José Ignacio Gracia Noriega

Una novela policiaca
 

«No acosen al asesino» (Alfaguara, 2001) se presenta como la primera novela policiaca de José María Guelbenzu; el propio autor la reconoce como tal. Yo no estoy tan convencido de que sea su primera novela policiaca, aunque sí estoy de acuerdo en que se trata de su primera novela policiaca en el sentido clásico y estricto. Cuando José María Guelbenzu se sentó para escribir «No acosen al asesino», estaba decidido a escribir una novela policiaca y, como es natural, ya que se trata de un escritor que domina extraordinariamente el oficio, le salió una novela policiaca. Pero yo creo que hay muchos elementos de novela policiaca, o «cuento policial», si se prefiere, en novelas anteriores de José María Guelbenzu. Los más evidentes, en «La mirada», donde hay un asesinato, un cadáver y un asesino. En «No acosen al asesino», hay, igualmente, un asesinato, un cadáver y un asesino, y prácticamente las dos novelas arrancan de la misma manera: «La mirada» parte del cadáver; «No acosen al asesino», de unos segundos antes, del instante del asesinato, cuando la navaja rasga y salta un borbotón de sangre. Este comienzo recuerda vagamente al de «La condición humana», de André Malraux, donde el activista Chen, en un clima totalmente distinto y por motivos absolutamente diferentes, se dispone a apuñalar a otro que duerme. No sé si Shakespeare habría estado de acuerdo con estas muertes plácidas. Hamlet renuncia a matar a Claudio cuando le encuentra rezando porque sabe que si lo hace en ese momento le abrirá las puertas de la vida eterna. Tendrá que matarle en circunstancias más mundanas, cuando haya posibilidades de que la negra alma del usurpador vaya a los infiernos. En estos tiempos posmodernos, socialdemócratas y laicos, los asesinos no se andan con disquisiciones teológicas. El mundo de ahora es material, sin resquicios apenas para la espiritualidad. Importa morir, no en qué circunstancias. Más benevolente que Shakespeare, Guelbenzu permite que su asesino actúe sobre una víctima dormida. Solía decir Severo Ochoa que la mejor manera de morir es de repente, durante el sueño. No hay dolor ni angustia. Muchas cosas terribles le ahorró el asesino de Guelbenzu al juez asesinado. Aunque el asesino se justifica, y piensa que «es bien triste morir así, sin saber por qué». Lo que también es cierto. Afirmaba Poe por boca de Montresor, en «El barril de amontillado», que, para que una venganza sea completa, el castigado debe saber quién se venga de él y la venganza debe quedar impune. Poco arregla el vengador si, por vengarse, acaba en la cárcel. «El odio abiertamente profesado carece de oportunidad para la venganza», señalaba Séneca. Al enemigo no se le deben dar cuartel ni posibilidades de defensa. No lo digo yo, sino los clásicos.

Habiendo crimen, asesino y cadáver tanto en «La mirada» como en «No acosen al asesino», resulta que la primera novela no es policiaca y la segunda sí, y no sólo por la portada, que recuerda a las de las antiguas ediciones de las novelas de Agatha Christie. Esto nos conduce a preguntarnos qué es novela policiaca. Muchos lectores consideran que «Los hermanos Karamazov» y, desde luego, «Crimen y castigo», de Dostoievski, son novelas policiacas, y, en verdad, nada serio puede objetárseles. Podemos hacer una distinción entre «La mirada» y «No acosen al asesino» indicando que la primera novela es un descenso a los infiernos y la segunda una novela policiaca a la manera clásica. Pero también «Crimen y castigo» es un descenso a los infiernos y asimismo en esta novela sabemos desde el primer momento que Raskolnikoff es el asesino. Guelbenzu, en «No acosen al asesino», se guarda como baza, si no principal, al menos importante, mostrar al asesino desde la primera página, y la juega con habilidad. El hecho de saber quién es el asesino desde el primer momento no es motivo para que decaiga el interés de la novela. Al situar al asesino en primer plano, Guelbenzu cambia el punto de vista. En las novelas de Agatha Christie o de Simenon protagonizadas por Hércules Poirot o el comisario Maigret, el lector sabe tanto como el detective; en ésta de Guelbenzu es inevitable que el lector sepa, por lo menos, lo mismo que el asesino. En Christie o Simenon (como en Poe o Chesterton, como en John Dickson Carr o Edward Phillips Oppenheim, como en Rex Stout o S. S. Van Dine, como Wilkie Collins o Reynolds Long), interesa el proceso deductivo que conduce al desenmascaramiento del asesino. En una novela en la que el asesino está desenmascarado desde la primera línea (por mejor decir, no lleva máscara), interesa averiguar qué va a pasar tanto como los móviles del asesinato, que en este caso se ofrecen en testimonio de primera mano.

Por los autores arriba citados puede deducirse que entre las dos opciones principales de la novela policiaca (la trepidante, de ambiente urbano y nocturno, con gángsteres y luces de neón, de Hammett, Chandler, McDonald, etcétera) y la que se desarrolla en la apacible campiña inglesa, Guelbenzu se sitúa en la segunda. Su novela se desarrolla en una apacible localidad veraniega del Norte, que recuerda mucho a San Vicente de la Barquera, donde los veraneantes salen a pasear, etcétera. Este tipo de novela se apoya, más que en la acción y en la sociología, en la recreación de ambientes. Guelbenzu, sin duda el mejor continuador del «nouveau roman» en España, está perfectamente capacitado para hacer una narración meticulosa, con predominio del detalle. Además, es un espíritu sutil. Esto le proporciona gran ventaja dentro del gran auge de la novela policiaca en la literatura prestigiosa de este reino, y en la que se descubre que el asesino es un pescadero porque la víctima huele a pescado, como en memorable ocurrencia de Muñoz Molina.

 
La Nueva España • 27 de octubre de 2001
 

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