José Ignacio Gracia Noriega

El diputado Ángel Menéndez Suárez
 

Hace unas fechas cumplió los 100 años, lo que constituye una edad respetable, Ramón Serrano Súñer, el último superviviente de los diputados de las Cortes Constituyentes de la II República. Resulta algo irónico que este último diputado republicano haya sido, más adelante, un declarado enemigo de la República. Pero ello no es inconveniente para que la derecha española hubiera participado en la consolidación de la República; mas la situación se deterioró rápidamente, y si muchas personas de derechas consideraron oportuno integrarse en movimientos fascistas que no aprobaban, se debió en buena parte a que la izquierda había abandonado el carril democrático, y, muy especialmente, el PSOE llegó a renunciar a las formas del socialismo democrático en beneficio de la revolución. De aquellos polvos se formaron los lodos de la sañuda guerra civil. En ella, diputados que habían formado parte de las Cortes republicanas se separaron para integrarse en uno u otro de los dos bandos en contienda. Muchos de ellos fueron asesinados por la violencia roja o por la violencia azul; otros hubieron de buscar el refugio en el exilio; otros, de grado o por fuerza, se encontraron obligados a dar por concluida su carrera política. Algunos colaboraron activamente con el nuevo régimen. Ramón Serrano Súñer fue una de las personalidades más evidentes de los años agresivos del franquismo, cuando el nacionalsocialismo y el fascismo dominaban sobre los campos y ciudades de Europa. Después, él también cayó en el ostracismo. Ahora cumple los 100 años, como el último republicano.

«Cortes influyentes, pléyade de oradores –escribe Claudio Sánchez Albornoz en un librito curioso y ameno, "De mi anecdotario político"–. Uno era admirado por la profundidad de su pensamiento y por la belleza de su pluma y de su palabra. Un grupo era conocido por sus intervenciones en los parlamentos de la monarquía o por sus oraciones políticas en reuniones populares. Algunos juristas y profesores se habían destacado en la cátedra y en el foro. Azaña fue el hombre nuevo y la oratoria nueva». Había demasiados oradores, demasiados profesores y demasiados juristas, de todos modos, que demostraron que los problemas de fondo no se resuelven con linda oratoria. Azaña representó una forma nueva de entender la política; pero, por desgracia para él y para todos, nunca acertó a saber cuál era su puesto. Azaña inaugura una tendencia muy acusada del político burgués español: la de tenerle un miedo pánico a la izquierda. Este miedo se manifestó de manera bochornosa en la política vacilante y claudicante de Adolfo Suárez y, en menor medida, en algunos dirigentes del PP que todavía están convencidos de que los socialistas son los árbitros de la elegancia democrática y de la corrección política.

Entre los azañistas asturianos contamos a Ángel Menéndez Suárez, que en los últimos años era, junto con Serrano Súñer, el último superviviente de las Constituyentes republicanas. Había nacido en Oviedo el 19 de julio de 1903, y después de cursar los estudios de maestro, ingresa por oposición como auxiliar administrativo en la Diputación Provincial en 1921; posteriormente, fue oficial en 1926 y jefe de negociado en 1932. Especializado en asuntos agropecuarios, que le condujeron a dedicarse al periodismo, en 1925 ocupó el cargo de secretario general de la Federación Agrícola Asturiana. Dos años más tarde funda y dirige el periódico «La Voz del Labrador», en el que populariza el pseudónimo de «Casín de la Casona». En 1931 es elegido diputado de las Cortes Constituyentes en representación de las organizaciones agrarias, figurando en el Parlamento como miembro de las comisiones de Presidencia, de responsabilidades por los fusilamientos de los capitanes Galán y García Hernández, y como secretario de la Comisión de Pensiones. Elegido por aclamación presidente del Bloque Campesino Asturiano en 1931, presidió en 1932 la sección segunda de la Conferencia de la Carne en el Ministerio de Agricultura. Ángel Menéndez contribuyó a la organización en Asturias del partido de Azaña, Izquierda Republicana, ocupando el cargo de contador en el comité provincial; también colaboró en el periódico ovetense «Fraternidad», órgano de ese partido. Elegido nuevamente diputado a Cortes en las elecciones de febrero de 1936, hubo de exiliarse como consecuencia de la guerra civil.

Dos poderosas aficiones distinguían a Ángel Menéndez, y sobre ambas dejó obra escrita: a la música y al canto (llegó a ser secretario del Orfeón Ovetense, y para sus escritos musicales empleaba el pseudónimo de «Juan de Dios») y a los toros. Fruto de su taurofilia es el «Compendio biográfico de la vida torera del artista asturiano Bernardo Casielles Puerta», publicado en Oviedo en 1971. Es obra altamente elogiosa para el torero asturiano, a quien reivindica situándolo entre los grandes (en la fotografía de la portada aparece Casielles haciendo el paseíllo entre Belmonte y Gaona, ni más ni menos).

Conocí a Ángel Menéndez en aquel microcosmos ovetense que fue Casa Manolo, en la calle Altamirano. Era un caballero de agradable aspecto, con sombrero y abrigo y hablar suave. Sus gestos y sus palabras denotaban una innata caballerosidad.

 
La Nueva España • 5 de octubre de 2001
 

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