José Ignacio Gracia Noriega

Steiner
 

George Steiner es de los grandes críticos del siglo XX; más próximo a Walter Benjamin y a Elias Canetti que a T. S. Eliot, Eric Auerbach o Ernst Robert Curtius. Sin dejar de ser un excelente crítico literario, incorpora a su campo de atención la sociología, el psicoanálisis y el marxismo, desarrollando, por tanto, una crítica de la sociedad y de la cultura más abstracta, por su propia amplitud, que la crítica anglosajona, que se fundamenta en el comentario de textos. Asimismo, Steiner recoge y acepta su tradición cristiana y la judaica, y con ésta, la mala conciencia del judío. Hablando como judío, para Steiner la idea de un Dios crucificado es, más que un escándalo, una obscenidad. Pero su incomodidad por haber contemplado el Holocausto desde lejos (había marchado a Inglaterra en 1940, y desde allí, a los Estados Unidos) es, cuando menos, desagradable. Aunque él se encontraba en Harvard en pleno estallido de la maldad nacionalsocialista, y es un judío liberal, no olvida al judío (a uno solo que es todos) a las puertas de los campos de exterminio. Por eso posee la lucidez y fuerza moral suficientes como para denunciar el antisemitismo de cierta izquierda radical, cosa que no hubiera podido hacer Sartre, aunque reconociera que en todo antisemita hay un fascista. Pero el terrorismo fascina demasiado al intelectual occidental como posible arma de lucha revolucionaria, por lo que, en el conflicto entre judíos y palestinos, se pone del lado de éstos. En realidad, lo justo sería hacer lo contrario, pues el Estado de Israel representa la única opción occidental en toda Asia.

Steiner es un precursor, sin llegar enteramente a ideólogo, de la modernidad, pero lo suficientemente inteligente como para advertir: «Cuidado, el progreso humano, o la esperanza humana, es una cosa muy frágil y sin amarras». Sabe, además, que la modernidad nacida de las algaradas del 68 presenta aspectos cuando menos inquietantes; y recuerda a este respecto que en aquel 68 que abrió las puertas al pacto social, estaba él dando una conferencia en Francfort sobre Walter Benjamin precisamente cuando, después de citar un poema de Eduard Mörike, un joven del público le gritó: «Aquí, señor Steiner, ya no se cita». Aquello representaba el fin de una tradición ilustre: «Es el fin de nuestra cultura, en Occidente, tal como la hemos más o menos conocido desde los presocráticos, que gustaban de citar, y citarse mal, unos a otros», resume. Por éste y otros motivos se le considera un conservador. Porque prefiere el libro y la palabra al griterío asambleario. Reconoce una tradición europea en la que Dostoievski, Nietzsche y Kafka son paradas principales e indispensables, y Steiner una de sus últimas etapas: lo que sería muy lamentable, aunque posible.

Steiner entiende como uno de los fundamentos de la civilización occidental el enfrentamiento del hombre con el Estado, perfectamente definido ya en el teatro griego. Por eso, acaso sea «Antígonas» su obra más representativa, o, cuando menos, la más representativa de cuantas de él he leído. «Antígonas» es una vasta concepción erudita e ideológica: a partir de la obra de Sófocles, Steiner se encara con el mito de Antígona y estudia sus diferentes variantes literarias. Este mito siempre ha estado presente en la imaginación occidental. Es intemporal e inagotable, al menos mientras existan el individuo y el Estado en posiciones contrarias y enemigas (y nada indica que tal enfrentamiento lleve camino de desvanecerse); según Edward Morgan Forster, es, «entre todos los grandes hitos de la tragedia clásica, el que siento más cerca de mí, el que alimenta más generosamente mi fe». Antígona se enfrenta a Creonte por no aceptar una ley que considera injusta. El individuo tiene capacidad de reaccionar contra la razón de Estado, y no hay razón de Estado al margen de la ley. Sin duda, estos principios que nos vienen de Grecia han configurado al Occidente tal como es, aunque señalarlo pueda ser considerado también como conservadurismo. No hace falta decir de qué parte se pone Steiner. También parece preferir Trotski a Lenin, a quien superaba en previsiones y brillantez, aparte que tenía mejor gusto literario.

Steiner nació en París en 1929, en una familia de judíos vieneses. «Soy judío. Aunque de nacimiento y escolarización franceses, mi identidad, el campo de referencia de mi sensibilidad, resultan ser en buena medida los del ámbito anglosajón». Estudió en Harvard y Oxford, enseñó en Princeton, Harvard, Cambridge y Ginebra. Eso es ser cosmopolita, y no como Borges.

 
La Nueva España • 2 de septiembre de 2001
 

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