los «pixuetos» de Cudillero a habitar un hondo fiordo encarado al mar, pero que no se ve ni desde tierra ni desde el mar. Algunos grupos, a quienes se les supone con una etnia diferente, como los vaqueiros de alzada, igualmente se aíslan en sus brañas y son aislados a su vez por los aldeanos, que señalaron sobre el suelo de la iglesia de San Martín de Luiña, tallado en la piedra, el límite hasta el que podían llegar a oír misa aquellos vaqueros montaraces.

Entre las comunidades que se aislaban, una de las más extrañas es Cué. Probablemente fue judería. El pueblo se asienta al N. de la sierra plana de su nombre y se extiende a lo largo de su ladera, por encima de un mar del que le separan altos acantilados. Con el mar tan próximo, los coritos no son sin embargo marineros, sino ganaderos, y muchos de ellos emigraron a Méjico: a pesar de esto y de hallarse tan cercanos [123] a la villa de Llanes (tan sólo a dos kilómetros), los vecinos de Cué conservan rasgos distintivos inamovibles e irrenunciables. Como escribe Saro y Rojas: «Aunque la población no reúne las mejores condiciones higiénicas, por hallarse expuesta al Norte, en terreno bajo y húmedo y excesivamente poblado de árboles, lo cual le hace sombra, siempre está vivo entre sus naturales el amor patrio, recordándoles el hogar donde nacieron, y así se explica que son muchos los que retornan al suelo nativo, después de largos años de ausencia, generalmente en las Américas españolas, y toman en él asiento, no obstante haber reunido en fuerza de perseverancia y economía capital suficiente para vivir con comodidad en pueblos de más atractivos». De estas gentes dice el autor mencionado, hace cien años: «Los vecinos de Cué se distinguen por su sobriedad y amor al trabajo. El turista no encontrará en Cué ni pobres postulantes ni tabernas, pero en cambio llegará a saber, si en Cué penetra, que todos sus hijos, tan pronto como llegan a edad competente, aprenden oficio que les proporciona un jornal fijo, con el cual, y el cultivo de pequeñas labranzas, viven holgadamente y hacen ahorros, teniendo siempre por objetivo el aumento de su fortuna realizado por legítimos y decorosos medios». Señala asimismo Saro y Rojas el carácter eminentemente tradicionalista de los coritos, celosos guardianes de sus viejas tradiciones; y como anota el autor de «Pequeñas jornadas», Cué «guarda con todo rigor las fiestas que S.S. Pío IX suprimió».

En Cué se enraman las fuentes por San Juan y San Fernando, ceremonias que tienen reminiscencias célticas; y su caserío, pese a muchas modificaciones arquitectónicas, tributo que ha pagado también este [124] pueblo a los tiempos modernos, es antiguo y peculiar: aunque de labradores, el pueblo está apiñado, lo que demuestra la existencia de praderías comunales, y con una estructura urbana, que se manifiesta en muchas casas con sus buenos cortafuegos de piedra de sillería. Algunas casas, tal vez las más viejas, presentan una puerta con arco de medio punto para entrada a la cuadra, debajo de la escalinata que conduce a la vivienda: en estas construcciones encontraba don Fernando Carrera huellas de judería; y Celso Amieva llama a Cué «la medieval aljama», en uno de sus poemas.

La personalísima administración de Cué, basada en leyes viejas no contenidas en los códigos de los leguleyos, mereció el comentario admirativo de Foronda, que escribe: «Allí se goza de una vida patriarcal, y aunque habitando diferentes casas, todos toman parte directa e inmediata en las alegrías y pesares de sus convecinos, hasta el punto de parecer una sola familia»; y añade, refiriéndose al sistema establecido para las relaciones entre los vecinos: «Ninguno trabaja a menor jornal ni contrata destajo a menor precio que aquel que se le tiene asignado por la comunidad de vecinos. Allí se cumplen todas las formalidades externas de las leyes económicas y administrativas. Tienen sus elecciones municipales; exponen al público los repartos de las contribuciones que satisfacen por medio de un solo encargado, con envidiable puntualidad, y su administración es tal que jamás ha sido objeto de la menor censura por parte de las autoridades».

La vida en Cué se regía por unas antiquísimas ordenanzas, cuya última edición es de 1923, y en cuyo preámbulo se dice: «Para que ningún vecino alegue ignorancia a lo que en ellas se ordena, estas Ordenanzas [125] serán impresas y repartido un ejemplar a cada vecino para su mejor cumplimiento; de esta manera todo vecino sabrá a qué atenerse». Con lo que se da por supuesto que todo vecino había de saber leer. El cuidado de los ganados y de los pastos correspondía a todo el vecindario, y recaía la responsabilidad en los miembros de cada familia, que lo hacían de forma rotatoria. Si alguien moría en una casa, todas las familias del pueblo habían de enviar una representación al entierro, y la que no lo hacía era sancionada con una multa. El pueblo elegía un celador y un consejo de cuatro ancianos, que impartían la justicia, y cuyo fallo era inapelable. No se sancionaba la embriaguez directamente, pero se determinaba que nadie, en ese estado, pudiera asistir a las deliberaciones de la Casa de Concejo, y la ausencia, también en ese caso, se penaba con multa. El pueblo estaba cerrado y protegido por dos portillas, una en el camino que lleva a Andrín, atravesando la sierra, y otra en el de la Villa. Según Foronda, «modelo de administración es la suya, como lo es, entre los de su clase, el camino vecinal que desde el pueblo conduce a la carretera, construido por medio de la prestación personal, sin subvención alguna, ni más intervención que la de los habitantes de Cué, quienes en este punto demostraron ser tan buenos constructores de obras públicas como excelentes canteros».

Constantino Cabal escribe a propósito de las Ordenanzas coritas: «Cué tuvo Ordenanzas viejas de esencial y total patriarcalismo, que fueron modificadas –cabe decir que fueron profanadas, el año setenta y cuatro, siglo XVIII, veintiséis de Abril. Se saben de las viejas, sin embargo, las cláusulas principales. Se sabe que decretaban que las Juntas del Concejo [126] siempre las presidieron cuatro ancianos, hombres buenos, del lugar. Ellos actuaban de jueces y eran inapelables sus sentencias. El pueblo, a propuesta suya, nombraba dos celadores, y éstos cuidaban, guardaban y les imponían a todos el cumplimiento de las Ordenanzas que acordaba la justicia. Ante los cuatro ancianos no había nadie que se atreviese a jurar, ni nadie que pudiera desmentir. Las penas que se imponían a quienes se olvidasen de ambas cosas se aplicaban con rigor. Las cuestiones de vecinos, ya por deudas, ya por golpes, ya por motivo de injurias, ya por razón de derechos, no se podían llevar en ningún caso a la justicia ordinaria, siempre eran los cuatro vecinos los que las resolvían en concejo, después de oídas las partes, examinadas las pruebas e incluso consultado algún letrado, si hubiere necesidad. Cuando un vecino demandaba a alguien, o era demandado por alguien de otro pueblo cualquiera, tenía la obligación ineludible de decírselo al concejo, y allí consultado el punto, con el consejo de los cuatro ancianos, de no avenirse las partes a una solución honrosa, si estaba la razón por el vecino, tomaba todo el pueblo como propia la defensa de su causa, y el pueblo pagaba gastos...»

El Gremio de Mareantes de la Villa de Llanes, tan poderoso a lo largo de toda la Edad Media, también se regía por leyes propias, y en todas las cuestiones que pudieran originarse de la subasta, tasación y beneficio de las ballenas, no podía intervenir tampoco la justicia ordinaria, ni el Juez ni el Alcalde Mayor, e igualmente era el Gremio quien custodiaba la llave de una de las puertas de la Villa, la llamada «puerta del Llegar», que era por la que entraban los marineros a Llanes cuando llegaban del mar, aunque luego el nombre se deformó, e incluso hubo algún erudito [127] que aseguró que en esa casa se había establecido un «llagar» de sidra. Pero las Ordenanzas de Cué tenían un sentido más profundo: no se trataba de defender los derechos e intereses de un gremio, sino de preservar la singularidad, la independencia y el arraigado individualismo de una comunidad, que vivía apegada a su pasado y a sus fueros, rústicos e consuetudinarios, pero de observancia mucho más profunda que los de la propia Villa. Las Ordenanzas contenían todo el espíritu individualista y solidario de un pueblo; por eso escribe Cabal, a propósito de tan curiosos textos: «Y las Ordenanzas todas hablaban de honradez y de nobleza, de caridad y de ayuda, y tenían providencias para todo, para el dolor y el esfuerzo, y para la orfandad y la injusticia, y para el abandono y la maldad... Enseñaban a amar y a reprimir. Y parecían tener en cada artículo que inspiraban los ancianos, el sentimiento generoso y puro de plena esencia cristiana de cien generaciones de hombres buenos...».

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 122-127
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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