José Ignacio Gracia Noriega

Cabo de año de don Ignacio de la Concha
 

Ante ciertas cosas, sólo cabe decir la mayor de las perogrulladas: ¡cómo corre el tiempo! El tiempo corre que vuela. Lo que parecía que fue ayer, ya ocurrió hace un año. Y el año se confunde con el quinquenio, denominación temporal de fuerte connotación funcionarial, con la década (mucho más digna que el quinquenio) y, al fin, se difumina en el pasado. Regresó fray Luis de León a ocupar su cátedra de Salamanca diciendo: «Decíamos ayer...». Es la frase de fray Luis más citada, incluso por quienes no saben que haya existido el autor de la oda a la vida retirada y de «La perfecta casada». Pero lo que tantos trivializan, dándole al «decíamos ayer» un sentido casi humorístico (¡cómo iba a decir fray Luis «ayer» si había pasado varios años ausente!), tiene en realidad un sentido profundo, porque «ayer» significa asimismo la indefinición de la intemporalidad. Ayer es el pasado: todo lo que se extiende hacia atrás en el tiempo. Todo lo que fue. Por eso decimos que «decíamos ayer» o «parece que fue ayer». Parece que fue ayer cuando vi por última vez a don Ignacio de la Concha, acompañado de su mujer, la novelista Julia Ibarra, y de Amparo Sordo, en el homenaje que se le hizo el pasado año a Teodoro López Cuesta en La Granda. Don Ignacio ya estaba muy «viejín»; balbuceaba frases amables. Murió al comienzo de aquel otoño, es decir, del otoño pasado. Ahora vemos en LA NUEVA ESPAÑA la esquela recordatoria del cabo de año del fallecimiento de don Ignacio de la Concha Martínez, catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Oviedo, fundador del Seminario de Itinerarios Históricos. Don Ignacio de la Concha, gran cruz de la Orden de Raimundo de Peñafort e Infanzón de Illescas. El día anterior Joaquín Ruiz Giménez Cortés, Fernando Ledesma Bartret y Jesús Díaz Orallo firman, asimismo en este periódico, un breve texto conmemorativo del maestro, a quien proclaman «ejemplo de fidelidad a valores esenciales y, al mismo tiempo, de sensibilidad para asumir los interrogantes y las exigencias del tránsito de España a nuevas formas de convivencia de los españoles».

Don Ignacio, enseñando Historia del Derecho, procuraba enseñar España recorriéndola. De ahí el famoso Seminario de Itinerarios Históricos. Afirmaba Unamuno que la única manera posible de conocer y amar a la patria es pisándola: pisándola literalmente, recorriéndola de arriba abajo, de monte a mar, del campo a la urbe y nuevamente al campo, que era donde, hasta hace poco, se conservaban las esencias; ahora, por desgracia, el campo se ha convertido en la sucursal de la ciudad para las vacaciones veraniegas y los fines de semana: es decir, el campo, como todos los remedos, se ha degradado. Pero a don Ignacio todavía le tocó el privilegio de poder mostrar a sus alumnos una España no degradada por el turismo y la especulación inmobiliaria; una España dura y pura, con monumentos y pastores, con caminos polvorientos y pueblos soñolientos y casonas medio derruidas, que parecía sacada de una página de Azorín, de un poema de Antonio Machado, de una fotografía de Ortiz de Echagüe. Una España seca cruzada por grandes ríos: «El Duero cruza el corazón de roble de Iberia y de Castilla...». Porque don Ignacio, al igual que los del 98, al igual que Unamuno, que Azorín, que Baroja, que Antonio Machado, buscaba en Castilla el alma de España. Los miembros, la actividad, el hoy y el futuro, se encuentran en la periferia. Pero el pasado es Castilla y el pasado es inmóvil. A veces don Ignacio se dejaba llevar por la nostalgia de arraigadas legislaciones no escritas: pues Castilla fue reino sin leyes, y los viejos reglamentos de la Mesta pueden hacer valer sus derechos en el esplendor de la modernidad. A don Ignacio le hubiera encantado que el coche del embajador o del ministro tuvieran que detenerse ante el paso de la humilde oveja, ante la manta del color de la tierra que cubre el pastor. Cuentan que durante sus itinerarios históricos, si entraba en Montijo detenía a los niños y les preguntaba quién fue la emperatriz; si lo sabían, les daba un duro. ¡Hermosos días pasados! Hoy, ¿quién va a dar un euro a nadie por saber quién fue Eugenia de Montijo? Aparte que moneda tan moderna y tecnocrática, no se presta a recompensas de carácter sentimental. Ha pasado un año desde la muerte de don Ignacio de la Concha, y parece que fue ayer.

 
La Nueva España • 11 de octubre de 2001
 

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