José Ignacio Gracia Noriega

Celorio
 

A Celorio le dan la fama su monasterio y sus fiestas: las fiestas del Carmen, que canta con ecos de «marcha triunfal» rubeniana el poeta Celso Amieva:

Ya asoman, ya asoman,
ya asoman los mozos.
En carro triunfal, abrumado de lauros,
dos bueyes de gala transportan un olmo.
El olmo más alto, señor de los bosques
verdes de Redondo.
Está en la plazuela del viejo convento
congregado el pueblo feliz de Celorio.

El poeta describe la llegada de la hoguera de la fiesta del Carmen, a hombros de los mozos. La costumbre de la hoguera en estos pueblos es ancestral, y en cada uno tienen a gala cortar para ella el árbol más erguido del bosque: tanto es así que en Balmorí, hace pocos años, tuvieron que derribar un muro para plantar la hoguera. El árbol antes sería un olmo, como en el poema; ahora los más se conforman con el advenedizo eucalipto, siempre que sea alto. Por lo general, la hoguera no es tal hoguera, y su nombre tan sólo es evocación de antiguas celebraciones relacionadas con el fuego: en Balmorí, en Celorio, la hoguera [134] permanece plantada durante todo el año en la plaza; en cambio, en Llanes se le da fuego la noche de la Magdalena. Celso Amieva contempla la hoguera plantada en la plaza delante del convento:

¡enhiesta se eleva como hace mil años,
como en los primeros días de Celorio!

Pero, la verdad, pocas cosas quedan en Celorio que sean como hace mil o más años. A pocos kilómetros de la villa, en dirección a Oviedo, dejamos atrás Póo, en donde se alza una estatua de don Egidio Gavito, que fue alcalde de Llanes en los años finales del siglo pasado (mejor será escribir siglo XIX, porque dentro de doce años ya no se podrá decir «siglo pasado», sino «hace dos siglos»), y que es una de las primeras obras de Sebastián Miranda. Póo es un pueblo agradable, con buenas casas de indianos; y una vez pasadas las Conchas de Póo, entramos en una recta y llegamos a Celorio, que se extiende hacia el Norte, hasta el mar. Como lugar de veraneo que es, durante el invierno presenta un aspecto desolado, de población desierta.

Lo más notable de Celorio es su convento, cuyas grandes proporciones impresionaron a George Borrow, que lo consideraba como «uno de los edificios monásticos más grandes de España» (y no hablaría por hablar, porque este intrépido vendedor de Biblias pisó España entera). Aunque en su tiempo ya estaba abandonado, lo que le inspiró una plástica imagen romántica: «Ahora está abandonado y se alza solitario y desolado en una de las penínsulas de la costa cantábrica».

Este monasterio benedictino fue fundado en [135] bajo la advocación de San Salvador. Según lo describen Mari Cruz Morales y Emilio Casares, «en la actualidad el monasterio, totalmente rehecho en épocas sucesivas, sólo conserva una puerta de la iglesia totalmente lisa de carácter tardío, de principios del siglo XIII, y una torre visible desde el actual claustro. El resto de las construcciones románicas así como el importante archivo que allí existían han desaparecido». Jovellanos menciona este archivo: «Fuimos al convento: reconocimos en el oratorio una arquita de reliquias hallada bajo el altar mayor con inscripción de tinta sobre la madera (de roble), no es en todo legible, pero sí el nombre del abad Rodrigo y la Era MCCX, que corresponde al año 1212. En el archivo hay hartos pergaminos que no pudimos reconocer: uno de Da Urraca es de la Era MCC.X.VII, reinando en León D. Alfonso IX y Dª Berenguela. Bebimos con el abad y monjes».

Según una inscripción en el claustro bajo, hoy desaparecida, pero recogida por Foronda, se debe la fundación del monasterio a dos poderosos señores de Asturias, llamados Alfonso y su esposa Cristilda; aunque añade que «según unos, se supone que esto (la llegada de monjes benedictinos, que se hicieron cargo del monasterio) tuvo lugar en la época en que Fernando el Magno fue rey de Asturias a consecuencia de su matrimonio con la reina doña Sancha: otros creen que fue en el reinado de D. Alfonso el VII cuando se posesionaron los Benedictinos del edificio y contribuyen a esta afirmación los hechos de que en una escritura del año 1112 se da el título de vicario a don Pedro Suárez, cuyo señor es titulado abad en otras escrituras posteriores hasta el año de 1143. Tuvo después Celorio 15 abades perpetuos de entre los cuales el décimo, [136] llamado Juan Martínez adquirió justa celebridad por la entereza y energía con que se querelló al rey D. Juan I en las Cortes de Soria, era 1417. Dicho Martínez, con otros abades Benitos, negros y blancos, presentó la denuncia, como hoy diríamos, y exigió el castigo para que muchos caballeros que a título de encomendaderos, esto es, de defensores de los monasterios, cesaran en las usurpaciones que de los bienes de las comunidades continuamente estaban realizando».

En opinión de Aurelio de Llano, el convento «ha sido reformado de tal modo que perdió su importancia arqueológica; de la primitiva fábrica sólo merece ligera mención una puerta exornada con sencillas labores».

Mas esto no tiene verdadera importancia para los veraneantes, a quienes lo que les interesa son las playas, y en Celorio hay ni más ni menos que cuatro: Troenzo, La Tallada, Palombina y Borizo. Si se sigue por las playas y por la eria, ahora ocupada por «campings» se llega a Barro y luego a Niembro: en Barro, junto a la iglesia, desemboca el río Cabrales, después de haber inundado desde tiempo inmemorial los alrededores de Posada cada vez que llueve, y de nacer en la Peña de Llabres, y de ir oculto durante un trecho, como si fuera un Guadiana llanisco. En Niembro hay tradición marinera, y sus embarcaciones salían a la caza de la ballena, lo mismo que las de Llanes; como escribió Celso Amieva:

Marinos de Niembro, al mar nos hacemos
sin que la galerna nos cause emoción.
Al compás de avante que marcan los remos
va como otra proa nuestro corazón.
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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 133-136
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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