José Ignacio Gracia Noriega

Amós de Escalante, en Covadonga
 

Amós de Escalante es un escritor santanderino, muy típico de su ciudad y región. La primera vez que escuché su nombre fue de labios de Emilio Alarcos, en el Ateneo de Oviedo, durante una conferencia sobre José Hierro, en cuyo preámbulo citó un verso magnífico e inolvidable: «Musa de septentrión, melancolía», verso que, como escribe Leopoldo Rodríguez Alcalde, «otros poetas del Norte han reconocido después como cifra y como lema». Yo creo que si hubiera que definir con muy pocos versos nuestro Norte cantábrico, bastaría con éste, y con la cantiga de amigo de Martín Codax que empieza: «Ondas do mar de Vigo...» ¿Para qué más? Las delicadas y melancólicas cantigas medievales gallegoportuguesas confirman el verso de Amós de Escalante: «Musa de septentrión, melancolía». Una melancolía de mar abierto y cielos bajos, de nieblas y nostalgias.

Desde entonces, sentí curiosidad por la obra de Amós de Escalante, la cual, como era de esperar, es de difícil acceso. Hasta hace poco, no se reeditó alguno de sus libros («Costas y montañas»), eso sí, en preciosa edición. Debo a mi amiga Ana Asenjo la lectura del tomo segundo de las «Obras escogidas» de Amós Escalante, en la Biblioteca de Autores Españoles. En este tomo figura la vasta y sosegada novela «Ave María Stella», subtitulada «Historia montañesa de siglo XVII». Una narración lenta, de lenguaje suntuoso, poco apropiada para el gusto trepidante de nuestros días, y, no obstante, obra magnífica, digna de ser leída sin prisas, durante las largas tardes nocturnas del otoño. Hay prosas que no se pueden leer con apresuramiento, y la de Amós de Escalante es de ésas. Y no es prosa postiza, como puede serlo la de Ricardo León, porque en su tiempo todavía se escribía así. En cuanto a las prisas, yo creo que no son buenas en ninguna circunstancia, y mucho menos para leer. Mucho menos para leer un libro antiguo, noble y sonoro, escrito por un autor que para situarse en el siglo XVII, daba la espalda a la modernidad de su tiempo, no tan alejada de la de ésta. Ningún libro puede leerse con prisa; eso es la cosa más insensata que puede hacerse.

Amós de Escalante (1831-1902), nació y vivió en Santander, aunque fuera aficionado a los viajes, y realizara algunos, sobre los que posteriormente escribió libros que llevan por títulos «Del Ebro al Tíber» y «Del Manzanares al Darro». «En la playa» es un volumen que recoge buenas muestras de su sólida prosa, a medio camino entre el cuento y la prosa poemática. Como poeta, según José M. de Cossío, es «el más representativo de la Montaña». Marcelino Menéndez Pelayo resume su retrato con rasgos muy de su gusto: «La religión y la vida doméstica le habían enseñado el precio de las virtudes sencillas. El trato familiar y cariñoso con la Naturaleza había mantenido robusto y sano tanto de cuerpo como de alma...».

Entre las diversas recopilaciones de sus escritos (de crítica literaria, crítica teatral, antigüedades montañesa, estudios históricos, etcétera), vamos a detenernos en un volumen de material cuádruple; así reza el título: «Bocetos, narraciones, episodios y paisajes». Entre episodios de la francesada y de las guerras carlistas, memorias y descripciones de paisajes, encontramos el relato de un viaje a caballo a Covadonga, realizado por el autor en 1867. No abundan los testimonios sobre Covadonga de aquellas fechas. Fecha que, si en apariencia es bastante reciente, puede considerarse como prehistórica en relación con la Covadonga actual, cuyos obras todavía no se habían iniciado. Tan sólo, «para apretar y contener estas moles inseguras y movedizas, el arquitecto del rey Carlos III, don Ventura Rodríguez, estableció sólidos terraplenes, vestidos de recios muros de sillería, asiento que debía ser a las monumentales construcciones, ideadas para engrandecimiento del sitio y glorificación de sus memorias», escribe el visitante.

Amós Escalante llegó a Covadonga procedente de los Picos de Europa. Habían dormido él y su guía en las minas de Andara (así se viajaba entonces: a caballo, con guía y con revólver) e internándose por laberintos roqueros, «cuyo rastro seguía el acostumbrado instinto de nuestras cabalgaduras», llegan a Sotres, «según habíamos venido de Oriente a Ocaso, dejando atrás el viejo territorio de las Asturias de Santillana para acercarnos al de las Asturias de Oviedo». Durante este trayecto hace muy eruditas consideraciones sobre la batalla de Covadonga y sus flecos, que se desparraman para las Peñas de Europa hasta el «postrero y cabal desbarate de los moros» en Cosgaya. El viajero, a la claridad del sol saliente, ve «un disforme peñón tejado como los basaltos del mar de Islandia, teñido de las rojas tintas de la aurora»: Peña Bermeja; y caballos asturcones más abajo; y lo que tenía de poeta se exalta en medio de estas Peñas de Europa, «el Alpe prodigioso, singular bosquejo de la creación elemental, ejemplar del mundo preedénico, embrión gigantesco, simplicísimo en su constitución, asombroso en su forma, extraño al color; fantasma de palingenésicas edades, enhiesto allí donde lo plantó la mano ignota de su autor antes de que comenzasen a ser contadas las edades humanas, a fecha inmensurable de esos mismos comienzos...». En la Caballar de Sotres, «mansas ovejas y vacas han sucedido a los ardientes asturcones». Sotres es «aldea caída en una cañada», y el viajero reproduce la copla, más que irónica, sarcástica, que señala que «Sotres y Camarmeña, / Tielve y Tresviso, / son los cuatro lugares / del paraíso». Añade que «Cabrales se llama con expresivo nombre esta comarca, tierra de pastores, intermedia entre la del agrícola y el cazador y el minero, entre la roca y la mies, entre el pan y el desierto, entre la esterilidad y la abundancia». Bajo Camarmeña le dicen que es el pueblo más antiguo de Asturias. Contempla el rumoroso Cares, «de helénica desinencia», y ante sus aguas evoca a las «xanas». En Carreña ve hórreos esculpidos. Atraviesan las tierras de Onís, penetran en el valle de Cangas, y recorriendo aldeas de medianoche ven aparecer «multitud de luces errantes». Es Covadonga, «y allí acampaba el pueblo asturiano». «El lugar parecía divino por elección del cielo misteriosa», afirma, citando a Quevedo. Describe las monteras y escucha el habla «añeja y pura» de los aldeanos, la misma que usaron Santillana y Fernán Pérez de Guzmán, el canciller Ayala y Jorge Manrique. Y entra en la cueva, santurio de devoción y de historia. «Desde la eternidad de los siglos venía Covadonga preparada a sus destinos inmortales».

 
La Nueva España • 21 de septiembre de 2001
 

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