José Ignacio Gracia Noriega

Vidas casi paralelas:
González del Valle y Fernández Juncos

 

Me escribe don Martín González del Valle una amable carta a propósito de la «entrevista» que le hice a su abuelo, don Emilio Martín González del Valle, agregándome algunas noticias de interés. Los hermanos Emilio Martín y Anselmo González del Valle y Carvajal (que era el mayor, y músico a quien «Silvio Itálico» calificó como «compositor eminente, pianista fogosísimo y erudito notable») nacieron en La Habana, donde iniciaron los estudios primarios, en el Colegio de Belén, regido por los jesuitas. Vinieron a España todavía niños para cursar los estudios secundarios en Oviedo y posteriormente Emilio Martín inició la carrera de Leyes en la Universidad de Oviedo, continuándola en las universidades de Madrid y Salamanca, y regresando a Oviedo para licenciarse en 1872. Durante su estancia en Madrid, ambos hermanos González del Valle vivieron en la plaza del Ángel, compartiendo el piso con Raimundo Fernández Villaverde, futuro ministro de Hacienda de la Restauración. La importancia de Fernández Villaverde como hacendista ha sido destacada recientemente por Juan Velarde, gran estudioso de aquella época. Emilio Martín González del Valle frecuentó en esta época la amistad de otro futuro político, José Canalejas, y la de escritores como Menéndez Pelayo, Leopoldo Alas, «Clarín» y Jacinto Octavio Picón. Es curioso señalar que aún siendo ambos asturianos, González del Valle y Clarín se conocieron en la capital del reino, en la que los dos residían accidentalmente, prolongando luego aquella amistad en Asturias.

Caigo ahora en la cuenta de que la sugestiva figura literaria y política de Emilio Martín González del Valle presenta alguna relación y bastantes coincidencias con el riosellano Manuel Fernández Juncos. Ambos fueron políticos y escritores, y desarrollaron su actividad política, González del Valle, en parte, Fernández Juncos, enteramente, en las colonias, en Cuba, el primero, y en Puerto Rico, el segundo. Los dos realizaron una importante labor hispanoamericanista en el aspecto literario, que mereció el reconocimiento de Marcelino Menéndez Pelayo. González del Valle es autor de un libro, «La poesía lírica en Cuba», publicado en Oviedo en 1882 y que conoció, hasta finales del siglo, cuatro ediciones (dos de ellas en Barcelona), al que Menéndez Pelayo se refirió en términos elogiosos. También elogió el polígrafo santanderino la labor desarrollada por Fernández Juncos a través de la «Revista Puertorriqueña». No se terminan ahí las coincidencias. Podemos considerar como comprometida y clarividente la actitud política de González del Valle y de Fernández Juncos frente a los movimientos de liberación que comenzaban a plantearse en Cuba y en Puerto Rico, respectivamente. Los dos ilustres asturianos partían de posiciones políticas distintas, González del Valle era conservador y Fernández Juncos, liberal. Coincidían, sin embargo, en que tanto el problema planteado en Cuba como en Puerto Rico no tenían una solución necesariamente militar, sino que, para mitigarlo, sería conveniente una mayor autonomía política, cediendo la metrópoli algo para no perderlo todo, como ocurrió. Como recomienda Baltasar Gracián: «Donde no ha lugar la fuerza, la ha la maña».

Los correligionarios de Emilio Martín González del Valle no comprendieron la sensatez de su planteamiento. Había venido éste a Madrid en 1878, al término de la guerra de los diez años, como diputado a Cortes por la provincia de Pinar del Río. Su mejor conocimiento del problema cubano chocó con la intransigencia de sus compañeros de la Unión Constitucional, que no entendían ni aceptaban la necesidad de una mayor autonomía para Cuba. Ante esto, González del Valle renunció a su escaño, y después de publicar un «Manifiesto a los cubanos», se retiró a su casa. Los hechos desgraciados que culminaron en las pérdidas de 1898 acabaron por darle la razón, como se la dieron a Fernández Juncos, el cual, no obstante, pudo formar parte como ministro de Hacienda del primer y último Gobierno autonómico de Puerto Rico; pero era ya demasiado tarde y la suerte estaba echada. Se perdieron las colonias a pesar de los avisos de estos dos asturianos que, conociendo a fondo la cuestión, propusieron remedios que fueron desoídos.

 
La Nueva España • 2 de noviembre de 2001
 

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