José Ignacio Gracia Noriega

Dostoievski en la casa muerta
 

Supongo que para experimentar lo que siente un condenado a muerte no basta con escuchar o leer a alguien que haya pasado por tal trance; también tiene que saber referirlo. El 22 de diciembre de 1849, Fiodor Dostoievski le escribe a su hermano Misha, desde la fortaleza de San Pedro, relatándole los terribles momentos que había pasado ante el pelotón de fusilamiento. Primero les fue leída a los condenados la sentencia de muerte y les permitieron besar la cruz; después «amarraron a los tres primeros para llevar a cabo la ejecución. Yo era el sexto y nos llamaban de tres en tres, por lo tanto, estaba en el segundo grupo, y no me quedaba de vida más que un minuto». Pero los soldados del piquete no dispararon; en el último momento llegó el indulto concedido por su Majestad Imperial: a cambio de la vida, Dostoievski tuvo que cumplir cuatro años de trabajos forzados en Siberia; «y después me harán soldado raso». Gracias a la «benignidad» del zar (que no ahorró a los condenados el simulacro del fusilamiento, ya que no estaba dispuesto a fusilarlos), podemos leer algunas cumbres absolutas de la novela («Crimen y castigo», «El eterno marido», «El jugador», «los hermanos Karamazov»), que jamás se habrían escrito de haber muerto Dostoievski aquella mañana de crudo invierno y, sobre todo, «Memorias de la casa muerta», que no se hubiera podido escribir de no haber sido condenado su autor a Siberia.

«Memorias de la casa muerta», que publica Alba Editorial en su gran colección Alba Clásica Maior, en nueva traducción de J. García Gabaldón y F. Otero Macías, es uno de los libros más tremendos de la literatura universal. Acaso sólo hay otro libro que puede ponerse a su altura: «El troquel», de Thomas Edward Lawrence, aunque entre ambos existe una sustancial diferencia: Lawrence relata una experiencia dura aunque voluntaria, mientras que Dostoievski desciende a los infiernos y hubiera podido leer a la entrada de la fortaleza de Oremburg el terrible verso que Dante estampó a la entrada de su infierno literario: «Lascite ogni speranza voi ch’entrate» (noventa años más tarde, un gran poeta, Ossip Mandelstam, también deportado a Siberia, moriría en aquellas extensiones heladas recitando a Dante y a Petrarca: ya no había zares en la vieja Rusia, pero Siberia estaba donde siempre estuvo, y seguía cumpliendo su función habitual).

No sólo es «Memorias de la casa muerta» un libro tremendo e infernal. «Es un horror verdadero escrito reciamente por un hombre que fue capaz de soportarlo», escribe Cansinos Assens en el prólogo a su traducción (reimpresa hace un cuarto de siglo por una editorial de Gijón, Júcar). Es la superación del infierno, porque Dostoievski fue capaz de abandonarlo y de mirar de nuevo hacia él. Sabido es que Orfeo desciende a los infiernos para buscar a Eurídice, aunque la pierde de manera definitiva porque es incapaz de resistirse a echarle una última mirada al horror. Dostoievski, por el contrario, no salió perdiendo del infierno, sino ganando. Los primeros años de su reclusión fueron terribles. Está aislado en Siberia, «como Daniel en el patio de los leones», escribe Cansinos Assens, «defendido por el ángel de su genio, por ese ángel que suelen tener a su lado todos los escritores en prisión. Precisamente porque es incapaz de congraciarse, en virtud de su genio, con el horror que le rodea y justificárselo, y darle un valor de formación espiritual, no queda muerto para siempre en esa casa de los muertos, y sale de ella un día, fortalecido de alma y cuerpo, más vigoroso y al par más sensitivo, rico de una experiencia que sólo allí podía haber encontrado y con un nuevo criterio, como de ultratumba, para juzgar todas las cosas». También por este motivo podemos leer su espeluznante testimonio como una imperecedera obra de arte. No se apresuró Dostoievski a escribir sus recuerdos, que no empiezan a publicarse hasta abril de 1861 en la revista «Vremia». Durante los años de destierro apenas le permiten leer; tan sólo los Evangelios. Gracias a ello, Raskolnikov se salva, y Dostoievski es el más grande escritor cristiano de la época moderna.

«Memorias de la casa muerte» ejerce una extraña fascinación sobre el lector, con imágenes que no se borran. Así, el paso de los días, todos iguales, todos monótonos, todos sombríos, o la figura del recluso catarroso, o la intuición de la tragedia de Sísifo al realizar trabajos mecánicos que no sirven para nada. Y, sin embargo, el penado se reafirma trabajando: «Yo sentía que el trabajo podía salvarme». Desde su primer día siberiano, soñó con la libertad. Su testimonio es el del triunfo del espíritu humano.

 
La Nueva España • 2 de agosto de 2001
 

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