José Ignacio Gracia Noriega

Los lagos de Covadonga
 

Los lagos de Covadonga son los lagos por antonomasia del Oriente asturiano, tal vez de Asturias entera. No ignoramos que en la zona occidental están los lagos de Somiedo, sobre los que escribió un libro prolijo y extravagante el teósofo extremeño Mario Roso de Luna, que seguramente recorrió el Principado sirviéndose del Madoz y del mapa de Schultz. Pero los lagos de Covadonga gozan del privilegio de estar situados entre este extraño, mágico lugar, y las cumbres de los Picos de Europa.

Para ir a los lagos es preciso ir a Covadonga, y están precedidos de dos advertencias. A la entrada de Covadonga se le advierte al turista: Entra usted en un santuario. A la entrada del camino que conduce a los lagos, otro cartel dice: Entra usted en una montaña. Acaso montaña y santuario sean lo mismo, según se lee en «Altar Mayor», de Concha Espina, una bella novela ambientada en Covadonga: «Los montes de Asturias son la Gran Mesa del Señor».

El viajero que llegue a los lagos por carretera habrá de pasar por delante del santuario: ve a la Basílica desde atrás, con sus torres neogóticas y sus piedras rosadas, elevada sobre una roca escarpada, del mismo modo que Pelayo, en estos mismos lugares, o [213] cercanos, fue levantado sobre su pavés para ser proclamado rey de los asturianos libres, según la antigua usanza de los godos. A la izquierda de la Cueva hay un camino que asciende y que por su modestia parece el que conduce a algún jardín particular de la Basílica, y no da idea, por sus proporciones, de la grandeza que va a ir apareciendo según se desenvuelven montañas y montañas, hasta llegar a la apoteosis de su término: el lago de la Ercina. Porque el lago Enol será más lago; pero el lago de la Ercina, por su marco, parece más de montaña: y tan sólo dos kilómetros de cumbre separan a uno de otro.

La ascensión es notable: el lago Enol está a 1.070 metros, y el lago Ercina a 1. 108 metros de altitud. Mas en el camino hay lugares previstos para el reposo, y, más especialmente para la contemplación del majestuoso paisaje: primero el Banco de Canónigos, y cinco kilómetros arriba, el Mirador de la Reina, de piedra y aspecto rústico, con una barandilla de piedras que protegen del abismo clavadas en la roca. Tan sólo hay en esta construcción, aparte del paisaje, un signo de grandilocuencia: las letras talladas que proclaman el nombre del lugar en el que estamos.

Con día despejado, desde el Mirador de la Reina se divisa la franja azul o neblinosa del mar. Pero más interesa la contemplación de ese mar de montañas que tenemos a nuestros pies, a nuestra derecha y a nuestra izquierda, en un eterno oleaje de montañas (al frente, el Sueve parece pequeño en esta inmensidad rocosa), sierras, cordilleras, colinas: olas mayores y, menores, sobre las que aquí y allá rompe espuma bajo las formas de una aldea, de un bosque, de un caserío. Se mire hacia donde se mire, vemos monte, y tenemos el monte a nuestra espalda, tan próximo que hasta [214] escuchamos su respiración; y aparte de la montaña, no vemos otra cosa que los azules o grises o verdes del cielo y del mar.

Don Martín Andreu Valdés, en su libro «Visión de Covadonga», describe así la vista desde el Mirador: «Lo que desde aquella altura se divisa es una Asturias no conocida, de belleza majestuosa, incomparable. Nada falta allí de cuanto constituye el encanto con que nos puede brindar la naturaleza. Luz y sombras; en la lejanía, aparecen los montes envueltos en ese cendal levísimo, desesperación de los pintores que, en vano, luchan por copiarlo en sus lienzos; los bosques profundos y misteriosos; las vegas, apacibles; más cerca, se precisa mejor el contorno de colinas y montañas, juntas en grupos muchas de ellas rodeando a otra que sobre las demás descuella, escalonadas otras como si intentaran caminar hacia la altura; por las pendientes se deslizan, refulgentes los arroyos que buscan, en brillantes espirales, el modo de bajar a la hondonada y, antes de llegar a ella, mientras no se encuentran, saltan espumosos, se detienen en breves remansos donde se miran tilos y manzanos, robles y hayas, rocas peladas de entre cuyas grietas surgen los pinos; a lo lejos el mar que a través de la bruma parece juntarse en el horizonte con el otro océano azul del firmamento tendido sobre tanta belleza». Tal contemplación trae a la memoria del autor los versos de Lamartine:

O sommets de montagne, air pur, flots de lumiére!
Vents sonores des bois, vagues de la bruyére,
Ondes calmes de lacs, flots poudreuz des torrents...
O nuits de la montagne, licure on tout fait silence... [215]

Roso de Luna, en su ascensión al lago Enol, no se detuvo en el Mirador de la Reina, ni en ningún otro lugar; y al llegar al lago vio «las desiertas orillas de éste y sus tristes taludes vecinos que iban a morir en piedra y arena, sin la más pobre planta en sus orillas». En cambio, el lugar le permite hacer una lírica evocación wagneriana.

El Mirador de la Reina nos anuncia la proximidad de los lagos; pero aún queda camino por delante, y en este trecho se encuentran los mayores precipicios. Antes de llegar al lago Enol, la carretera desciende un poco y, finalmente, al doblar una curva, aparece el lago. Evaristo Escalera lo describe románticamente en su libro «Recuerdos de Asturias», 1865, sin fijarse demasiado: «Figúrese el lector una cuenca formada por unas graciosas montañas de verdes cumbres y floridas faldas, donde crecen la madreselva y la margarita. Extiéndese en un circuito de media legua y de falda a falda una tela de color de cielo, y se habrá formado la idea principal de este lago, cuya tersa superficie refleja el azul del firmamento. Todo allí es pintoresco; todo halaga a la fantasía; el poeta espera ver salir de aquellas aguas diáfanas, o de aquellas enramadas sombrías, algunas de las creaciones que la mitología ha colocado en el fondo de las aguas o en la espesura de la selva»; y «sobre sus aguas flotaban de trecho en trecho algunas vaporosas nubes formadas por la niebla»; y, más allá, «los ánades y otras aves acuáticas revoloteaban».

El paisaje de los lagos es más áspero, más duro. No hay tanta vegetación en las montañas que los rodean y el cielo, no siempre es azul. El viento produce un oleaje en las aguas del lago, como si se tratara de un mar en miniatura. Según la descripción, más [216] técnica, contenida en el libro «Lagos y lagunas de Asturias», de Carmen Fernández Bernaldo de Quirós y Efrén García, el Enol se encuentra «en la cubeta cobijada bajo el tricornio formado por el pico Mosquital (1.268 m.) y su cola La Picota, la porra de Enol (1.274 m.) y el cerro Sahornín (1.183 m.), los cuales enmarcan sendos desembocaderos por donde se cuelan la carretera, la vega de Enol y el rebosadero del lago».

La descripción que hace Luis Sánchez Gavito de la subida al lago es concisa: «Al principio con el armonioso conjunto de gruta, colegiata, basílica y arboleda a nuestros pies; luego, dando vista a un sinfín de la serranía costera asturiana, para contemplar, después, reflejado sobre la superficie del lago rizada por la brisa, un risueño panorama de riscos, cabañas y nubes que se mueven dulcemente al par que las inquietas ondas de agua en un marco de afiladas cumbres. Al Este, las arrrogantes Torres de Cerredo y del Llambrión. Al mediodía, la crestería de Peña Santa, con los picos, agujas y neveros que la escoltan descendiendo hacia poniente hasta derrumbarse en el abismo de Ordiales».

Las aguas del Enol alcanzan los veintitrés metros de profundidad en la zona meridional, y están formadas a expensas de un glaciar descolgado de Peña Santa a principios del Cuaternario. Según una leyenda, el lago se formó con la lágrima derramada por una mujer, que inundó la majada de Piedrallagu, quedando tan sólo libres de las aguas las cabañas del Acebo.

El lago de la Ercina, o Ercina, algo más alto y al Este, es más modesto, pero presenta el atractivo de estar menos empozado que el Enol, por lo que ofrece al Sur un impresionante escenario de montañas, y [217] tiene abundante vegetación lacustre, gracias a la cual pueden observarse en sus alrededores diferentes poblaciones de aves acuáticas, desde la alborotadora focha común a los ánades reales: fauna de la que carece el lago Enol, por carecer, a su vez, de vegetación. Su profundidad, sin embargo, es de tan sólo dos metros. Le rodean la loma de La Picota, que le separa del Enol, las estribaciones de los Picos del Mosquital y Bricial, y la loma de Buferrera. Silenciosos canteros, abrigados como si fueran hacheros canadienses, con chaquetones de cuadros y gorros de lana, tallan la piedra en su orilla, destinada al pequeño edificio del parador.

Por la Vega de Enol se puede ir bien al Mirador del Rey, que se asoma sobre el hayedo de Pome, o, atravesando la Vega del Huerto, alcanzar el Pozo del Alemán, poza del río Pomperi que está unida a la leyenda de Roberto Frassinelli el «alemán de Corao», de quien lleva el nombre. Al parecer, en este lugar se bañaba don Roberto después de sus correrías por las montañas: que era hombre aficionado al baño lo consigna don Alejandro Pidal en su famosa nota necrológica: «se bañaba al amanecer –escribe– en los solitarios lagos de la montaña». No deja de ser pintoresco que esta tendencia a la higiene haya dado lugar a un topónimo.

El pozo parece profundo, las aguas son cristalinas. El paraje contiene misterio y belleza. Según una descripción más técnica, contenida en el libro «Guía del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga», de E. Rico, y otros, «se trata de una cubeta circular con el fondo excavado por una cascada situada a una altitud de 1.070 m., próxima a una pequeña depresión tapizada de pastizal en el que se alzan algunos acebos; está rodeada por laderas de roca caliza en las que [218] predomina el matorral y donde se conservan algunos ejemplares de hayas y un tejo».

El lago Bricial es el menos conocido y menos nombrado de los lagos de Covadonga. No por ello merece pasar inadvertido. Los olvidos, muchas veces, no son por culpa del olvidado; y Bricial, menos lago acaso que sus vecinos Enol y Ercina, no deja por ello de tener méritos propios. Bernardo Canga indica su situación: «Si seguimos por la pista, un poco antes de llegar a la ermita de la Vega de Enol tomaremos un sendero que, entre grandes piedras y rocas, nos conducirá a la bella Vega del Bricial, en cuyos parajes existió antiguamente otro lago entre los picos Bricial y Mosquital. Se forma ahora todavía en su colina, en época de deshielo y tormentas, una laguna al fondo del amplio valle, con una sonora y torrencial cascada que desciende entre las rocas. Aunque dicha laguna dura pocos días a causa de las fallas del fondo, que es necesario taponar».

«En Bricial –añade Canga– hay cabañas de pastores y una buena fuente en lo alto de la vega y abajo, al fondo, el valle, que antes fuera un gran lago, según cuentan los lugareños y que podría recuperarse si el ICONA quisiera. En este zona abundan el fresno y el haya. Los cielos están plagados de aves, especialmente córvidos y rapaces. Tampoco resulta difícil ver águilas ratoneras y alimoches.

Ya que se menciona la fauna, puedo relatar que el día que subí a los lagos, un enorme jabalí cruzó la carretera, y, sin hacer caso del coche, siguió por una pradera y subió ágilmente por entre las peñas de un monte. Es animal de aspecto pesado y de mucha agilidad y tiene el color de los bosques en otoño, como si hubieran caído sobre él un cesto de castañas y un puñado de hojas secas.

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 212-218
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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