José Ignacio Gracia Noriega

Aniversario de Alejandro Mon
 

Fabián Estapé es un tipo genial. Recuerdo que cierta noche José Luis García Delgado nos encomendó a Juan Vázquez y a mí que le lleváramos a cenar a El Molino de Puente Arce y le perdimos por el camino; cuando llegamos al restaurante, después de dar mil vueltas en su busca, ya estaba él sentado y cenando. De aquella Estapé estaba de muy mal humor porque sólo le permitían comer lechuga. Sólo un economista prestigioso, genial e independiente, y que además «hace tiempo ya» que se le ve socialista, podía declarar en tiempos tan democráticos como éstos que «España se salvó por el sable de Narváez y el cerebro de Mon»; y a la objeción que le hace Javier Neira de que Mon era un «carca», contesta Estapé que «era un liberal dentro de un sistema donde las libertades fundamentales estaban en peligro por la recientísima guerra civil entre los carlistas y los cristianos». El espadón de Narváez vino a poner orden en el gallinero en que se había convertido España y Mon a ordenar la Hacienda pública, que estaba en pésimas condiciones. Narváez era expeditivo y Mon eficaz. El «espadón de Loja» tenía la ventaja, sobre los gobernantes de su época y de ésta, de haberse dado cuenta de que los problemas realmente graves no se solucionan con paños calientes, aunque intentar solucionarlos le acarreara la enemistad de la mitad de la nación, y Espartero dijera de él, cuando murió, a modo de epitafio: «Que se lo lleven los diablos». Mas una política que únicamente se fundamenta en poner orden, sólo sirve para meter a gente en la cárcel; también es indispensable una buena administración, y ahí es donde interviene Mon de manera principalísima. «Terminada la guerra civil y asegurado el partido moderado de las altas regiones del poder, sentíase la necesidad apremiante de dotar al Presupuesto con recursos permanentes», escribe Manuel Pedregal. «La justicia reclamaba que, en primer término, se gravase la propiedad territorial. Con la supresión del diezmo, quedaba libre una carga pesadísima y estimaba don Alejandro Mon que podría satisfacer la nación, por inmuebles, cultivo y ganadería, 300.000 (millones de reales)». En definitiva, Alejandro Mon fue el primer recaudador a lo grande y como ministro de Hacienda implantó la contribución directa de la industria y el comercio, y la unificación de los impuestos sobre consumos.

Alejandro Mon y Menéndez había nacido en Oviedo el 26 de febrero de 1801, y cursó los estudios de Filosofía y Jurisprudencia en la Universidad ovetense, hasta doctorarse en Derecho Civil y Canónico. Aunque conservador en su madurez y en el ejercicio del gobierno, fue liberal exaltado en su juventud, hasta el extremo de ser condenado a muerte en rebeldía durante la reacción absolutista de 1823, siendo un ejemplo más de que quien no es radical a los veinte años no tiene corazón, pero quien continúa siéndolo a los cuarenta, no tiene cabeza. Estudiando en la Universidad de Oviedo, participó en las algaradas de febrero de 1820 en favor del restablecimiento de la Constitución de Cádiz y formó parte de la compañía de literarios. «Con la restauración en 1823 del absolutismo, huyó de Oviedo, permaneciendo oculto a lo largo de todo un decenio a fin de evitar el cumplimiento de la máxima pena que por sus actividades en la época constitucional le impuso la Audiencia», escribe Gabriel Santullano. Reaparece después de la muerte de Fernando VII, apoyado por su cuñado, Pedro José Pidal, y por el conde de Toreno, y evolucionando hacia el campo moderado, no tarda en ser elegido diputado y, tras ocupar una de las vicepresidencias del Congreso, es ministro de Hacienda por primera vez en 1837. Aunque su paso decisivo por ese ministerio se produce en 1844, bajo la presidencia de Narváez, ocupando también interinamente el Ministerio de Estado. A la caída de Narváez en 1846, Mon cesa como ministro de Hacienda por poco tiempo, ya que vuelve a ocupar esa cartera dos meses más tarde, en el Gobierno de Istúriz. Fue también presidente del Congreso y embajador en Viena y nuevamente ministro de Hacienda en 1849, en un nuevo gobierno de Narváez. En 1857 se le designa embajador en el Vaticano, y en 1858, y hasta 1862, en París. En 1857 figura como uno de los miembros fundadores por designación oficial de la Academia de Ciencias Morales y Políticas: pertenecer a reales academias es rasgo distintivo de la familia Pidal, con la que Mon estaba emparentado. Murió este ilustre hacendista, seguidor de Canga Argüelles, el 1 de noviembre de 1882 en Oviedo, en la calle donde había nacido y que lleva su nombre.

 
La Nueva España • 5 de agosto de 2001
 

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