José Ignacio Gracia Noriega

El «federalismo igualitario» y Vicente Uribe
 

Si Vicente Álvarez Areces fue a Cataluña guiándose de la conseja antigua de «a donde fueres, haz lo que vieres», pudo haber estado más o menos oportuno teorizando en presencia de Pujol sobre la entelequia del «federalismo igualitario», aunque recuerda, más bien, aquella época bochornosa en la que González iba a Noruega a explicarles qué es la democracia a los noruegos. Areces va a contarles a los catalanes algo que podrá ser una aspiración de algunos catalanes, pero que jamás preocupó a los asturianos. Por otra parte, lo de darle al federalismo el apellido de «igualitario» es algo así como intentar la cuadratura del círculo. Porque el federalismo es todo lo contrario del igualitarismo, ya que se fundamenta en la particularidad. Si le quitamos al federalismo catalán la butifarra, la barretina y la Moreneta, se queda en poca cosa. Lo del «igualitarismo» sin duda alguna es un homenaje de Álvarez Areces a su anterior ideología igualitarista. Pero bajo ninguna circunstancia podrá ser lo mismo un federalismo catalán que un federalismo asturiano. Por múltiples razones, que van desde la falta de tradición federalista entre asturianos hasta la gran diferencia de potencial económico entre ambas regiones, un federalista será superior al otro, y no hace falta que yo ponga aquí cuál va a ser el de primera división y cuál el de categoría regional. Cuando se ponía en marcha el formidable parto de los momentos del Estado de las autonomías (según mandato constitucional), sus muñidores y comadronas invocan la solidaridad como norma de oro. Bien: ¿dónde está esa solidaridad? Cada cual quiere apañar para su casa, y el que es más fuerte, o dispone de banda armada, se lleva la parte del león. Al que tiene río, le importa muy poco que los de la autonomía de al lado se mueran de sed. Lo hemos visto recientemente. Gran ejemplo de solidaridad dieron quienes se creen los amos del Ebro.

No, el federalismo no puede ser igualitario, aparte de que esa ideología es totalmente extraña a la izquierda española y esa forma de gobierno es innecesaria en España. Se justifica en Rusia debido a su enorme extensión territorial; y en los EE UU, donde se iban creando los estados conforme avanzaba la penetración hacia el Oeste. Pero en España, donde se puede llegar en el día al lugar más apartado de Madrid, ¿qué necesidad hay de autonomismo y de federalismos? No comprendo que los partidos políticos se entusiasmen con esas cosas, debido a que multiplican la burocracia y a que gracias a ese tinglado encuentran acomodo los políticos de segunda fila, que no tienen esperanzas de encontrar un hueco en el Gobierno central. Pero que no nos digan que son necesarias ni que sirven para resolver problemas.

El verdadero problema es que la izquierda (y englobo en esa denominación a socialistas y comunistas y a grupos aún más desviados), al menos en España, ha renunciado al sentido nacional y ha aceptado, con completa inconsciencia, una táctica tan propia de la derecha localista como es el separatismo en sus diversas tonalidades: desde el autonomismo según mandato constitucional hasta las versiones violentas y furibundas. No insistiré en este punto, que ha sido señalado con su lucidez habitual por Gustavo Bueno. La izquierda hizo suyo ese verso desolado por derrotista de León Felipe: hermano, tuya es la casa, la hacienda, la pistola y el caballo. Perdida la guerra civil en 1939, la izquierda se resignaba a perderlo todo, echando España por la ventana. Fue un error imperdonable aceptar que Franco y su régimen representaran el sentido nacional. Error que estamos pagando ahora con sangre y bombas. Porque en política, la insensatez se paga cara. La izquierda perdió en su alianza con los separatismos, hasta el extremo de que un muy cualificado ex comunista invoca el federalismo ante un partido catalanista ferozmente burgués.

Naturalmente, la izquierda española no siempre fue tan insensata o tan oportunista.

Vicente Uribe Galdeano (1897-1962) fue miembro del PC y ministro de Agricultura durante prácticamente toda la guerra civil española, con los gobiernos de Largo Caballero y Juan Negrín (desde el 5 de septiembre de 1936 al 18 de mayo de 1939). En plena guerra, publica en Valencia el folleto «El problema de las nacionalidades en España a la luz de la guerra popular por la independencia de la República española»: texto de 23 páginas muy sugestivo, que lleva el pie de imprenta de Ediciones del Partido Comunista de España. Barcelona, 1938. Es texto poco conocido, muy raro. Supongo que el buen amigo Laso lo conocerá y podrá hacer sobre él atinadas glosas. Con toda seguridad, Álvarez Areces no lo ha leído. Para Uribe, «las cuestiones particulares de catalanes, vascos y gallegos están ligadas vitalmente a la cuestión nacional de toda España». No admite Uribe, como comunista estalinista, que haya disgregación de intereses frente al interés, común, de la «gran patria». Para Uribe, los separatismos, nacionalismos o federalismos (que no cita) son un paso. Nunca una meta. Habría que leer con alguna atención los viejos textos antes de lanzarse en plancha por los despeñaderos del oportunismo.

 
La Nueva España • 22 de julio de 2001
 

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