José Ignacio Gracia Noriega

San Antolín de Bedón
 

San Antolín de Bedón es lugar donde se detienen los viajeros: el P. Miguélez no pasó de allí, en su recorrido por el Oriente de Asturias, y allí terminó también sus «pequeñas jornadas» por el partido judicial de Llanes, sin decidirse a regresar, literariamente hablando, a la Villa. Y es raro, porque por encima del viejo y venerable monasterio ahora pasa la imponente obra de ingeniería del gran puente de cemento de la carretera que une Oviedo con Santander. Desde este puente, en el que hay un mirador con un hórreo y un ancla, que se asoma a una playa rocosa, casi salvaje, a la que uno espera que de un momento a otro arriben velas vikingas, se ven los Picos de Europa, casi siempre entre nieblas, y abajo el monasterio, entre casas.

El P. Miguélez vio San Antolín de Bedón «en inminente estado de ruina y da lástima y miedo penetrar en su recinto»; y Saro y Rojas escribe: «De su antigua grandeza sólo queda la iglesia romanobizantina en camino de desaparecer también, y, lo que nunca desaparecerá, el recuerdo. Si, por más que sea la iglesia de San Antolín monumento artístico e histórico destinado a flotar sobre los estragos que el tiempo causa en toda obra humana, tememos que no [154] flotará, porque a pesar de la comisión correspondiente de la provincia, y seguramente contra sus deseos (que aquí debieran traducirse en deberes inexcusables) de día en día se ve en el sagrado templo la destructora influencia de las lluvias y de los vientos, elementos que terminarán por derrumbarle». O sea, que al cabo de cien años, San Antolín estaba lo mismo que ahora, o tal vez algo mejor, porque en ese tiempo nada se ha hecho en favor del monumento: lo que demuestra que aquellos arquitectos y albañiles medievales construían a conciencia, porque al cabo de años de dejadez todavía continúan en pie las cuatro paredes.

Sin embargo, entrar en San Antolín es desolador. Quadrado, en 1885, anotaba: «Del monasterio no hay que hablar, desapareció después de reducido a priorato, y no quedó en San Antolín de Bedón más que la iglesia y la contigua casa». Todavía queda, pero ¡en qué condiciones! Protegido de los vientos del norte por un monte que baja hasta el mar (detrás está la playa de Torimbia, en la que Celso Amieva imaginaba a Odín jugando a los bolos en las noches de tormenta), no puede imaginarse mayor desolación: no hay altares ni ornamentos, las ventanas están sin cubrir, las paredes están resquebrajadas y verdosas a causa de la humedad, y el suelo aparece lleno de excrementos de las aves marinas... Y, no obstante, este monasterio de benitos, tuvo gran importancia en toda la comarca, e incluso una leyenda vinculada a su fundación, que según Mari Cruz Morales y Emilio Casares también se cita en las fundaciones de San Juan de la Peña, Santa María de Aguilar de Campóo y de la iglesia de Palencia, igualmente dedicada a San Antolín. Según Lamperez, que tiene en cuenta los escritos de Quadrado y de Ciriaco Miguel Vigil, «pertenecía a un [155] monasterio de los benedictinos cuya fundación se hace remontar a los siglos X u XI. Quadrado la da como obra del abad Juan, en el año 1205, interpretando con error la inscripción que hay en un pilar de la capilla mayor».

Y vayamos con la leyenda: era en los tiempos en que asolaba el territorio el conde Munio Rodríguez Can, o Munio Zan, o Muñazán, espantoso cazador, que según Caunedo era hijo del conde don Rodrigo Álvarez de las Asturias y hermano de la madre del Cid. El propio Caunedo refiere esta leyenda de una manera atenuada: «Cierto día corría un joven infanzón de alta alcurnia tras un fiero jabalí. De repente la fiera desapareció en una reducida cueva, donde el mancebo vio en lugar de ella con asombro cierta luz misteriosa que alumbraba una pequeña imagen de San Antolín. Creyendo era un aviso del cielo hizo allí construir un monasterio con la advocación de aquel santo». Otros autores, como Antonio Fernández Martínez, y la tradición, introducen elementos trágicos, sangrientos: el Conde había sido desdeñado por una moza aldeana, y una tarde que iba en persecución de un jabalí, la vislumbra en una cabaña, en brazos de un zagal; enfurecido, los traspasa a ambos con su lanza. Luego verá la luz, de la que también habla Caunedo, y elevará el monasterio como signo de su arrepentimiento. Jovellanos se limita a consignar que el monasterio fue fundado por el Conde Munio Zan, «comúnmente llamado Muñazán, según tradición, y por era 1.070».

Caunedo dice que «se ve en solitario y romántico paisaje el antiguo y abandonado monasterio de San Antolín. Su fundación data del siglo XI, y siempre le habitaron monjes de San Benito, hasta 1544 que fue [156] reunido a Celorio. Es de arquitectura bizantina con alguna mezcla de gótico, como restaurado a principios del siglo XIII por un abad llamado Juan». Y relata otra leyenda relacionada con estos muros, en esta ocasión trágica y romántica: cierto día, a la venida del alba, un caballero que aguardaba en el pórtico, pidió ser recibido por el abad, que rezaba maitines; acudió éste, y fue conducido por el desconocido hasta un cercano bosque, donde se hallaba una litera custodiada por media docena de hombres armados; en el interior había una bellísima mujer, enlutada y llorosa. Siguiendo las indicaciones del desconocido, el abad la confesó y absolvió; y cuando regresaba al monasterio, el ruido de un pistoletazo le hizo retroceder. Volvió presuroso al bosque, y allí encontró a la joven, muerta y bañada en sangre, con un papel en la mano en el que se reclamaban suntuosas exequias, y una bolsa llena de monedas de oro, todas ellas de ley, para correr con los gastos.

Aurelio de Llano, tan aficionado a las antigüedades, no se detiene mucho en San Antolín, y se limita a criticar la fecha de 1205 como la de la fundación alegando que «si esto se refiere a la iglesia actual, resulta anacrónico, porque los arcos del crucero y de la puerta son ojivales; y el arte ojival no empezó a introducirse en España hasta mediados del siglo XIII. ¡Y sabe Dios con cuántos años de retraso habrá llegado a Bedón!».

Magín Berenguer escribe con concisión que corresponde «a la antigua fundación monasterial benedictina del siglo XI, pero sin duda reformada entre finales del XII y principios del XIII o, acaso, totalmente reconstruida sobre la antigua, seguramente más humilde. Tres naves, tres ábsides semicirculares, y tres [157] interesantes sepulcros. Su románico recibe ya corrientes transicionales, pues los arcos se apuntan con la ojiva». De los sepulcros, según Caunedo, uno perteneció a la familia de Aguilar y en el otro reposa el esforzado caballero Diego Alvarez Posada. Saro y Rojas coincide con la propiedad del primer sepulcro, pero coloca en el segundo al abad D. Pedro de Posada, que murió en el siglo XVI. Los vecinos de Con, en Cangas de Onís, también tenían derecho a ser enterrados en San Antolín, y a cambio habían de dar como ofrenda anual al monasterio una fanega de pan cocido.

Nada más evocador que un monasterio en ruinas al lado de las doradas arenas de una playa. Por ello, el poeta Emilio Pola no lo encuentra ruinoso, sino «al ver este sitio lleno de silencio nos figuramos cómo debió ser en los años de esplendor de tantas y tantas cosas, allá por el siglo XVI... cuando ya era vetusto el monasterio».

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 153-157
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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