José Ignacio Gracia Noriega

Carmen Martín Gaite: nunca se van solos
 

En 1984 publiqué un artículo titulado "Nunca se van solos", en el que comentaba, a propósito de las muertes, casi simultáneas, de James Mason y Richard Burton (ambos grandes intérpretes de Shakespeare en el cine, para mayor coincidencia), que los grandes actores, en efecto, nunca se van solos, pues poco tiempo antes habían fallecido, también a la vez, Ingrid Bergman y Romy Schneider (dos actrices de fuerte personalidad y vida triste, cosmopolitas y rebeldes, que habían brillado fuera de sus países de nacimiento respectivos), y por las mismas fechas, y ya de muy avanzada edad, dos figuras ilustres del cine clásico norteamericano, del de toda la vida, el actor Melvyn Douglas y el director William Wyler (que, por lo demás, y aparte de representar ambos al mejor Hollywood, habían trabajado juntos en una película, "El abogado", en los años treinta). Mas ahora se van de tres en tres: Vittorio Gassman y Walter Matthau murieron con un día de diferencia, y pocas semanas más tarde los sigue sir Alec Guinness.

Esta macabra coincidencia, también por tríadas, parece haberse desplazado al mundo literario. José Ángel Valente, Carmen Martín Gaite y Eladio Cabañero mueren al mismo tiempo. En el caso de los dos primeros, otra circunstancia hace más siniestra, si cabe, la coincidencia última y definitiva: Carmen Martín Gaite y José Ángel Valente, que casi compartieron fecha de muerte, habían compartido el premio "Príncipe de Asturias" de las Letras. En la ceremonia del teatro Campoamor, por lo tanto, estaban los dos juntos, y Carmen Martín Gaite habló en nombre de los dos, pronunció unas hermosas palabras que recordarán los lectores de este artículo, pues fueron publicadas en las páginas de este periódico al día siguiente de su muerte. Nacida en Salamanca en 1925, Martín Gaite pertenecía, como Valente, a la llamada Generación del 50, que fue, como se sabe, una generación principalmente de poetas, aunque, como la del 27, también tuvo sus prosistas. Carmen Martín Gaite fue una de sus prosistas más destacadas.

Tenía Carmen Martín Gaite aire juvenil y simpático, con esas gorritas y boinas a la francesa que se ponía o con la melena suelta. Su aspecto en general era el de una mujer de su época que se había adelantado a su tiempo. Tenía el aire inequívoco de estudiante de Filosofía y Letras de los años cuarenta. Este aire, muy agradable, por cierto, se mantuvo en la Universidad española hasta la mitad de los años sesenta. Yo tuve compañeras en la Universidad de Oviedo que eran así: sutiles, elegantes, independientes y con sentido del humor, cultas y afrancesadas. Pero luego las mujeres empezaron a acudir a las aulas en pantalones, a fumar por la calle y a meterse en política, y la cosa cambió. Hay quien dice que las medias sin costura representaron un duro golpe para la misa de los domingos, pues no se sabía si las devotas las llevaban o no las llevaban. Algo parecido sucedió en la Universidad cuando las chicas empezaron a ir a la Universidad como quien va de excursión y a los chicos dejó de exigírseles la corbata. Prueba de ello es que se masificó, y que la de ahora no es mejor que la de antes.

Carmen Martín Gaite se dio a conocer con "El balneario", premio "Café Gijón" de 1954. Aunque un poco rezagada cronológicamente con respecto a ellas, forma trío con Carmen Laforet y Ana María Matute, las tres novelistas de la vida corriente. Se ha llegado a decir de Martín Gaite que es la "novelista de lo cotidiano". Pero caigo en la cuenta de que lo cotidiano no es literatura. A la observación de lo cotidiano ("Entre visillos": título muy significativo de un punto de vista) le añadía su peculiar sensibilidad, que convertía en luminosas cosas de todos los días. También trató, en su obra teatral "La hermana pequeña", el asunto de la mujer que consigue su libertad por sí misma, tan caro a nuestra Sara Suárez Solís. Como buena mujer escritora, se ocupó de asuntos de mujeres incluso como ensayista: "Usos amorosos del dieciocho en España". No es un reproche, pero la mujer, al escribir, no se libera de su condición de mujer. No voy a decir que deba escribir sobre cuarteles de caballería, pero Carson McCullers lo hizo y no le salió mal. La ternura, la sensibilidad, el humor de Martín Gaite, incluso su desenvoltura, son muy femeninos, y muy agradables, por lo tanto. Aunque en su rostro se labraba el paso del tiempo, no renunciaba a su aspecto de otra época, a la viveza de la mirada, a la melancolía de quien reconstruye la irremediable juventud como si fuera el cuento de nunca acabar. Qué quieren que les diga: Carmen Martín Gaite siempre me produjo una impresión de juventud perdida y tenazmente conservada. Una actitud que reúne coraje y nostalgia.

 
La Nueva España • 16 de Agosto de 2000
 

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