José Ignacio Gracia Noriega

Ribadesella
 

Pasado el Aguamía, entramos en Cuerres, que en otro tiempo perteneció a la parroquia de Pría. Cuerres roza la vieja carretera de Llanes a Ribadesella, y se extiende hacia el Norte, en dirección a los dominios de Su Majestad británica. Su gran espectáculo es ver a todas las horas del día y en cualquier época del año, haga sol o nieve, a un paisano, Ramón de Severo, meteorólogo natural, y perito en aguas, en camiseta, a la puerta de su caserío, y saludando a todos los coches que pasan por delante de su puerta. En materia filosófica Ramón de Severo se muestra escéptico, pero sabe que las témporas rigen la meteorología.

Después está Toriello y más allá Camango, y en desviaciones de la carretera hacia el Sur, Meluarda, que Foronda quiere que signifique «majada», porque de la forma que está también puede tomarse por «malodre», lugar de desgracia, y Collera, que figura como apellido en las letras satíricas que acompañan al baile del pericote: «... y el cura que nos casó / llámase Pedro Collera».

Merece la pena desviarse hasta Collera para visitar la destilería de los Serrano, saludar a Emilio y tomar una copa de aguardiente de manzana en su compañía; y una vez tonificado el estómago, seguimos [240] camino, cruzamos el paso a nivel y empezamos a descender por la calle empedrada que conduce al centro de la villa de Ribadesella. La estación de ferrocarril está en las alturas, como la de San Vicente de la Barquera; y por esta entrada, Ribadesella se cuelga un poco del monte en el que se asienta, como si fuera Cudillero, aunque, más adelante, el terreno sobre el que se asienta Ribadesella es mucho más amplio y permite el emplazamiento de una población bien urbanizada.

Pero de momento estamos por encima de sus tejados y de las torres de la iglesia, y poco a poco nos vamos introduciendo entre las casas. Vemos un hórreo, y ante su corredor hay una especie de explosión dorada: no son las panojas de maíz, como a primera vista se pudiera pensar, sino los frutos de un naranjo.

Foronda, que también entró por aquí, anota: «Agradable es en verdad el panorama que Ribadesella nos ofrece desde lo alto de la cuesta que forma el camino que a la villa conduce. A la derecha, el mar: un poco más al frente los dos montes que ciñen la entrada del puerto; a la izquierda la cuenca del río Sella, que con sus empinadas laderas y copiosa arboleda le presta su nombre; y casi a nuestros pies la población de agradable aspecto, con su anchuroso puerto, más extenso que su escasa profundidad necesaria».

Casi cuarenta años antes, en 1858, Nicolás Castor de Caunedo había descrito Ribadesella así, para información de la reina Isabel II, que visitaba Asturías: «El nombre de esta pequeña villa, patria del renombrado patricio don Agustín Argüelles, revela su situación. Una colina la circunda por la parte oriental y, por el lado opuesto la besa el mar, que la ofrece uno de los mejores puertos de la costa, guarnecido por un magnífico muelle. Su iglesia, recientemente renovada, [241] conserva algunas reminiscencias bizantinas. Sus naturales tenían el derecho de asiento en el coro de Covadonga».

Agustín Argüelles (1775-1844), parlamentario, diplomático y reconocido orador, es el riosellano más conocido, hasta el punto de que, retóricamente, algunos mencionan a Ribadesella como la «villa de Argüelles». El riosellano fue la figura más destacada entre los liberales en las Cortes de Cádiz; y, curiosamente, su tenaz adversario, jefe del ala conservadora, era su vecino de concejo, el llanisco Pedro Inguanzo y Rivero, entonces canónigo, también orador eminente, que llegaría a ser Cardenal.

Tirso de Avilés dice de Ribadesella que «aunque no pinta armas por ser moderna, no por eso deja de tener mucha calidad ansí por ser puerto principal del mar en Asturias y tener los naturales della asiento en el Choro de la Abadía de Covadonga, como por haber en ella apellidos de gentes principales y buenos hijosdalgos». Y da como blasón de la villa los siguientes versos:

Paga tributo a esta villa
Neptuno y está guarnida
de progenia esclarecida
y es Covadonga su silla.

El poeta Pepín de Pría cantó a Ribadesella con versos llenos de emoción en la introducción de «La fonte del Cay»; aunque en un artículo publicado en el semanario llanisco «El Pueblo», reconoce: «¡Ribadesella!, apenas la conozco. Siendo muy niño llegué a la villa una tarde grisácea y oscura, como dicen en la comedia de Muñoz Seca. Oscurecía, diluviaba. Pasaríamos la noche en una modesta casa, para salir [242] en la diligencia al día siguiente, camino de Gijón». Sin embargo, llegaría a colaborar con el periódico riosellano «La Atalaya», gracias a su amistad con César del Cueto, de Camango, influyente personalidad política local, y a escribir «La fonte del Cay», por lo que Guillermo González le declara «el más esclarecido cantor que haya tenido Ribadesella». Canta el poeta con su verso de ligero cristal cincelado:

Ribadesella, que tas entre montes
sentada n’oriella
del ríu que baxa
seliquín, seliquín, marmullando
con son de burbuyes
cantidos de l’alma
y fendiéndote en dos puebliquinos
metada y metada
que vición una y utra amorosa
con llingua de plata.

Al final de la referida «introducción» (de tono más elevado que los versos que acabamos de transcribir), Pepín de Pría quiere pertenecer al recuerdo de la villa; y le escribe:

Pero, mió Ribadesella: si’n daqué romería,
a la soma d’un árbole, na vera d’un camín,
oyes que dalgún echa la tonadina mía,
si te llegás al alma, acuérdate de min.

Con tan poético y melancólico acompañamiento, ya estamos en el casco urbano de la villa, que no fue del agrado de Jovellanos, que anota en sus «Diarios»: «Lugar desproveido; sólo hallamos huevos; ni carne ni leche, ni pescado ni confitería, ni aún barbero; hay uno que estaba en la aldea. El muelle se [243] reducirá a una herradura; lo van cerrando para dar más extensión al pueblo. Pésima iglesia». No obstante, cien años después Foronda describirá a Ribadesella como lugar de abundancia: «La cantidad de lubinas y otros pescados de más que medianas dimensiones que revoloteaban a nuestra vista y como vulgarmente se dice entre dos aguas, acusaban la riqueza que la pesca ofrece a los habitantes de la antigua Riva-de-sella».

La amplia ría del Sella condiciona la estructura urbana de esta villa, a la que el río divide en dos zonas: en la margen derecha está la Ribadesella comercial, urbana y administrativa: en la izquierda, al otro lado del largo puente, la zona residencial, con su magnífica fila de quintas y palacetes que miran hacia el mar a través de la playa. También hay modernos bloques de viviendas, de aspecto impersonal. En el monte Somos está el faro, al que cantó Pepín de Pría en «La farola de Somos», el poema que abre «La Fonte del Cay»:

Farola de Somos:
¡cuántas veces al ver la llapada
que sal de tos rayos,
dunvióti una llárima
d’amor y tenrura
el indiano que vien de l’Habana!

Del puerto de Ribadesella partía un bergantín para La Habana, como recuerda Aurelio de Llano: «En este puerto embarcaban antaño para América los jóvenes de la comarca en el famoso bergantín Habana, de 500 quintales. Con viento favorable llegaba a Cuba en treinta y dos días, de lo contrario, tardaba setenta y cinco, o más; hizo su último viaje a las Antillas en 1872». [244]

Dice Dolores Medio que la situación de Ribadesella es privilegiada: «Recostada en las estribaciones de la cordillera cantábrica, presenta su cara al Sella cuando este río se precipita en el mar. El río que parte en dos a Ribadesella. A un lado queda la villa. La villa vieja, bien poblada de caserones de piedras grises y escudos centenarios, y la villa nueva, con sus casas modernas, sus hoteles, sus bares, cafeterías, cines... Al otro, unida a la villa por un largo puente, queda su bellísima playa».

A la villa la componen varias calles paralelas, de trazado lineal, lo que ha permitido una urbanización sensata. Por la parte de la rula y del muelle, donde paran los autobuses de ALSA, y los familiares esperan bajo el vuelo de las gaviotas a que llegue el momento de despedir al viajero, hay tabernas de ambiente marinero en las que se puede comer: no las habría en tiempos de Jovellanos, porque de lo contrario no hubiera dicho lo que dijo.

En el centro, entre dos buenas calles, hay una plaza rectangular, con quiosco para la música, en zona llena de cafeterías, que se llenan de terrazas durante el verano. La iglesia fue derruida en 1936 y reconstruida totalmente. El altar mayor, todo de piedra, es obra del escultor Gerardo Zaragoza, y en cuatro paneles laterales los artistas Uría Aza pintaron cuatro grandes frescos de signo religioso y pacifismo: ésto es, de un pacifismo metafísico, como suelen casi todos los pacifismos. La Casa Consistorial posee mayor solera, como la de Potes, aunque esté en un marco menos impresionante y no haya rimado versos en él el marqués de Santillana. En algunas zonas de la villa se conservan restos de soportales, que dan el contraste entre una población marinera en la parte del mar, y ésta que [245] evoca un pasado de hidalgos rurales y mercados. En la salida hacia Llovio, que es la salida para Oviedo, tenemos el amplio edificio de la Aduana.

El profesor Manuel Ferrer Regales compara a las dos grandes villas costeras del oriente asturiano, Llanes y Ribadesella, y llega a la siguiente conclusión: «Ribadesella, al igual que Llanes, queda definida como una pequeña ciudad de personalidad muy acusada en todos los órdenes. A diferencia de Llanes Ribadesella ha sido penetrada más fuertemente por los rasgos modernos y aparece más independiente de su pasado y lanzada con más fuerza hacia el futuro. Llanes es un hermoso recuerdo urbano del pasado inyectado por expresiones urbanas actuales; Ribadesella es ante todo un presente y una realidad espléndidas, cuyo pasado murió hace tiempo, entre otras cosas porque tuvo menos calidad y resonancia que el de Llanes».

O, como dice César Lorences:

—Comparar a Llanes con Ribadesella es como hacerlo entre Cassius Clay y José Legrá: son dos pesos diferentes, pero cada uno muy bueno en lo suyo.

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 239-245
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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