José Ignacio Gracia Noriega

Otra vez el otoño
 

Celebramos la entrada en el gran reino del otoño, que decía Cunqueiro: la mejor estación del año, sin duda alguna. Aunque a algunos, llevados de furor mercantilista les moleste el otoño porque no vienen turistas, ignorando o pretendiendo ignorar que los tiempos del año son cuatro, según los enumera Saavedra Fajardo: «La primavera, coronada de rosas; el estío, de espigas; el otoño, de pámpanos, y el invierno de secos y erizados cambrones», o Shakespeare («Sueño de una noche de verano», ac. II, e. I): «La primavera, el verano, el fértil otoño, el crudo invierno». Creen estos voluntaristas de la masificación turística que sin verano no hay turistas; pero sin lluvias, sin heladas y sin otoño no habría Asturias, ni ningún otro lugar verde del norte atlántico. ¿De dónde creen esas personas que salen los prados verdes y las temperaturas livianas? Antes, cuando el mundo iba más acomodado a la naturaleza, el campesino miraba hacia el cielo, en busca de nubes. Hoy no hay campesinos ni se mira hacia el cielo, pero el hostelero mira con odio el televisor, temiendo que el meteorólogo enuncie percances atmosféricos. ¿Y qué, si los anuncia? Además, esto del turismo, y mientras el actual sistema aguante, ya no lo detiene nadie: ni aunque nieve en agosto.

Hace treinta años, Ernst Jünger se preguntaba con alarma, ante el desarrollismo turístico de las Islas Canarias, qué sucedería con esa industria en caso de guerra o de retroceso económico. Pues no sucede nada, porque la socialdemocracia mima al turismo como a la niña de sus ojos. En realidad, se trata de su fundamento: trabajar poco y ganar mucho, que siempre fue la aspiración del español. El caso es salir de casa. Decía el Arcipreste de Hita que dos cosas alejan al hombre de su casa: la primera, el turismo; la segunda, más restringida a políticos profesionales, tan abundantes hoy, las reuniones. Según Santiago Melón, la gente está reunida a todas horas como pretexto para no estar en casa.

Sin embargo, el otoño es la estación del retiro, la estación de la quietud y de sentarse en una galería contra cuyos cristales golpea la lluvia o junto al fuego del hogar, «cuando los vientos permanecían quietos en el cielo», como escribió Poe en «Morella». El emigrante de cercanías, como los «tamargos», los antiguos tejeros nómadas, regresaban a sus hogares por San Miguel, a las puertas del otoño. En otoño también se cancelaban las guerras de otro tiempo, que eran cosa de la primavera y del verano.

Habrán observado ustedes que no hay lluvias ni escarcha en los relatos de Arturo, ni en las historias de Amadís de Gaula o de los Palmerines. «Ir al mayo», que suena tan poético, era ir a la guerra, con armaduras brillantes y plumas en los cascos, y estruendos de trompetas atrás que, sin embargo, no tapan el gemido de la dama blanca y llorosa, que despide al paladín desde una torre con lánguidos movimientos del pañuelito de seda. Pero cuando los historiadores sustituyen a los poetas, la guerra se prolonga hasta el invierno. Recordemos los inviernos terribles de la guerra de los Treinta Años, tan magníficamente descritos en las novelas de Bernard Clavell. También pertenece a una estampa bélica esta impresión otoñal de Amós de Escalante: «Adelantábase ya el otoño; era la mañana triste, espeso el ambiente y en las cumbres se cuajaban nieblas con señales de bajarse a lo largo de las pendientes e invadir el llano».

Este otoño también soplan vientos de guerra. La realidad, por encima de la fantasía, nos demuestra que cualquier estación es buena para la guerra. Esta guerra presenta un cierto aspecto religioso. El mahometismo es la religión de pueblos sin otoño. En la sequedad del desierto sólo cambian el día y la noche. No hay otoño, ni primavera, ni clase media.

El cristianismo, que también venía de los desiertos, hubo de asentarse en las tierras húmedas y verdes para suavizarse y humanizarse. Nuestro mundo clásico, basado en la agricultura, se exalta en «el otoño de las lluvias de Zeus, cuando el cuerpo del hombre se vuelve más ligero», según Hesiodo. Horacio nos habla del otoño coronado de suaves frutos, cuando gozamos «cogiendo la injertada pera o las uvas, rivales de la púrpura». «Los surcos de espigas estallan los graneros», añade Virgilio. El otoño es el tiempo del campo en sazón, del esplendor de los bosques, de la caza mayor y menuda y de las setas, de los crepúsculos largos y las reposadas lecturas.

 
La Nueva España • 18 de octubre de 2001
 

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