José Ignacio Gracia Noriega

Onís
 

Aparentemente, Onís es un concejo infortunado, pues muchos, sin duda por inadvertencia, dan en confundirlo con Cangas de Onís, o piensan que depende de la primera capital de España: por esto los de Onís acostumbran a decir que fue en Onís, y no en Cangas, donde se inició la Reconquista.

Por otra parte, de Onís (y también de Cangas) es uno de los más ilustres quesos artesanales asturianos, que Eduardo Méndez Riestra describe en su libro «Comer en Asturias»: «El queso de Gamonedo o Gamoneu lo elaboran los pastores de la montaña de Covadonga, sobre todo en Gamonedo de Onís y Gamonedo de Cangas y en sus vegas de el Telleyu y Ceñal. Se hace con mezcla de las tres leches; aunque algunos sólo usan dos; tiene forma cilíndrica y pesa por término medio unos dos kilos; su corteza es seca, amarillenta y más bien fina; es semiduro, de pasta firme, blanca amarillenta, algo veteada de azul, de aroma intenso y sabor picante; tiene pequeños ojos en el centro y madura en cuevas, en cuyo momento se procede a su ahumado». Sin embargo, su excepcional calidad se ve un tanto oscurecida por el renombre del queso de Cabrales, hasta el punto de que para muchos, cuando lo prueban por primera vez, el Gamonedo constituye una [174] sorpresa exquisita e inolvidable. Si no fuera por el Cabrales, el Gamonedo sería el queso grande de Asturias, acaso el mayor de España; mas tampoco digo que no lo sea, porque no se debe hablar del Queso como una entidad metafísica inamovible, sino de «quesos», y algún queso de Gamonedo arrojó, y continúa arrojando, desde el punto de vista gastronómico, resultados óptimos, inigualables: aunque, repetimos, la propaganda y la literatura que hasta ahora se le dedicaron sean modestas en relación con las que tiene el Cabrales.

Onís es un concejo de pastores, que diría Juan Antonio Cabezas, como Amieva y Ponga, bravío por su paisaje quebrado de montaña y pacífico, casi dulce, en los valles y en las vegas. No hay asomos de contaminación, y la vida transcurre en él pacíficamente. Los romanos pasaron por estas tierras, y queda de ellos el recuerdo en una vara de cobre y en una inscripción fúnebre. Más tarde, el rey Ordoño I le otorga al obispo Serrano el monasterio de Santa Eulalia de Onís y una extensa viña. Onís figura como Ayuntamiento en 1504, que en 1573 dicta unas Ordenanzas, que lo dividen, a efectos del pastoreo, en Puerto Bajo y Puerto Alto, «este último -según escribe Rafael Fonseca- en casi toda su extensión dentro de los límites del Parque Nacional de Covadonga y forma parte del macizo Occidental de los Picos de Europa (Picos del Cornión), siendo la Vega de Ario la situada más al sur y la más bella para todo el que se adentra en esta zona, a los pies del Jultayu». Tales Ordenanzas contienen disposiciones de defensa del medio ambiente, como las que anota Fonseca: «El fuego, enemigo del monte, está terminantemente prohibido, aunque sea para la quema de matorrales. El necesario para las [175] necesidades del pastor en la cabaña se hará con las debidas precauciones, y deberá aprovechar las leñas muertas y rodadas, sin que en ningún caso se permita cortar árboles».

Onís limita al N. con Llanes, en el Puente Las Carboneras, sobre el río de las Cabras; al E. con Cabrales, en la fuente de Llamargón, en el lugar conocido por Los Pontones; al O. con Cangas de Onís en Pelamoro, donde hay unas cruces de piedra; y al S., con León. Su superficie es de 75 km2, su máxima altura está en el pico la Verdilluenga (2.129 m.), la mínima en el río Güeña (275 m.), y tiene una población de 1.300 habitantes, la mayoría dedicados a faenas agrícolas y ganaderas, que algunos complementan con la fabricación de quesos. Casi la cuarta parte del concejo supera los 1.200 m., con pendientes que sobrepasan el 30 % en más de la mitad del territorio.

Pastoril e idílico, Onís, que significa «tierra provechosa», no puede evitar cierta impresión de aislamiento. Tendido al N. del macizo Occidental de los Picos de Europa, sus tierras bajas son las erías, praderas y bosques del valle largo y amable del río Güeña, «colmado vergel de bellezas y abundancias», como escribe Lueje; pero las tierras altas son abruptas, y el propio Lueje considera a estos pueblos «en demasía remotos y humildes». A la impresión de aislamiento contribuye el hecho de que no tiene otras salidas que por Cangas de Onís o por Panes, o tomando la desviación de esta carretera Panes-Cangas de Orus por el río de las Cabras, con salida en Posada de Llanes.

Tomemos esta carretera; dejamos atrás Meré, y, apartado de la carretera, Ilcedo, el último pueblo del concejo de Llanes por esta parte y el único que no [176] tiene carretera ni luz: se llega a él trepando por un empinado camino de herradura; más allá está El Cercial, caserío cabraliego, en la carretera del río de las Cabras: y también trepa el coche por la hermosa carretera, entre bosques y curvas, hasta alcanzar el Alto de Llamargón, donde a la izquierda se puede seguir hasta Cabrales y Panes, y a la derecha a Cangas de Onís y a Covadonga, y hay un bar que atiende gente amable, en el que se puede comprar de todo: cuerdas, potas, tarteras, bastones, mangos para azada o hacha, latas de conserva, bolígrafos, cuadernos, aceitunas rellenas y un vaso de vino blanco. Aquí ya estamos en tierras de Onís. Si seguimos a la derecha, enseguida estamos en La Robellada, que queda abajo de la carretera, y arriba, el chalet con su buena finca de D. Francisco de la Vega, un hombre emprendedor que tuvo el «Bar Flor», en Madrid, punto de reunión obligado, pues estaba en la Puerta del Sol, al lado de la desembocadura de la calle de Alcalá. Era un bar enorme, a la antigua, sede de numerosas tertulias y lugar de cita obligado de los asturianos que viajaban a la capital, que en la actualidad ha cerrado, y el local lo ocupa una hamburguesería: «sic transit gloria mundi». D. Francisco de la Vega era también poeta, y publicó algunos libros de versos, uno prologado por D. Luis Astrana Marín.

Podemos bajar a La Robellada, donde nace el río Güeña, que enseguida ha de recorrer todo el concejo, en el lugar llamado Aguañacio y también Hoyo Bajo (Joyu Baju). Los aficionados a la toponimia fantástica pueden sacar deducciones tal vez correctas del nombre Aguañacio.

Volvemos a la carretera y pronto estamos en Avín, en una buena vega. Aquí nace el río llamado [177] Riega del Campo, que desagua en el Güeña, y hay, una casa de grandes proporciones y, piedra de cantería que tiene tallada en el dintel la fecha de 1615, y las ruinas de una herrería, que se dice que es un recuerdo del paso del camino de Santiago. Debajo de la carretera, y antes de llegar a estas casas, hay una cueva de grandes proporciones, abovedada y con dos aberturas próximas, y surcada por un riachuelo sobre el que dos carros del país hacen la función de puentes. Desde el pueblo se ve el Pico Subía.

Muy cerca queda Benia, la capital municipal. Su iglesia perteneció al convento donado por el rey Ordoño I al obispo Serrano, y aunque muy reformada, según Magín Berenguer «deja adivinar la primitiva estructura de las iglesias pre-románicas asturianas. Destacan con claridad las modificaciones medievales, conservándose la puerta del costado S. y el buen trazado de los arcos fajones y bóveda de la nave y, capilla mayor. Son también interesantes los capiteles del arco triunfal».

Benia es un pueblo agradable, con Ayuntamiento, y detrás una amplia plaza en la que se celebran los certámenes del queso de Gamonedo; y una casona palaciega al borde de la carretera. Los bares suelen estar animados y los parroquianos son amables y, comunicativos: Juan José Fernández, el anterior alcalde, nos va diciendo los pueblos del concejo mientras tomamos un vaso de vino: La Robellada, Avín, Benia, Villar, Silviella, Talaberu, Bobia de Abajo, Bobia de Arriba, Gamonedo de Onís y El Pedrosu: a Remis se le considera un barrio de Gamonedo. Estas poblaciones se dividen en tres parroquias: una en el centro, Santa Eulalia de Benia, y las otras dos en los extremos, una acercándose ya a la marina, La Robellada, y la otra [178] en la alta montaña, Gamonedo. Después de los aperitivos, en Benia se puede comer en «Casa Morán» y en «El Teyeru», los dos próximos al Ayuntamiento, muy bien y muy económico en ambos.

En Villar, al lado de Benia, existe una mina de cobre llamada «Milagro», en la que, según Magín Berenguer «fueron hallados distintos útiles y herramientas, tales como una piqueta, una cuña o cincel de asta de rumiante, dos crisoles de forma semiesférica, azadas, &c., útiles que están considerados por sus características como pertenecientes a un período protohistórico».

Por la carretera de Demués, que se desvía al Sur a varios kilómetros de Benia, en dirección a Cangas, se llega a Gamonedo de Onís: un pueblo de montaña ganadero, junto a la peña de La Andrinal, de «donde viene el agua», como dicen por allí. El río Tabardín, que vierte en el Güeña, nace en Rebocal y La Tabla: ¡muchos ríos montaraces van a dar al Sella, y, con el Sella, a la mar brava! En el bar hay ajetreo, porque están almacenando sacos de harina; la antena del televisor está afuera, empozada, por debajo del nivel de las casas.

—Es que si se pone en cumbre, no da señal –nos explican.

Gamonedo, no hace falta decirlo, es la Catedral del queso de su nombre, aunque también se haga en otros pueblos del concejo y, por supuesto, en el pueblo de nombre gemelo, Gamonedo de Cangas, que está al otro lado de la montaña.

Antes, nos dicen en Gamonedo, Llanos de Comella también pertenecía a Onís; pero por cuestión de unos pastos, los de Onís mataron a un paisano del concejo de Cangas, y entonces se hizo justicia a la [179] manera bárbara de las montañas, que tiene reminiscencias del código de Hamurabí: ojo por ojo, diente por diente. En consecuencia, los de Cangas habían de matar, para ser compensados, a un paisano de Onís; mas éstos, para evitar que el oscuro designio de la venganza recayera sobre cualquiera de ellos, llegaron a un acuerdo con los cangueses, y a cambio de la vida del vecino les entregaron la Vega de Llanos de Comella.

Gamonedo de Cangas, en la otra vertiente, es un pueblo diseminado en cuatro barrios distantes: Las Cuerres, Los Cuetos, Sogaedo y La Salgar; en Los Cuetos está la antigua y rústica iglesia de la Magdalena, que tiene a su lado, en el pequeño huerto, un tejo enfermo. El pueblo se ve perfectamente desde lo alto, desde el Mirador de la Reina, y tiene salida a Llano de Con por un camino de herradura. Los vecinos son locuaces y un poco filósofos; uno de ellos dice esta consideración, que puede tener carácter general:

—Pa ser miseria, qué más da un pocu más que un pocu menos.

Nosotros volvemos a Gamonedo de Onís y salimos a la carretera Panes-Cangas por la que, a través de Llano de Con, lleva a Mestas de Con, en la margen izquierda del río. Mestas de Con es pueblo próspero y comercial, con cuatro puentes sobre el río, y una iglesia que puede parecer hasta futurista. Aquí empieza a aspirarse la /h/, lo que es una característica del bable oriental.

Como escribe Lorenzo Rodríguez Castellano en «La aspiración de la «h» en el Oriente de Asturias»: «La frontera de la «h» aspirada en Asturias no la determina el río Sella, como se venía creyendo». En Mestas de Con se dice «jabas», «jelechu», «joz», «jambre», mientras que en Beceña, setecientos metros al [180] oeste, dicen «fabas», «felechu», «foz» y «fambre». Un paisano que toma media botella de vino en el bar defiende su pronunciación y dice:

—En Cangas de Onís dicen «fabes» los que quieren hablar en castellano, aunque se equivoquen.

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 173-180
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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