José Ignacio Gracia Noriega

De Luis Álvarez Piñer a Gerardo Diego
(con respuestas)

 

Acaba de aparecer un notable volumen, excelentemente editado por Pre-textos, de Valencia (según es marca de la fábrica y de la casa), con las colaboraciones de la Fundación Gerardo Diego, del Principado de Asturias y del Ayuntamiento de Gijón: «Cartas (1927-1984)» de Luis Álvarez Piñer y Gerardo Diego. Recoge este volumen el epistolario que documenta sesenta años de amistad entre el poeta gijonés Álvarez Piñer y el poeta santanderino Gerardo Diego; en su última carta, fechada en Madrid el 17 de abril de 1984, Álvarez Piñer invoca esa amistad, más larga que muchas vidas humanas, y Diego la reconoce en la carta que cierra el epistolario (de 2 de mayo de 1984): «Así, pues, prefiero que me llames uno de estos días, y entonces podría decirte si ya efectivamente lo tengo libre o si, por el contrario, convendría aplazar el encuentro que, por supuesto, yo también quiero llevar a efecto, pues, como dices, son ya sesenta años de amistad». Álvarez Piñer conoció a Gerardo Diego durante el curso 1924-25, siendo alumno del Instituto Jovellanos de Gijón, del que Diego (ya poeta reconocido, y a punto de consagrarse del todo) era catedrático. Álvarez Piñer inicia la relación epistolar el 3 de agosto de 1927, escribiendo a Diego a Santander, donde se encontraba disfrutando de las vacaciones veraniegas. Seguirán otras, antes de obtener respuesta de Diego. Como escribe en el prólogo Juan Manuel Díaz de Guereñu, editor de esta correspondencia: «Pero si la ausencia del interlocutor es un requisito previo de la carta, sólo las ganas de sostener y prolongar una relación pese a ella motivan realmente una correspondencia». Leyendo ésta queda claro que es Piñer quien la anima, y que sin él no hubiera sido posible (o, cuando menos, no se hubiera desarrollado en un período de tiempo tan dilatado). De las cartas aquí reunidas, cuarenta y cinco son de Piñer, junto a tan sólo 19 de Diego. Pero Diego tenía cierta prevención hacia las cartas y aun a conservar las que recibía, según confiesa en el artículo «El traje de luces y Fernando Villalón»: «...me entran ganas de releer las cartas que de él poseo, y que dormían entre tantos otros papeles íntimos y epistolarios de sentido o dirección única, porque no soy de los que guardan copia de las cartas espontáneas que echo al correo. Nada más melancólico, y hasta trágico, que este diálogo silencioso y ya sepultado que no se puede reconstruir, aunque a veces adivine uno la otra parte, que era precisamente la propia». En el larguísimo diálogo epistolar entre Álvarez Piñer y Gerardo Diego, es evidente que aunque el autor realmente importante es Diego, el verdadero autor es Piñer. No sólo porque escribió más cartas, sino porque incitó las respuestas (escribiendo dos o tres, hasta obtener la respuesta) y porque debió de guardar copias de sus propias cartas (cosa que Diego confiesa que no hacía). El resultado es un epistolario notable, más por lo que nos dice de Piñer que por lo que nos puede aportar sobre Diego. Estas «Cartas» representan muy poco, apenas nada, en el conjunto de la obra de Gerardo Diego; pero deben constituir el único texto disponible para el improbable lector que manifieste algún interés hacia el desconocido literato que haya sido Piñer. En este sentido, lamento de muy veras que Juan Manuel Álvarez de Guereñu, situando a ambos corresponsales en el mismo plano, no haya aprovechado para ofrecernos mayor información sobre Piñer. Confieso que yo apenas sabía nada de él, y, concluida la lectura de este epistolario, sigo sin saber otras cosas que las que este epistolario transmite, y que no dan una impresión de Piñer, sino la que Piñer tenía de sí mismo. Sabemos de sus proyectos y desalientos (en este sentido, Diego es mucho menos explícito, y ello es comprensible), de aspiraciones literarias ciertas y de propósitos que raramente se ejecutan. «Las sesenta y cuatro cartas que conocemos nos aportan datos muy valiosos para comprender en su desarrollo la poesía del gijonés, acompasada a su maduración personal y enfrentada a la historia que le tocó vivir, pero también el modo de entender la creación que le inculcó Diego y que él adaptó a su personalidad de poeta en ciernes» –señala Díaz de Guereñu–. «Asimismo, aportan, más ocasionalmente, datos significativos acerca de la obra y actividades editoriales de su maestro. Si los poemas que incluyen son siempre los del poeta más joven, el modo de vivir la poesía que transparentan fue compartido por los dos amigos durante un tiempo de fervor, antes de que se sucedieran los naufragios».

El principal de estos naufragios fue la guerra civil. «Tras la caída de Gijón, el 21 de octubre de 1937, el joven poeta (Álvarez Piñer) fue capturado por los nacionales, y su biblioteca, saqueada», informa Díaz de Guereñu. ¿Podemos suponer a Álvarez Piñer como una víctima literaria de la guerra? A esto sólo cabe objetar que otros poetas también perdieron la guerra y, aun así, continuaron escribiendo. Este epistolario muestra, por parte de Piñer, al poeta que quedó en la estación, antes de emprender el viaje, en su relación con el poeta que llegó. Sus cartas, sobre todo las primeras, son premeditadamente literarias. Escribe con suficiencia juvenil; para agradar a Diego, intenta dárselas de aficionado a los toros (copiando incluso la reseña aparecida en un periódico gijonés de una corrida de las fiestas de Begoña), y le atosiga con noticias locales, de interés escaso. ¿Podía interesarle a Diego que Basilio Fernández siguiera de vacaciones en Villamanín? El tono cambia con el transcurso del tiempo. Es evidente que Gerardo Diego era el asidero que mantenía a Álvarez Piñer en relación con la literatura. Hoy, la recuperación de este epistolario, si no recupera a Álvarez Piñer como poeta, al menos rescata su nombre civil del implacable olvido.

 
La Nueva España • 2 de octubre de 2001
 

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