José Ignacio Gracia Noriega

«Obras completas» de
Antonio Cánovas del Castillo

 

Las «Obras completas» de Antonio Cánovas del Castillo, publicadas por la fundación que lleva su nombre, constituyen un esfuerzo editorial monumental, en doce tomos, más otro de índice. De estos doce tomos, la mitad contiene intervenciones parlamentarias. Es preciso quitarse el sombrero ante aquellos políticos del siglo XIX, que eran cultos, sabían escribir y hablar, no desatendían sus actividades profesionales, y además, asistían a las sesiones del Parlamento.

Los parlamentarios profesionales de hoy, que entre todos no llenan un tomo de Cánovas del Castillo, a quien sólo superan en que cobran como marajás, debieran tomar ejemplo de esta formidable capacidad de trabajo.

Cánovas es, en política, el equivalente a Marcelino Menéndez Pelayo en literatura y erudición. Cuanto más me acerco a la obra de Menéndez Pelayo, más inconcebible me resulta. ¿Cómo es posible haber leído tanto, haber escrito tanto y, además, haber escrito bien, es decir, con prosa muy sonora y elegante? Y por si fueran poco sus erudiciones, críticas literarias, polémicas y escritos de compromiso, don Marcelino siempre tuvo tiempo para el verso; lo mismo que Cánovas, autor de un considerable número de versos que ocupan buena parte del tomo V de sus «Obras completas».

No vamos a descubrir ahora que don Marcelino y don Antonio eran poetas, porque sería exagerar, pero que dominaban la técnica del verso es incontestable. Cánovas del Castillo, al igual que Menéndez Pelayo, cuando se pone a ello es poeta de amplio aliento. Sus versos tienen sabor de época, con algún rescoldo romántico. También escribió una famosa novela, «La campana de Huesca», de la que Baroja decía, malévolamente, que se leía a carcajadas. No es para tanto. Esta novela merece figurar al lado de las novelas históricas del siglo XIX español, de «El castellano de Cuéllar», de Espronceda; de «Amaya», de Navarro Villoslada, y de la mejor de todas ellas, «El señor de Bembibre», de Enrique Gil y Carrasco.

Ninguno de estos autores es Walter Scott, desde luego. Por no ser novelista profesional, Cánovas se pliega cuidadosamente a los convencionalismos del género histórico. Además, el autor es historiador. Esto quiere decir que nos encontramos ante un texto sólido; no al gusto de hoy, evidentemente.

El estilo de Cánovas es bastante ampuloso y no renuncia a él en la novela, que exige una expresión más escueta. Pero no por eso deja de resultar notable esta novela, en la que se suceden episodios y personajes, y en la que no falta el sentido del humor.

«El solitario y su tiempo», sobre su pariente Serafín Estébanez Calderón, es una de las mejores biografías españolas del siglo XIX, y como tal está reconocida: va incluida en el tomo III, dedicado a «Biografías» (entre otras, la del rey de Marruecos Muley Abd-en-Ramán, la de Guillermo Federico I y la del cardenal Albornoz). Otro tomo, el VI, reúne prólogos y escritos literarios breves, entre los que figura un curioso prólogo a lord Byron, y algunos relatos de viajes, con fondo histórico, mientras que el IV recopila sus escritos sobre economía y política.

Juan Velarde resume en el prólogo las concepciones económicas canovistas, señalando que «ahora, más de un siglo después, en el campo de la economía, y más ampliamente en el de las ciencias sociales, la preparación, la originalidad y la erudición de Cánovas resplandecen de modo indudable».

Los tomos I y II están dedicados a Cánovas como historiador. Abre el primer tomo su fundamental «Historia de la decadencia de España desde el advenimiento de Felipe II hasta la muerte de Carlos II». Es curioso: por los mismos años, otro político, el asturiano Manuel Pedregal, escribe sus «Estudios sobre el engrandecimiento y decadencia de España», obra de grande interés, hoy olvidada. Sin duda sobre una y otra planea el suntuoso recuerdo de la irrepetible y gigantesca «Decadencia y caída del Imperio romano», de Edward Gibbon, pero también el sentimiento de que la decadencia española no ha alcanzado todavía el suelo, y de que es preciso detener el golpe. Cánovas lo intentó de manera titánica con el ensayo de la primera restauración, no menos obra suya que estos doce tomos. De dónde sacaba tiempo para escribir tanto como escribió, para gobernar y para no descuidar el incremento de sus saberes y de sus intervenciones parlamentarias, a la vista de lo que hay hoy, ni lo imaginamos. Pero lo cierto es que aún le quedaba tiempo para leer el periódico. De hecho le asesinaron mientras leía el periódico, sentado en el banco de un balneario, como si fuera un ciudadano particular.

 
La Nueva España • 21 de agosto de 2001
 

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