José Ignacio Gracia Noriega

Enrique Jardiel Poncela
 

Enrique Jardiel Poncela es la gran figura del teatro español del siglo XX. Hay que decirlo así para evitar ambigüedades que siempre tienden a empequeñecer. O, para ser más exactos, el teatro español del siglo XX tuvo dos grandes autores que siguieron, cada uno por su lado, las dos grandes vías abiertas por el teatro clásico: por la vía trágica fue don Ramón del Valle Inclán, a quien nadie ha igualado en ese terreno, desde Calderón de la Barca acá, a pesar de los muy notables intentos de García Lorca; y por la cómica, Enrique Jardiel Poncela. De hecho, esta vía resultó mucho más fecunda en lo que se refiere a la calidad de los seguidores de ella, entre los que destacan Miguel Mihura, Edgar Neville, Tono, López Rubio; aunque, en rigor, tal vez sea sólo Mihura quien pueda codearse con Jardiel Poncela en un plano de parecido entendimiento del humor. Ambas vías parecen haberse cerrado en épocas más recientes, a causa de la chabacanería de los seguidores de la cómica, como Alfonso Paso o Alonso Millán, o de la pesadez y espesa trascendencia, bien adobada con cursilería, de los seguidores de la vía trágica, entre los que sobresalen los sobrevalorados Alejandro Casona (en otro tiempo) y Buero Vallejo, y el insulso y cursilísimo Antonio Gala. Frente al acartonamiento y la pedantería de éstos, y a las chocarrerías de los autores cómicos al uso, el teatro de Jardiel Poncela nos reconcilia con el terreno. Porque sus obras son, ante todo, teatrales, mientras que las de Buero son sermones y las de los cómicos al uso, groserías de cabaret (por cierto, Jardiel odiaba el cabaret, puede que de forma un tanto excesiva).

Jardiel Poncela procede de la zona cómica de nuestro gran teatro clásico, a la que no eran ajenos, ni mucho menos, autores en apariencia tan solemnes como Calderón, pero poseedores también de un poderoso sentido del humor. Como en el de nuestros clásicos, en el teatro de Jardiel hay acción e invención verbal. Es un teatro de situaciones: de situaciones en ocasiones disparatadas, con personajes inolvidables. Otra línea del teatro cómico español es la de don Ramón de la Cruz, que dio lugar a un género castizo y muy popular (en todos los órdenes: el sainete siempre gozó de éxito), que en el siglo XX tuvo cultivadores magníficos, como Carlos Arniches y Pedro Muñoz Seca. Sin embargo, el teatro de Jardiel Poncela no se aproximaba a esos rumbos. En relación con el costumbrismo madrileño del sainete, el teatro de Jardiel Poncela era cosmopolita y elegante. Leyendo a estas alturas sus comedias, no resulta disparatado imaginar a Jardiel como guionista de Ernst Lubitchs. Parte de su teatro tiene el aire irrepetible, como de burbujeo de champagne, de las comedias hollywoodienses de los años treinta. Lo lamentable es que en el teatro y el cine español no había caballeros como William Powell o Melvyn Douglas para descorchar el champagne, ni señoritas como Greta Garbo o Carole Lombard para beberlo. Y no se detiene ahí el teatro de Jardiel Poncela, quien, después de dos estancias en Hollywood, había intuido que el teatro debe imitar al cine, y no al revés. «Siempre escribo teatro pensando en el cine; pensando en que el teatro que hago acabará por ser cine». A fin de cuentas, ¿no es cine el teatro de Shakespeare, de Lope de Vega, de Tirso de Molina? Pero, además de tener sus tradiciones, Jardiel es un precursor. No dispongo de datos para afirmar que Ionesco le debe a Jardiel, pero sí para suponer que a los dos se les ocurrían cosas semejantes.

Jardiel Poncela nació con el siglo, es decir, hace cien años: el 15 de octubre de 1901. Parece mentira. Porque leemos cualquiera de sus obras y, desde el título, las encontramos más modernas que cualquier obra que acabe de escribirse ahora mismo. Como novelista era inferior al comediógrafo, por lo que sus novelas con mejores en el diálogo que en las acotaciones. Pero de todos modos, ofrecen momentos de irresistible comicidad.

 
La Nueva España • 11 de julio de 2001
 

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