José Ignacio Gracia Noriega

Entre la realidad y la ficción
 

Tiene razón Gabino de Lorenzo cuando señala en las fotografías de Lorenzo Secades «un toque de genialidad». Y, sin embargo, yo reconozco que no tenía noticia de la existencia de este portentoso fotógrafo hasta que no me llegó el magnífico, extraño y sugerente catálogo titulado ajustadamente «Entre la realidad y la ficción», editado por la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo. Abrimos el catálogo y nos asomamos a un mundo extraño, inquietante y sorprendente. Sobre todo, tal vez, inquietante, porque las imágenes nos ofrecen lugares y personas de sobra conocidos, pero vistos de otra forma. Paseamos de noche por las calles de Oviedo, entramos a tomar un vaso de vino en La Perla, contemplamos un paisaje de colinas boscosas con montañas nevadas al fondo, bajo un cielo de nubes, y, de pronto, vemos a Jaime Álvarez-Buylla levitando y a José Manuel Vaquero sobrevolando Oviedo en dirección al Naranco sobre un ejemplar desplegado de LA NUEVA ESPAÑA, como si fuera la alfombra voladora de Bagdad... ¿Vemos de verdad o soñamos?, y, en ese caso, ¿es Secades capaz de fotografiar los sueños? Tal parece que lo es. La composición titulada «Soñando» es exactamente igual que si Margritte hubiera tomado una cámara fotográfica y se hubiera servido de ella para hacer arte. Una mujer se asoma a los ventanales de Santa María del Naranco y bajo ella se extiende un mar de densas nubes. Al fondo hay una isla, o una montaña, o un continente que emerge de la niebla. Sobre el cielo vuela una gaviota: una solitaria gaviota, no menos inquietante que el cambio total, cósmico, que se ha efectuado en las inmediaciones de Santa María del Naranco.

La inquietud es el resultado de la introducción de elementos extraños, en ocasiones mínimos, en escenarios familiares. En la fotografía «Nocturno», dos personajes atraviesan la calle Uría una noche de luna; ambos proyectan sombras hacia atrás. Debe de ser muy tarde, las farolas del alumbrado público están encendidas, y también la habitación de la cúpula de uno de los edificios; pero se advierte en las calles cierta animación. Otras tres personas cruzan el paso de peatones de la entrada a la calle doctor Casal. Y estas gentes de noche, estas figuras con sombra, nos producen cierta inquietud, como la producen un hombre y una mujer muy altos y agarrados de la mano que aparecen en «Cumbres borrascosas» de Emily Bronte.

Las fotografías de Lorenzo Secades ofrecidas en este catálogo pueden dividirse en cuatro grupos: de lugares, de personas, de sueños y de reflexión; éstas son las más estremecedoras. Secades es capaz de transmitirnos su absoluta desconfianza ante la cirugía o la decrepitud que produce el paso del tiempo, que hasta ablanda el reloj en «Tempus fugit». Los sueños, en cambio, son plácidos. Así, dos niñas se encuentran en mitad de la calle Uría, alfombrada por nubes y bajo un cielo despejado de media luna; ambas están de espaldas, en dirección a la calle Fruela, pero una de las niñas mira con inocencia y ternura hacia la cámara. Otras fotografías tienen un aire fantástico, de relato gótico, como la titulada «Taller», o introducen el elemento colorista y fantástico en un escenario realista («Ocaso»), o son tan realistas como «La Perla», donde están dispuestos todos los elementos integrantes de la desaparecida taberna, incluida la silla en la que se sentaba Magadán, o como la fotografía, perfectamente pictórica, que capta un viejo calendario, un cajón abierto, un lavabo, una pared descascarillada, con una meticulosidad tan implacable que recuerda a la cocina de carbón de Carlos Sierra que figura en la colección de cuadros de Casa Consuelo, en Otur. Otras fotografías revelan un estimulante sentido del humor, tanto por parte del fotógrafo como por la del fotografiado, como la dedicada a Joaquín Manzanares.

Mención aparte merecen las fotografías de personas: de Jaime Álvarez-Buylla, Joaquín Manzanares y José Manuel Vaquero, ya citadas, más las de Gustavo Bueno, Álvaro y Luis Fernández Vega, Eduardo Segovia Martínez de Salinas, Carlos Sierra, Recaredo García Díaz y Sabino Fernández Campo. El ilustre militar e intelectual aparece bajo árboles despojados por el invierno, con la Zarzuela al fondo. Fernández Campo, espléndido a sus 83 años, nos ha hablado en Gijón hace unos días de lo que supone la introducción de la ficción en la realidad, es decir, el Estado de las autonomías (según mandato constitucional), que aceptó el medroso y claudicante Adolfo Suárez (y ésta es opinión mía, no de Sabino), que le tenía más miedo al «qué dirán» de las izquierdas que al «qué harán» de los militares. «El modelo autonómico se escapa de las manos», señaló con lucidez Sabino Fernández Campo; pero eso sucede siempre que se hace política de ficción. Aunque Gustavo Bueno afirma que «a las ficciones les corresponde algún género de realidad»; mejor que esa realidad sea la del arte, la del arte fotográfico de Secades, sin ir más lejos.

El catálogo viene precedido y avalado por breves textos de cada uno de los fotografiados, y por un «retrato minuto para Lorenzo Secades» de José Luis Mediavilla (de quien no figura fotografía, por cierto). La agudeza de Mediavilla encuentra para el fotógrafo la definición adecuada: «Este ilusionista del mundo visible», llama a Secades; no cabe añadir más.

 
La Nueva España • 9 de octubre de 2001
 

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