José Ignacio Gracia Noriega

Hasta esta tarde serena de septiembre
 

«Hasta esta tarde serena de septiembre» es el verso que abre la sección 23 del poema «Castillos interiores» (prefiero considerar a este hermoso libro como un solo poema, dividido en 24 poemas o cantos), de Juan Carlos Gómez, casi nuevo en el gran jardín amurallado de la poesía. El libro anterior de este poeta se titulaba «Cuando llegue el otoño», de reminiscencias casi cinematográficas. Ya ha llegado septiembre, ya está aquí el otoño (menos mal para quienes, como yo, aborrecen el socialdemocrático verano) y esperemos que las tardes sean serenas. Si existen palabras que caracterizan y resumen la obra de un poeta, la palabra más definitoria de Juan Carlos Gómez es «sereno», «serenidad», junto a otras de parecido ámbito semántico (en este contexto), como «claro» («Herida en sangre clara»), «gozosa» («en la que presentí tu aparición gozosa»), «vida» («la vida se desliza por un perfil muy fino»), «sueños» («pasan los sueños / como barcos veleros dejando estelas en las miradas»), «azul» (muéstrame tu lado azul al mirarte»), «infancia» («viejas manzanas verdes de la ingenuidad / rodasteis la ladera embarrada de los años / yo os recogeré con manos infantiles»), «casa», «hogar» («y descubro la casa / aquella casa enorme de un pasillo larguísimo / donde aún sobrevive invicta la inocencia»). Y por encima de todas, «serenidad», que recorre la obra y la culmina:

Luz de serenidad
luz que va levantando
castillos interiores

Todas estas palabras, reunidas en un poema de cierta extensión, claro y en ocasiones jubiloso, transmiten una sensación de felicidad. Todas éstas son palabras muy poco frecuentes en la poesía que triunfa ahora, prácticamente inexistentes. Por eso, cuando aparece un poeta como Juan Carlos Gómez, o como Alberto Zurrón, o como Manuel Ballesteros, o como José Antonio Iglesias, el poeta caudaloso e inédito de Mieres y Villamanín, hay que saludarlos. Juan Carlos Gómez nos trae un aire fresco, aunque no nuevo; porque la gran poesía de toda época se parece más a esa sensación plena de estar en el mundo que a la palabrería ajada de otros poetas de cuerda.

Y es que hay dos tipos de poetas: aquéllos, como Hölderlin, y entre nosotros Jorge Guillén, que opinan que «el mundo está bien hecho», y otros que no hay quien los contente.

Ricardo Senabre, en el breve prólogo a este libro breve, señala que el poeta «vierte su discurso en el amplio cauce de una modalidad de versos libres que recuerda a la vez los dechados de Whitman y el de Aleixandre. Es caudaloso, se alarga o se retrae a impulsos de la emoción, pero aparece entreverado de elementos rítmicos y métricos tradicionales fácilmente reconocibles». Sobre todo recuerda, no sólo por el son, sino por el impulso y el alma, al Carlos Sahagún de «Profecías del agua», aquel bellísimo, claro y feliz poemario que en los primeros años sesenta abrió de golpe las ventanas inundando las sombrías estancias de luz y de sonido, y proporcionándonos un liviano escudo contra las trivialidades tenebrosas de la poesía social o civil. ¿Qué habrá sido de Carlos Sahagún? Después de un libro posterior, poco más se supo de él; tengo entendido que es catedrático de Literatura en Cataluña. Pero su voz no se ha perdido, y el hecho de que de cuando en cuando surjan libros como «Castillos interiores» demuestra que su camino de luz no era el equivocado.

«Castillos interiores» recibió el premio de poesía del Ateneo Jovellanos de Gijón del año pasado. El autor, Juan Carlos García Rodríguez, nació en Madrid en 1950; desde 1975 reside en Gijón. Nada más conozco acerca de él que lo que dice Ricardo Senabre en su prólogo, o lo que el propio poeta nos muestra de sí mismo. No hay duda de que está bien avenido con el mundo, y aun en las malas experiencias vislumbra belleza: «La cosecha emponzoña su recuerdo y sólo queda / un poso irracional, un bello anhelo / de auroras boreales y quimeras». Siempre queda el recurso del refugio en la infancia, porque «en ese tiempo todo era hogar». Y anhela la unidad con todo en su sitio. Como Trakl, ve sobre la mesa dispuestos, a través de la ventana iluminada, el vino y el pan; pero este poeta no se queda en el umbral helado, sino que traspasa la puerta: «Tras el portón azul había un ancho cauce / un orden diferente / todo estaba en su sitio y soñar era gratis / como ahora cuando se abre / esa puerta interior que me ofrece tu casa».

 
La Nueva España • 1º de noviembre de 2001
 

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