José Ignacio Gracia Noriega

El río de las cabras
 

En Llanes hay un río Cabra y el río de las Cabras: parece como si este territorio tuviera especial afición a este rumiante, que también figura en el escudo de Cabrales.

El río San Yuste, que así lo escribe Francisco Mijares Mijares, nace en el Ojo de La Borbolla, se une en Carranzo con los riachuelos que vienen de Prado y Cándano, sigue por Tresgrandas y después de cinco kilómetros de curso desemboca en La Franca. Es río administrativo, porque separa los concejos de Llanes y de Ribadedeva.

Sin despreciar a nadie, mayor importancia tiene el río de Las Cabras, seguramente porque son más cabras. Es el más caudaloso del concejo, «sin serlo mucho», como acota Fernando Carrera, y su curso es de 12 kilómetros. Nace en la sierra de Escapa, en Cabrales, y sirve de límite a los Valles de Posada y San Jorge; en Rales toma el nombre de río Bedón, y entra en la mar por la playa de San Antolín de Bedón, como si fuera un veraneante, junto a los muros benedictinos del monasterio.

Pero vamos a caminar río arriba: por Bricia entramos en Posada y de Posada salimos por la empinada carretera que lleva a Cabrales y a Cangas de Onís. [138] Atrás dejamos la tejera de Serronda, donde el famoso bandolero Bernabé atracó a un indiano que acababa de llegar de Méjico con «haiga» y pesos (aquellos pesos que equivalían a 6 ptas. cada uno, ¡tiempos aquellos!). Bernabé era un mozo de Lledias, que hacía la «mili» en el cuartel de Simancas, de Gijón, y que un día, por lo que fuera, le rompió un «mauser» a un sargento en la cabeza. Como en aquellos años de postguerra las leyes militares eran duras (tanto por romperle la cabeza a un sargento como por romper un mosquetón), Bernabé se echó al monte, y así vivió muchos años atracando indianos y escapando de la guardia civil, cuando la guardia civil no escapaba de él. Luego se dijo que un compañero le había matado en Colunga, para evitarle los sufrimientos de una enfermedad ósea, con un porrillo de tallar piedra, y que estaba enterrado debajo de un hórreo, y hace dos o tres años corrió insistentemente el rumor de que se había hecho la cirugía estética y había vuelto de Venezuela para pasar las Navidades en su tierra, como si fuera un indiano de aquellos que atracaba.

Antes de salir de Posada haremos un alto en «Casa Alejo». Es un bar de planta baja, con ruedas de carros adosadas a las paredes, donde se conserva en su pureza y con su rudo son, la «xíriga», habla gremial de los «tamargos» o tejeros de la comarca. En este establecimiento lo mismo se puede tomar «gorrumbu du» (buen caldo), que «ubiu con sustanciusu» (pan con chorizo), que «ubiu con estañol» (pan con queso), que «ubiu con araguía» (pan con carne), que «ubiu con trabíncula de urdiu» (pan con jamón), regándolo con un «cascosu» (botella) de «yayo»(vino) o «xagardua» (sidra; aunque es poco sidrera esta gente del Oriente de Asturias, dejando el néctar de la [139] manzana para las gentes de las cuencas mineras cuando vienen en plan dominguero a pasar el fin de semana, pegando voces); o se puede contemplar una colección de tejas antiguas, una de ellas firmada, que data del siglo XIII, o una impresionante colección de papel moneda, en la que encontramos billetes que emitía Pancho Villa; o ver la televisión por antena parabólica; o leer en un cartelón titulado «Los bayuqueros de Casa Alejo», en el que se rima lo que sigue, a ver quién adivina lo que quiere decir:

Llerguen para zancañeros y cortubos
xida racha, xida,
xidu agún en que la maga xida
exbatió a Xodín
xida racha zarra
¡xiclu ñan chupidín!

Pues se trata, ni más ni menos, de una felicitación de Navidad, aunque al «pete» (el que no habla la xíriga), le suene raro.

Emilio Muñoz Valle, el propietario de este bar, ya fallecido (ahora es su viuda la que continúa al pie del cañón, detrás de la barra), tenía alma de coleccionista, y también coleccionaba palabras. En 1972 publicó un completo trabajo sobre esta jerga en el Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, donde dice: «Es el lenguaje empleado por los tejeros de Llanes durante los meses de trabajo en diversas regiones de España (Castilla, Vizcaya, Santander, Occidente de Asturias, &c.). La palabra está en relación evidente con jerga, vocablo castellano que significa lenguaje raro y oscuro. La xíriga es lengua especial, en cuanto lengua de un oficio. Frente a los dialectos, que tienen cada uno su fonética, su gramática, su léxico, las [140] lenguas especiales se caracterizan por tener tan sólo un vocabulario distinto del de la lengua general (su gramática y pronunciación son las de ésta). En nuestro caso, la lengua general, o lengua básica, de los hablantes de la xíriga es el dialecto asturiano oriental (o bable oriental)».

La xíriga se compone de voces bables y probablemente vascas, de derivaciones del castellano (papelosu, periódico; ferrosa, herramienta de hierro, &c.), de metátesis («drape», padre; «drucu», crudo; «drope», pobre, &c.), e incluso de curiosas asociaciones como «valencia», que vale por «luna», seguramente por lo de «la luna de Valencia».

Los tejeros llevaban una dura vida durante su emigración estacional (de finales de la primavera a comienzos del otoño), que, en ocasiones, era el prólogo a la emigración más larga, a América, y preferentemente a Méjico, como refiere en su novela «Allorales» Andrés Peláez Cueto, que fue tejero e indiano, y como hicieron muchos de los naturales de Los Callejos, que empezaron como «tamargos» y que acabaron haciendo grandes fortunas en Méjico. Lo mismo que los zapateros errantes de Pimiango, que empleaban el «mansolea» durante sus desplazamientos, los «tamargos» utilizaban la «xíriga» para que no los entendiera el «man» (el dueño de la tejera, o los «ñurrios» –curas–, o los «pelaguxos» –guardias civiles–, que se suponía que eran «petes»; pero por la cuenta que les traía, algunos hablaban la «xíriga» mejor que los propios «tamargos»). Los propietarios de comercios en México exigían a sus dependientes que «verbearan» la «xíriga», para así poder expresarse libremente delante de las «velardas» de sus clientes; y es, según tengo entendido, la lengua oficial de la [141] cárcel de México, D.F.

Si se hizo la comida en condiciones en la «bayuca» (taberna) de Alejo, incluso se puede pedir una copa de «ardama» (aguardiente) para ayudar a bajarla, y sin otra ceremonia volvemos al camino. Cruzamos la vía del ferrocarril que va de Oviedo a Llanes, que antes se llamaba «Económicos», y antes aún el Infiesto (a la villa de Llanes no llegó el tren hasta 1905, y en su estación confluían dos compañías de ferrocarriles, los «Económicos», que iban a Oviedo y el «Cantábrico», que seguía ruta hasta Santander, y que era de nación santanderina), y seguimos hasta el horizonte por la recta de Turanzas, una de las pocas rectas de la comarca. Tenemos a nuestra izquierda el colegio de Don Orione, obra muy meritoria y ejemplar, y más allá vemos la sierra del Cuera, ahora casi de perfil, y ante ella el Pico de Soberrón. Una desviación, también a la izquierda, lleva a Ríocaliente.

A partir de este punto, se da un curva y se empieza a descender entre pinos y eucaliptos. Víctor de la Serna no sabía lo que decía en «La ruta de los foramontanos» cuando elogiaba Asturias porque todavía no habían llegado aquellos árboles invasores que huelen a farmacia al Principado: no pasaron dos años sin que llegaran. Pero desde este lugar se ve muy bien la Pica Rales, con el pueblo a sus pies y la sierra plana de Los Carriles detrás: en esta sierra sí hay castaños, y abedules, y pinos, con lo que parece que los eucaliptos se disimulan un poco más. La Pica Rales, que recuerda a la Peñamellera por su forma, aunque en pequeño, ofrece una buena perspectiva desde el crucero que hay antes de la desviación de Piedra, en Quintana, antes de llegar a Posada; pero aquí está más próxima, casi al alcance de la mano, como si fuera algún [142] monte imaginado en un relato de Cunqueiro por el viejo Simbiad, que volvía a las islas. Detrás de la Pica Rales, hacia Los Carriles, hay parajes a los que no llegan los rayos del sol en invierno.

También está en lugar umbrío, al borde de la carretera, una fuente de la que Félix el Veterinario (un auténtico experto en fuentes y en aguas) asegura que procede de buen manantial. A Rales se entra por el lugar donde un cartel indicador señala que hay ocho kilómetros a Cardoso, al otro lado de la sierra de Los Carriles. Tiene puente sobre el río, que en este lugar deja de ser de las Cabras para ser Bedón; las aguas bajan limpias.

Más adelante, siguiendo la carretera, por lo que en esta ocasión no entramos en Rales, está Vibaño, donde hay un cartel que dice «Centro cultural». Vibaño fue capital del concejo de Llanes durante la ocupación napoleónica de la Villa, por decisión del infatigable guerrillero José Balmorí, quien, según Saro y Rojas, «perseguía a los franceses hasta las puertas mismas del convento de Llanes, en el cual se encerraban». Balmorí designó alcalde a don Pedro Sobrino, y estableció un mercado semanal, muy concurrido por las gentes de los alrededores; y obedeciendo su mandato se celebró allí la feria de Santa Dorotea, el 6 de febrero de 1811.

En alto, y en otro lado del río, se ven Los Callejos, y más allá El Allende, una aldea cuyo nombre evoca lejanía. Los Carriles domina el río, domina el Cuera y desde sus calles, y desde el bar, como si fuera Asiego, se ve la mole espantable y amiga del Naranjo de Bulnes, tan característica que aún cuando le cubran las nubes se sabe que está allí. Las gentes de Los Carriles son emprendedoras como las que más del [143] concejo: muchos salieron a la tejera y luego se fueron a Méjico, y hace unos años era el pueblo con mayor parque automovilístico de España: proporcionalmente al número de habitantes, por supuesto.

Pero aunque Los Carriles se ve desde lejos, soleado y próspero, seguimos por la carretera y nos encontramos con La Herrería, en cuyo palacio, a la orilla del río, nació Pedro Inguanzo y Ribero, que sería jefe del sector conservador en las Cortes de Cádiz y Arzobispo de Toledo y Cardenal Primado de las Españas. Un sólido puente de piedra que el Cardenal mandó construir a sus expensas cruza el río, y sus vecinos le reprochaban que lo hubiera hecho demasiado cerca de su casa. Sin embargo, el Cardenal nunca perdió la afición a su tierra natal, a la que hizo numerosas donaciones (incluso regaló una lancha con todos sus aparejos a los marineros de Llanes), y de modo muy especial a la iglesia parroquial de la Villa, en la que había sido bautizado en el duro invierno de su nacimiento. El palacio de Inguanzo es un edificio grande, con restos de nobleza, pero que ha sido muy reformado.

A pocos pasos de aquí está Puente Nuevo, donde hay otro puente sobre el río, que según Saro y Rojas ya era viejo en su tiempo, y por donde se va a muchas partes: al valle de Ardisana, a Los Callejos, o se sube a Riensena, donde se coge la carretera de Nueva a Corao. En Puente Nuevo hubo posta de diligencias en «Casa Morán», que en la actualidad es un establecimiento que se divide en dos: el bar-tienda está a un lado, y el restaurante, con sus dos comedores, y sus fotografías históricas (en una aparece el Cainejo al pie del Naranjo de Bulnes después de haberlo escalado, retratado por don Pedro Pidal; en otra, vemos una [144] diligencia ante esta casa), al otro. Aquí prepara Paquita Morán, una auténtica gran dama de la cocina asturiana, la incomparable fabada con pantruque, que es un panecillo hecho con huevo, harina de maíz, cebolla y tocino, característico de esta zona, y que también acompaña con mucho gusto al cocido de garbanzos. Morán es un apellido importante en la hostelería y en las comunicaciones del territorio: tienen también bar y casa de comidas en Benia de Onís y lo tuvieron en Cabrales. Pepín de Pría decía que su emporio empezaba en la playa de Sablón, de Llanes, y terminaba en los Picos de Europa.

Cerca queda Torrevega, que toma su nombre de la torre antigua que allí hubo, y que según Saro y Rojas es una «agrupación de caseríos pertenecientes al Conde de la Vega del Sella, sobre cuyos pobres edificios descuella el Torreón de Torrevega, de construcción antiquísima, como que acusa lo menos seis centurias de existencia. Se halla en completo abandono, casi desmoronándose, y si no se le repara en breve tiempo, apenas quedarán de él vestigios». Sobre el Torreón no hay leyendas, o, por lo menos yo no las conozco, y los paisanos siguen diciendo, como siempre, que lo hicieron los moros.

Y la carretera sube, porque hay que justificar que vamos al alto de Llamargón. Por este lugar anduvieron los franceses napoleónicos, y si hemos de atender al pie de la letra lo que escribe Saro y Rojas, salieron tan mal como de Roncesvalles: «El río de las Cabras jugó un papel importante en la guerra de la Independencia, siendo sus montañas mudos testigos del hecho de armas más notable y original ocurrido en esta comarca, tanto por la importancia que en sí tuvo, cuanto porque no hubo derramamiento de sangre. El [145] comandante francés jefe de las fuerzas acantonadas en Llanes, se vio precisado a trasladar víveres y vestuarío al interior de la provincia y resolvió hacerlo por Posada y el río de las Cabras, habilitando al efecto 80 carros completamente cargados. Sabedores de ello un fraile franciscano del convento de Villaviciosa, que capitaneaba una pequeña partida, y otros jefes que también vivaqueaban por el concejo de Llanes, concibieron el proyecto de apoderarse del convoy, y puestos de acuerdo apostaron las escasas fuerzas de que disponían en las montañas del río de las Cabras, sin que de ello se apercibieran los franceses que al convoy escoltaban. Internados éstos con la más completa confianza entre dichas montañas, fueron sorprendidos por un nutrido fuego que de ellas salía, y amedrentados con esto, los gritos y las piedras que descendían de las alturas, tal pavor se apoderó de sus ánimos que abandonando completamente los carros retrocedieron en precipitada y desordenada fuga, no abandonada hasta que se refugiaron en esta Villa». Es difícil imaginar a 80 carruajes ascendiendo por la abrupta y estrecha carretera del río de las Cabras, pero tal como lo leí, lo transcribo.

A mitad de la ascensión, porque estamos ascendiendo, y mucho, tenemos Meré, con un soberbio palacio a la entrada, reconstruido con inspiración. Es un pueblo a ambos lados de la carretera, con pescadores de truchas, tres bares y unas escuelas en el centro, en cuya fachada principal está fijada una lápida que dice: «Escuela nacional donada por D. Juan Sánchez Galán, hijo de este pueblo, en prueba de su amor a la enseñanza».

Salvador Blanco Piñán, que fue su cura párroco durante doce años y recogió el vocabulario de esta [146] zona, escribe: «Está situada la parroquia de Meré en el concejo de Llanes, pero limitando con los de Onís y Cabrales, y participando por lo tanto –no sólo por su contacto geográfico, sino principalmente por su contacto vital a causa de la vida pastoril– de la no pequeña variedad de costumbres y de modos de decir de todos; y de modo especial en el pueblecito de El Ceu, situado en plena montaña divisoria de los tres concejos, a una hora de andar del centro de la parroquia y a media hora desde la carretera general del río de las Cabras, por un camino de herradura».

En esta zona, y a pocos metros de la carretera, nos encontramos con un puente de piedra, medio escondido en el desfiladero y perfectamente integrado en el paisaje, que seguramente habrían construido las legiones romanas para su penetración en los Picos de Europa. Hoy como ayer, lo fundamental en un ejército son los cuerpos auxiliares de intendencia y zapadores. Y el puente, ahí está, como si el tiempo no pasara por él.

Más allá, en una curva, está El Cerezo, con buen jamón, buen chorizo y buen queso de Cabrales. Pero todavía hay que subir más arriba de las copas de los pinos, para ver finalmente las murallas de los Picos de Europa entre nieblas; y entonces la carretera, después de una curva pronunciadísima, desde la que vemos el estrecho valle a nuestros pies, entra en una recta: ya estamos en el alto de Llamargón. La carretera tiene una casa enfrente y otra al lado, y se bifurca a derecha y a izquierda: si a la izquierda, vamos a Ortiguero, a Cabrales, a Panes, y, ¿por qué no?, a Potes, y ya de allí, se puede subir al monasterio de Santo Toribio de Liébana; si a la derecha, a La Robellada, a Onís, a Cangas de Onís o a Covadonga. [147]

Pero antes podemos detenernos en el bar-tienda que tenemos a nuestra derecha, para tomar un vaso de vino blanco, y para comprar un paraguas, por si llueve, y un cuaderno cuadriculado para continuar el relato en él de estos viajes de cercanías.

<<< >>>

José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 133-147
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
www.llanes.as
Arredondo

www.llanes.as