José Ignacio Gracia Noriega

Salvatore Quasimodo
 

En 1958 se produce uno de los mayores escándalos literarios del siglo XX, si no el mayor. La Academia Sueca concede el premio Nobel de Literatura al gran poeta ruso Boris Pasternak. El poeta, adelantándose a los acontecimientos, envía un telegrama a la Academia con fecha del 25 de octubre aceptando el premio «inmensamente agradecido, emocionado, orgulloso, asombrado, confundido»; pero cuatro días más tarde se ve obligado a redactar un segundo telegrama, en el que comunica a la misma Academia que «debido al significado atribuido a esa recompensa en la sociedad en que vivo, debo decir: no, gracias, por el premio inmerecido que se me ha concedido. No tomen a mal mi voluntaria negativa a aceptarlo». La Rusia soviética era el único país del mundo que se tomaba tan en serio la poesía que sus dirigentes eran capaces de pegarle un tiro en la nuca al poeta, según Ossip Mandelshtam. Evidentemente, Mandelshtam, que murió deportado en Siberia, en un lugar desconocido, próximo a Vladivostok, en 1938, recitando en su agonía sonetos de Petrarca, tuvo peor suerte que Pasternak, y ése menos arrojo (también es cierto que era más viejo) que Alexandr Solzhenytsyn, quien, obligado doce años más tarde a renunciar igualmente al premio Nobel, se resistió y abandonó aquel vergonzoso «paraíso del proletariado». Finalmente, en 1987, recibe el premio Nobel de Literatura el poeta ruso, nacionalizado norteamericano, Joseph Brodsky, que había sido expulsado de Rusia por «parásito social». La Alemania nacionalsocialista había resuelto de manera más efectiva que la Rusia socialista sus igualmente conflictivas relaciones con el premio Nobel, prohibiendo a todo súbdito alemán que lo aceptara, después de haber sido galardonado Carl von Ossiesky con el de la Paz.

El incidente provocado por la concesión del premio a Pasternak (uno de los principales poetas líricos del siglo, aunque demasiado intimista y alejado del dirigismo social, y autor de la novela «El doctor Zivago», que provocó la indignación de los comisarios culturales) une a dos poetas hasta aquel momento difícilmente relacionados y relacionables. Pues la Academia Sueca, decidida a enmendar el traspié del año anterior, concede el premio Nobel de Literatura de 1959 al poeta italiano Salvatore Quasimodo. Buscar al poeta adecuado para no irritar a la URSS debió ser labor ardua; pues al tiempo había de galardonarse a alguien con una obra de calidad más que suficiente como para que no se considerara tal premio como una compensación a los «intelectuales orgánicos». Salvatore Quasimodo, nacido en Módica, Sicilia, en agosto de 1901 (ahora hubiera cumplido los 100 años), reunía las condiciones ideales para recibir el premio. Poeta de reconocida calidad, aunque poco conocido fuera de Italia (donde completaba el trío de los grandes poetas, junto con Ungaretti y Montale), situaba su mundo poético particular por encima de la poesía partidaria, a pesar de haber escrito un conocido e insípido poema en homenaje al Sputnik ruso, y no se le podía reprochar, por la otra banda, un pasado tenebroso, como a Rafael Alberti. Se tenía a Quasimodo como próximo al Partido Comunista italiano, que era, por aquel entonces, el de mayor militancia del mundo occidental; no obstante, el poeta siempre rechazó el compromiso de la poesía (y la cultural en general) con la política, sea del signo que fuere: «La poesía y la cultura no tienen estos compromisos, ni otro fin que el de cantar la belleza, y ésta es una fuerza a la que no se puede cerrar con murallas». Asimismo, sus referencias culturales no son las propias de los monotemáticos «escritores comprometidos» de los años cincuenta: la cultural de este poeta se nutre en la Biblia, en Homero, en los líricos y trágicos griegos, en Virgilio, en Catulo, en San Agustín, en Dante, el Descartes... Hay mucho de la Grecia clásica en Quasimodo, tanto en sus versos propios como en sus traducciones de poetas líricos, de parte de «La Odisea» y de «Las coéforas», de Esquilo. Hombre de extraordinaria cultura clásica (también tradujo las «Geórgicas», de Virgilio), como un griego antiguo se dedicó al estudio de las matemáticas y fue un consumado geómetra. Ingeniero y profesor de Literatura en el Conservatorio de Música de Milán, no dio la espalda a la gran tradición cultural europea, traduciendo asimismo a Shakespeare y Molière. Bowra le consideraba un «ciudadano europeo de la poesía». Autor de un ensayo sobre Petrarca, compaginó el sentimiento clásico en su poesía con el fragor de su tiempo: «Si arde en la mente el áncora de Ulises...». Pocas veces se otorgó un premio de compromiso a una figura literaria tan aceptable.

 
La Nueva España • 30 de agosto de 2001
 

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