José Ignacio Gracia Noriega

El río de Nueva
 

Si hay tierra virgen en esta zona, ésa es la del río de Nueva: ni una sola construcción en ese amplio valle, salvo una caseta, ahora desocupada, de los obreros de la repoblación forestal. Lo recorremos sin encontrar otras huellas que las de pastores y cazadores, y la de un jabalí, hundida en el lodo cercano al río. A lo largo de horas de caminar, tan sólo hemos visto una botella vacía, la colilla de un cigarrillo emboquillado y dos cartuchos de escopeta. Estamos, verdaderamente, en un lugar civilizado.

El río de Nueva es el Ereba, al que cantó el poeta Pepín de Pría en su maravilloso poema «Nel y Flor»:

Porque’n so senu bullen los miós cantares
y en sos rizos d’espluma, los miós amores,
lo mesmo que nos ramos de los pumares
rebullen les abeyes besando flores;
porque lleva un arriegu de más validu
que les polides perles que tien’l Oriente;
porque sona’l marmullu del so cantidu,
redoblando’n so serm resplandeciente,
por eso nes orielles
del sesgu Ereba
vo, al son de les sos agües,
cantai a Nueva. [164]

El curso del Ereba, desde su nacimiento en Tabayón hasta su desembocadura en la poética playa de Cuevas del Mar, con sus cuevas en la roca que parecen los barrocos miradores de un mágico palacio, no es largo. Mas la zona que los cazadores conocen con el nombre del «río de Nueva», empieza casi a la salida de Nueva, al Sur de la población. Para adentrarse en ella hay tres entradas: una, ésta, por el Puente Vallina, a cuyas puertas naturales una peña de cazadores erigió un monumento a uno de sus miembros, muerto trágicamente en un accidente de pesca en Infiesto: «Desde el corazón del río de Nueva, la Peña de cazadores Ceferino Gutiérrez a Tomás Gutiérrez Buergo. Noviembre, 1987», declara la sobria inscripción. Las otras dos parten de Llamigo: la primera, por La Friera, la otra por Fuente Fría, en la última casa del lugar. Por aquí, subiendo un empinado repecho entre pinos, se llega pronto a Ventaniella, desde donde se ve el valle en su totalidad. Desde la altura, el río no se ve, pero se escucha su rumor. En torno pastan vacas de la raza asturiana de los valles, que hacen sonar con cansancio sus esquilas. El valle está poblado, aunque no por personas: uno de sus últimos habitantes fue Pedrón, que vivía en la Riega de las Casinas, y corría a grandes velocidades sin quitarse las madreñas. Pero hay caballos, cabras, corzos, jabalíes, ardillas, vacas y gatos monteses, y en el río truchas, y en el cielo, buitres. Avelino Tarno, vecino de Los Carriles, vio corzos aquí por primera vez durante la guerra civil. En la actualidad, corzos y jabalíes que bajan de las montañas de Covadonga, se asientan en el río de Nueva de forma permanente.

Asimismo, la flora es abundante y variada: vemos pinos, acebos, castaños, hayas, robles, helechos, [165] espinos, eucaliptos y tojos. Antiguamente, la vega del río era de pradería, y la zona alta, de rozo.

Vamos por la zona alta, por un sendero estrecho. El valle es como una hoya grande y circular. En muchos trechos hemos de internarnos en los bosques, y caminar encorvados para evitar las ramas bajas de los pinos. Esto es la Riega Oscura; más allá está el Jaedín, que es anterior a Jaedu: hay más hayas en los topónimos que a la vista. Y luego pasamos la Riega de La Salgar, donde brota una cascada; más allá, en Tabayón, nace el río.

Hemos seguido la dirección noroeste, entrando por el Sur. Según avanzamos, el ganado se va quedando atrás, y al otro lado del río, no hay ganado. Arriba, en lo alto de un monte, vemos unos pinos: el paraje se llama Trasjuncalar, y a la otra vertiente comienza el concejo de Ribadesella. Bajando, el primer poblado que se encuentra es Peme, y ya abajo, en un valle hundido, al borde de la carretera, vemos los rojos tejados de Santianes: al fondo se distinguen la ría de Ribadesella y las casas de la villa.

Pero nosotros vamos a rodear el río de Nueva para regresar por el mismo lugar del que habíamos partido. Esta loma de la montaña no tiene nombre, y según me dice mi acompañante, Guillermo Fernández Buergo, se la conoce por los topónimos de la otra ladera: Frente a La Salgar, Frente a El Jaedín, Frente a El Jaedu.

Cruzamos el cortafuegos del Barracón, que ya ha invadido la maleza. Al Norte están las vegas de Lledales, invernales muy apreciados. Y vamos descendiendo en dirección al río. Aquí y allí, algún tronco se interpone en el sendero y es preciso saltarlo. La madera está podrida, y se puede hundir en ella con facilidad [166] la contera del bastón. El río suena con más fuerza, nos lo imaginamos joven y fresco y bravo y retozón. Tendremos que atravesarlo para volver a Ventaniella. Y no deja de ser curioso que estando en una zona dominada por la presencia del río, no alcancemos a verlo hasta el final de la excursión.

Finalmente, lo vemos, pasando al lado del feo barracón que daba cobijo a unos obreros de la repoblación forestal. El barracón se componía de dos habitaciones grandes, cocina y dormitorio, y no había puerta que las comunicara, de modo que para ir de una a otra era indispensable abandonar la construcción. Digo yo que aquellas gentes comerían en la cocina. Las paredes están cubiertas de pintadas, de insultos, obscenidades y lemas políticos.

Se vadea el río como se puede, aunque a esta altura se puede cruzar de dos zancadas: pero hay que darlas. Y ya en la otra orilla empieza una penosa ascensión hasta llegar a Ventaniella. Menos mal que las aguas del río de Nueva son frescas y calman la sed. El sendero va en zig-zag, que nos dan la sensación de que andamos y desandamos el camino. Y poco a poco vamos ascendiendo. Esta parte es húmeda: mira al Norte, y no llega a ella el sol en invierno. En un recodo brota una fuente; en otro, repentinamente, vemos un vuelo de hojas otoñales, movidas por el viento, que se extienden sobre el bosque como si fueran una bandada de pájaros dorados. Arriba suenan las esquilas de las vacas, y vemos abajo, ya muy pequeño, el barracón. Cerca del barracón hubo una lobera, de la que se conserva algún resto. Cuando por fin alcanzamos Ventaniella volvemos a asomarnos al río de Nueva, al rumoroso Ereba, y volvemos a ver el valle.

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 163-166
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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