José Ignacio Gracia Noriega

Viaje a Lugo
 

Ahora se puede ir a Lugo por una parte y volver por otra, lo que es un atractivo añadido a la visita a la hermosa ciudad gallega: de este modo aprendemos más geografía, que es un conocimiento en el que falla la mayoría de los españoles, y vemos más paisaje. No se puede aparcar en Vegadeo, por lo que seguimos adelante. Al otro lado del puente está Galicia; el Eo baja con poca agua, dejando barro en las márgenes. Vuelve a entrar Galicia en la carretera en San Tirso de Abres. El pueblo es de nueva factura; un poco apartado sobre él, un pazo de piedras verdosas se confunde con el prado verde. La iglesia ha sido muy machacada por las reformas y no se ve a gente por las calles. Regresamos a la carretera, para entrar en una zona de mucho arbolado y poco poblado, lo que le da un atractivo especial. Hay mucha soledad, que siempre sugiere grandeza. El primer pueblo de cierta entidad es Poblanova, que se extiende a lo largo de la carretera... Son las dos de la tarde, y las calles están vacías; digo yo que los vecinos comerán temprano. En un bar, los pocos parroquianos hablan alto y en gallego, y el periódico está en bilingüe. Noto cierta diferencia entre esta Galicia y la Vizcaya de la zona de Balmaseda, donde se habla en español, aunque en voz baja, y el periódico que predomina es «El Correo Español» (además de «Marca», también predominante en Galicia).

Se extienden los bosques más allá de Poblanova. En Vilaxe vemos un hórreo asturiano al borde de la carretera. Los tejados de pizarra y las piedras irregulares y verduzcas de las construcciones contribuyen a la soledad del paisaje, pues los caseríos se confunden con los campos y los bosques. Queda atrás el territorio boscoso y entramos en una zona de valles cultivados y amplios. Al fondo está Lugo, ciudad precedida por numerosos carteles indicadores. En Galicia no se observa el gamberrismo de los destructores de carteles, la gran plaga de Asturias, contra la que, inexplicablemente, no se ha tomado ni se toma ninguna medida.

Se entra en Lugo a través de un cinturón de casas de barriada; después, la muralla, con sus sólidos cubos redondeados, produce una impresión de potencia. En el centro de la ciudad se alza un monumento al águila de las legiones de Roma. Ningún pueblo conquistado por Roma siente resentimiento por esa conquista, sino que la agradece. Somos hijos de Roma, por mucho que el abertzalismo inconsecuente pretenda ser celta y reivindicar la cultura celta (que de ser sólo céltica no se sabría qué es) y la «llingua de so», ignorando o queriendo ignorar que sin la cultura superior de Roma no hubieran existido las reivindicadas y abertzalizadas «llinguas llariegas», el bable o el gallego.

Lugo es una agradable ciudad de provincias, en la que todavía debe tener encanto ser notario o registrador de la propiedad. Queda bastante comercio antiguo, que es agradable de ver y de visitar, con sus suelos de madera, sus escaparates llenos de objetos más inesperados y sus estanterías, en las que es posible descubrir cualquier sorpresa. El café El Central, a punto de ser centenario, resume el espíritu de una época en la que el tiempo era aprovechado de manera más conforme con la naturaleza humana. La Catedral es grande, aparatosa y pesada, con macizas columnas en la fachada, de cuya parte alta sobresalen estatuas de santos. El interior es recargado y produce cierta sensación de agobio.

En una calle muy próxima a la Catedral se reúnen varios restaurantes, entre ellos Verruga, el más famoso de Lugo. Comemos en Anda, frente a Verruga. Un establecimiento honesto con el comedor arriba. El propietario se extraña de que haya tantos asturianos aquel día en Lugo. Es fiesta en Asturias: el 8 de septiembre, día de la Santina. Pido el caldo gallego, que es plato grande de la cocina española, digno de figurar al lado de la paella y de la fabada; y nada digamos del sabrosísimo «pote gallego». No comprendo por qué estos dos platos no son más conocidos y apreciados en Asturias. Cunqueiro habló también del «caldo blanco», pero el dueño de Anda no me supo dar razón. Según lo que se desprende de una lectura de Juan Santana, debe tratarse de un caldo de régimen. La cocina regional también está vigorosamente representada en Anda por los beneméritos garbanzos con cerdo. El ribeiro, en su punto, y el precio ajustado.

Regresamos a Asturias por la gran recta de Villalba, que es un bache continuo. Bajamos hasta Mondoñedo, pueblo maravilloso, de encanto singular. Tomo un vino en el Mesón de la Catedral para consolarme de no haber visto al mago Merlín de Cunqueiro. Y, ya de noche, entramos en Asturias por el puente de los Santos, abajo las luces de Ribadeo.

 
La Nueva España • 28 de septiembre de 2001
 

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