José Ignacio Gracia Noriega

Cocina rural
 

Después de una amena tertulia en Basilio, en Ribadesella (uno de los bares con restaurante realmente serios de la comarca oriental), Ramón Díaz, el ingeniero de la vida, me propone ir a comer a un establecimiento de condición rural, en Peruyes, que se anuncia por la radio. En esta ocasión lamento tener que decir que Ramón Díaz se mostró más ingeniero de caminos que de la vida. Pero vayamos con mi cuento.

Siempre resulta agradable ir a Peruyes, el pueblo natal del escritor Juan Antonio Cabezas; también los antepasados del presidente mexicano Fox procedían de este hermoso lugar. Peruyes se encuentra en el límite norte del concejo de Cangas de Onís, sobre una elevación en el valle bajo del río Sella, que ya se encamina decididamente a su desembocadura. La desviación a Peruyes se toma en la carretera general Oviedo-Santander. En una de las primeras casas del pueblo, una lápida recuerda a Cabezas, buen escritor y buen asturiano, biógrafo de Clarín (para quien acuñó el término, que llegaría a tener tanto éxito, de «provinciano universal») y de Asturias, a la que mostró al resto del mundo no sólo en libros y artículos, sino además en un documental cinematográfico: «Así es Asturias». No creo que Asturias, la Asturias oficial y la Asturias cultural hayan estado a la altura de Cabezas, con motivo del centenario de su nacimiento, pero ésta es una cuestión que no vamos a considerar ahora. Las personas realmente interesadas por la literatura y por Asturias no han olvidado a Cabezas, como lo certifica el homenaje privado que fueron a hacerle a Peruyes Víctor Alperi y el incombustible José M.ª Pellanes.

Peruyes es un pueblo que se alarga por el sendero, con la iglesia agradablemente sombreada por árboles. Hay buenas cosas que nos hablan de holgura y labranzas y también de la emigración a América. Queda el pueblo atrás y ascendemos por una carretera llena de curvas, que desvela valles abajo. En una bifurcación de cambio, el ingeniero de la vida toma el que no es. A poco estamos de salir a Zarpón y a la carretera de Corao a Nueva de Llanes. En un caserío nos informan de que vamos por el camino que no es, de modo que procede dar la vuelta. Por esta parte, no hay un solo cartel indicador. La señora del caserío nos indica que debemos seguir en dirección a Santianes de Ola. El cartel indicador está al lado de un hórreo. Ahora nos metemos por caminos estrechos, entre bosques de pinos. No hay ni un solo anuncio que señala la proximidad o lejanía de nuestro destino.

Al fin, un cartelillo minúsculo corrobora que en esta ocasión estamos en buen camino. El restaurante se encuentra al otro lado de un riachuelo y vemos en torno al establecimiento abundantes gallinas, un gallo con muy buena fachada y otro algo más decrépito y un simpático perro sabueso que mueve el rabo. Éste es el único detalle de simpatía que recibimos mi acompañante y yo. Una chica rubia nos dice que no hay comida; que sólo se sirven comidas por encargo.

El ingeniero de la vida insiste:

–Bueno; pero podrá hacernos unos huevos fritos con chorizos.

–Sí, pero por encargo –contesta la chica imperturbable.

Pues muy bien. Volvemos al coche y regresamos a la carretera general, donde, a pesar de la hora tardía (buscar el famoso sitio nos llevó más de una hora), nos atienden magníficamente en el bar Cano; además, el pote que nos sirvieron estaba muy bueno.

Cada uno es muy suyo para hacer de su capa un sayo. ¿Que en este establecimiento sólo sirven de encargo, o los fines de semana, o a veraneantes, o a arquitectos de Madrid, como en otra ilustre muestra de turismo rural? Pues muy bien: con no volver a este establecimiento está resuelto el problema. Pero una casa de estas características no debiera anunciarse por la radio, o si lo hace, debe advertir de las condiciones que la dirección le impone al cliente. Éste verá si le conviene aceptarlas o no. Menos mal que el paisaje es de gran belleza, aunque la carretera está en pésimas condiciones de piso; de las curvas, no digamos. Y es muy estrecha.

Estamos ya en la ilustre estación del otoño. La mejor estación del año, por tantos motivos; y uno de los principales, el gastronómico. Mas ahora, cuando la gastronomía asturiana empieza a estar en su esplendor, la mayoría de las casas de comidas están cerradas. Los establecimientos sólo piensan en el verano, en la masificación turística. Como por el verano hubo mucho trabajo y ganancias, por el otoño cierran. Es buena pena que se desaproveche de este modo el otoño, pero como dijo uno de sus grandes entusiastas, Pío Baroja, «el mundo es ansí».

 
La Nueva España • 14 de octubre de 2001
 

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