José Ignacio Gracia Noriega

Jesús Villa Pastur
 

Murió Jesús Villa Pastur, un personaje de lujo para Luarca y para Asturias. Podría decirse de él que crea la crítica de arte en la Asturias de la posguerra, junto con Pedro Caravia, de quien se cumple el centenario del nacimiento el próximo año (don Pedro, tan ovetense y tan de Gobiendes, nació en Gijón en 1902). Estamos en la tierra de Ceán Bermúdez, al que debe reconocerse como el creador de la crítica de arte en la España del siglo XVIII. La crítica artística de Villa Pastur se había adaptado a su tiempo, claro es, y al medio de expresión más característico de este tiempo, el periódico. De Villa Pastur proceden claramente Rubén Suárez y Evaristo Arce, quienes, en 1998, organizaron una exposición en su homenaje en el Centro de Arte Moderno «Ciudad de Oviedo». Según Rubén Suárez, «nadie en Asturias ha hecho más que Villa Pastur por el arte contemporáneo». No creo que haya nadie capaz de rebatir afirmación tan rotunda y tan verdadera. Evaristo Arce, a su vez, le señala como «el protagonista y testigo cultural del último medio siglo en Asturias», y añade algo muy hermoso: que fue un amigo «al que siempre tuve a mi lado cuando le necesité».

Villa Pastur, a pesar de un cierto aire de enfurruñamiento crónico, era excelente persona y tenía verdadero sentido de la amistad.

Pequeño, de voz igualmente baja, era sin embargo enérgico y decidido cuando se trataba de defender sus puntos de vista. Hace un par de años coincidí con él como miembro del jurado de la muestra de pintura que anualmente se celebra en el restaurante Casa Consuelo de Otur. La selección de los cuadros se hacía en la bodega, donde las obras pictóricas coexistían en buena armonía con vinos de muy diversas etiquetas, algunos auténticas obras maestras de la vinatería. La bodega de Casa Consuelo puede ser la mejor de Asturias y, desde luego, es muy grande, y concurrían muchos cuadros a la muestra. Con esto quiero decir que los críticos acabamos cansados y con ganas de sentarnos, mientras que Villa Pastur seguía tan fresco, echando una última mirada a los cuadros. Ni que decir tiene que impuso su criterio. En este punto era insobornable e irreductible. Por tener ideas muy concretas y sensatas sobre la figura del pintor, que es quien pinta, independientemente de que sea hombre o mujer, se retiró del Certamen de Pintura de Luarca, que era obra suya y que a partir de entonces ya no volvió a ser lo que era.

Yo creo que es lógico oponerse a la demagogia barata de hacer un certamen de pintura exclusivo para mujeres, ya que, como argumentaba Villa Pastur, las pintoras que lo desearan podían participar en el certamen, y de imponerse la propuesta municipal, los hombres, sólo por el hecho de serlo, quedaban excluidos. Discriminación por el sexo, lo mismo que el RIDEA discrimina por la edad.

Jesús Villa Pastur llegó a ser un personaje legendario. Siempre con libros debajo del brazo, mereció el cariñoso y merecido mote de «sobaco ilustrado». Cuando vivía en Oviedo, se le veía leyendo en cualquier parte, en los cafés, en la esquinas, etcétera. Tanta lectura le ocasionó problemas con sus compañeros de la Policía, que le reprochaban que se pasaba el día de tertulia con «rojos» y que jamás dijera una palabra sobre ninguno de ellos. Las represalias administrativas contra Villa Pastur fueron magnificadas por la distancia, y cuenta Juan Benito que cuando fue a Palma de Mallorca como secretario de Cela, lo primero que le preguntó éste fue: «Oye, ¿es verdad que en tu pueblo metieron en la cárcel a uno por leer libros?».

Su último homenaje en vida lo recibió precisamente este año, con motivo del VIII Certamen nacional «La gastronomía en la pintura», celebrado en Casa Consuelo. Allí deploró Evaristo Arce, encargado de hacer su semblanza, que no se le hubiera concedido la medalla de Bellas Artes. Injusticia que ya no hay modo de remediar.

 
La Nueva España • 16 de octubre de 2001
 

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