José Ignacio Gracia Noriega

Paulino Vicente y Oviedo
 

Paulino Vicente nació en 1900: el último año del siglo XIX o el primero del siglo XX, aunque no vamos a insistir aquí en la consabida polémica. Pero lo cierto es que ahora se cumple su centenario, concretamente el 27 de noviembre. Todavía queda tiempo por delante hasta esa fecha, pero conviene ir avisando, porque luego pasa lo que pasa: que a lo peor pasa inadvertida, como tantas veces ocurrió y como tantas veces ocurrirá. «En 1900 nacen en Oviedo tres de los mejores pintores que ha tenido Asturias en todos los tiempos: Luis Fernández, Joaquín Vaquero y Paulino Vicente», escribió Jesús Villa Pastur. Aunque, según Antonio Masip, Paulino se quita un año. 1900 fue año de buena cosecha en Asturias: también nace, el 16 de marzo de aquel año, Juan Antonio Cabezas (fecha que, desgraciadamente, ha pasado inadvertida). Poco antes, en 1898, nace en Aldea del Obispo, aunque oriundo de Castropol, José Díaz Fernández; y poco después, en 1902, nacen Alejandro Casona, Pedro Caravia y José María Uncal. Esto, en lo que a literatura se refiere. En lo relativo a pintores, poco antes que Paulino Vicente nacen Eugenio Tamayo, Casariego, Sócrates Quintana y Mariano Moré; y pocos años después: Marola, Aurelio Suárez, Pedro Álvarez Miranda y Goico Aguirre. Su estricto contemporáneo Juan Antonio Cabezas escribió en LA NUEVA ESPANA, en 1988, un afectuoso artículo titulado «Estudio para un retrato: Paulino», donde, además de reconocer que Paulino Vicente había nacido en 1900 en el Campillín, acotando: «Somos de la misma quinta, camarada» (tenían por aquel entonces los dos 88 años y ambos estaban todavía en muy buena forma), señala algunas cosas que merece la pena recordar: que Paulino Vicente es un pintor preferentemente urbano (aunque también nos haya legado grandes paisajes e impresionantes documentos sobre el mundo rural); que Paulino es un pintor de Oviedo y que es también un pintor de la Generación del 27. En Madrid cursó estudios en la Escuela de San Fernando y fue condiscípulo y compañero de residencia (de la Residencia por antonomasia) de Salvador Dalí, Cristino Mallo, Pellicer, Briones y Goico Aguirre. De aquellos años data su amistad con Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Buñuel y Gerardo Diego, quien contempla a Oviedo en verso a través de los cuadros de Paulino:

«Las viejas casas de Pilares,
todas con alma de azafrán,
cuando deja el sol sus soñares
en las fachadas del Fontán.»

Paulino Vicente y Oviedo. No es posible imaginamos ya Oviedo sin Paulino Vicente. «El pintor Paulino, menudo, elegante y vibrante, humorista, zumbón y pragmático, es tan ovetense, tan vecino del Oviedo esencial, que lo es de la milenaria capital de Asturias, la ciudad construida con piedra roja, sacada debajo de las faldas verdes de la montaña Naranco y de la otra, la de ficción novelesca –tipos móviles y fantasía–. Porque Paulino, como un Clarín del pincel, ha pintado la geometría histórica y monumental de Oviedo –la Catedral incluida– y ha pintado lo que es sólo color, olor y espíritu: Vetusta y Pilares, los otros Oviedos perdurables», asegura Cabezas. Del mismo modo que en esos libros –faltan el repaso de Cabezas la Lancia de Palacio Valdés y el Oviedo, simplemente Oviedo, de Dolores Medio–, perdura Oviedo también en los cuadros de Paulino Vicente. Emilio Alarcos le evoca en la tertulia de Casa Noriega, o subiendo y bajando por el Oviedo de siempre: «Era una mezcla extraña pero densamente unitaria de señorito andaluz, dandy británico y sentencioso paisano astur que remontaba al trote ligero Rosal arriba o descendía rítmicamente sin prisa Santa Cruz abajo, que en cualquier cantón se detenía, escrutador y subrepticiamente sonriente, contemplando un árbol, un niño ensimismado en sus abisales imaginaciones, un rompimiento de nubes o de luces en el cielo, un alero claudicante y musgoso, una moza retrechera y de buen ver, un jubilado renqueando al recuerdo de su lozana adolescencia, una lozana zabarcera con remango hacia el Fontán.»

Paulino Vicente, además de ser Oviedo, fue otras muchas y excelentes cosas. Pero como dice Antonio Masip, «Paulino y Oviedo, Oviedo y Paulino, en el siglo XX, son la misma cosa».

 
La Nueva España • 27 de junio de 2000
 

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