José Ignacio Gracia Noriega

Hormigón y paisaje
 

Anda mi buen amigo Alberto Polledo, que acaba de escribir un libro sobre el concejo de Quirós que saldrá a las librerías en breve, preocupado porque el desarrollismo incivil y mercantil, hermano del alma de la especulación inmobiliaria salvaje, avanza de oriente a occidente, y ya se acerca a las comarcas asturianas del centro, donde ha surgido algún alcalde desarrollista y «con ideas», que es lo peor que puede tener un alcalde. Decía Macaulay, con toda razón, que muchos despropósitos no habían llegado a cometerse en Inglaterra por falta de dinero. Pero ahora los ayuntamientos multimillonarios y muchos alcaldes gastan en auténticas tonterías más dinero del que disponen muchos estados africanos para atender dignamente a sus súbditos.

No acostumbro a escribir sobre Llanes, porque aparte de que hay unos cuantos que piensan que la villa es suya y de los veraneantes, y de quien mande, tengo entendido que todavía se publica por esos pagos cierto periodiquillo local al que pueden ir con sus quejas los agraviados por la Administración municipal, para que escuchen qué les contestan. Pero no: muchos vienen a mí lamentando que escriba sobre Tineo, Pola de Siero, Mieres, Cudillero o Villaviciosa y, en general, «de gente a la que no conoce nadie»: porque en Llanes, fuera de la propia villa, Madrid y México, el resto del mundo no existe: «A partir de aquí, leones», está grabado en la mentalidad de multitud de llaniscos, como en los mapas antiguos. Lo que a mis vecinos les gustaría es que yo volviera a ocuparme del Alcalde. Pero que no le hubieran votado; porque ese individuo volvió a ganar por mayoría absoluta, y no precisamente con mi voto. Ahora bien, a pesar de esta norma tan higiénica, no me queda otro remedio que denunciar que han destrozado el entorno de la playa de Toró con una terrible senda de hormigón abierta, como una herida mortal, sobre la breve colina en la que se respalda. Aquí vio Laurent Vital, el cronista de Carlos de Gante, el soplido del bufón, que elevaba, y sigue elevando, su chorro de agua desmenuzada contra el cielo, como si fuera una lanza. ¿Cómo es posible haber hecho tal burrada? Porque si se trata de que la gente pasee, tampoco es necesario que les abran los caminos con palas excavadoras. Pero hay ese dinero que manda «Europa» a espuertas, y como hay que gastarlo, se gasta en cualquier cosa. El urbanícola, es decir, el veraneante, no va al campo ni a la playa, sino que pretende trasladar la ciudad, con sus coches, hormigón y teléfonos móviles, al campo o a la playa. Un campo perfectamente hormigonado debe de ser el espectáculo más delicioso para el funcionario de Madrid que sale como toro del toril cada fin de semana. Y lo malo es que el español de esta sociedad industrializada empieza a sentirse orgulloso de ignorar el campo o de transformarlo en una caricatura de la ciudad. Las urbanizaciones de adosados parecen barriadas y ya se empieza a alardear de que existen niños que creen que las lechugas crecen en los pasillos de los supermercados y que las vacas dan la leche envasada en forma de yogur. Para combatir estos cretinismos modernizantes, nada más apropiado que la leyenda grabada sobre una pared de la plaza Mayor de Villadiego, debajo de una argolla, que advertía al aldeano que bajaba en coche a la villa que no olvidara, mirando hacia la argolla, que allí ataba la mula su abuelo. Pero la última vez que pasé por la histórica villa burgalesa, aires sin duda modernizantes y europeos abolieron la leyenda y la argolla.

No sería deseable que se exportara el modelo turístico llanisco al resto de Asturias; como mucho menos lo sería que se intentara hacer en las demás montañas asturianas, que según Concha Espina son la «mesa del Señor», lo que se ha hecho en los Picos de Europa. Es indispensable alejar el hormigón y los coches de los montes. Otro buen amigo y amigo de los montes asturianos, Nicolás Salvador Egido, preocupado por Peña Ubiña, propone que para acercarse a esas bellezas incomparables el automóvil individual sea sustituido por un servicio de autobuses municipal. La propuesta es sensata. El autobús ahorra la subida de una docena de coches en cada viaje, y sus secuelas, como aparcamientos, etcétera. Ahora, a esperar que alguien nos haga caso, y que Peña Ubiña no acabe como Toró.

 
La Nueva España • 14 de julio de 2000
 

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