José Ignacio Gracia Noriega

Memorialistas
 

Varias personas me han hablado muy elogiosamente de la segunda entrega de las memorias de Caballero Bonald, animándome a que las lea. La opinión de otros es disuasoria. El avance de él publicado hace un par de semanas en LA NUEVA ESPAÑA parece darle la razón a los disuasorios. Leo en estos momentos la prosa poderosa, variadísima, de don Benito Pérez Galdós en «Nazarín» y la prosa clara y elegante de Víctor de la Serna en «La vía del calatraveño». El barroquismo artificioso de Caballero Bonald no supera el brío narrativo de Galdós ni la hermosa expresión de De la Serna. Por cierto, «Nazarín» se desarrolla en plena Edad Media. Se habla de Sagasta, del cambio de partidos en el parlamentarismo de la primera Restauración. Pero aquello es pura ficción, algo completamente ajeno a lo que ocurre en el libro, en el que se refiere un descenso a los infiernos en pueblos de los alrededores de Madrid para alcanzar la gloria. Ahora estamos en plena época del Internet, del e-mail y del «casting» (como si en los tiempos pasados del cine español no se hiciera «casting», que tanto fascina, junto con «zriler», a la chica Guillén Cuervo: sin embargo, cuando se necesitaba a una cupletera, perdida pero con buen corazón, se llamaba a Sara Montiel; si hacía falta un militar gallardo, a Alfredo Mayo; si un alcalde, a José Isbert; si un guardia urbano, a Manolo Morán; si un comunista, a José Sepúlveda; si un caballero linajudo, a Alberto Romea; si una tía solterona, a Julia Caba Alba; pues eso es «casting»); ahora estamos, digo, en la época portentosa del euro y de los trenes de Alta Velocidad, pero hace un siglo exactamente, la mayor parte de los españoles seguía en la Edad Media. Es como para poner los pelos de punta. Y volvamos con nuestro memorialista Bonald.

El fragmento del libro de Caballero Bonald leído no me anima a continuar su lectura. Saber quién se emborrachaba en Oviedo hace veinte años, la verdad, no es una gran noticia, precisamente. Hace veinte años, en Oviedo se bebía muchísimo. Pero describir con detalle las borracheras de Fulano o de Mengano no creo que revista mayor interés. Que alguien beba o sea abstemio es algo completamente accesorio. En cambio, para Caballero Bonald lo accesorio parece ser sustancial. Por ejemplo, ser antifranquista. Todos aquellos poetas del 50 eran muy de izquierdas. Yo creo que bebían porque les daba mucha rabia que Franco gobernara a su manera y no hubiera forma de derribarle con la poesía social o civil. Su aspiración era la democracia real, pero, al cabo, tuvieron que conformarse con la democracia formal, que los trata como a reyes. Todos aquellos poetas tuvieron escondido varios días a Julián Grimau en su casa. Todos firmaron infinidad de manifiestos, proclamas, cartas colectivas de protesta, etcétera. Todos leían «Mundo Obrero». Todos se consideraban afectos al Kremlin y todos acabaron, sobre poco más o menos, de cortesanos del PSOE: «Sic transit gloria mundi». En cuanto a la prosa, no me gusta el barroquismo, un tanto postizo, de Caballero Bonald. Otro escritor andaluz le afeó hace no mucho que fuera en peregrinación a Colliure tantas veces en lugar de leer a Antonio Machado. Porque Caballero Bonald es de los que escriben: «Los sucesos consuetudinarios que acaecen en la rúa» en lugar de «lo que pasa en la calle».

Otra cuestión es el auténtico frenesí memorialista que le entró a los escritores bien vistos (es decir, republicanos) de esta Monarquía, como si se propusieran desmentir por la cantidad aquella afirmación de Ortega sobre que la literatura española no dio libros de memorias. ¿Qué otra cosa son, pues, las vidas de Santa Teresa o de Torres Villarroel, o las relaciones de Cabeza de Vaca y de Bernal Díaz del Castillo? Caballero Bonald está convencido de que la autobiografía es «un elemento de ficción» y parece dispuesto a sacarle sustancia literaria a su vida. Es algo correcto y legítimo. Pero lo malo es que este memorialista, lo mismo que J. L. García Martín o A. Trapiello, no tuvo una existencia parangonable a la del capitán Burton, Thomas Edward Lawrence o Winston Churchill; tampoco trató, temo, con personas que tengan proyección fuera de un ámbito muy reducido. Las memorias de alguien a quien no le pasa nada ya las escribió Enrique Menéndez Pelayo en un libro por demás delicioso. Que el memorialista relate que se fue a tomar copas con Ángel González no creo que tenga mayor interés para la literatura ni para la historia. En cambio, los que sí tenían que contar, lo callaron. Como Antonio Tovar, que se fue con el secreto de lo que hablaron Franco y Hitler en Hendaya.

 
La Nueva España • 30 de octubre de 2001
 

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