José Ignacio Gracia Noriega

Peregrinaciones a Compostela
 

Me hace llegar Nicanor Fernández «Las peregrinaciones a Santiago de Compostela», de Luis Vázquez de Parga, José Mª Lacarra y Juan Uría Ríu, en la edición facsimilar realizada por Iberdrola sobre la publicada en 1948 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Los tres tomos vienen en elegante y discreta pasta azul, sobre la que figura, en amarillo, el nombre de los autores y la numeración del tomo, y en naranja, el título de la obra. Y nada más. Se trata de una obra ya clásica en la historiografía española. Obra sugestiva e impresionante por la gran épica que desentraña y desarrolla, por la variedad y cantidad de noticias que aporta, por los lugares, textos y personajes que cita, y, por tanto, utilísima por los más variados y diferentes conceptos, que se lee como erudición y también como un vasto, casi interminable, relato de aventuras, cuyo protagonista es un camino, que se calca en la tierra desde las estrellas. Acaso algún medievalista comedido, de estrecha mente y escuela, tuerza el gesto si se le insinúa que «Las peregrinaciones a Santiago de Compostela» es, además de erudito, libro ameno y confortable, muy adecuado para ser leído a lo largo de varias tardes de lluvia, mientras la tarde se encamina hacia el crepúsculo (que cae también hacia el Occidente de la tierra, lo mismo que Santiago) y llueve en el jardín. Utilísima es, asimismo, esta reimpresión, ya que la mencionada del Consejo Superior de Investigaciones Científicas es poco menos que inencontrable. «No obstante el tiempo transcurrido desde su aparición, aquellos tres volúmenes sobre "Las peregrinaciones a Santiago de Compostela" (Madrid, 1948-1949) constituyen todavía un instrumento de consulta imprescindible sobre el tema y sus directas connotaciones históricas –escribe A. J. Martín Duque–; reproducida hace una docena de años por iniciativa de la Diputación de Asturias –en homenaje póstumo al profesor J. Uría Ríu– la obra volvió pronto a agotarse.» Aunque su contenido sea poco menos que inagotable, el libro se agota. Es conveniente, por tanto, que salgan nuevas reimpresiones de cuando en cuando. Obras como éstas incitan a la publicación de otros trabajos que de ella proceden, como «Las peregrinaciones a San Salvador de Oviedo en la Edad Media», por el profesor Ruiz de la Peña y otros, que no aportan nada nuevo, aunque la prosa en este caso sea notoriamente más plúmbea. Es, en consecuencia, más provechoso y entretenido leer el original.

Hubo, como es sabido, muy diversos tipos de peregrinos, aparte los peregrinos que iban y los que volvían, porque no es lo mismo ir que volver. Y la peregrinación no sólo es el camino y quien lo recorre, sino lo que en el camino hay. Y en el camino, como enumera Valle-Inclán al reseñar el «Codex Calixtinus», hay de todo: «Sus riesgos y mantenimiento, los engaños de los hospedajes, la condición selvática y bronca de muchas villas y lugares donde (los peregrinos) les ocurría hacer huelga.» Ir de peregrinación era salir a la aventura; y esto tratándose de peregrinos devotos y bien intencionados, que iban de peregrinación por cumplir una promesa o por venerar las santas reliquias, y sin tener en cuenta a los aventureros de variada calaña que con ellos se mezclaban.

Entre los muchos peregrinos de que se tiene noticia y cuyo nombre se conserva, figura un vecino de Pola de Gordón llamado Romano, a quien, pareciéndole que Santiago de Compostela quedaba a la vuelta de la esquina, peregrinó a Jerusalén el año 1090. Nos da noticia de él don Francisco Escobar en sus «Apuntes para la historia del municipio de Gordón», alegando que «las peregrinaciones a Jerusalén eran frecuentes desde Asturias y Galicia, y en consecuencia desde las montañas de León». Insisto: para quienes tenían a Compostela al lado, Jerusalén tenía que parecerle de más mérito. Antes de partir, Romano hizo testamento, que se conserva en un pergamino archivado en la catedral de Oviedo. Era Romano vecino de Conforceo, poblado hoy desaparecido, y antes de ponerse en camino legó sus bienes a la basílica de San Cipriano, junto al río Bernesga. En Oviedo, ¿se habrá detenido y habrá inclinado la cabeza ante el Salvador? Allí habría coincidido con peregrinos jacobeos que a punto estaban de culminar su peregrinación, en tanto que Romano apenas iniciaba la suya. Historias de peregrinos: excelentes lecturas para las tardes del otoño, o de esta primavera otoñal.

 
La Nueva España • 13 de junio de 2000
 

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