José Ignacio Gracia Noriega

De Ribadesella a Arriondas
 

Salimos de Ribadesella (hay una gran tejera a la salida, y las amplias márgenes del Sella, en las que pasta el ganado), siguiendo una ruta inversa a la de los intrépidos piragüistas. Llovio, que tiene enfrente, al otro lado del río El Alisal, es un nudo de comunicaciones importante, con carretera (que se desvía hacia Ribadesella, o sigue hasta Llanes o hasta Arriondas, o, si se quiere, hasta Santander o hasta Oviedo, o como los ALSAS, que por ella van hasta la frontera francesa) y estación de ferrocarril. El pueblo trepa un poco sobre una colina, por lo que puede decirse que hay un Llovio ribereño y un Llovio casi de montaña, de montaña pequeña, así son las cosas.

Y luego, por la carretera general, está Santianes, con su puente sobre el Sella en cuyas inmediaciones se colocan los pescadores, con sus botas altas de goma y sus cañas. En Santianes hay protestantes, lo mismo que en Besullo, el pueblo de Alejandro Casona, en Cangas del Narcea; pero los de aquí son recientes, porque no los menciona George Borrow en su libro, aunque anota que durmió en Ribadesella: bien es verdad que había llegado a la villa por el camino de la costa, por Colunga pero, tratándose de correligionarios, bien le hubiera merecido la pena desviarse un [255] poco.

Encima de Santianes está Peme, que hemos visto desde el pinar de Trasjuncales, límite por el monte entre los concejos de Llanes y Ribadesella, cuando andábamos por el río de Nueva. Santianes no es sólo lo que se ve desde la carretera, sino un pueblo grande, con muchos barrios y, quintanas que se extienden en dirección al monte: pero debe ser lugar muy húmedo, porque está entre el monte y el río, y muy cerca de ambos.

A la salida de Santianes empieza una gran curva. La carretera se ciñe a la roca de la montaña, sobre el río, cuyo contacto no perderemos hasta Arriondas. Los cielos grises, al reflejarse sobre él, oscurecen sus aguas, y le bordean árboles negros, tristes, sin hojas, en tanto que las aguas bajan con lentitud: aquello parece una descripción de Gustave Flaubert. Y aparece Omedina en la carretera, de nombre que parece extraño para esta tierra: enfrente está Cuevas, en la otra margen, y tal parece que los dos son el mismo pueblo que se refleja desde una y otra orilla en el espejo del Sella: lo mismo sucede, poco más adelante, con Llano de Margolles y Toraño. Después de pasar Fríes, en Llordón el concejo de Cangas de Onís se mete en la carretera.

Es curioso esto de los concejos: la margen derecha del Sella pertenece a Cangas de Onís, y la izquierda a Arriondas; y así hasta la primera capital de España, que tiene uno de los pies en su puente medieval en Arriondas y el otro en Cangas de Onís.

Margolles se extiende hacia el río y por la carretera, y su nombre evoca las márgenes de un río, un lugar húmedo, en el que se entierran los pies al andar. Según Manuel de Foronda, su parroquia de San [256] Martín comprende las aldeas de Llano, Llozones, Viña y Villa y «fue donada por el infante D. Ramiro, hijo de D. Alonso III, siendo gobernador de Asturias y reinando en León D. Alonso IV, a la iglesia de San Salvador, y entre otras cosas dice: «la de San Marcos, situada cerca del río Sella y en la villa de Margolles», «Existe este lugar a una legua de Cangas a la derecha del Sella»». Al otro lado del río está Toraño. A la salida de la estación de ferrocarril de Llovio, el tren cruza el río y va por la otra orilla hasta llegar a la de Arriondas, comunicando los pueblos de Cuevas, Toraño y Fuentes. Un camino a la derecha de Margolles lleva también a Toraño, en tanto que Cuevas queda aislada, al otro lado de la gran cueva, salvo por ferrocarril.

Sigue en la carretera hacia Arriondas el muy extendido pueblo de Triongo, que está en una recta, que sorprende en un territorio tan quebrado. Aunque a Foronda este camino le parecía ameno: «Pocos caminos ofrecen tan seductor conjunto ni más agradable esparcimiento como el que de Ribadesella conduce a Cangas de Onís, pasando por las Arriondas. Altas montañas a nuestra izquierda, y al pie de las mismas, el camino que les roba parte de su base. El río Sella, a la derecha, y sobre éste y a veces modificando su curso, emplazada la carretera. Al otro lado de las vertientes de las altas cumbres que limitan el horizonte: caseríos aquí y allá; aldeas ya reclinadas sobre las laderas vecinas, ya mirándose en las limpias aguas del río; árboles seculares, cañaverales frondosos, verdura y reposo por todas partes». Sin duda cada uno tiene su propia percepción del paisaje, y no vamos a contradecir aquí al autor de «De Llanes a Covadonga»: pero esta carretera es angosta, y sólo a la llegada a Triongo el paisaje se ensancha y se amplía la vega del río. La recta que hace la carretera es notable, y donde [257] acaba la recta, acaba Triongo. El pueblo tiene iglesia grande y al lado una buena casona, y el caserío está desahogado; según Madoz, «reinan todos los vientos, siendo el menos frecuente el E. En opinión de Foronda, Triongo se refiere al número tres, lo mismo que Trías, en la parroquia de Moro, en Ribadesella, «y lo mismo pueden ser salidas, que habitaciones, que altos, que largos, &c. La iglesia fue donada por D. Ramiro, regente o gobernador de Asturias, a la de San Salvador de Oviedo, lo mismo que la de Margolles, en 926, y había sido propia de su tía la reina doña Jimena. Y especifica Marina: «Dice el instrumento que era un monasterio situado cerca del río Sella, hoy Sella, como efectivamente lo está en el día el lugar y parroquia de Triongo, sobre la derecha del río. Señala los términos del monasterio comprendidos en él, a saber: las villas de Livia y la llamada Río, aunque ignoramos a qué lugar podría corresponder la primera, si sería el que hoy existe con el nombre de Coviella o Coviella o el de Labra, incluido en la parroquia de Abamía; pero no hay duda de que la segunda corresponde al pueblo o aldea que hoy subsiste en aquella parroquia con el mismo nombre de Río».

Si seguimos con Foronda, que llevaba nuestro camino, encontramos que «la estrecha cuenca o valle que vamos cruzando se extiende más a nuestra vista y presenta mayor superficie hacia la derecha. Ya llegamos a una encrucijada en cuyo centro se eleva un casetón de madera que no ha mucho servía para cobrar el derecho de portazgo. Estamos en las Arriondas (20 metros de altitud). A la derecha sigue el camino de Oviedo por Infiesto y Pola de Siero; al frente el de Covadonga». El casetón de madera ya no existe desde que lo vio Foronda, y desde entonces Arriondas ha [258] crecido mucho. Pero no entramos en esta villa, que es el límite del Oriente por Occidente, y que parece un lugar de alta montaña, tan cerca del Sueve y con los Picos de Europa en la lejanía, sino que seguimos, en compañía de Foronda, hasta Cangas de Onís. De Arriondas parten todos los años los piragüistas, después de escuchar el disparo del cañoncito, en busca de Ribadesella, en dirección inversa a la que hemos seguido. Se trata de una de las fiestas más populares del verano asturiano, conocida en todo el mundo. Según Raúl Prado, una canoa canadiense surcó el río Sella, aguas arriba, en el año 1915, con salida desde Ribadesella. Este hecho, aparentemente inocuo, se sitúa en la prehistoria de un verdadero acontecimiento deportivo y festivo, en el que los ríos de vino no tienen menor caudal que el del Sella, una vez que ha concluido la jornada del remo, y se ha seguido a los palistas río abajo, a pie, a caballo o en coche, o, para mayor tipismo, desde el tren fluvial.

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José Ignacio Gracia Noriega, Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 254-258
 

La Montaña Mágica José Ignacio Gracia Noriega / Entre el mar y las montañas
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